CAPÍTULO 97: EL DESTINO

SÛRAT AL-QADR

Revelada en Meca, 5 versículos 

 

índice

 

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm

1. innâ: ançalnânu fî láilati l-qádr*

Lo hemos revelado la Noche del Destino.

2. wa mâ: adrâka mâ láilatu l-qádr*

¿Qué te hará saber lo que es la Noche del Destino?

3. láilatu l-qádri jáirun min álfi shahr*

La Noche del Destino es mejor que mil meses.

4. tanáççalu l-malâ:ikatu wa r-rûhu fîhâ bi-ídzni rábbihim min kúlli amr*

Descienden los Malâika y el Rûh en ella, con el permiso de su Señor, para todo asunto.

5. salâmun hiya hatta mátla‘i l-faÿr*

Ella es paz hasta que despunta el alba.  

   

            Esta sûra habla de una noche (láila) formidable, aquella en la que el cielo y la tierra se comunicaron, y en su centro apareció el Corán. Se trata de la noche en la que el Libro comenzó a ser depositado en el corazón de Muhammad (s.a.s.) y que iría brotando a lo largo de veintitrés años, acompañando su vida y la de la primera Comunidad musulmana. Eso ocurrió la Noche del Qadr, una Noche extraordinariamente valiosa en la que se dejaron vislumbrar la Fuerza y el Poder de Allah presentes en todo y rigiendo cada realidad. El término Qadr destaca esos dos valores: mérito y destino.

            La Revelación (Wahy) -o Descenso del Corán (Nuçûl al-Qur’ân)- no fue un hecho intrascendente. Esa noche tuvo que ser necesariamente muy especial, y en ella se produjo un acontecimiento único cuya importancia tiene dos razones. La primera, el hecho en sí de la Revelación: el roce en un instante concreto del Universo de Allah y el universo del ser humano. La segunda, sus repercusiones históricas. Es la primera de estas circunstancias la que destaca este breve capítulo del Corán.

            El Universo de Allah -por utilizar una expresión- es pura Unidad, y es eternidad, equilibrio, pureza, inalterabilidad. El mundo del hombre no tiene nada que ver con eso: es confusión, dependencia, precariedad, aniquilación, transitoriedad. No existe ninguna coincidencia. La Revelación rompe esta regla, y en medio de nuestra existencia nos es inspirado Allah por Él mismo.

            La palabra Qur’ân (Corán) significa Lectura, pero realmente quiere decir ‘Reunión’, ‘Síntesis’: leer es juntar letras y sonidos, aunarlas y hacer algo inteligible de lo que, cuando aparece aislado, es insignificante en sí pero que con lo demás se transforma en palabra y signo. El Corán reunifica nuestro mundo fragmentado, y lo asoma al insondable secreto del Uno-Único.

            En el instante de la Revelación todo se clareó en el corazón de Muhammad (s.a.s.), que recibió con ello un gran impacto transformador. El mundo caduco en el que hasta entonces había vivido y al que había renunciado se desvaneció. La Inmensidad que se desató en su interior fue excepcional, y por eso esta sûra nos va a decir que esa noche fue mejor que mil meses, es decir, mejor que el tiempo entero, porque en ella se concentró todo.

            Los distintos pasajes coránicos que se refieren a ese acontecimiento parecen siempre relámpagos: vibran y destellan. Es más, comunican luz. La noche del Destino (láilat al-Qadr) es el momento valioso en que desciende los Malâika, los seres de luz, y hablan al corazón del Hombre. En especial, desciende el Espíritu, el h, que nos recuerda el momento en que el ser humano fue creado y Allah sopló en él. Es una noche en la que se añade vida a la vida porque algo esencial es desvelado, y con esa revelación cambian muchas cosas. Esa noche es irrepresentable: “¿Qué podría hacerte comprender los que es ‘la Noche del Destino’?...”.

            Esa noche iluminada desemboca en un amanecer: el día que la sigue es un nuevo mundo, lleno de paz, es decir, a salvo de las contradicciones y conflictos propios de la disgregación de nuestra realidad. De esa noche surgió el Islâm, la inmersión en el Salâm, la Paz y la reconciliación con la Verdad Una. El mundo disperso y roto quedó atrás. Al Corán -Reunión, Síntesis- se le llama también Furqân -Separación, Discriminación- porque con él se ha distinguido claramente entre ese universo decadente y el Universo Unitario de Allah. Lo que lo reunificó todo hizo simultáneamente que los musulmanes se despidieran del enemigo que separa y aísla al hombre y lo hace insignificante: el ‘mal’, la ‘avidez’, la ‘tribulación’, la ‘miseria’ y los ‘dioses’. El Corán reúne y separa, lo junta todo en el corazón del mûmin, del que se ha abierto a Allah, y saca de él lo que sobra, lo que no es compaginable con esa Paz.

            La Noche del Destino tuvo lugar en Ramadân, el noveno mes lunar. Durante ese mes, el Profeta (s.a.s.) se retiraba a practicar el ayuno y la contemplación en Hirâ, una pequeña gruta en las inmediaciones de Meca. Ahí tuvo lugar ese acontecimiento formidable e inesperado. Según varios hadices, ocurrió la noche vigésimo séptima del mes de Ramadân. Otros relatos son más vagos, y hablan de cualquiera de las noches de ese mes, prevaleciendo el que la Revelación se concentraría en el corazón de Muhammad en alguna de las diez últimas noches del mes del ayuno.

            Comencemos el análisis del capítulo frase por frase. Allah, hablando de sí en plural mayestático -pues Él es Exuberante en su Unidad- afirma: innâ: ançalnânu fî láilati l-qádr, lo hemos revelado la Noche del Destino. Literalmente dice: lo hemos hecho descender (del verbo ánçala-yúnçil, hacer que algo descienda), es decir, hemos hecho descender el Corán... La Revelación (Wahy) es Descenso (Nuçûl). El Corán baja del cielo del espíritu a la tierra de la materia: lo que no tiene forma por su carácter etéreo e inefable se convierte en palabras comprensibles, letras legibles y sonidos audibles, se materializa para ser reconocido por el ser humano. El término Nuçûl significa que es Allah el que toma la iniciativa: la Revelación no fue fruto de los esfuerzos de Muhammad (s.a.s.) ni el resultado de una imaginación que ‘asciende’ sino algo que se le concedió al Profeta, algo inesperado que irrumpió y bajó hasta él. Muhammad (s.a.s.) no tuvo participación en el Corán.

            El Corán la llama Noche del Destino (Láilat al-Qadr). Es la Noche del Qadr, que significa mérito, valor, rango elevado, y también significa predeterminación y destino de las cosas, el decreto con el que Allah mide y gobierna las realidades y las conduce de modo inexorable. La palabra Qadr (Medida Exacta) sugiere la nociones de Fuerza y Poder (Qudra). El Qadr sugiere también la noción de Destino (Qádar), que es el Decreto Trascendente y la Energía que rigen las cosas y los acontecimientos, la que los hace ser y los estructura. Es la Presencia de la Vida, el Poder, la Ciencia y la Voluntad de Allah en cada instante, y es la Decisión y el Decreto de Allah en todo lo que existe. El Qadr es el Imperio de Allah en cada criatura, un Dominio de la Verdad sin el que la criatura no podría ser. Esa Noche fue aquella en la que el Qadr se le evidenció a Muhammad (s.a.s.) vaciándolo de fantasías, ilusiones, suposiciones y quimeras y mostrándole la Autenticidad que rige la existencia. En ese instante le fue revelado el Corán a su corazón.

            La significación de la palabra Qadr tiene la intensidad del acontecimiento que tuvo lugar esa noche, y es el mejor nombre que podía recibir la Revelación del Uno-Único. Es la Noche del Destino, la de la Medida o Decreto de Allah en cada realidad, la de su Poder Presente en toda criatura y en la existencia entera: esa Fuerza es la fuente que configura el Corán y el Corán la expresa con su energía.

            Es tal la envergadura de esa Noche que es imposible adivinar su rango, y el Corán se pregunta a continuación: wa mâ: adrâka mâ láilatu l-qádr, ¿qué te hará saber lo que es la Noche del Destino?..., ¿qué te permitiría comprender (ádraka-yúdrik, entender, alcanzar la comprensión de algo) lo que fue esa Noche única? La conjunción de todo ante Muhammad (s.a.s.), la retirada del Velo, el Espíritu que se le mostró, la clarividencia que obtuvo, la Inmensidad sin límites en la que se vio sumergido,... todo ello es inaccesible a la imaginación.

            Pero el Corán no deja sin respuesta esa pregunta: láilatu l-qádri jáirun min álfi shahr, la Noche del Destino es mejor que mil meses. El tiempo humano es irrelevante comparado con ese instante: ese momento fue mejor (jáir) que mil meses (alf shahr). No hay comparación posible y su valor es incalculable. Esa Noche contuvo en sí a la existencia entera y plegó en su corta duración el espacio y el devenir ante Muhammad (s.a.s.) para que en todo sólo reconociera a Allah Uno-Único. El número ‘mil meses’ es sinónimo de ‘todo el tiempo’. Como ‘todo el tiempo’ es una noción vaga, y el Corán quiere ofrecer una imagen, se habla de un periodo largo a modo de indicio.

            La Revelación colmó ese momento, lo hizo de una intensidad irrepresentable. Junto a ese instante, el resto de la historia está vacío. ¿Qué es lo que Muhammad (s.a.s.) percibió entonces?: tanáççalu l-malâ:ikatu wa r-rûhu fîhâ bi-ídzni rábbihim min kúlli amr, descienden los Malâika y el Rûh en ella, con el permiso de su Señor, para todo asunto. En esa noche prodigiosa bajaron majestuosamente (tanáççala-yatanáççal) al cielo del mundo los seres de luz (los Malâika, plural de Málak, ser de luz, ángel) portadores de la Revelación, los que la administrarían haciéndola descender hasta el corazón de Muhammad (s.a.s.) a lo largo de veintitrés años, y a cuya cabeza estaba el Espíritu (el h), es decir, Yibrîl (Gabriel). Todo ello estaba sujeto a la orden de Allah y se realizaba bajo su autoridad y con su permiso (idzn), es decir, el Origen de ese acontecimiento es Allah. Y descendieron al mundo para responder a todo asunto (amr) y satisfacerlo y resolverlo con la Revelación, dando respuesta desde Allah a los acontecimientos que iban a desarrollarse sobre el escenario del mundo.

            Ante Muhammad (s.a.s.) se desplegó el Malakût, el Mundo Interior, el espacio de las luces. El Profeta (s.a.s.) penetró en ese mundo interior y es como si nuestro denso Mundo Material (el Mulk) hubiera perdido intensidad, desdibujándose y haciéndose transparente, dejando al Profeta ver las energías que lo entretejen. Ahí le fue comunicado a su corazón el Secreto: el Mundo de Allah (el Yabarût), el Universo del Poder al que no se tiene acceso porque ahí sólo está Allah, y Él es el Intangible. Es como si el universo intermedio del Malakût, debido a su levedad y a su carácter iluminador, fuera ya de sí transparente y dejara adivinar sin problemas al Uno-Único, Inaccesible en Sí, que sostiene tanto al Malakût como al Mulk.

            Allah es el Origen de todo y el Presente en todo, de manera invisible y sutil. El mundo intermedio, el Malakût (el universo de los Malâika, los seres de luz) es el espíritu del mundo material (el Mulk). La apariencia sólida de nuestro universo recubre el Malakût y no nos lo deja ver, pero a veces el velo es rasgado y la paz interior se apodera del Mulk. Por eso el capítulo finaliza la descripción de esa Noche Reveladora con las siguientes palabras: salâmun hiya hatta mátla‘i l-faÿr, ella es paz hasta que despunta el alba. Es un instante de Paz (Salâm) hasta que el alba (faÿr) tiene su inicio (tla‘), hasta que asciende el sol y se retorna a la cotidianidad pero ahora iluminada por esa experiencia, y la vida se convierte en Islam, en reconducción de todo hacia esa Paz. De la Paz del Profeta surgió el Islam.

            Los musulmanes conmemoran esa Noche. Muhammad (s.a.s.) ordenó redoblar la expectativa espiritual durante las diez últimas noches de Ramadân para celebrar aquella que coincidiera con la Noche en la que tuvo lugar la Revelación. En especial se intensifica la capacidad receptiva del corazón la noche vigésimo séptima de Ramadân. Y es porque esa Noche se sigue repitiendo. No se trata de recordar simplemente ese acontecimiento -lo que ya de sí es importante- sino revivirlo. De ahí la indeterminación de cuál es realmente esa Noche, para que el musulmán no crea que cumple enseguida con el tema, sino que debe estar siempre alerta a la Noche de su Destino. El musulmán debe reproducir en sí el significado del ayuno del Profeta, dejando atrás fantasmas a los que renuncia y abriéndose a su Verdadero Señor, y así será bendecido por Allah. Alcanzará entonces la Paz, y su siguiente día será de auténtico Islam, de verdadero fluir con su Señor Único.

            Esta sûra es todo un mundo y sobre ella hay mucha literatura. Ha sido interpretada de varios modos pues su letra permite diversas lecturas. En ella se ha visto la referencia a un hecho de dimensiones cósmicas que se reproduce cíclicamente, se ha hablado de la Esencia Muhammadiana y el autoconocimiento en la Revelación, del Corán como sinónimo de la creación entera, la magia de sus letras, y con ella se ha descrito el mundo de la luces, el proceso de la Revelación, y muchas más cosas, todas ellas sintetizadas en sus palabras... Nos hemos limitado en estos comentarios a la relación con el hecho histórico al que parece que se refiere inmediatamente pero no se puede en ningún momento descartar su  trasfondo místico, del que fue claramente consciente el Profeta, el cual dijo: “Quien de vosotros se yerga la Noche del Destino con apertura absoluta hacia Allah e intención puesta en Él sentirá borrarse sus torpezas anteriores”.

            A modo de resumen se cuenta que entre los ascetas judíos hubo un hombre que estuvo mil meses sin dejar un instante de enfocar su ser hacia Allah, permaneciendo recogido de pie las noches y combatiendo su ego durante el día. Cuando esta noticia llegó a los Compañeros de Muhammad (s.a.s.) le dijeron a éste: “Nosotros jamás podríamos hacer los méritos de ese asceta”, y entonces fue revelada esta sûra en la que se enseña que quien coincida con la Noche del Destino y tenga puesta su intención en Allah con apertura hacia Él recibirá su bendición, y que ésta sería semejante al efecto del rigor que practicó el asceta. ¿Y cómo habría de ser de otro modo cuando esa Noche vale más que mil meses, siendo como es la Noche del Destino y el Poder? ¿Cómo podría ser de otro modo cuando es un instante en el que se conjuga todo, haciéndose sutil y transparente?

 

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