EL PROFETA DEL ISLAM

SU VIDA Y OBRA

 

Traducción: 'Abdullah Tous y Naÿat Labrador

 

 

índice

 

Comunicación del mensaje de Allah

 

        Poca gente en una sociedad humana se interesa por las abstractas cuestiones de la teología, pero casi todo el mundo se levanta contra toda innovación o desviación de costumbres ancestrales. Las pocas conversiones a las religiones “extranjeras”, el desprecio a la idolatría mequí estaba en boca de algunos de sus habitantes, las creencias personales que algunos de sus habitantes tenían contra la “religión” mequí, todo eso no suscitó ninguna movida en la ciudad. Debemos pensar sobre todo en los Hanîf, especie de racionalistas monoteístas. Pero Muhammad no tuvo la misma suerte. ¿Por qué esta diferencia?. No se sabe, pero es verdad que nadie antes que él se había atribuido el rango de Mensajero de Allah, con la misión de reformar a su pueblo; nadie antes que él se había entregado tampoco a su nueva “religión” con tal insistencia haciendo de su misión el único objeto de su vida.

        Las primeras conversiones no implicaron más que la creencia en un Allah único y que Muhammad era su enviado. Es difícil de determinar la fecha de estas primeras conversiones. Se sabe que hubo una interrupción de aproximadamente tres años entre el primer y el segundo período de las revelaciones. Con burla de algunos mequíes decían en esta época que a Muhammad le había abandonado su Allah, esto implica una cierta difusión de lo que Muhammad reclamaba para él. Su mujer, ciertamente debió tener fe en la palabra de su esposo. El esclavo Zid ibn Hâriza, hijo adoptivo de Muhammad, debía igualmente pertenecer a los convertidos de esta época. Se sabe cómo él rechazó volver con sus padres, y prefirió quedar con Muhammad. Lo mismo debió ocurrir con su joven primo ‘Ali ibn Abî Tâlib; Muhammad lo había adoptado para aliviar a su tío Abû Tâlib y el joven muchacho debió imitar las prácticas de su entorno. En la ciudad el mayor amigo de Muhammad era sin duda Abû Bakr. Incluso si él no lo hubiera acompañado a la casa de Waraqa Ibn Nufal (ver capítulo precedente), es probable que Muhammad le hubiera hecho partícipe de su misión, y que Abû Bakr lo hubiera creído sin titubeos. Los cronistas no son unánimes en el caso de Waraqa.

        Al comenzar las revelaciones que marcan el comienzo del segundo período de su misión, Muhammad recibió pronto el mandamiento divino: “ Advierte a tus parientes más próximos” (Q 26.214). Balâduri nos habla de la reacción de Muhammad que quedó sin salir durante un mes en su casa, hasta tal punto que sus tías creyéndolo enfermo fueron a su casa a interesarse por su salud. Muhammad conocía a sus parientes, y debió tener razones para considerar la ejecución del nuevo mandamiento como particularmente delicada. Balâduri añade que al conocer la verdadera causa de su reclusión, sus tías, lejos de enfadarse, le dieron ánimos y le aconsejaron de no invitar a su tío Abû Lahab a la reunión propuesta. El viejo malentendido entre tío y sobrino persistía sin duda, Muhammad invitó a toda su familia a una comida. Como de ordinario, cada uno comió y se fueron unos detrás de otros, sin sospechar que el anfitrión quería decirles algo importante, Muhammad debió pues renovar la invitación, tomando esta vez la precaución de advertir a los invitados que tenía una comunicación que darles después de la comida. Balâduri señala que Abû Lahab asistió a la comida sin haber sido convocado. El temor de las tías del profeta se justificó, ya que, tan pronto tomó la palabra y anunció a la asamblea cómo Allah le había encargado una misión, y que él era el mensajero divino, Abû Lahab se levantó, y con palabras insolentes provocó al clan, diciendo que Muhammad quería apartarlos de su religión ancestral, y que eso iba a provocar la cólera de los dioses. La asamblea se dispersó de mal humor.

        Balâduri nos enseña de nuevo que las tías de Muhammad hablaron más tarde a Abû Lahab, y buscaron persuadirle de que Muhammad era verdaderamente el profeta cuya venida estaba anunciada; pero sin resultado.

        Este fracaso no hizo más que reforzar su decisión. Subió un día a la colina Safâ, frente a la Kaaba, y, según la antigua costumbre, llamó a los habitantes para venir a oír una comunicación importante. Acudió todo el mundo. Entonces él anunció que quería hablar a las tribus más próximas a su familia, y despidió a los miembros de los otros clanes. ¿Quería así mostrar a su propio clan la gran influencia que ejercía en toda la ciudad, antes de hablar a los suyos, o tenía otras rezones?. Sea lo que sea, tomó entonces la palabra y comenzó por preguntas: “¿Me creeríais si os digo que detrás de esta colina hay un ejército enemigo acampado y que va a invadir la ciudad?”, le respondieron “Nunca nos has mentido, creeremos lo que digas”. Entonces él dijo: “Allah me ha enviado para advertiros, y deciros que su cólera os amenaza si no me escucháis”. El implacable Abû Lahab tomó también la palabra: “¿Era sólo por esta estupidez que nos has molestado y hecho perder el tiempo?”.

        Sin precisar la fecha, Tabarî nos dice que Abû Lahab y ‘Adi ibn al-Hamrâ tenían la costumbre de tirar piedras a la casa del Profeta, su vecino; Abû Lahab ponía además toda clase de desperdicios en la puerta de su sobrino; sorprendido un día en flagrante delito por uno de sus hermanos, que lo amenazó con castigarle, Abû Lahab cambió de táctica: se preocupó por contratar gente que a cambio de dinero hicieran el mismo trabajo. La mujer de Abû Lahab (Umm Yamil, hermana de Abû Sufyan), no era menos encarnizada que su esposo en atacar el Islam. No nos asombremos pues si la revelación que sigue llega a este capítulo:

 

            Perezcan ambas manos de Abû Lahab e igualmente él

            su riqueza y lo que ha ganado no le servirá de nada

            Pronto entrará en un fuego llameante

            Como también su mujer, que da vuelta añadiendo combustible al fuego

 

        Umm Yamil se vengó de estos versos satíricos y ordenó a sus dos hijos divorciarse de sus mujeres que eran hijas de Muhammad. La ruptura era ya total sin esperanza de reconciliación.

        Todo el mundo en la ciudad, estaba al corriente del nuevo “movimiento”, no sirviendo para nada ocultarlo. En esa línea se produce la siguiente revelación:

            Declara pues abiertamente lo que se te ha ordenado y aléjate de quienes 

            adscriben partícipe a Allah.

            En verdad, te bastaremos contra quienes se burlan

            Quienes se elevan a otro Allah a la altura de Allah, pero pronto lo sabrán

            Pues, en verdad, sabemos que tu pecho se encoge por lo que dicen

            Más glorifica a Tu Señor alabándole,

            y se de los que se postran ante él

 

        Muhammad no dejó perder nunca ninguna ocasión de hablar a una asamblea de sus conciudadanos. Los versos del Corán, revelados hasta este momento, hablan la mayor parte de las veces de los puntos siguientes: No hay más que un solo Allah, vivo y todo  poderoso, que no tiene asociados, que no tiene padre, mujer ni hijos, que va a juzgar a la gente después de su muerte y resurrección y que los castigará o recompensará según las obras que lo acompañen. Ocasionalmente decía que la idolatría era abominable y que era indigno del hombre adorar las obras que él mismo hacía; que era necesario escuchar la palabra del Señor, hacer el bien y abstenerse del mal. A menudo esos versos describían, en términos elocuentes, los beneficios de Allah hacia el hombre, para que éste fuera agradecido y recordara que habrá un juicio final después de la resurrección.

        El método de Muhammad era, hablar a los individuos o a las asambleas, recitar primeramente con voz dulce y llena de éxtasis, algunos versículos del Corán, después comentarlos, e invitar a los oyentes a creerle. El éxito estuvo lejos de ser rápido.

 

continuación