Él es como era...

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El es como era antes de la manifestación y continúa siéndolo, aún después de que se perfilaran sus formas, pues en nada se resiente aquel que es capaz de abarcarlas a todas por la cualidad de Su Nombre al-‘am, “El Inmenso”. La parte, sin ser el todo, no es algo distinto al todo, ya que el Uno-Único anula cualquier otra posibilidad de existencia que no sea la Suya. La parte y el todo ni se pueden equiparar, ni pueden existir por separado porque si tal fuera el caso mutuamente se excluirían. Ambos aspectos de la realidad, el absoluto y el parcial, no son equiparables por su propia definición, siendo imposible conciliar los polos opuestos sino es en la aberración, y por tanto se descarta. En cuanto a lo demás: si la parte existiera de forma separada el todo no seria tal por tener una exclusión, y si el todo existiera de forma fija la parte no tendría lugar según lo constata la experiencia, no quedando otra posibilidad más que el hecho de que ambos extremos de lo real, el insondable y el coyuntural, conviven mutuamente sin menoscabo de uno frente a otro y sin ninguna contradicción. La parte contiene al todo por su insustancialidad -de la parte-, y el todo sostiene a la parte por el desbordamiento mismo de las luces de la presencia única que se dibuja en las formas del mundo sin que por ello éstas abandonen el ámbito del Tawhid, su razón de ser y el eje motor de lo manifestado.

 

El hecho que de que la Unidad se exprese a sí misma en múltiplos de sí no hace sino afirmar su domino sobre lo creado ya que en ningún caso el resultado prescinde de su causa primera en el devenir.

 

Cuando esto deja de ser una mera especulación y se realiza en certeza es posible afirmar cosas tales como: “¡yo soy la verdad!” o “¡yo soy el del velo y el desvelado!” o “¡bajo mi túnica nadie sino El!”, sin que estas sentencias resulten ostentosas a los ojos del Amado. Lejos de ellos está el incurrir en una falta al Dueño, es solo que su pobre corazón, henchido por las más sinceras emociones, ya no puede más y abre de par en par las puertas de su recinto amurallado, explayándose la lengua en el desbordamiento de la presencia que de sí los saca para, en la dislocación del yo, hacerlos vivir en lo desmesurado.

 

En esta gente no ha lugar el shirk ya que la afirmación que hacen sobre sus personas no se refiere a sí mismos sino a El, exaltado sea, que se muestra en ellos del todo evidente en los fulgores resplandecientes de la pura luz del Ser. Así, aunque los veas moverse de acá para allá con sus cuerpos de hombres y en sus tratos con el mundo aparenten normalidad, en su fuero interno estarán como ausentes, del todo desencajados de una individualidad que en ellos es como el espectro de una presencia que, liberada del yugo del espacio y el tiempo, fondea los abismos de la presencia del Amigo en la calma absoluta del mar de la igualdad.

 

El Amado mata dos veces al amante que lo pretende antes de consumarse el climax del amor. La primera vez es en el abandono de todo lo que no sea El, lo que equivale a la muerte de amor por la distancia del ser amado. El amante sincero está muerto a todo excepto para aquel por quien su corazón suspira, siempre anhelante del encuentro perfecto en el que por fin su unión se culmine tras la larga travesía de la ausencia. A un nivel espiritual es equiparable a la primera muerte por la que tiene que pasar el siervo antes de extinguirse definitivamente en el nicho de luces de Su Señor, y corresponde a “la ilaha illa allah” que para nosotros es la negación constante de cualquier atisbo de existencia separada que perdure en la creación. Éste primer vislumbre de lo real se produce cuando el siervo comprende con su intelecto a Allah pero no puede asirlo ya que es incapaz de reconocerlo evidente en el velo de las formas creadas, y por lo tanto tiene que negarlas a todas hasta que éstas dejen de ser por ellas mismas para ser en Su Creador.

 

Cuando “la ilaha illa allah” toma el mando y se apodera del corazón llega un momento en que la negación de lo otro que El se completa, constatándose en el hecho de que al aspirante a la presencia todo le sobra, resultándole insignificante y sin poder todo aquello en lo que antes disputaba.

 

No quedando ya nada bajo la órbita de lo compuesto en lo que poder asentar su satisfacción, el corazón del siervo se enraíza en la certeza de que no hay más trascendencia sino en El, capacitándolo así el Dueño para su culminación definitiva en el fuego del Amor, pues has de saber que cuando éste llega todo se disloca y todo se trasforma en la rebosante plenitud de los atributos que a Sus Nombres retornan.

 

El Todo liberado requiere de un corazón puro para su contemplación y por eso el Amado, que sólo se une a su igual, espera pacientemente hasta que el amante se purifique en el llanto por todas las violaciones a Su intimidad. Cuando la negligencia y el olvido abandonen su corazón, con las alas de la aspiración y la certeza podrá iniciar el vuelo desde las formas creadas hasta el mismísimo trono del Supremo Hacedor

 

En el Amor, el amante y el amado

sucumben derrotados

ante el fuego de la pasión,

completándose así la segunda muerte

o extinción de la extinción.

 

Primero te mata a tu mundo

hasta hacer de ti una sombra,

pura inconsistencia,

y luego culmina tu muerte

alumbrando con tu nada

el cielo de Su Esplendor.

 

Y al igual que los amantes

que se olvidan de sí mismos

en el clímax de su unión,

así desde tu nada serás Su Todo,

¡oh Tú, el Uno-Único,

la culminación de mi meta

en el triunfo del Amor!

 

Búscame allí amigo mío

cuando todo se derrumbe,

pues de Sus brazos estoy prendido,

y no espero menos de El

de lo que así mismo se exige

por ser el más generoso en misericordia

y el más pleno en Su compasión.

 

El final siempre es para Muhammad, el profeta iletrado:

de entre todos los campeones que se alzaron

para alumbrar la vida de los hombres

con las vías hacia el conocimiento,

él es el tinte supremo en el que todos los demás

obtienen la marca de sus sellos.

 

Una queja profunda de su yo separado

le llevó hasta el encuentro del Uno-Único

en la soledad de su retiro del monte Hira para desde allí,

en la plenitud de su mansedumbre a lo revelado,

preñar de significados las señales de una presencia

que con el alba de los secretos ha despuntado.

 

Evidenció lo que el olvido desarraiga de la memoria de los hombres

hasta hacerlos perecer en el fango de sus torcidas naturalezas,

pero el favor de Allah nunca se detiene,

y siempre hace verdear la rama tronchada en el desvarío

con la sabia nueva de un vivificante mensaje

surgido de su presencia eternamente fluyente como un río.

 

Rasgó todos los velos no quedando ya nada que ocultar

sellando así su intimidad con Aquel

que se oculta en las sombras del mundo

para hacer de la duda de Su Presencia

una puerta abierta hacia la eternidad.

 

Que todas las bendiciones recaigan sobre él

según la medida que corresponde a su naturaleza

hasta agotar toda posibilidad de elogio

y en su enumeración que la lengua enmudezca,

pues realmente amplio es el dominio

de aquel cuyo espíritu, al no conocer frontera,

es capaz de abarcar al Todo,

en lo que oculta y lo que manifiesta.

 

Bajo la protección de su manto me cobijo

para franquearme a mí mismo en aras a lo desmesurado,

que por su mediación Allah nos guarde a nosotros,

que somos Su gente, pues sin su asistencia en estos malos tiempos

seríamos ciertamente de los extraviados.

 

Y que todos culminen la llegada de la mejor forma posible de acuerdo a sus circunstancias y a sus propias naturalezas, pues Sus caminos son del todo inescrutables, y Allah es el que mejor conoce como guiarnos en su omnisciencia