A todos los buscadores de la verdad
en las sendas del conocimiento
Desde la soledad del destierro que es el dunia, el corazón del que aspira a
Allah no deja de llorar en la distancia por la presencia del Amado. Lo que no es
El ha tejido la enredadera del olvido de modo que el murid solo ve a su nafs que
se yergue como un gigantesco coloso entre él y Su Creador impidiendo a las luces
de la Presencia penetrar los densos muros del auto-engaño. Muros que erigen el
creerse separado cuando Hwa nos es más cercano que nuestra propia vena yugular,
tal y como afirman los signos recitados pues nada absolutamente vela al de
obligada existencia. Los ecos de Su Presencia retumban en el tambor de la
existencia mundana que huyendo de sí se expande más allá en la miríada de formas
que constituyen la expresión de Su Belleza.
El es tal como era antes de la manifestación y continúa siéndolo, pues en Su
independencia nada le afecta. Por Su Brillo insoportable pasó a ser en los
recipientes de las formas, confundiendo así a los hombres, incapaces de
reconocerse igualados bajo la luz reflejada de los destellos de sus copas. Como
aparenta muchos se olvidan de su Unión, pero Unión es la morada del hombre, toda
Ella son sus moradas, y cuanto más sus moradores. ¿Hay algún resquicio en todo
el universo creado que no vea el ojo insondable de Su Visión, siendo ésta tal y
como es, el colmo de lo visto en el ojo del observador? Ella es el colmo de las
virtudes que a raudales se desbordan de los corazones de los hombres libres. En
Su Belleza es sin igual pues a todo se la concede más allá del juicio y la
opinión, ¿quien sino Ella ostentaría el sublime rango de la no-discriminación si
es solo a Ella a quien todos buscan para recostar las penas al cobijo
confortable de su regazo? A todos por igual se brinda en la protección su manto
para solaz y deleite de los que la buscan y febril desvarío de los ensimismados.
Y lo mismo que en Belleza resulta en Grandeza, siendo en Ella absoluta, pues a
menos que nada reduce cualquier comparación se le exponga, ¡alabado sea Allah en
su infinita gloria que nos ha revelado: "todo perece salvo Su Faz"! Y así
como en Belleza resulta también admirable en Majestad, pues se muestra siempre
terrible en lo inexorable de Su Decreto ¡sea!, que como lluvia de granizo
se precipita para sacudir los asuntos de los hombres. Quizá así despierten y se
les abran las puertas a la trascendencia en Su Señor, y por medio de un mal
obtengan el bien mayor de la subsistencia en El por agotamiento de la pasión al
yo.
Todo el universo creado se puede expresar en términos de Belleza, Grandeza y
Majestad, así como en otras categorías absolutas, pues las divisiones son solo
en función de su ayuda a la cercanía, desde la cual cualquier clasificación es
posible y acertada por exigencia misma del rango supremo que da la intimidad con
lo Real, el ámbito de Tawhid, que reunifica lo múltiple, repliega lo disperso, y
focaliza el ojo de la visión para no vea otra cosa sino Allah donde quiera que
se manifieste, en toda circunstancia, tiempo y lugar.
Para llegar simplemente hay que empezar a caminar, ya que después del primer
paso solo es cuestión tiempo encontrar una senda segura tras el rastro lo
auténtico. Como el camino del que hablamos no es más que un desandar las rutas
del ego, y puesto que la trascendencia solo es posible en el no-yo, por ser este
-el yo- evanescente, finalmente el anhelo espiritual siempre se acaba
imponiendo. El deseo de unión tras separación es una fuerza irresistible que
crece y crece a medida que se avanza por esta senda de luz hasta que, imposible
de retener, se desborda y en su desbordamiento arrastra tras de sí todo en lo
que antes se retenía, confinada a la estrechez las formas temporales. Es como
una ola que acaba haciéndose tan grande como el gran océano, haciendo olvido de
sí para abarcar lo que en esencia ocultaba su manifestación como ola. A la luz
del desbordamiento, océano y ola se dan la mano, no dejando el menor resquicio
para cualquier otra posibilidad que no sea sus naturalezas mismas que se funden
por la estrechez del abrazo. Y así, puesto que las olas siempre fueron el océano
y el océano no se sostiene sin sus olas, ambas realidades, más allá de la
contradicción, no hacen sino afirmarse en la realidad única de la dimana toda
experiencia.
Unificar los dos puntos de vista - el de la criatura y el de Su Señor - es todo
lo que hay que hacer, y para ello solo que hay que saber mirar a los confines
mismos de lo creado desde la montura del observador. Como un jinete y su
caballo: mientras aquel solo tiene ojos para la presa que persigue, el caballo
no conoce límite alguno que entorpezca su mirada, y así ambos avanzan con la
seguridad que da la compenetración mutua en la consecución del logro final de la
presa.
Del néctar de la unión prensada de lo inmanente en su extinción beben todos los
enamorados. Que Allah nos haga de su número, y que en su número no haya mengua
sino aumento constante hasta el infinito de lo posible.
El saludo final es para Muhammad, el profeta iletrado.
Tú que sacaste al mundo del fango de su inconsistencia
Y lo asomaste al otro lado de las altas esferas celestes
Bajo la mirada complaciente del Dueño,
Tú que hiciste del inhóspito desierto
Una morada agradable para el Amigo,
Y allanaste toda forma de idolatría
En el asiento de la civilización más floreciente,
Solo a ti dedico la virtud, si la hubiera, de esto que escribo
En la confianza serena, oh enviado de Allah,
De que velarás por mí y los de mi cuerda,
Aliviándonos el peso de la verdad
Cuando la oscura muerte alargue su brazo envolvente
Para sumirnos en el inescrutable mundo de los designios divinos.
(Javier García. 'Uzman)