Un encuentro

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La cueva del yogui se ha inundado de luz, al fondo se vislumbra la silueta de una figura humana, nuestro lama raíz Milarepa se acerca. Avanza despacio por la gruta y se detiene justo delante de mí, que permanezco sentado sobre mi frío asiento de piedra. Dice: "¡Escucha, escucha desde antes de la formación del tiempo!". Desenrollé entonces el pliego de mi existencia sobre la alfombra tendida de su misericordiosa presencia y escuché, escuché el sonido del tiempo hundiéndose en lo profundo hasta que todo quedó oculto en la densidad de una oscura y fría nada. Luego prendió mi llama con su llama y hubo "la luz del surgimiento" con la que me veo como no estando separado del lama, sino formando un solo y mismo cuerpo. Y así, su iluminación es mi iluminación, donde quiera que él esté estoy yo, con su caldo de ortigas me alimento, visto sus mismas ropas de algodón; en la cueva del gran yogui tibetano resido sin necesidad alguna de ir hasta allí, cuando el yoga del calor interno es lo que practica, en mí lo siento, y cuando el frío es lo que le invade, en un buda frío me convierto.

 

Soy poseedor del azufre rojo del alquimista con el que logro transmutar el metal sin valor que se desecha en oro puro. Gracias a la bendición del linaje el ojo imputador ha dejado de tejer sobre el haz de luz formas de existencia vanas, los objetos imputados residen ahora en la esfera de la radiante luz, que es en lo que queda la visión transmutada cuando la mirada asume el brillo percibido por lo que es, y no por lo que en la ignorancia le asociaba. No hay otra cosa que la manifestación de este principio innombrable ocultándose en las cosas y mostrándose en su nada.

 

He arrojado las redes de mi personalidad en alta mar y he recogido un cielo cuajado de estrellas, son las perlas ocultas de mi océano interior que en la superficie resplandecen. Alumbran mis días y mis noches, y alumbrarán mi muerte, cuando el velo de esta vida se levante para que lo que nunca ha dejado de ser, finalmente sea. Allí espero unirme con la gente que amo y que me ama recostados sobre el lecho de su misericordiosa presencia. Que la bendición de este encuentro beneficie a innumerables seres.

 

('Uzman García)