Me visitó aquella por la que suspiro

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Me visitó aquella por la que suspiro una noche de desvelo en la que el sueño parecía haber perdido el rumbo y vagaba perdido en algún lugar lejano mientras yo me consagraba a ella, mi amada, la única que me reconforta en el desgarro de la distancia.

 

Los signos anunciadores de su presencia fueron una calma serena y una luz que al fondo se fue perfilando hasta llenar todos los confines de mi conciencia.

 

No vino sola, su sequito desfilaba entre aromas embriagadores y el estruendo ensordecedor de trompetas que retumbaban mientras una lluvia fina de pétalos de todos los colores caía incesante.

 

Los portaestandartes, luciendo sus mejores galas, ondeaban al viento banderas de victoria bordadas en oro, noventa y nueve en total, cada una de ellas luciendo un nombre, al tiempo que los miembros de su guardia personal, a lomos de esbeltísimos caballos negros y blancos de crines como la seda, marchaban orgullos mostrando sus relucientes atributos de hombres de armas, sus escudos, sus espadas, sus yelmos, sus cotas de mallas y sus afiladas lanzas alzadas al cielo.

 

Me quedé prendado en la visión que ingrávida iba abriéndose paso entre todos mis recovecos, alumbrando estancias hasta ahora ocultas que iluminadas fueron uniéndose a la mansión principal de mi ser.

 

La morada del corazón, convertida en sumidero de luces, fue absorbiendo la comitiva entre cegadores destellos como puñales que en el entendimiento se hundían hasta desgajarlo de su ubicación central en el  “yo-soy” el cual, en medio de todo este esplendor irradiado, sucumbía entre apagados ecos y los estertores de su evanescencia.

 

Y de repente el silencio, una nada preñada de una sutil espera en la densidad plena de una luz extraordinaria que como un delicadísimo velo parecía interponerse entre lo que de mí quedaba y su presencia.

 

Los emisarios llegaron justo cuando me abandonó la impaciencia, siete en total, tres parejas al frente y uno detrás, y después una yegua torda sin ensillar, y luego una pregunta surgida de lo profundo que a borbotones de su impetuosa sonoridad fue resquebrajando el silencio en incontables de fragmentos hasta que todo fue un clamor:

 

“¿Acaso no te basta con que yo te ame?”

 

Dos lagrimones como puños de fuego recorrieron mis mejillas dejándome indeleble la marca de unos surcos que el llanto no ha de recorrer, pues mis quejas de amor han sido selladas para siempre en la pasión de aquella que ha desterrado mi ignorancia.

 

Sí hermano, ella nos ama, pues jamás abandona ni por un instante a sus amantes a los que protege y acompaña al arrullo de la nostalgia hasta hacerlos suyos, hasta quedar fundidos en el fuego de su pasión, en cuyas ascuas la separación humea dibujando extrañas y caprichosa formas, como en los reflejos furtivos de un espejismo que a lejos aparecen y desaparecen.

 

La yegua torda me prestó su lomo y cabalgamos hasta agotar todas las distancias, no quedando ya nada por recorrer. Los mundos en sus magníficas órbitas pasaban como vertiginosas estelas mientras mi ojo inquieto indagaba el horizonte de los confines de Layla, deseoso de posarse en ella, de perderse en su mirada.

 

No pude verla, pero la llevo en mis entrañas. Mis contornos irreconocibles se han perdido en la excelsitud de su belleza y en ella he quedado prendido cual dócil rama de palma que a merced del viento se contonea.

 

Ahora veo como ciertas sus palabras reveladas:

 

“Bendito Aquel que ha creado siete cielos en perfecta armonía entre sí: no hallarás el menor fallo en la creación del Más Misericordioso. Mira de nuevo: ¿puedes ver alguna fisura?

Sí, mira de nuevo, una y otra vez: y cada vez tu vista volverá a ti, deslumbrada y realmente vencida.” (Corán, Al-Mulk 3:4)

 

No hay fisuras en su creación, todo lo llena, da igual lo cerca o lejos que vayas, Ella es tal cual es en este preciso momento en tu “yo” cuando no siendo en ti seas en Su Esencia por tu nada.

 

Y no hay más verdad que Él, “la ilaha illa hwa”, con independencia de tus miradas.

 

Todo el mérito es de Muhammdad, el profeta iletrado. Las cadenas doradas de la transmisión tienen su origen en él, que las cerrará todas cuando el tiempo se venza y las cosas revelen su identidad oculta para ser medidas con el peso de la verdad.

 

Que todos salgamos ganando ese día y que no veamos sino rostros resplandecientes saliéndonos al paso entre saludos de as-salamu aleikum, “la paz sea contigo”, wa aleikum s-salam, “y contigo sea la paz”.

 

 

Javier García Serrano, Uzman