A los locos del linaje susurrado

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    Los locos son como la vacuidad, todo el mundo los mira pero nadie les hace caso. Van por ahí en sus delirios discutiendo con compañeros invisibles en medio de la gente que pasa de largo sin poder quitarles el ojo de encima entre sorprendidos y admirados.

 

    Las miradas acostumbradas a lo previsible se quedan prendadas de una espontaneidad que a horcajadas de fulgurantes mandatos se abre paso entre los formalismos y pareciera como si las cosas, por un momento, dejaran de ser lo que parecen.

 

    ¿Y si su mundo fuera el cierto y el nuestro la quimera de un ego desquiciado?

 

    Deambulan entre aspavientos persiguiendo sombras que solo a ellos se muestran, como queriendo encontrar detrás de ellas la razón de ser su locura, siempre buscando, siempre indagando inquietos allí donde los estereotipos se difuminan y se curvan sus cuadraturas.

 

    Para ellos las cosas no son lo que aparentan a la mayoría. Están como ausentes, totalmente abstraídos en el vórtice de una realidad desatada que hace saltar por los aires las yuntas de lo condicionado, y ahí permanecen como ingrávidos en medio de una nada plena que los saca de sí para situarlos al otro lado de lo que las cosas muestran, en el reflujo continuo de mundos extraordinarios que se asoman por el abismo de sus conciencias.

 

    Todo les trae el recuerdo de lo que era cuando compartían el dulzor del vino de la esencia antes de que el escanciador con mano firme definiera en las copas sus aromas y colores. La resaca de ese vino es tan fuerte que su paladeo no depende de cosechas, pues para el que ha estado unido y aún recuerda, hasta el vino amargo le sabe néctar.

 

    Todos los fragmentos del rompecabezas de la unión buscan su contraparte allí donde el hacedor de mano invisible recortó sus siluetas, unificándose así la totalidad de lo disperso en el ojo de la visión. Cuando ésta se consolida es como un gran sol que todo lo alumbra, no quedando nada fuera de su alcance ya que cada cosa que viene a la existencia no lo hace por ella misma sino por medio de su luz.

 

    Un ejemplo claro está en la luna y el sol. Cuando ves la luna no estás viendo realmente la luna, ya que ésta es sólo un frió trozo de piedra flotando en la oscuridad espacio, lo que ves en realidad es la luz del sol reflejada bajo una forma de luna; pero no la luna, que está oculta. Vemos un reflejo y decimos ¡luna!, y puesto que está ahí también debe de haber alguien al otro lado para hacerla suya, ¿como si no hubiera podido salir de la oscuridad para definirse al margen de su luz? Ambos, el que ve y lo visto, son distorsiones en espejo de la conciencia, pero no por él mismo ya desde el principio no ha hecho otra cosa sino reflejar la pura luz del ser, sino por la herrumbre del “yo-soy” al margen de lo manifestado.

 

    Los dueños de esta visión son los locos, aquellos que viven fuera de sí, incapaces de reconocerse en sus cuerpos y menos aún en sus mentes. ¡Qué locura la suya!

 

    Su trastorno es una sensibilidad extrema que se encaprichó del mundo y anidó el corazón de los hombres para comprobar que su despliegue ciertamente no conoce fronteras. Demasiado sutil es la visión de aquellos a los que ha hecho presa como para que los estrechos de miras puedan comprenderlos según sus pautas, ya que éstas solo se aplican a lo preconcebido y ellos no están sujetos a nada.

 

    Una vez vi a uno y me pareció el mismísimo Milarepa. Ebrio en su locura se me acercó murmurando retahílas interminables que eran para mí como los acordes del mantra supremo. De su cuello colgaba una especie de collar de cuentas enormes que recorría su cuerpo hasta debajo de la cintura. Se balanceaba como queriendo descoyuntarse. Su mano derecha sostenía una fina vara con lo que jugaba despreocupado a dibujar contornos, siluetas y bucles imposibles que se retorcían sobre sí mismos, y eran para mí retazos desprendidos del mandala secreto flotando en el aire. Parecía no tener mirada, traspasaba cualquier cosa que se le pusiera por delante, como si para él las cosas no fueran más que una presencia sutil que hubiera tomado a préstamo el soporte de las formas. En su mano izquierda llevaba unas ramas de romero que intercambió conmigo a cambio de algunas monedas.

 

    Se movía, o ¿quizás danzaba? Sí, danzaba, danzaba para mí, para este hijo suyo perdido en el mar del tiempo que ha rasgado los velos suficientes como para poder reconocerlo en los aspavientos y dislates de un pobre loco.

 

    Ese día me beneficié yo de su presencia y otro día quizás otros lo hagan, ya que la transmisión de estas verdades nunca se interrumpe ni sufren mengua alguna a pesar de la distancia.

 

Dedicado a todos los locos del linaje susurrado.