LA CIENCIA DE LOS NOMBRES

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السلام

(6) as-Salâm

 

 

         Hay Nombres de Allah que son Nombres de Majestad (Asmâ al-Yalâl): nos lo describen en el carácter rotundo y dominante de Su Verdad, en la infinitud de Su desproporción, siendo las claves para entender la complejidad de Su Esencia, las dimensiones inimaginables que fluyen por todo lo que podamos decir acerca de Él. Son Nombres que infunden terror, porque hablan de Su grandeza y la insignificancia del hombre que está constantemente expuesto a Él: Allah es Rey, Insondable,… todo viene de Él y nada escapa a Su poder. Pero otros son Nombres de Belleza (Asmâ al-Yamâl), que invitan a confiar en Él y amarle, pues Él se muestra Misericordioso, Compasivo, Cercano… Uno de sus Nombres de Belleza es Salâm: Allah es Paz. Es Paz en Sí Mismo y para todo lo que existe.

         Salâm (Paz) es aquél cuya esencia está a salvo de defecto, sus cualidades carecen de falta y sus actos están libres de todo mal, de modo que en la existencia entera no hay salâma (salud) que no le sea atribuida y no provenga de Él. En este sentido, sólo Allah es Paz. La Paz acompaña a Su Armonía, y redunda a favor de lo que Él crea. La salâma, la salud que impregna la existencia consiste en estar a salvo, y es la raíz de las cosas, a donde el musulmán busca volver, siendo ese el objeto de su Islam (su Reconciliación), formando todas estas palabras una única familia semántica (Salâm, Salâma, Islâm): Allah es Paz, y únicamente junto a Él estamos a salvo, y regresamos junto a Él entregándonos sin reparos a Su Verdad, con corazón sereno.

         Los actos de Allah están vacíos de mal, y nos referimos al mal absoluto, el realizado y propuesto por sí mismo, y no al mal relativo en el que hay un bien que sólo se logra en su mediación. Ya hemos visto esta cuestión al tratar acerca de la Rahma de Allah, de Su voluntad de bien. Así, pues, en la raíz de la existencia no hay mal alguno de esas características absolutas, y sólo hay males relativos cuyo objetivo es el bien. Y ello no sólo como expresión de Su voluntad, sino que es consustancial a Él. Esto es lo que nos enseña su Nombre Salâm.

         En la insondabilidad de Su Dzât, de Su Esencia, Allah es pura perfección y paz de las que surge el bien. Cimentada sobre esta verdad, la existencia entera está a salvo. Esta es la imagen que debe tener el que se impregna de los contenidos de la ‘Aqîda del Islam, una cosmovisión que quiebra la concepción de un mundo en conflicto absurdo. El musulmán retoma esta raíz volviendo de la distancia del ego, que lo aparta de su Fuente y lo lleva a la destrucción. Esa vuelta a la Paz es en lo que consiste el Islam, que es salâma, salud, sobre el fundamento de Allah-Salâm. Haciéndose pacífico, el ser humano rinde pleitesía a ese Significado de su Señor. Consiste en ser pacífico interna y externamente, es una reconciliación con el propio espíritu que se traduce en una reconciliación con el mundo, es armonía de la persona dentro de sí y con lo que la rodea. Ambos extremos se implican mutuamente.

         El seguimiento de la Vía de los Nombres consiste en reproducir dentro de uno mismo, en la medida de lo humano, las Significaciones que configuran el universo. Esas Significaciones (Ma‘ânî) son las de la palabra Allah, las implicaciones de Su Verdad. Él es Paz, y junto a Él se está en Paz. Hay que volver a Él transfigurándonos a lo largo de ese Camino. Esa es la gran exigencia de este saber al que denominamos Ciencia de los Nombres de Allah. Se parte de la identificación del significado de cada Nombre en las inmensidades de lo eterno, después se le rinde culto respondiendo a sus demandas, que nos imponen un modo de ser de acuerdo a lo que se desprende de ese significado, y luego viene la trasformación en lo que se parezca al Nombre. Se trata de tres pasos: saber, ser consecuente con el ese saber y, por último, proponerse la Significación. Así, Allah es Paz desmesurada, su demanda es la serenidad de la que debe revestirse el que sabe que el trasfondo de la existencia es esa Paz, y por último, pacificarse dejando atrás toda violencia contra uno mismo y contra los demás, convirtiéndonos en Paz.

 

         * Todo hombre cuyo corazón está sano, y en él no hay deseo de engañar, ni en él anida el rencor, la envidia, el miedo o la voluntad de hacer el mal, y a la vez su cuerpo refleja esa salud, no cometiendo con él trasgresiones, y todas sus cualidades no reflejan más que el bien, de ése se dije que se presenta ante Allah con corazón sano (qalb salîm). Esa persona es Salâm, y está cerca del Salâm Absoluto, la Verdad Una, Allah, junto al que no hay nada. Se le llama ‘Abd as-Salâm, el servidor de la Paz. Se trata de quien ha puesto su apetito y su ira bajo el estricto dominio de su inteligencia y su voluntad los gobierna en lugar de estar al servicio de ellos.

         Normalmente, sólo se alcanza ese rango tras un esfuerzo mantenido, pues nuestras circunstancias nos tienen en constante tensión con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. Convertirnos en Paz exige una depuración total que nos descontamine de maldades que son pura contradicción con la naturaleza esencial de las cosas. La arrogancia, el orgullo, la vanidad, la envidia, la avaricia,… son frutos de una distorsión que hay que corregir con severidad antes de creer que se está en paz y se es paz para el mundo.

         Se llama salîm, y musulmán (muslim, persona pacificada, la inmersa en la paz esencial), a la persona pacífica, es decir, a quien está en paz consigo mismo y con todos, de modo que quienes le rodean están a salvo de su lengua y de su mano. ¿Cómo podría ser llamado salîm quien es un peligro para sí o para los demás?