LA CIENCIA DE LOS NOMBRES

(3)

 

anterior

 

  القدّوس

 

(5) al-Quddûs

 

 

         Entre los Nombres de Allah figura el de al-Quddûs, que desborda ampliamente todo intento de explicación. Es más, pretende precisamente sumergirnos en una radical perplejidad ante la Verdad que nos hace ser, señalándonos Su desproporción, su inasequibilidad. Incluso nos somete a aparentes contradicciones, pues su función es también la de subrayar nuestra insuficiencia ante la Verdad Absoluta, la escasez de nuestros recursos para abarcarla en el entendimiento. Al-Quddûs es Allah al margen de todos los intentos de apresarlo en definiciones, por bienintencionados que sean. Lo podemos traducir por el Insondable. Es un Nombre que nos habla de la grandeza infinita de Allah y, por otro lado, de nuestra incapacidad para imaginarla. Asumir nuestro fracaso ante Allah será la clave para comprender las implicaciones más íntimas de este Nombre de Majestad y Dominio. Quddûs es Allah en Su inasibilidad: Él es Señor de todas las cosas, y a Él nada lo somete, ni tan siquiera el entendimiento más agudo.

Sin embargo, el Nombre de Allah Quddûs se suele traducir por Santo, pero quizás sea más correcto el término Insondable. Efectivamente, Quddûs no es una palabra con la que se pueda describir en árabe otra cosa que no sea la realidad incontenible del Uno-Único. Nadie, aparte de Allah, es Quddûs. Si aceptáramos la traducción por Santo incurriríamos en colisión con este aspecto fundamental de la palabra: en árabe, se reserva exclusivamente para la Verdad Hacedora de todas las cosas, Presente pero esencialmente inaprensible. No se trata de santidad, sino que Quddûs sugiere el carácter ininteligible de lo que Allah es, se trata de Su inefabilidad que está más allá de lo que el lenguaje humano es capaz de expresar. Del término Santo o Sagrado sólo aceptaríamos su alusión a una dimensión misteriosa, a una naturaleza incomprensible, matices que están en ese Nombre árabe.

Quddûs es un muy noble calificativo que nos habla de la Identidad de Allah, de Su Dzât, de Su Esencia indefinible, de Su Secreto Remoto, de Su absoluta incomprensibilidad, ahí donde nada sirve para hacerse una idea de lo que Él es, ahí donde no hay términos para Su Grandeza, Su Infinitud, Su Belleza deslumbrante. Es Allah en Sí Mismo, en la tersura de Su Verdad, ante el que sólo cabe rendirse pues nuestros recursos no llegan ni a los aledaños de lo que Él es.

Este Nombre es el antídoto contra todo intento de reducir a Allah a medidas, de ponerle límites, de someterle a la reflexión o al entendimiento. Él es la Verdad dominante que nada ni nadie puede pretender poseer. Él es radicalmente distinto a cualquier conclusión a la que lleguemos, y esto es de trascendental importancia. Se trata de un Nombre cuya significación predomina sobre el sentido que queramos darle a cualquier otro de Sus Nombres. Es el misterio depositado en el fondo de cualquier expresión con la que el Corán o la Sunna nos acerquen a Allah. Cuando creamos haber “entendido” a Allah, inmediatamente debe venirnos a la memoria que su auténtica condición es la de al-Quddûs, y la humildad se nos impondrá como corrector que nos evitará el gurûr, la soberbia en la que con frecuencia incurre el que supone haber conocido a Allah. El gurûr, esa soberbia propia del que considera haber alcanzado la verdad, es un velo cegador que impide avanzar en el conocimiento de Allah, que no tiene final. Y esa arrogancia tiene en el Nombre al-Quddûs su freno, pues reduce a la nada toda pretensión y sume a la inteligencia en la perplejidad. Ante Allah-Quddûs no vale nada, salvo llevar la frente al suelo dejando atrás todas las certezas y seguridades, que se deshacen ante la Presencia impredecible del Uno-Único, abarcador de todas las cosas mientras que nada ni nadie lo abarca.

En un intento de definición de la palabra en sí -atendiendo a su significado léxico y sin pretender que valga definitivamente para Allah, pues no es todo lo radical que debería ser-, se nos dice que Quddûs es aquél que no puede ser descrito comparándolo con nada que los sentidos físicos o la imaginación o la razón puedan captar. Según esto, Su realidad no puede representársela la imaginación; la ilusión o la fantasía no llegan a acercársele, la conciencia no lo comprende, la reflexión no lo abarca. Escapa siempre a todo intento de delimitación. No hay fronteras para Su profundidad ni barreras para Su voluntad. Insondable es aquél cuya perfección no puede ser definida de modo alguno porque está mucho más allá de lo que ninguna palabra puede describir

Algunas veces se ha dicho también que Quddûs es el que está libre de defectos, pero esta definición está cerca de ser descortés con Allah, porque negar que en Él haya defecto es como si se dejara entender que pudiera tener alguno. En efecto, hay quienes opinan que es un mérito entender que Allah no se asemeja a nada: que Él no es esencia ni accidente, ni cuerpo ni espíritu, que no tiene color, ni olor, ni sabor, que no está en ninguna parte, ni arriba ni abajo, ni dentro ni fuera, que por Él no pasa el tiempo, que nada que el hombre pueda intuir le hace justicia… creyendo que con ello se está hablando de la inasibilidad de Allah, de Su Majestad incomparable. Pero de un rey no se dice simplemente que “no es un barrendero” o “no es un sastre”, que en lugar de ser una alabanza parecería un insulto; esa no es la definición que corresponde a un rey, y al igual sucede con Allah: no se dice de Él que no tiene defectos, sino que es inimaginable, incomprensible e insondable. Esto alude a Su Perfección sin poner a su lado ninguna comparación que lo antropoformice ni ninguna negación que lo reduzca a la simple nada. Esta observación ya la hizo el Imâm al-Gazâli, para quien Allah, en Su Secreto, es pura afirmación de Sí Mismo, y ahí no pueden hacerse negaciones tales como “Él no es tal cosa”: Él es Allah en Su Quds, en Su Verdad ininteligible para el entendimiento humano, pura positividad para la que, simplemente, no hay palabras humanas.

Por eso decimos que al-Quddûs es el que está privado de toda descripción, incluso de las perfecciones que el hombre pueda imaginar, y está privado de toda negación: ahí sólo está Él, al margen de todo lo que el hombre quiera decir, afirmando o negando. Él está Exento (Munaççah): es el radicalmente Puro en la hondura infinita de Su Verdad Insondable. Y es porque el ser humano primero se analiza a sí mismo y acaba considerando que lo mejor que hay en él es su capacidad para conocer, su poder para elegir, su oído, su visión, su palabra, su voluntad, etc., y considera que todo ello son perfecciones del ser que también atribuye a su Creador. En segundo lugar, encuentra en sí mismo defectos y carencias, como su ignorancia, su incapacidad para realizar ciertas cosas, su sordera, su mudez, su ceguera, y los considera defectos que niega en su Creador. Es así cómo imagina a su Señor, atribuyéndole en grado sumo sus propias perfecciones y negándole sus carencias. Pero Allah está mucho más allá de las plenitudes y de los defectos que pueda haber en la creación.

En sí, Allah es Quddûs, y es Insondable en lo que Él es, y no hay perfección ni plenitud que le hagan justicia, porque está infinitamente por encima de lo que el hombre pueda adivinar. Creador de todas las cosas, de las perfecciones y de los defectos, Él es anterior a todo ello. Y si no fuera porque Él mismo nos ha autorizado a utilizar ciertos términos para describirlo (como decir que Él tiene Voluntad, Ciencia, oye, habla, escucha, etc.), todos serían inapropiados para Él. Por tanto, en todas esas descripciones autorizadas por la Revelación hay que tener en cuenta la regla según la cual son insuficientes para abarcar a Allah, y sirven exclusivamente de acercamiento a Él.

Llamamos Quds a ese ‘recinto de Su intimidad’[1] en el que Allah es incomprensible, inabarcable, insondable, pero positivo y afirmado, Realidad inimaginable pero consistente. Es el secreto de Su Verdad. Quds es Su Espacio -sólo por decirlo de alguna manera-, es ahí donde todo lo relacionado con Él es inefable, inaprensible, misterioso por su hondura, abismal en sus connotaciones, inasequible al entendimiento, indescifrable por el pensamiento. Decimos que ha accedido al Quds de Allah la persona que ha sido deslumbrada por la significación más profunda de Allah. Es la persona que ha retirado el velo de las convenciones intelectuales que limitan a la mayor parte de los hombres y descubre que no hay palabras que describan a Allah, que no hay imágenes que retraten Su pureza, ni adjetivos que hagan justicia a Su esplendor, ni pensamientos que encierren Su totalidad, ni sentimientos que sean suficientes para intuirlo. Es la morada del perplejo ante su Señor. Su éxtasis es el servicio que rinde a esa Verdad que lo subyuga, su admiración es el tributo que rinde al Inimaginable, el Insondable, el Quddûs. Y la sabiduría que ahí se desborda sobre esa persona es pura luz, que se materializa en un conocimiento de la realidad profunda de las cosas y de los acontecimientos. Quien ha tenido la fortuna de penetrar en el Quds, vuelve al mundo de los sentidos convertido en sabio, en alguien que sintoniza fácilmente con las verdades esenciales de todo cuanto le rodea.

Estas son, pues, las exigencias y los frutos de este Nombre. Por un lado, demanda al musulmán ensimismarse en el Infinito, no para atraparlo, sino para quedar deslumbrado por Él. Y luego, traerse a este mundo esa experiencia para adivinarla en el trasfondo de todas las realidades. Ese Infinito inexpresable está en la raíz y en la fuerza de las cosas.

        

 

         * El Quds del hombre, el recinto de su insondabilidad, está en alcanzar un grado en el que su voluntad y su saber estén libre de condicionantes. Se asemeja a al-Quddûs es que libera su voluntad de apegos groseros y libera su reflexión de materialidad. Se reviste con esa noble cualidad el que ensimisma su entendimiento y hunde su ser en las verdades más descarnadas, quien consagra su reflexión a las ideas más nobles, a los pensamientos más alejados del interés, de la superficialidad y la grosería. Es el que se desata por completo del mundo y sitúa su universo interior más allá de toda corrupción. El que enraíza su corazón en la órbita de los Malâika, distanciándose de la materia, se acerca a la sutilidad del Quds, donde no hay ni perfecciones ni defectos que la mente humana pueda determinar, sino pura eternidad e infinitud anterior a toda existencia concreta.

         Suele decirse que ello se logra gobernando la voluntad aviniéndola a la Sharî‘a, de modo que todo lo que haga o deje de hacer el musulmán sea conforme a la Voluntad de Allah expresada en la Ley revelada. Para ello necesita de dos ciencias, el Fiqh y el Tasawwuf, es decir, el Derecho y la Vía espiritual. Con esas dos herramientas hace que su voluntad se emancipe de todo egoísmo. Y logra emancipar su pensamiento guiándolo bajo las directrices de otra ciencia, el Kalâm, o Discurso sobre las verdades fundamentales del Islam, que es pura abstracción que sumerge su reflexión en lo insondable.

Ese es el ‘Abd al-Quddûs, el Servidor del Insondable, el que ha sumergido su ser en el Ser de su Señor, y ha rebasado todos los límites, el que ha superado los obstáculos que atan a los hombres, los que ponen fronteras a sus aspiraciones.


 

[1] Quds es el nombre que recibe en árabe Jerusalén, por los acontecimientos sobrenaturales que han tenido lugar en ella.

 

 

continuación