PAPEL DE LAS HERMANDADES SUFÍES
EN
LA ARGELIA COLONIAL
En la breve exposición anterior aparece claramente el papel destacado
que jugaron las hermandades (turuq) y
los maestros sufíes en la oposición a la aventura colonial francesa.
Efectivamente, la Argelia del s. XIX, como la inmensa mayoría del mundo musulmán,
estaba organizada en torno a los centros de espiritualidad islámica, verdaderos
agentes de una cohesión en el seno de un entramado invisible, descentralizado y
sin manifestaciones oficiales reconocibles.
País eminentemente rural, Argelia era una extensísima porción del
Magreb que escapaba a los intentos de dominación de las dinastías y ajena, por
tanto, a la historia. Al igual que la
mayor parte de Marruecos, Argelia era, en la terminología de las cancillerías,
Blâd as-Sibâ, país anárquico. Era tierra
de nadie, calificación con la que siempre se han justificado las potencias
coloniales a la hora de explicar sus agresiones.
Lo que parecía que iba a ser un sencillo paseo militar se encontró con
una oposición enconada, la de los sufíes miembros de hermandades. Aparecen
entonces los primeros estudios sobre el fenómeno, guiados por la necesidad de
encontrar fórmulas para el dominio efectivo del país. Los sufíes son los
enemigos, y son descalificados de entrada. Se oponen al proyecto de progreso que
ofrece Francia, por lo que serán el paradigma del oscurantismo. Simples fanáticos,
los miembros de los turuq no merecen
un estudio por sí mismos sino por lo que pueden suponer de escollo para el éxito
de la empresa colonizadora.
Esa
desvaloración se convirtió en punto de partida para cualquier análisis. Los
trabajos pioneros sobre la materia fueron elaborados por “hombres
que escribían entre combates, y eran centinelas avanzados en nuestros puestos
del Sur o el Extremo-Sur, donde se daban al estudio del país y asumieron la
pesada carga de proyectar las primeras luces sobre el gobierno y la administración
de las tribus”[13].
Uno de los primeros trabajos se debe al capitán De Neveu, más tarde
director de la Oficina Política del Gobierno General de Argelia con el grado de
coronel, que escribió Khouan (París,
1846).
En 1884, uno de los sucesores del coronel De Neveu, el jefe de batallón
Louis Rinn, posteriormente consejero de gobierno, publicó Marabouts et Khouan (Joudan, editor, Argel), obra más completa que
la anterior y que fue considerada una mina de datos.
En 1887, Le Chatelier publicó a su vez la obra Les
Confréries musulmanes du Hedjaz (París, Ernest Leroux), útil para el
estudio de la relación entre las hermandades sufíes.
Pero fueron muchas más las publicaciones que se propusieron el análisis
del enemigo, intentando identificar sus supuestas estrategias y proponer
actuaciones con las que contrarrestarlas, todo ello dentro del marco de un
conflicto que no garantizaba la objetividad:
Brosselard (Les Khouan, Argel,
1882).
Hanoteau y Letourneux (La Kabylie
et les Coutumes kabyles).
Ernest Mercier (Étude sur la Confrérie
des Khouan de Sîdî A’bdelqader-el-Djilani).
Duveyrier (La Confrérie des
Senoussia, Sociedad Geográfica de París).
D’Estoournelles de Constant (Les
Congrégations religieuses chez les Arabes et la conquéte de l’Afrique du
Nord, París, Maisonneuve y Leclere, 1887).
Arnaud (Traduction d’une Étude
sur le Soufisme, Jourdan editor, Argel).
Colas (Livre mentionnant les
autorités sur lesquelles s’appuient Cheikh-Senoussi, en Le Soufisme, Archivos del Gobierno General de Argelia).
Pilard (Une étude sur la Confrérie
du Cheikh Senoussi, Archivos del Gobierno General).
Napoleon Ney (Les Confréries
musulmanes et leur rôle politique, Bruselas, 1891, Weissenbruck, editor).
Ernest Mayer (Étude, Anales de
l’École Libre des Sciences Politiques, 1886).
Entre todas esas obras primerizas destaca la de Jules Cambon (Les Confréries Religieuses musulmanes, Maisonneuve, París,1897),
sin duda la que ejercería mayor influencia en la opinión y la que tiene un
objetivo más audaz: la realización de un censo de los movimientos islámicos
(que en esos momentos sólo podían ser sufíes), especialmente los argelinos, y
ofrecer estrategias. El autor no oculta, en la introducción a su documentadísimo
trabajo, la valoración que le merece el tema de su análisis y los
protagonistas de su libro: “Es ese mundo
misterioso de sicarios, apóstoles y fanáticos, lo que pretendemos estudiar en
esta publicación”. La obra es un buen documento sobre la mentalidad
imperante, y su influencia puede ser rastreada hasta hoy en los prejuicios que
existen sobre el tema. Incluso autores musulmanes contemporáneos siguen
proyectando sobre su pasado la ideología que subyace en esos inevitables
estudios y que han tenido que consultar para llevar a cabo sus investigaciones.
Esas obras van a conformar un corpus -aún insuficientemente cuestionado-
que dará hechura a la doctrina oficial sobre el sufismo norteafricano. Los sufíes
(a los que se solía llamar Ijwân,
hermanos -Khouan en la ortografía
francesa de ese momento-), fueron tenidos por miembros de fraternidades y sectas
secretas, xenófobas y retrógradas, y debían ser desacreditados, vencidos o
comprados. Además, para desvertebrar la sociedad argelina, se distinguió la
figura del ‘âlim, o experto urbano
en el Islam (los ulemas, tomados por el clero
del Islam), mucho más controlable, al menos al principio:
“Entre
nosotros, el clero musulmán oficial solo juega, desde el punto de vista
religioso, un papel muy secundario. Los ulemas se limitan a recitar oraciones, a
enseñar el Corán y a mantener la tradición; no tienen ningún carácter
eclesiástico, o al menos sólo en misma medida que los cadis, otra categoría
de ulemas, cuyo carácter jurídico real hemos disminuido, incluso tal vez con
exageración, limitando sus intervenciones en los asuntos musulmanes”[14].
Con
la paulatina desmembración de la Argelia tradicional, los ulemas urbanos irán
adquiriendo una importancia progresiva, y serán algunos de ellos los que acaben
liderando las primeras aspiraciones independentistas de las nuevas élites
argelinas formadas por los franceses, desarraigadas y educadas en el desprecio
hacia el sufismo pero con necesidad de definir una identidad que legitime sus
inquietudes.
En cualquier caso, conscientes del peligro que suponía el sufismo, los
franceses se emplearon a fondo en su desarticulación. El jurista y pensador político
francés, Alexis de Tocqueville (1805-1859), en un informe sobre Argelia, decía
ya en 1847:
“La
sociedad musulmana en África no era incivilizada; tenía solamente una
civilización atrasada e imperfecta. Existía en su seno un gran número de
fundaciones piadosas, que tenían por objeto proveer las necesidades de la
caridad o de la instrucción pública. Por todas partes hemos puesto las manos
sobre sus finanzas y las hemos desviado de sus antiguos usos; hemos reducido los
establecimientos de caridad, dejado caer las escuelas, dispersado los
seminarios. Alrededor de nosotros las luces se han apagado, la actividad de los
hombres de religión y los hombres de ley ha cesado; es decir, hemos hecho a la
sociedad musulmana mucho más miserable, más desordenada, más ignorante y más
bárbara de lo que era antes de conocernos”[15].
[13] M. Jules Cambon, Les confréries religieuses musulmanes, p. xv.
[14]
Ibid, p. ix.
[15] Cita de Benjamin Stora, Histoire de l’Algérie colonial, p. 28. Sobre la postura de Tocqueville y la ideología y prácticas coloniales, véase el artículo Tocqueville y Argelia: conquista y colonización, aparecido en Le Monde Diplomatique (edición española), junio de 2001.