BIOGRAFÍA
DEL ŠAYJ SÎDÎ AHMAD AL-‘ALAWI
A)
Mostaganem.
Al-‘Alawî nace y muere en Mostaganem, cerca de Orán. El Šayj se
encuentra enterrado en la zâwiya que fundó en la ciudad, que sigue siendo el
principal foco de irradiación de su pensamiento y sistema de espiritualidad, y
donde ha sido abierta una Imprenta ‘Alawî
que se ha hecho cargo de la reedición de todas sus obras. En ella trabaja el
profesor Yahyâ Tâhir Barqa -entre otros herederos del pensamiento ‘alawî-,
dedicado recuperar el legado intelectual del maestro. En la zâwiya se
encuentran casi todos los manuscritos originales del Šayj.
En sí, Mostaganem resume la historia de Argelia y es un ejemplo de los
procesos que hemos descrito en el punto anterior. Mostagán o Mostaganem (Mustagânim,
en árabe) es una ciudad marítima argelina situada a unos doce kilómetros al
este de la desembocadura del río Chelif -donde se nos dice que en el 740 el ejército
árabe de ‘Ubayd Allah, gobernador de Tánger, fue derrotado por los beréberes
jâriyíes de Maysara- y es atravesada por el río ‘Ayn Sefrâ (en una de
cuyas inundaciones moriría ahogada en 1904 Isabelle Eberhardt, escritura y
aventurera romántica convertida al Islam y a la espiritualidad del sufismo qâdirî).
En la actualidad es, después de Orán, la ciudad marítima más importante de
la Argelia occidental.
Al-Bakri la menciona por primera vez ya en el siglo XI como puerto de
mar, pero la ciudad vivía fundamentalmente del cultivo de su rico suelo,
especialmente de la plantación de algodón. En los tiempos de al-Bakri estaba
rodeada de un muro que reforzaba su situación defensiva. La ciudad vieja ocupa
una meseta triangular junto a la
que el almorávide Yûsuf Ibn Tâshfîn construyó en 1082 una fortaleza que más
tarde fue llamada Bury al-Mahâl. Como otras ciudades de la región costera,
Mostaganem recibió probablemente una pequeña guarnición almorávide.
Fortificada así, la ciudad podía servir de refugio a la población contra un
ataque procedente del mar y también mantener en respeto a las tribus beréberes
del interior que pertenecían a la gran federación de los magrâwa.
La ciudad debió desarrollarse poco. Sin embargo, a mediados del siglo
XII, al-Idrîsi nos dice que encontró en ella bazares y baños, y elogia la
abundancia de aguas que irrigaban jardines y huertas y hacían girar los
molinos. El nombre de Mostaganem no aparece en la historia durante el periodo en
que los almohades poseyeron teóricamente el Magreb central. La decadencia de
los almohades permitió a los magrâwa convertirse completamente en los señores
del país.
En 1267 el sultán zayyâni Yagmorasen redujo esas turbulentas tribus e
incorporó sus tierras al imperio que había fundado. Como toda la región
costera, Mostaganem pasó en 1334 a poder de los marîníes donde en 1341 el
sultán Abû l-Hasan construyó una mezquita en la que se conserva la inscripción
que atesta esta fundación. Finalmente, la ciudad pasó a depender de los
sultanes de Tlemecén (Tilimsân) y sufrió los efectos desastrosos de su
debilitamiento. Confederaciones tribales vecinas se hicieron con el control de
la ciudad y Mostaganem vivió durante esa época una situación precaria.
En el siglo XVI, León el Africano constata que Mostaganem ocupa ya tan sólo
un tercio de su perímetro antiguo. No obstante, le atribuye mil quinientos
hogares y habla de la habilidad de sus tejedores. La ciudad recibía algunos
barcos de Europa. El historiador menciona el río ‘Ayn Sefrâ que dividía la
población, lo que prueba que ya existía entonces, como hoy, además de la
ciudad fortaleza de los almorávides, barrios construidos en la orilla derecha.
Efectivamente, en la época turca se hablaba de dos barrios: Tiyit (en el que
habría de vivir el Šayj al-’Alawî) y Matmûr[1]. En 1516 Jayr ad-Dîn reforzó seriamente la defensa de
la ciudad. Shaw, a principios del siglo XVIII, nos habla de la ciudadela que,
construida sobre un promontorio, dominaba la ciudad y los alrededores.
El 1830, con la colonización francesa, la guarnición se componía de
algunos cientos de turcos y quluglis (mestizos de turcos y argelinos) que
pasaron a estar bajo sueldo de la metrópolis. En 1833 el general Desmichels la
ocupó de modo efectivo. Las tropas que dejó ahí fueron atacadas por el emir
‘Abd al-Qâdir (Abdelkader). Las consecuencias desastrosas para los franceses
del tratado firmado por Desmichels con el emir forzaron a Clauzel a retomar
Mostaganem en 1835. Bajo Bugeaud, Mostaganem se convirtió en el punto de
desembarco y el centro de operaciones contra Abdelkader. Fue ahí donde en 1847
se creó el primer batallón de tiradores argelinos y la ciudad se convirtió en
un centro importante para el reclutamiento de tropas indígenas.
En tiempos del Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî Mostaganem era todavía un
pequeño núcleo urbano en expansión. La potenciación del puerto atrajo la
emigración campesina. En 1847 sólo se contaban en ella 3.000 habitantes,
comprendidos entre ellos la guarnición. El progreso data verdaderamente del
siglo XX: 19.600 habitantes en 1906; 25.800 en 1931; 37.400 en 1936, de los que
19.400 eran argelinos musulmanes; 53.464 en 1950. En 1960 contaba ya con 65.000
habitantes.
B) El Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî.
En la primera parte de su tesis, M. Lings relata -de manera cronológica,
rigurosa y amena- la biografía del Šayj al-‘Alawî. Se basó para ello,
fundamentalmente, en el libro ar-Rawda as-Saniyya,
compuesto bajo el dictado del maestro por Sîdî ‘Udda, discípulo y sucesor
de al-‘Alawî a la cabeza de la Tarîqa. Sîdî ‘Udda completó la narración
del Šayj con un apéndice que cubre la última etapa de su vida. La obra fue
publicada dos años después de la muerte de al-‘Alawî.
Ahmad al-‘Alawî nació en Mostaganem en el año 1869, en el seno de
una familia pobre pero que contaba entre sus antepasados a algún personaje de
cierta eminencia cuyo nombre mereció ser mencionado entre los ulemas destacados
de la ciudad.
Nunca fue a la escuela, pero aprendió los rudimentos de la escritura y
la lectura con su padre, quien lo inició en el estudio del Corán. No avanzó
mucho porque las penurias económicas de la familia demandaban toda la atención
de sus miembros. Esta falta de instrucción metódica fue suplida por la
tenacidad de Ahmad, que de forma autodidacta -aunque desordenada, como él mismo
confesó- fue satisfaciendo su inclinación
innata por el estudio.
Pronto tuvo que ayudar en la economía de la familia, empezando como
zapatero remendón para abrir después, en asociación con un amigo, una pequeña
tienda que permitió una mejoría en su situación. Por la misma época, siendo
adolescente, comienza su asistencia a las sesiones de Dikr en algunas zâwiyas
de los alrededores. El Dikr, o práctica del Recuerdo (disciplina
espiritual que consiste en la práctica metódica de la mención del nombre de
Allah), es la principal actividad de los fuqarâ’, los miembros de los turuq y
aspirantes a seguir la senda de los maestros para alcanzar el wusûl,
la llegada a Allah. También frecuentaba las mezquitas en las que se impartían
clases sobre los fundamentos del Islam, y en las que el al-Muršid de Ibn ‘šir debía de ser el manual por excelencia.
Su afición por el estudio y las reuniones sufíes le costaría al principio la
oposición de su madre y, más tarde, incluso, algunos divorcios.
En primer lugar se afilió a la hermandad de los ‘isâwa, Tarîqa
fundada en el siglo XVI por Sîdî Muhammad ibn ‘Isà, el Maestro Perfecto[2].
En esta fraternidad sufí son usuales ciertas prácticas como comer fuego, el
encantamiento de serpientes y los exorcismos. A al-‘Alawî le impresionaron el
desapego y el intenso recogimiento de algunos de sus miembros y adquirió
habilidad en el arte de encantar serpientes. Pero al poco se dio cuenta de que
la realización de prodigios no implicaba un avance espiritual. Decidió
entonces abandonar las actividades tendentes a la adquisición de carismas y se
limitó a las letanías, invocaciones y recitación del Corán a la manera de
los ‘isâwa.
Cuando ya había empezado a distanciarse de la hermandad a la que se había
afiliado tuvo lugar su encuentro con quien habría de ser su verdadero maestro,
el Šayj Sîdî Muhammad al-Buzaydî (más conocido como Sî Hammû al-Buzîdî),
de la escuela darqâwî[3].
Reproducimos a continuación el relato tal como lo hizo el mismo Ahmad al-‘Alawî:
“En
cuanto a mi encuentro con este Šayj, de cualquier modo que lo considere me
parece haber sido una pura gracia de Dios, pues, aunque mi amigo Sîdî al-Hayy
Bin-‘Awda -con quien compartía mi negocio- y yo tuviéramos vivos deseos de
hallar a alguien que pudiera cogernos de la mano y guiarnos, no fuimos en busca
del Šayj al-Bûzîdi, sino que fue él quien vino a nosotros de forma
totalmente inesperada. Yo mismo no sabía nada de él, excepto una vez, cuando
niño, oí pronunciar su nombre estando yo enfermo. Me trajeron un amuleto y
dijeron: ‘Esto viene de Sî Hammû, Šayj Bûzîdi’. Lo utilicé y me curé.
Mi
amigo y yo estábamos trabajando juntos cuando de repente exclamó: ‘Mira, ahí
por el camino viene ese Šayj’. Fue a su encuentro y le rogó que entrara; el
Šayj aceptó y estuvieron hablando durante un rato, pero yo estaba demasiado
ocupado con mi trabajo para poder prestar atención a lo que decían. Cuando se
levantó para marcharse, mi amigo pidió al Šayj que no dejara de visitarnos.
Éste saludó y salió, y yo pregunté a mi amigo qué impresión había tenido,
y me respondió: ‘Su conversación está muy por encima de lo que uno
encuentra en los libros’. Vino a vernos de vez en cuando y mi amigo hablaba
con él y le acosaba con numerosas preguntas, mientras yo permanecía más o
menos mudo, en parte por deferencia hacia el Šayj y en parte porque mi trabajo
no me dejaba mucho tiempo para hablar.
Un
día en que estaba con nosotros en nuestro taller, el Šayj me dijo: ‘He oído
decir que sabes encantar serpientes y que no tienes miedo a que te piquen’.
Asentí. Luego dijo: ‘¿Puedes traerme una ahora y encantarla aquí, delante
de nosotros?’. Respondí que eso era posible y, saliendo de la ciudad, busqué
durante medio día, pero no encontré más que una serpiente pequeña, larga
como casi la mitad del brazo. La llevé conmigo y la puse ante el Šayj, después
de lo cual empecé a realizar mis prácticas habituales mientras él, sentado,
me observaba. ‘¿Podrías encantar una serpiente más grande que ésta?’,
preguntó. Repuse que el tamaño no tenía importancia para mí. Entonces dijo:
‘Quiero mostrarte una más grande que ésta y mucho más venenosa, y si eres
capaz de dominarla, es que eres un verdadero sabio’. Le pedí que me indicara
dónde se hallaba y dijo: ‘Hablo de tu alma que está entre los dos costados
de tu cuerpo. Su veneno es más mortal que el de una serpiente y si tú eres
capaz de dominarla y de hacer de ella lo que te plazca eres, como he dicho, de
seguro un sabio’. Luego añadió: ‘Ve y haz con esta pequeña serpiente lo
que acostumbras a hacer con ellas y no vuelvas nunca a estas prácticas’. Salí,
preguntándome acerca del alma y sobre cómo su veneno podía ser más mortal
que el de una serpiente.
Otro día,
durante esa época en que acostumbraba a visitarnos, el Šayj fijó su mirada en
mí y dijo a mi amigo: ‘Este muchacho está calificado para recibir la enseñanza’,
o bien, ‘recibiría la enseñanza con provecho’, o alguna otra observación
por el estilo. En otra ocasión encontró en mi mano un papel en el que estaban
escritas unas palabras en alabanza del Šayj Sîdi Muhammad ibn ‘Isà; después
de mirarlo, me dijo: ‘Si vives lo bastante serás, si Dios quiere, como Šayj
Sîdi Muhammad ibn ‘Isà’, o, ‘llegarás a su rango espiritual’ -he
olvidado sus palabras exactas-. Eso me pareció una posibilidad muy remota, pero
respondí: ‘Si Dios quiere’. Poco después entré en su orden y lo tomé
como guía para que me iluminara en el sendero de Dios...”[4].
Sîdî Muhammad al-Bûzaydî le transmitió el Wird -la serie de
invocaciones que debía pronunciar cada amanecer y atardecer-, preparando al
discípulo para la inmersión en los significados del Islam. Poco después lo
inició en la práctica de la evocación del Nombre Supremo (Allah): ésta debe
realizarse en soledad durante un retiro controlado por el maestro. Como carecían
de un lugar adecuado, al-‘Alawî comenzó a realizarlo de noche en un
cementerio próximo pero el miedo le impedía concentrarse en la Palabra.
La manera en que el Šayj guiaba a sus discípulos de etapa en etapa era
variable, según explicó al-‘Alawî en su autobiografía. A veces se limitaba
a formarlos en la teoría esperando que se suavizara su carácter. Pero el
sistema que más a menudo seguía, y que también siguió al-‘Alawî y luego
transmitiría a sus alumnos, consistía en ordenar al discípulo que invocara el
Nombre acompañado de la clara visualización de sus letras hasta que éstas
quedaban grabadas en su imaginación. Luego le decía que las extendiera y las
agrandara hasta que llenasen todo el horizonte. El Dikr debía continuar
de esta forma hasta que las letras se volvían como la luz. Luego el Šayj
mostraba el camino a partir de este punto y gracias a esas indicaciones el espíritu
del discípulo rápidamente se remontaba más allá del universo creado, en el
supuesto de que tuviese suficiente preparación y aptitudes; de no ser así,
habría necesidad de purificación y otras disciplinas espirituales.
Siguiendo
esas indicaciones el discípulo se hacía capaz de distinguir entre lo Absoluto
y lo relativo, y veía el universo como una bola o una lámpara suspendida en un
vacío sin principio ni fin. Luego, a medida que iba perseverando en la invocación
acompañada de meditación, la visión del universo iba perdiendo intensidad
hasta que ya no parecía un objeto definido, sino una simple sombra. Más
adelante incluso dejaba de ser eso, hasta que finalmente el aspirante se sumergía
en el Mundo del Absoluto y su certeza era reforzada por su Pura Luz.
Durante
todo este proceso el Šayj vigilaba al discípulo, le interrogaba acerca de sus
estados y le fortalecía en el Dikr paso a paso hasta que llegaba a un término
en el que era consciente de lo que veía por su propio poder y sin la ayuda de
nadie. El Šayj no estaba satisfecho hasta que se alcanzaba ese punto. Cuando el
discípulo había alcanzado este grado de percepción independiente, que era
intenso o débil según su capacidad, el Šayj lo devolvía al mundo de las
formas externas que había abandonado, y éste le parecía lo contrario de lo
que era entonces, simplemente porque la luz de su ojo interior se había
encendido.
Finalmente, el Šayj al-Buzaydî le aconsejó aminorar el tiempo que
dedicaba a esta práctica reservando para ello el último tercio de la noche.
Al-‘Alawî pasaba buena parte de la noche en estas prácticas y durante el día
visitaba a su maestro. En esta época de su vida, al-‘Alawî escribió su
comentario al al-Muršid al-Mu‘în y al que puso por título al-Minah al-Quddûsiyya, libro cuya primera parte traduciremos y
analizaremos en este trabajo. Poco antes había redactado la obra Miftâh
aš-Šuhûd, un tratado de astronomía mística. A causa del vértigo
espiritual en el que vivía, el acto de la escritura suponía para él una válvula
de escape que le permitía poner orden en sus pensamientos, pues su actividad
intelectual se había desbordado. Con ello seguía los consejos de su maestro:
“Por
determinadas razones, me hallaba preocupado de manera absorbente por el
movimiento de los cuerpos celestes, y la flecha de mis pensamientos había
salido de través. Para abreviar una larga historia, cuando vi que era incapaz
de resistir esa oleada de pensamientos, me quejé de ello a mi Maestro, quien
me dijo: ‘Sácalos de tu cerebro y ponlos en un libro; entonces te
dejarán tranquilo’, y ocurrió como él dijo”[5].
Por entonces, una vez había avanzado en la Vía, el Šayj lo asoció a
su misión ordenándole acoger e
iniciar discípulos, en lo que tuvo un notable éxito. Su nueva labor le obligó
a descuidar las necesidades de su familia, pero la ayuda de su compañero de
negocio no le faltó. Quince años más tarde, poco antes de que su maestro
muriera, Ahmad al-‘Alawî sintió la necesidad de emigrar e ir a oriente. La
muerte del Šayj le hizo olvidar por el momento tal propósito. Cuando pensaba
que ya era libre para realizar el viaje, y habiendo preparado todo para partir,
una reunión de los fuqarâ’ lo nombró sucesor de al-Buzaydi. De nuevo tuvo
que aplazar el viaje para dedicarse a reorganizar la Tarîqa.
Tras
recibir el juramento de fidelidad de sus antiguos condiscípulos decidió
visitar a algunos que estaban en los alrededores de Mostaganem. Una vez fuera de
la ciudad, él y su acompañante pensaron que podrían seguir hasta Galizán. De
ahí pasaron a Argel buscando un editor para los al-Minah.
No lo encontraron y se les ocurrió que les sería más fácil conocer a alguno
en Túnez. Allí se realizaría una primera edición. Durante su estancia en la
capital tunecina contactaron con varios fuqarâ’ y se celebraron reuniones y
conferencias. Uno de sus nuevos discípulos se hizo cargo de difundir con éxito
la Tarîqa de al-‘Alawî por el país. De Túnez el Šayj embarcó hacia Trípoli
para visitar algunos familiares. En Libia conoció a un sufí turco que ocupaba
un cargo en la administración de aduanas. Con él sostuvo conversaciones de
elevado nivel espiritual y su contertuliano le ofreció la zâwiya que había
abierto en Trípoli. En ella residió al-‘Alawî durante un tiempo hasta que
sus deseos de viajar de nuevo lo empujaron, esta vez hacia Turquía. Llegó a
Estambul con la esperanza de encontrarse con grandes maestros pero eran tiempos
de revueltas que culminarían con el acceso al poder de Kamal Ataturk. La
impresión que recibió fue desoladora y nunca cesó de criticar el nuevo régimen
que consagró la desmembración del Islam.
Comenzó entonces la época más oscura y misteriosa de la vida del Šayj.
Durante varios meses viajó por Oriente Medio y realizó la peregrinación a
Meca, pero se sabe muy poco sobre sus movimientos. Ello ha levantado una leyenda
que lo conduce a lo largo de diez años hasta, incluso, la India. Martin Lings
lo niega y cierra ese extraño paréntesis con la vuelta del Šayj a Argelia,
decidido ya a retomar el gobierno de la Tarîqa. Contaba unos cuarenta años.
No sabemos cuándo, pero en el Šayj despertó la conciencia de ser un Muŷaddid,
un renovador del Islam, alguien prometido por el Destino para reanimar a los
musulmanes. El Profeta explicó que habría un Muŷaddid para cada siglo. El
último habría sido, según los sufíes del Magreb, el gran Šayj ad-Darqâwî,
a cuyo linaje espiritual pertenecía Sîdî Ahmad al-‘Alawî. Al-‘Alawî
escribió en un verso: “Yo soy el
escanciador, el renovador”, y también: “Proclama,
oh cronista, el nombre de al-‘Alawî después del de ad-Darqâwî: Allah lo ha
hecho su sucesor”[6].
Su Dîwân -colección de poemas- no se publicó hasta después de la Primera
Guerra Mundial, aunque ya habían tenido una gran difusión en manuscritos, y la
pretensión del Šayj al-‘Alawî, junto a la deserción de algunos de sus discípulos,
motivó los celos de los jefes de varias zâwiyas. Como era de esperar, la mayor
oposición hacia él vino primero de los centros Darqâwîs de los alrededores.
Esta oposición alcanzó su punto culminante cuando el Šayj, al cabo de unos
cinco años, decidió independizarse de la zâwiya madre de Marruecos, formando
así una rama distinta a la que denominó at-Tarîqa al-‘Alawîyya ad-Darqâwîyya
aš-Šâdiliyya, mencionando en este nombre los ejes más
importantes de su genealogía espiritual.
Uno de los motivos de esta decisión fue que sentía la necesidad de
introducir, como parte de su método, la práctica de la Jalwa, es decir,
el retiro en la soledad en una celda aislada. De modo ocasional, se llevaba a
cabo dentro de la tradición šâdilî en parajes naturales, a semejanza
del Profeta que lo hacía en la cueva del Monte Hirâ. El Šayj al-‘Alawî
quería hacer de la Jalwa una práctica metódica y regular y bajo la estricta
vigilancia de un maestro, y esto tenía algo de innovación para los
descendientes de Abû l-Hasan aš-Šâdilî.
Su acción de independizarse parece haber provocado en un principio una
hostilidad desproporcionada. Todos los obstáculos posibles fueron puestos en su
camino y no se ahorró ningún esfuerzo para apartar de él a los antiguos discípulos
del Šayj al-Bûzîdî. Además, como no tenía tiempo para ganarse la vida, era
extremadamente pobre, hasta el punto de tener que vender algunas veces los
bienes de su familia. Pero, si bien algunos discípulos del Šayj al-Bûzîdî
lo abandonaron, nuevos discípulos comenzaron a afluir de todas partes,
incluyendo algunos jefes de zâwiya con todos sus seguidores. Los darqâwa que
se le oponían debieron quedar desconcertados cuando el propio bisnieto de Mawlây
al-‘Arbî ad-Darqâwî vino de la zâwiya madre de Marruecos y tomó al Šayj
por maestro.
La hostilidad de las zâwiyas fue de corta duración, pero en lo sucesivo
el Šayj tuvo que hacer frente a los enemigos del sufismo y pronto se convirtió
en uno de los blancos principales de sus ataques. Por el mundo islámico se
difundía el panislamismo que preconizaba la modernización y acusaba al sufismo
de ser causa de la decadencia de los pueblos musulmanes. En Argelia arraigó el
Reformismo (Islâh) que tuvo personajes de una gran talla, como Ibn Bâdis, uno
de los ideólogos de la identidad árabo-islámica sobre la que los
independentistas construirían posteriormente la noción de Argelia. Una
publicación periódica, aš-Šihâb,
fue la portavoz de los reformistas, que predicaban la necesidad de recuperar el
Islam puro de las primeras generaciones musulmanas (el Salaf), por lo que
recibieron también el nombre de salafíes. En 1920 el Šayj al-‘Alawî
escribió su primera defensa del sufismo (al-Qawl
al-Ma‘rûf) en respuesta a un panfleto editado en Túnez que arremetía
contra los sufíes y sus practicas. Si bien las acusaciones eran burdas y
mezquinas, Sîdî Ahmad al-‘Alawî comprendió que su alcance iba mucho más
allá de su autor inmediato y que no eran sino la cristalización particular de
una hostilidad general que no podía pasarse por alto.
Dentro
del contexto anterior se comprende mejor la disposición del Šayj a adaptarse a
los hechos y fundar en 1912 un semanario, Lisân
ad-Dîn, que reemplazó en 1926 por otro de ámbito más general, al-Balâg al-Ŷazâ’irî. Ambos se publicaron en Argel. Al-Balâg
en particular, que siguió apareciendo hasta algunos años después de la muerte
del Šayj, perseguía la finalidad de dar en la mayor medida posible a sus discípulos
una visión justa y objetiva acerca de todo. Más allá de sus discípulos, al-Balâg se dirigía al conjunto de la comunidad islámica. Para el
Šayj era un medio de promover una renovación del Islam en todos sus aspectos,
no a la manera de los puritanos restrictivos, sino tratando, por el contrario,
de salvaguardar su amplitud y, por encima de todo, de restaurar lo que había
perdido de su profundidad. Constantemente afirmaba que, de todos los peligros
que amenazan al Islam, el mayor, con mucho,
procede de ciertos musulmanes, y no ocultaba que se refería a los ‘ulamâ’
pertenecientes al salafismo y que se presentaban como ‘reformadores’. Al-Balâg
sirvió para criticar duramente la adopción de las costumbres que los franceses
introducían en Argelia y también para exhortar a los jefes de las zâwiyas a
practicar lo que enseñan.
Al-Balâg
fue atacado por los reformistas del salafismo. Aš-Šihâb
perseveró en una hostilidad casi constante hasta 1931, fecha en la que su
redactor jefe, Ibn Bâdis, tuvo ocasión de ir a Mostaganem y coincidió en una
celebración con el Šayj al-‘Alawî. El encuentro cambió la opinión de Ibn
Bâdis y a partir de entonces suavizó su postura contra el sufismo.
Entre
tanto, la reputación del Šayj crecía y el número de sus discípulos
aumentaba sin cesar. A pesar de su carácter reservado, acogía a quienes acudían
a él y los iniciaba. Se construyó en Mostaganem una gran zâwiya capaz de
recibir el incesante flujo de aspirantes atraídos por la fama del maestro.
Nombró un gran número de muqaddam-s que lo representaban en distintas ciudades
o pueblos, mientras otros viajaban de un lugar a otro. Según Martin Lings, la
vida y actividad del Šayj habría podido inducir a Massignon a revisar su opinión
según la cual Ibn ‘Arabi fue el último sufí capaz de irradiar el misticismo
islámico sobre el conjunto de la sociedad[7].
Efectivamente, hacia el final de su vida, el Šayj al-‘Alawî tenía zâwiyas
fundadas por él mismo -con ocasión de sus cortos y frecuentes desplazamientos-
o por uno de sus muqaddam-s por todo el Norte de África, Oriente Medio e,
incluso, Europa.
Rodeado
de sus discípulos, finalmente el Šayj falleció el año 1934 en su zâwiya de
Mostaganem. Le sucedió a la cabeza de la Tarîqa el Šayj ‘Udda ibn Tûnis,
también autor prolífico que, sin embargo, no era conocido en las regiones más
alejadas por lo que muchos muqaddam-s locales fueron desconectándose del centro
común llevando una vida independiente (es el caso, por ejemplo, del Sîdî
Muhammadi Belhach Tahir, muqaddam de Melilla, del que hemos hablado
anteriormente). Hoy por hoy, la Tarîqa ‘Alawî consiste en un conglomerado
amplio de personas iniciadas por antiguos discípulos del Šayj sin un nexo
organizativo que las una, sin bien un espíritu de fraternidad las relaciona más
allá de las circunstancias de la filiación personal de cada uno.
[1] Mostaganem, por lo dicho, es uno de los pocos lugares de Argelia en los que la ciudad europea está netamente separada de la árabe. Esta separación es sistemática en Marruecos, donde Lyautey pudo aprovechar la lección de los errores cometidos en Argelia. En Mostaganem fue la naturaleza del terreno la que impuso la topografía actual. Los dos barrios están divididos por un profundo barranco, y conservan sus características peculiares.
[2] A pesar de estar plagada de los prejuicios de la época, la obra fundamental sobre los ‘isâwa sigue siendo la monografía de R. Brunel, Essai sur la Confrérie religieuse des ‘Aissâoua au Maroc, París, 1926.
[3] Se conoce como darqâwî a una tarîqa fundada en el norte de Marruecos a finales del siglo XVIII por el Šayj y Polo de su tiempo Sîdî al-‘Arbi ad-Darqâwî. Ad-Darqâwî estudió en Fez y fue guiado por la senda sufi de los šâdilíes por el Šayj ‘Alî al-Ŷamal. A la muerte de su maestro, ad-Darqâwî reorganizó la escuela šâdilî y dotó a su método de la suficiente personalidad y fuerza como para ser considerado una variante independiente (al igual que haría más tarde el Šayj al-‘Alawî dentro de la tradición darqâwî).
[4] Traducción de Martin Ling,s, “Un santo sufí...”, pp. 51-52.
[5] Traducción de Martin Lings, Un santo sufí..., p. 58.
[6] Dîwân, pp. 30 y 45. Sobre los ‘renovadores’ hay opiniones muy diferentes. Por ejemplo, entre los movimientos islamistas está difundido que el último ‘renovador’ fue Hasan al-Bannâ, fundador de los Hermanos Musulmanes. Según otros, el hadiz del Profeta no debe ser entendido en sentido limitativo: en cada siglo hay muchos ‘renovadores’ siendo cada uno de ellos ‘único’ en sí.
[7] Un santo sufí..., p. 100.