15. Todo hace de ellos la mejor de las comunidades, sin duda alguna; y todo hace que su ciencia sea considerada la mejor, sin disensiones. Esfuérzate, hermano, en la adquisición de esa sabiduría, y confíate a su gente: recogerás el botín, o, al menos, quedarás a salvo.
El Imam al-Gazâlî, en su Ihyâ’ al-‘Ulûm, trascribió el siguiente texto de un sabio: “Temo por el final de aquél que no participe en algún modo de esta ciencia”, es decir, la ciencia interior, y la participación mínima en ella es su confirmación y remitirse a su gente. Abû l-Hasan aš-Šâdilî dijo: “Quien no penetre en nuestro saber muere insistiendo sin darse cuenta en la torpeza más grave”. La torpeza mayor, entre los sufíes, es la percepción de la alteridad y sólo queda a salvo de esa desgracia quien permanece humilde ante las puertas de los sufíes, aunque fuera experto en la Ley, un asceta o un hombre piadoso.
Abandona, hermano, tu soberbia ante ellos y alcanzarás su simpatía, o, al menos, confía en su saber. Al-Ŷunayd dijo: “La aceptación de nuestra ciencia es sabiduría que introduce a la Presencia de Allah y obliga a intimar con Él. Si careces del beneficio en ti, no pierdas la oportunidad de aceptar que otros lo tienen”. Y el Šayj Abû Yazîd al-Bistâmî dijo: “Si encuentras a alguien que simpatice con los sufíes, pídele que ruegue a Allah por ti porque su invocación será respondida”.
Entre los sufíes está extendida la idea de que la simpatía hacia un saber lo comunica. Esa simpatía, que abre a la posibilidad de integrar lo que exige de una extraordinaria confianza y entrega pues roza lo que está más allá de casi todas las posibilidades, consiste en una coincidencia a la que se llama Tasdîq, es decir, el asentimiento.
El simpatizante, al encontrar sincero al sufí -movido por la emoción que le produce-, se predispone para recibir una enseñanza cuya sutileza sólo puede trasmitirla la perfecta sintonía de dos voluntades y que lo conduce a una reinserción en la Verdad. Ese asentimiento del aspirante lo acerca al mundo sutil en el que vive el maestro, tal como sucedió a Abû Bakr, que fue llamado Siddîq por su proximidad a la sensibilidad de Muhammad gracias simplemente a su firme adhesión a él. Cuando se preguntó a Ibn ‘Arabî por la razón de su maestría en la Ciencia de la Unidad-Unicidad, respondió que su ciega defensa de los sufíes le había abierto la puerta de la comprensión[1].
En cualquier caso, si el aspirante no alcanza ese botín, al menos se pone a salvo de caer en la idolatría. Es así porque los sufíes dirigen la mirada de quien se acerca a ellos hacia Allah, apartándolo de la fractura que supone la alteridad (la Gayriyya, lo que no es Allah) cuya contemplación es Širk, asociación a Allah, lo único que Allah jamás disculpa. Es la negación misma de la Verdad y dispersión del ánimo en medio de una guerra imaginaria en la que el hombre sólo sufre desengaños que materializan esa ausencia de la disculpa de Allah, la falta de reconciliación con la Esencia de las cosas.
La alteridad consiste en la equiparación de Allah y lo creado, como si la criatura fuera un otro (Gayr), un ente distinguible, separado y autónomo, dotado de cualidades propias inherentes, con personalidad desvinculada de Allah y, por tanto, homologable a Él en tanto que realidad definitiva, sostenida en sí misma. Hablando con propiedad, significa que el hombre llega a concebir algo del Poder Creador y la Libertad Absoluta, acaba intuyendo la independencia del ser y con ello aspira algo del aroma de Allah; pero su cortedad asocia a ese Principio las contingencias que vislumbra en sí y en su alrededor, haciendo de su ego, de las cosas y de los fenómenos dioses disgregados. La asociación, enfermedad de quien vive en un universo roto y fragmentado en constante apuro y contradicción, tiene su origen en el Kufr, la ignorancia de lo que Allah supone en realidad y la auténtica exigencia de la percepción básica que roza los aledaños del Uno. Es la barbarie del hombre abandonado a sus sentidos, a sus apetitos animales y sus percepciones inmediatas, a pesar de la intuición que anida en él y sobre la que forja una cosmovisión pervertida.
En la Gayriyya arraigan los miedos del hombre, sus sueños vanos, su rapiña, su mezquindad, su sentimiento de culpabilidad, su desorientación en medio del mundo, la angustia que se acoge a un salvador,... es decir, configura un universo de constantes quiebras no integrables. La asunción de la Gayriyya es a lo que se llama Širk, y su origen está en la apariencia sólida de la creación y de cada objeto y fenómeno en ella y la percepción de la rivalidad entre las cosas. El hombre, seducido por la inmediatez y contundencia de las formas, les confiere un estatuto que sólo corresponde a Allah, y se relaciona así con fantasmas, condenándose a la frustración de sus esperanzas.
Puesto que la asociación, el Širk, nace de lo que perciben los sentidos -complicado por las prisas y apetitos del ego-, se constituye en obstáculo de difícil franqueo, pero en este paso está la clave para el acceso al mundo de la paz y la reconciliación del universo sobre su Fundamento. El descubrimiento y paladeo de Allah como único Señor y motor de todo devenir, sin semejante y sin rival alguno, es de trascendental importancia y marcan la ruptura con los ídolos del tipo que sean. Hay que sumarle la afirmación del Destino como hilo conductor que reunifica todo bajo el Poder Creador. Por ello, la razón y el pensamiento son la puerta hacia una distinción que marca la diferencia abismal que existe entre las cosas y Allah, de modo que lo creado deja de ser un Gayr, un otro, y se extingue en la evanescencia de su auténtica naturaleza dejando paso al Uno-Único. El conflicto se deshace en su propia insustancialidad.
La razón, que va más allá de los sentidos y topa con la Esencia, es una joya de valor inestimable, como dirá el Šayj, pues permite esa otra percepción que libera al hombre de la fijación en las apariencias, rescatándolo del Kufr, la Gayriyya y el Širk. El entendimiento recto -que discrimina entre lo necesario de modo ineludible, lo posible y lo imposible-, es la luz que disipa las tinieblas del Kufr, la Gayriyya y el Širk, (el origen, el mal en sí y la esclavitud resultante). En esa claridad, la inteligencia abre camino al Îmân, la habilidad del corazón para relacionarse con la Esencia, y acaba transformándose en ‘Iyân, en Visión Directa de la Verdad, en experiencia mística del trasfondo de la existencia.
El tema de la asociación aparecerá con frecuencia y la comprensión de este concepto es básica para entender el Islam y el sufismo al ser su contrario. Es una traición a la Verdad que consiste en atribuir a algo lo que es privativo de Allah, es decir, el Ser y la Efectividad. Esa confusión, irreconciliable con el unitarismo e incompatible con toda reintegración, aparta al hombre de su Señor al ofrecerle otros orientes, y desgarra y disgrega al corazón. Es la base del aislamiento y la inhibición ante la Verdad, la obsesión del hombre por sí mismo y por el mundo, la divagación por el laberinto de las propias maquinaciones, a todo lo cual el ignorante ha investido de entidad cuando sólo Allah es concluyente.
El Corán, advirtiendo contra el Širk, lo llama el perjurio más grave (al-Hint al-‘Azîm)[2], y es el germen de la idolatría y de todos los males. El hombre, en sus adentros y en su acción, afirma con el carácter rotundo de un juramento algo que es falso, afirma el Gayr, el Otro, cuando lo que no es Allah es pura banalidad. En la compañía de los sufíes, el musulmán se centra en el Uno-Único, y reduce a su verdadera condición al Otro (el ego, el mundo, los dioses). Tiene así la posibilidad de una verdadera emancipación que lo aparte de las apariencias frustrantes asomándolo a la Esencia de las cosas, la Haqîqa. Con ello accede a una auténtica inteligencia, a la visión directa de la realidad que sostiene a los seres, vislumbra la trama del Destino que es la Presencia del Poder, la luz unitaria que hay en las profundidades.
El sufismo consiste en reunificarse frente el Uno-Único. Es singularizar el ser y rendirlo ante al Rey Verdadero. A esto se le llama Tawhîd. El Tawhîd tiene una formulación sencilla con la que se entra en el Islam, pero la sumisión del hombre no es completa hasta que no lo libera por completo de reminiscencias idolátricas y de toda dispersión. Esa es la labor de los maestros, y la simpatía hacia ellos sitúa al musulmán ante el verdadero reto, la superación del Kufr, la Gayriyya y Širk para entrar en el espacio infinito del Tawhîd. El asentimiento sincero y la simpatía son como la reverberación en el ánimo de una intuición profunda a punto de ser despertada.
Sin duda, es dentro del sufismo donde se adquiere verdadera conciencia del extraordinario alcance que tiene el vocablo Tawhîd y su auténtico sentido dentro del Islam. Todo ello volveremos a encontrarlo más adelante en expresión del mismo Šayj al-‘Alawî. Gracias a la experiencia sufí podemos certificar su carácter ajeno al monoteísmo judío o cristiano, aunque se insista en verterlo dándole ese sentido. El Tawhîd no es monoteísmo así como el Muwahhid no es un monoteísta, y de igual modo el Širk -su opuesto- no es mero politeísmo. Esas traducciones carecen por completo de la fuerza, amplitud y radicalidad que tienen los originales árabes y devalúan sus valores, y no son más que simples conceptos artificiales para clasificar las religiones con una mentalidad alejada del horizonte del Islam.
El Tawhîd es un universo de significaciones que no coinciden con los que se destilan de la noción de monoteísmo. Por ello, el Corán no duda en calificar a los judíos y cristianos de Mušrikîn, de adeptos del Širk, la idolatría, privándolos de la calidad de Muwahhidîn, que, si lo interpretamos como monoteístas, incurrimos en un grave inconveniente: la negación, a los propios forjadores del término, de la aplicación del término para la que lo han creado. Pero si nos fijamos bien, el Corán, tacha de Mušrikîn a los judíos porque han hecho de sus rabinos señores a los que obedecen, y a los cristianos, además, por el dogma de la Trinidad. Es decir, las connotaciones necesarias de Tawhîd van más allá del enunciado de la unidad del Creador, y entroncan con una cosmovisión en la que no se deja margen a la alteridad, al dualismo, a la sumisión a lo que no sea Allah. De esa forma de situarse en la existencia derivan saberes y sabores que sólo puede apreciar el que se ha sumergido en la Unidad-Unicidad que reconcilia en Allah a la existencia entera. Esto exige un enorme esfuerzo y no la formulación de una doctrina que después desmienten los hechos, como en el caso judío, o las adiciones, como en el caso cristiano.