14. Si en tu mente has captado, atento lector, que el punto de la B sintetiza en sí todas las normas y mundos formales, todos los conocimientos y entendimientos, ¿cómo no habrá de ser mayor el significado de una palabra? Confíate a las gentes de esta ciencia, y no te sorprendas cuando los veas deducir a partir de un sólo sentido muchos significados, y extraer a partir de una sola palabra muchísimas otras: pueden entresacar lo que quieran de lo que quieran. Te juro que si alguno de ellos deseara sacar miel del vinagre, lo haría: “Allah hace salir lo vivo de lo muerto, y lo muerto de lo vivo”.
Todo ello es indicio de que Allah los ha obsequiado con secretos, saberes sutiles y luces. No te confundan, hermano, las pretensiones de los soberbios que censuran a los que han intimado con Allah, aquellos que violan el espacio de sus derechos y pretenden poder enjuiciarlos, pero que no son sino niños a su lado. Ésos ni saben en qué océanos se han sumergido los Íntimos ni conocen qué dirección han tomado, tal como lo expresara el Šayj Muhyî d-Dîn Ibn ‘Arabî:
A nuestras espaldas hemos dejado mares rebosantes.
¿Cómo puede saber la gente hacia dónde nos dirigimos?
La riqueza y universalidad del Islam no son captadas por todos, y el sufismo encuentra enemigos. Es más fácil negar esa amplitud porque la mente busca aferrarse a ideas fáciles y cerradas, mientras que aquello a lo que se asoma el de espíritu inquieto es al desbordamiento mismo de la Verdad Creadora de todas las cosas.
La oposición (Ŷuhûd) es una constante a la que se enfrenta el sufí y tiene dos aspectos. El primero es negativo. El detractor (Ŷâhid) se priva a sí mismo de las bendiciones de una ciencia que le posibilitaría un entendimiento mejor y mayor de la realidad unitaria de la existencia, más allá de la superficialidad de los enunciados de una Doctrina que acepta sin profundizar en ella, por temor al abismo al que lo asoma en cada una de sus formulaciones. La ignorancia delata la insuficiencia de quien se arroga el derecho a enjuiciar a quien no puede seguir en sus reflexiones. El Šayj al-Hadrami escribió:
“El que se opone a lo que los discursos de los sufíes sugieren por la insuficiencia de su comprensión está excusado, reconociéndosele la debilidad de su condición. Tiene la fe de los temerosos por sus certezas. Quien sí comprenda es a causa de la fortaleza de sus convicciones, la amplitud de su círculo y lo espacioso de su horizonte”[1].
En cualquier caso, la actitud general de las autoridades exotéricas del Islam ha sido la de una prudente moderación, reconociendo con ello que su papel primordial es el de preservar el consenso de la nación basado en una interpretación sencilla y modesta del Islam y contra el que no permiten ataques disgregadores. Pero no se posicionan contra los sufíes ni a su favor, pues no podría exigírsele al común de los musulmanes el acuerdo unánime sobre un conocimiento que emana de las profundidades de la experiencia más personal y esforzada. Esta inhibición es mayoritaria y la más adecuada en el entender de los propios autores sufíes: posibilita sin ningún tipo de imposiciones o restricciones, dependiendo de la aptitud de cada uno el nivel de su ahondamiento en las enseñanzas del Islam.
Pero en algunas ocasiones la cerrazón puede llegar a ser exacerbada, incurriendo el sujeto en una maldición que anuncia un hadiz qudsî en el que Allah dice: “Yo declaro la guerra a quien ataca a los que han pactado conmigo”. Se trata de casos extremos en los que la incomprensión se hace vehemente y el rechazo ya no es una simple postura intelectual. Son estigmatizados por el Corán que denuncia a “los que cierran el camino de Allah”[2]. A esta actitud en concreto se refiere el Šayj al-‘Alawî en su condena sin paliativos de quienes se oponen al Tasawwuf.
El segundo aspecto del Ŷuhûd es una función positiva que ha desempeñado a lo largo de la historia. Bajo esta consideración, es la prueba necesaria con la que son templadas la sinceridad y la perseverancia del sufí[3], y sirve también de control que evita extremismos, como lo reconoce el Šayj Zarrûq en una de sus obras fundamentales[4]. La oposición es, entonces, una medida de prevención que flota en el ambiente, una opinión común que devuelve el sentido al Tasawwuf evitando que degenere y garantizando indirectamente su autenticidad. Por ejemplo, la obediencia absoluta al Šayj es una de las condiciones en la Vía, pero la censura tradicional funciona a modo de contrapeso que sitúa al maestro y al discípulo en el marco de una relación tolerable, garantizando así el buen funcionamiento del aprendizaje y que no puede ser aprovechado por un falso maestro para su propio beneficio.
El sufí pertenece a la dimensión oculta de la existencia, al de las realidades que mueven el mundo, a su corazón interior. El celo de Allah con el que guarda a los suyos en lo recóndito del ser, reservándolos exclusivamente para sí, se expresa en la ira con la que se les opone el universo cuando emergen a él por cualquier motivo. Ese rechazo los devuelve a su lugar, a las profundidades de su relación íntima con su Señor Verdadero. Al provocar el rechazo, Allah mismo atrae de nuevo hacia Sí a los suyos:
“Cuando el aspirante oiga las censuras de los hombres, que se regocije. Esas censuras son el signo de que es atendido por Allah. En ese momento debe reforzar su intención en guardar el secreto de la intimidad (que le haya sido revelado) pues si lo divulgara, sobre su cuello vería blandirse la espada que cercenó la cabeza a al-Hallâŷ”[5].
[1] Al-Hadrami, Sudûr al-Marâtib wa Nayl al-Marâgib, citado por Muhammad ibn ‘Aŷîba en su al-Futûhât al-Ilâhiyya”, p. 427.
[2] Corán, VII-45.
[3] En este sentido, el Šayj al- ‘Alawî cuenta, en algunos de sus textos biográficos la experiencia de su propio maestro, Al-Buzaydi. Vease Martin Lings, Un santo sufí del siglo XX, p. 59:
[4] Ahmad Zarrûq, Qawâ‘id at-Tasawwuf, p. 73.
[5] Muhammad ibn ‘Aŷîba al-Hasanî, Al-Futûhât al-Ilâhiyya, p. 427. Al-Hallâŷ fue un sufí condenado a muerte a causa de lo atrevido de sus expresiones.