PRIMERA INTRODUCCIÓN

 LA CONTEMPLACIÓN (shuhûd)

 

 

            11. La razón de su superioridad estriba en el hecho de que se trata de un saber que nace de la contemplación, mientras que los otros son conocimientos recogidos a partir de argumentos y especulaciones, pero tras la certeza no hay cabida para la discusión. La noticia no es equiparable a la percepción. Dijo el sabio de los sufíes: “Hay gran diferencia entre quien se guía hasta Él y quien lo descubre todo a partir de Él”. En todas las ciencias hay divergencias y desacuerdos entre los que las ostentan, salvo en ésta, y es porque este noble saber está fuera de la disputa o el amaño. Dijo ‘Umar ibn al-Fârid:

 

            ¡Cuantos conflictos hay entre quienes sienten pasión por la polémica!

            Pero entre los enamorados del Amado no hay competencia.

 

Y yo digo: la causa de ello es que en la ciencia de los sufíes no tiene sentido la deducción intelectual, al contrario de lo que ocurre en una parte de las ciencias secundarias en las que se llega al conocimiento a través de la reflexión y la argumentación, mientras que en la otra se llega a él a partir de la Tradición.

 

            El Kalâm alcanza sus conclusiones a partir de la especulación. El Fiqh deduce sus normas del estudio de la Revelación y de las noticias acerca del Profeta que han llegado hasta nosotros y que dan forma a la Tradición. El fundamento del primer saber es la razón (‘Aql) y el del segundo, la trasmisión veraz (Naql). Estas dos, junto a la experiencia (‘Âda), son las formas comunes del saber, sus luces habituales. En estos saberes la herramienta básica es la deducción racional o esfuerzo intelectual, el Iŷtihâd. Su validez está condicionada por el mismo carácter del hombre y no está libre de la confusión. Por ello, en su valoración positiva del Iŷtihâd, el Profeta dijo: “Quien se esfuerza por obtener un conocimiento seguro consigue una recompensa si se equivoca y logra dos si acierta, una por el esfuerzo intelectual y otra por el acierto”.

            Ahora bien, la especulación no cabe entre quienes se dirigen directamente hacia Allah sometiéndosele en cuerpo y alma y con sinceridad absoluta (Ijlâs), condición sin la cual el sufismo no se libera tampoco de las condiciones humanas. Los sufíes buscan la Verdad por sí, enfocándola con una entrega decidida y sin querer hacerla apetecible a sus instintos. En esta intención despierta una capacidad que radica en el corazón, se abre un ojo interior que permite una percepción directa: el Šuhûd, la contemplación[1]. Es otro modo de proceder, continuación de los anteriores, que se convierten así en sus pasos previos, en ejercicios que preparan para cerrar el círculo del conocimiento último que emana de Allah sin intercesión. Los sufíes, tras desbloquearlos, han alzado sus corazones como herramientas para el saber, un saber que hunde sus raíces y es expresión de la Verdad misma, y no es una elaboración sobre esa Verdad.

            Comentando la sentencia de Ibn ‘Atâ’ -que al-‘Alawî cita llamando sabio de los sufíes a su autor-, Ibn ‘Aŷîba explica lo anterior con un lenguaje místico que sitúa el tema en coordenadas que atienden a los significados de los fenómenos:

Has de saber que la Verdad, cuando quiso evidenciar los secretos de su Esencia y las luces de sus Cualidades, extrajo con su Poder un puñado de luz atemporal. El Poder impuso la aparición de sus concomitantes (es decir, los objetos creados sobre los que se ejerce) y exigió la contemplación de sus resplandores, pero la Sabiduría obligó a su vez a correr un velo y se desplegaron cortinas que ocultaron las Luces. Cuando el Poder vertió su Luz en las apariencias del universo, la Sabiduría echó el manto de la protección, y de ahí que los mundos no sean más que Luz en el seno de un velo prudente.

La Verdad dividió a las criaturas en dos grupos: a unos los distinguió con su amor y los hizo gente de su intimidad y alianza. A éstos les abrió la puerta y descorrió ante ellos el velo mostrándoles los secretos de su Esencia, sin que fueran obstáculo los concomitantes de su Poder. Al otro grupo los hizo gente a su servicio y se les mostró en su Sabiduría. A éstos los situó en el velo de la ilusión y los ausentó a la ciencia y el entendimiento verdaderos. Son los que se han detenido en la superficie de la cáscara sin poder contemplar la zona interior de la Luz, a pesar de la intensidad de su resplandor.

Allah, cuya Verdad está por encima de todo lo que pueda alcanzar la inteligencia humana, escondió su secreto en su Sabiduría y mostró su Luz en su Poder. Las gentes del amor -que son las gentes de la intimidad, el pacto y el conocimiento superior entre las gentes de la contemplación y la mirada directa- parten de la Luz para alcanzar el entendimiento de la existencia de los velos: no ven sino la Luz. Parten de la Verdad cuando observan la creación, y por ello no descubren otra cosa que no sea la Verdad, y parten de su Poder para comprender su Sabiduría y encuentran que su Poder es lo determinante de su Sabiduría y su Sabiduría lo determinante de su Poder. Se ausentan en la Verdad cuando miran hacia la creación, pues es imposible que puedas dar testimonio de Él y de algo más junto a su Verdad.

En cuanto a las gentes del servicio, que son las gentes de la Sabiduría, parten de los velos para encontrar la existencia de la Luz, y de la creación para encontrar a la Verdad: no la detectan en su misma Presencia, pues los ciega la fuerza de su emergencia[2].

            La sabiduría de los sufíes, al beber directamente de la Unidad Esencial en la que todo está enraizado, es perfectamente homogénea y está fuera del discurrir del tiempo y sus efectos. Está alojada por siempre en la atemporalidad misma de su tema, mientras que, por su lado, el conocimiento común de los seres humanos, al partir de la multiplicidad de la existencia, es necesariamente contingente, evolutivo y equívoco.


 

[1] “La contemplación (Šuhûd) es ver la Verdad en (o por mediación de) la Verdad” (al-Kâšî). Véase en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 105.

[2] Muhammad ibn ‘Aŷîba al-Hasani, Iqâz al-Himam, p. 61.