Tema del sufismo
10. Ibn Bint al-Malq dijo:
Quien ha probado el sabor del vino de los sufíes puede reconocerlo.
Y quien lo reconoce, con su vida misma lo compraría.
De entre esas palabras cifradas se desprende el brillo de una verdad, y es que ésta es la más noble de las ciencias. El mérito de un saber está encerrado en el valor que tenga el dato al que se refiera, y de igual modo su precio se calcula según la calidad de la meta que persiga. En este caso el objeto que se investiga es la Identidad de Quien lo sostiene todo. Así es, y por ello afirmamos que la altura de su nobleza es insuperable. Todos los demás conocimientos son sus esclavos y están a su servicio, tal como ha sido dicho:
Tú, que madrugas en pos del saber:
toda ciencia es esclava de la ciencia del Kalâm.
Persigues el conocimiento del Fiqh para corregir las normas,
pero has descuidado el grado de la maestría...
pero, en realidad, la ciencia a la que se refiere el verso bien podría ser considerada a su vez sierva de la sabiduría de los sufíes, que es de la que trata este libro.
Comentario:
El sufí supedita los conocimientos que adquiere como musulmán a su propia voluntad, y los dota de una dirección y una finalidad de modo que le sirvan de camino. Esta capacidad de orientar hacia Allah su búsqueda la ejercerá sobre las ciencias tradicionales del Islam, extrayendo de ellas su auténtico jugo. Y es porque es consciente de que todo saber alude necesariamente, de un modo u otro, a Allah: Él es el elogiado, el revelado en cada idea e intuición del hombre, el destino hacia el que se dirige de manera inexorable. Y ello es aún más claro y eficaz dentro de la Revelación coránica, que inmediatamente viene de Allah.
Su confianza en que esto es así viene dada por la visión del universo en la que el ser humano ocupa un lugar privilegiado en tanto que califa que reproduce en su universo a Allah mismo. El Profeta del Islam habría dicho: “Buscad el conocimiento aunque para ello tuvierais que ir hasta China”. Y también dijo: “El saber es lo que anda buscando el que confía en Allah”. Esta insistencia relativiza la ciencia al convertirla en método y no en fin en sí. El conocimiento primero y último es únicamente Allah, primero en tanto que intuición desencadenante de la necesidad de saber y último en tanto que conclusión a la que se llega.
El Kalâm es la disciplina que medita sobre la realidad de Allah, intentando hacerla asequible a la razón -es una ciencia que se define a sí misma como aquella que tiene como tema la Identidad de Allah[1]-, y en este sentido es la más noble de las ciencias, pero fácilmente puede perderse en una vana especulación que se deshace en infinitas disquisiciones carentes de resultados efectivos si acaba pretendiendo convertir la Verdad en algo digerible a una reflexión cargada de casuística y de supuestos, buscando respuestas en lugar de proponerse a Allah como meta. Para evitar esta distorsión debe sujetarse al Tasawwuf que es sinceridad que mira hacia Allah sin buscar justificarlo o condicionarlo. EL Kalâm sufí consiste en ejercitar la razón para abrirla llevándola a su límite extremo de tal modo que, perdiendo sus reparos a lo inasequible, dé paso a una percepción clara y directa, profundamente trasformadora, de la Verdad de la Identidad que soporta a toda criatura. Esa apertura facilitada por la razón y el entendimiento es a lo que se denomina Îmân. Estos son los fines que se propone el Šayj en la primera parte de su Comentario a la Manzûma de Ibn ‘šir.
De igual modo, el Fiqh estudia los aspectos prácticos de la Revelación coránica para obedecerlos y corregir las normas de conducta del ser humano, adecuándola al Deseo de Allah expreso en la última Tradición. Pero se puede convertir esa acomodación del querer humano al Querer de Allah en una rutina inoperante y vacía que únicamente serviría para satisfacer una inclinación natural o morbosa al abandono. Por su lado, el Fiqh sufí convierte la Revelación en una senda práctica que tiene en cuenta desde el principio su objetivo.
Esas dos ciencias son, sin duda, imprescindibles y complementarias, pero en un uso corriente tienen su objeto en sí mismas y cumplen una función limitada, mientras que el Tasawwuf es la senda hacia Allah que lo reconduce todo hacia Él: el sufí se inspira en la Voluntad y la contempla de modo inmediato en su Fuente, bebiendo así de una copa que le es ofrecida sin mediación. Su Kalâm y su Fiqh son plenos, y los de la gente común son indicios, comienzos a cuyo sentido no se llega sino tras haber realizado el proceso que sugieren esos dos saberes auxiliares en su reinterpretación. O mejor habría que decir en su recuperación por los sufíes, porque lo que ellos nos proponen es que, en su deseo más profundo, el ser humano sólo busca la Verdad, que es necesariamente Allah. Por ello, las desviaciones posteriores sólo proceden de inclinaciones hacia el relajamiento y la satisfacción pronta. No obstante, debemos recordar que las tres ciencias son interdependientes, pues la inclinación aberrante del espíritu a una trascendencia que margina la realidad es compensada por el realismo mundano del Kalâm y el Fiqh. En la perfecta adecuación de lo que significan las tres ciencias (la inteligencia tiene su dominio en el Kalâm, el cuerpo en el Fiqh y el corazón en el Tasawwuf) está la clave para acceder a la Unidad.
Sobre la base de las construcciones intelectuales de los musulmanes, el sufí erigirá su senda. Ello supone un replanteamiento que recoge el auténtico sentido que los originó. Así es como el sufí somete las ciencias a su designio y las convierte en herramientas. Lo que hace superior al saber de los sufíes es la nitidez de su objetivo. Desde el primer momento, esa indagación se propone a Allah, sin ocultar su intención tras velos y sin confundirlo con otros fines. Algo a recordar es que, para los místicos musulmanes, Allah es la Verdad, y por ello está siempre presente, mostrándose, y sólo hay que constatarlo[2].