Nobleza del sufismo
Primera introducción que trata acerca de la nobleza superior
de la ciencia de los sufíes
8. Debes saber que esta ciencia es la mejor de todas, y es el entendimiento más puro. Sólo puede rechazarla quien está privado de su bendición. Y ello se debe a que se puede prescindir de los demás conocimientos en un momento determinado, a diferencia de esta ciencia, que es absolutamente indispensable en todas las circunstancias. Sólo el ignorante puede afirmar que es un saber desechable: ése está privado del placer del encuentro. Y quien ignora algo, le declara enemistad.
Comentario:
Dicho brevemente, el sufismo es la ciencia de la sinceridad, imprescindible en el Islam y en correlación con su significado que es la rendición incondicionada a la Verdad Creadora. Según Ibn ‘Aŷîba, eminente representante de la escuela darqâwî, la sabiduría sufí es “el resultado de la acción correcta y el fruto de experiencias espirituales puras”[1]. La acción correcta (al-‘Amal as-Sahîh) consiste en el seguimiento estricto de las recomendaciones del Profeta[2], imitando su ejemplo, en subordinación a él, de modo que el ánimo del aspirante se prepara para saborear sus mismos estados místicos (Ahwâl). Sobre esta base el Islam es vivenciado realmente, sin dejar márgenes a la frivolidad ni a la ilusión. De ello resulta espontáneamente un saber que es un conocimiento superior (Ma‘rifa) imposible si antes no se han eliminado las barreras del entendimiento común, limitado por su inconsistencia y alimentado por el Nafs, el egoísmo, que condiciona el ánimo impidiéndole alcanzar la dimensión universal de la Realidad.
Se aplica a este proceso, como menciona Ibn ‘Aŷîba, un hadiz en el que el Profeta dijo: “Quien actúa según lo que ya sabe, es obsequiado por Allah con el conocimiento de lo que aún ignora”. El Islam proporciona enseñanzas básicas, mínimas, prácticas y suficientes que convocan a los hombres, la Šarî‘a, que tiene la virtud de reconciliarlos con su Señor; y cada cual, según su predisposición natural y capacidad interior, y en consonancia con el Destino, ahonda en esos principios hasta eliminar el velo que lo separa del origen del mundo, de su fundamento constante, de su destino y de los signos revelados[3].
Para que en el universo del aspirante se precipite esa abundancia de luces de la Verdad -abundancia a la que al-‘Alawi llama bendición, prosperidad y fecundidad (Baraka) y también encuentro, comunicación o llegada (Wusûl)-, debe cumplirse una condición, el Ijlâs, la sinceridad, que también significa liberación y pureza. La mayoría está privada de esas bondades de la autenticidad porque no cumple con esta exigencia cuyos requisitos son muchos. Es más, ni siquiera prevé que sea posible tal grandeza de espíritu. En resumen, Ijlâs es orientarse decididamente hacia Allah, con lo que ello implica y hasta donde conduzca al aspirante, dejando atrás todo lo que estorbe o perturbe, abismándose cada vez más en su vulnerabilidad frente a Allah de modo que se vacíe para ser colmado por el Absoluto.
En realidad, el Tasawwuf consiste en la actividad tendente a salir de la insatisfacción y el conflicto con la realidad para, por el contrario, alcanzar la conciencia de la Sujeción (‘Ubûdiyya). Todo ello arranca de un profundo conocimiento de la estructura interior de la realidad, la ‘Aqîda, y una asunción radical de sus exigencias (Îmân). Se trata de verificar y saborear que se está atado a Allah, a la Verdad, en la raíz del Ser [4], y es en ese punto donde se coincide con la Inmensidad en desbordamiento. Un gran maestro sufí egipcio, aš-Ša‘rânî, lo ejemplificó así:
“Un lunes bendito, diecisiete del mes de Raŷab del año novecientos treinta y uno (de la Hégira), en mí se agitó una poderosa inquietud que me hacía desear escalar por los Rangos Superiores de los que han intimado con Allah. Desprecié todo lo que había conseguido hasta entonces y mi vida se me antojó turbia. Comencé a sospechar que no estaba satisfecho con lo que Allah me había dado y temí por ello acabar mal y caer en el Odio y la Ira.
Salí a donde quisieran llevarme mis pasos hasta que me vi en Fustât frente al cementerio, en El Cairo. Se apoderó de mí un estado intermedio entre el sueño y la vigilia y en su seno escuché una voz misteriosa sin que pudiera ver ningún cuerpo, que me dijo -utilizando el Pronombre de la Majestad-:
‘Siervo mío, si Yo te asomara al secreto de todas las criaturas, si te diera a conocer el número de los granos de arena que existen, si te revelara el nombre de cada átomo, los nombres y propiedades de las plantas, y aunque te explicara la relación de cada bestia, de cada ave, de cada insecto y de cada reptil con su propio germen, aunque te mostrara los secretos de los cielos y de la tierra, del Paraíso y del Infierno, y de cuanto hay en ellos, tanto externa como internamente, aunque hiciera descender la lluvia en respuesta a tus invocaciones, aunque Yo hiciera resucitar a los muertos cuando lo ordenaras, aunque te permitiera realizar todos los prodigios que he hecho fluir a manos de los que se han abierto a Mí,... con nada de ello me servirías’.
Acabaron así las palabras de esa voz y con ellas todo apetito en mí que me hiciera desear los Rangos de los Íntimos, ni en este mundo ni en el otro, y elogié y di las gracias a Allah por lo que me había inspirado”[5].
He aquí, expuesto por un gran maestro sufí, el detonante del ‘entendimiento más puro’: un desapego que consiste en fluir con Allah y que presta cuerpo al verdadero Ijlâs, el desentendimiento respecto a uno mismo en la Vía hacia Allah de modo que lo único que haya sea la Verdad desnuda de toda contaminación.
El Šayj al-‘Alawî comienza su introducción declarando el carácter superior del Tasawwuf, el cual es definido como el más puro de los entendimientos (Azkà al-Fuhûm)[6]. Los saberes y conocimientos sutiles son resultados posteriores, y hasta secundarios, desde el momento en que el Tasawwuf es, esencialmente, la práctica rigurosa y la interiorización de la Šarî‘a -con un espíritu sutil y cada vez más afinado que va comprendiendo-, por lo que no puede ser rechazado en el seno del Islam más que por un consumado ignorante (Ŷahûl). Al-‘Alawî tiene la prudencia de no designar con un término más fuerte al que se opone a su arte. En efecto, descrito así, el Tasawwuf es el Islam mismo, su corazón y alcance, e impugnarlo es rechazar el Islam. Ahora bien, el Šayj sabe que entorno al Tasawwuf hay malentendidos, pretensiones y supercherías que hacen disculpable la ignorancia e, incluso, al menos hasta cierto punto, la enemistad que se le pueda declarar.
Es por ello que el Šayj insistirá en su condición de senda por la que el musulmán transita hacia su Señor. Esto es en esencia el Tasawwuf, que por supuesto está rodeado de una extensa literatura, cúmulo de experiencias destinadas a facilitar la empresa a quien aspira sinceramente alcanzar los mayores grados en su escalada espiritual. La presente obra del Šayj pretende aclarar este sentido del Tasawwuf, que es descrito como camino que se emprende y cuya meta es Allah. Desde este punto de vista, conocer el Tasawwuf es imprescindible, pues es un saber que debe acompañar en cada momento al musulmán. Se trata, sin más, de la sabiduría que lo conduce por el Islam hasta la Presencia de la Voluntad Creadora fusionándolo en la Inmensidad y permitiéndole asomarse al significado envolvente de la palabra Allah.
La ciencia de los sufíes es la del desapego y la entrega, concomitantes del Ijlâs: sólo así el ser humano tiene la posibilidad de abrirse sin cortapisas al infinito que demanda su espíritu insaciable, y que no debe confundir con la ambición o el interés. Desapegarse significa desahogarse y superar los límites que el hombre se impone por miedo a lo inabarcable. La entrega es abandono incondicionado al Irrefutable. Quien se niega a la renuncia y al crecimiento espiritual que desencadena es porque está demasiado atado a sus cosas, y no puede tender más allá de lo formal e inmediato, condenándose a la escasez y a la frustración. Como expresa el Šayj, es un privado (Mahrûm) de las máximas bendiciones que posibilita el Islam y de las que nunca podrá disfrutar por el simple hecho de que se aleja de lo abundante y verdadero y se abandona a los artificios. Ése no puede disfrutar de la llegada, el Wusûl, uno de los términos más frecuentes en los textos sufíes y también uno de los más difíciles de traducir. El Wusûl es la unión amorosa, alcanzar al Amado, el placer que saborea el que se encuentra a solas con Allah y diluye su inquietud en la Verdad que lo crea, convirtiéndose este disfrute en algo constante en él. Se dice del que ha experimentado esas satisfacciones que es un Wâsil, uno que ha comunicado con Allah, que ha llegado a Él y ha expandido su entendimiento. Esa es la meta que, en el fondo, debe fijarse todo musulmán: el de una auténtica intimidad reveladora con su Señor[7].
El Tasawwuf es, por tanto, un constante ejercicio de depuración, en consonancia con el espíritu anti idolátrico e iconoclasta del Islam, dejando atrás a los dioses y afilando la mirada. Sólo con la superación de las trabas se visualiza correctamente a Allah. Mientras en el aspirante haya restos de egoísmo distorsionará necesariamente a Allah, creando sucedáneos que reflejan sus limitaciones. Sus dioses y verdades serán fruto de sus pasiones, y no la irradiación del Libre. Por ello, en las definiciones de Tasawwuf se hace siempre hincapié en que se trata fundamentalmente de una Tasfiyya, una depuración emancipadora, una búsqueda del Safâ’, la transparencia. Ibn ‘Arabî lo define así:
“El Tasawwuf es atenerse a las normas de conducta reveladas en la Ley, tanto externa como internamente, normas que configuran un comportamiento trascendente. Se dice también del cumplimiento de las cualidades nobles y el abandono del carácter trivial”[8].
Por su parte, Ibn ‘Aŷîba dijo:
“El Tasawwuf es una ciencia que da a conocer el modo de realizar la peregrinación en la que se alcanza la Presencia del Rey de Reyes. O bien puedes decir que se trata de la depuración interior con la que se eliminan los vicios sustituyéndolos por las virtudes. Es la desaparición de lo creado cuando se contempla al Creador”[9].
[1] Muhammad ibn ‘Aŷîba al-Hasanî, Iqâz al-Himam, p. 10.
[2] Es decir, con el cumplimiento riguroso de las prescripciones de la Šari‘a.
[3] La Šarî‘a, la Ley Revelada, consiste en ‘Aqîda (una cosmovisión clara en cuyo centro está la enseñanza sobre la radical Unidad y Unicidad de Allah), ‘Ilm (la ciencia, que es saber lo que Allah quiere del hombre) y ‘Amal (acción en conformidad a la ciencia). Vease en Yûsuf Muhammad Tâhâ Zaydân, at-Tarîq as-Sûfi, pp. 21-20.
[4] Sufí es el que se propone conquistar el grado de la ‘Ubûdiyya, la Sujeción a Allah. Esta dependencia lo libera de la insatisfacción, que es el estado en el que se encuentra quien, engañado por la ilusión y el ego, se considera una criatura autónoma y separada: “La ‘Ubûdiyya consiste en abandonar la pretensión, aguantar la prueba y amar al Dueño. Y se ha dicho que es el abandono de la elección y la práctica de la humildad y la necesidad” (at-Tahânawî), tomado de Mu‘ŷam al-mustalahât as-Sûfiyya, p. 126.
[5] Aš-Ša‘râni, al-Anwâr al-qudsiyya fî bayân âdâb al-‘ubûdiyya, en los márgenes de su at-Tabaqât al-Kubrà, pp. 3-4.
[6] La cuestión del Entendimiento sufí (el Fahm) será estudiada en el siguiente capítulo.
[7] At-Tûsi definió así el término Wusûl: “Significa alcanzar al Ausente. Yahyà ibn Mu‘âd -de quien Allah se haya apiadado- dijo: ‘Aquél cuyos ojos no sean ciegos para todo lo que hay debajo del Trono no llegará a lo que hay sobre el Trono’...”. Al-Kâši lo definió así: “El Wusûl es la soledad esencial que comunica entre lo interior y lo exterior, entre el Uno y lo múltiple...”. Véanse estas citas en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 185.
[8] Ibn ‘Arabî, Istilâh as-Sûfiyyia, en ar-Rasâ’il, p. 18.
[9] Ibn ‘Aŷîba, Mi‘râŷ at-Tašawwuf, p. 10.