PRIMERA INTRODUCCIÓN

Al-Gazzâlî y el sufismo

 

 

17. Nos ha llegado la noticia de que el Imam al-Gazzâlî, al iniciarse en la depuración de su universo interior siguiendo la costumbre de la Gente de Allah, refiriéndose a su vida pasada, solía decir: “He arruinado toda mis años en la ociosidad. ¡Qué inútiles fueron mis esfuerzos durante esos días!”. Y cuando se le preguntaba: “¿No fueron esos esfuerzos los que hicieron de ti el Argumento del Islam?”, respondía: “¡Dejadme de esas tonterías! ¿No conocéis las palabras del Profeta en las que dice que Allah puede auxiliar al Islam con un hombre corrupto?”.

Observa, hermano, la humildad de ese célebre sabio que aseguraba haber vivido en la indolencia antes de reunirse con los sufíes. No creas que lo que dijo era desafecto hacia la Ciencia de la Ley -¡muy lejos estaba de querer decir eso!-, al contrario, lo que pretendía era exaltar el saber sufí antes del cual se es ignorante aunque se domine el conocimiento de la Ley, pues le faltaba el corazón: reunía todos los saberes necesarios pero había descuidado la sabiduría y Aquél al que se refiere la sabiduría. Cuando Allah lo abrió al encuentro con los sufíes, todo su saber pasó a ser a través de su Señor tras haber sido sólo conocimiento de las normas de Allah.

 

            La Tarîqa, la Vía, consiste en un proceso de depuración (Tasfiyya) con la que se gana otra perspectiva: el ser humano deja de ser espectador de la Realidad para incorporarse a ella. Su egoísta pasividad anterior se transforma en entrega activa y omni compresiva que lo hace protagonista de la Verdad al desatar en él fuerzas insospechadas, que son las del corazón. Esta aparente paradoja -la de la negación de sí en este mundo y su afirmación en la Inmensidad- fue expresada por los grandes maestros con declaraciones tensas, fácilmente descontextualizadas, que los hicieron culpables de pretensiones absurdas ante los ojos del resto de los musulmanes. Sin embargo, son a lo que el Šayj se refiere con conocimiento a través de Allah (al-‘Ilm billâh), que se transforma en acción no contaminada por las inclinaciones del ego.

            Al-Gazzâlî, tenido por una de las mayores personalidades del Islam, descubrió que su saber enciclopédico era un saber en la distancia, sin implicación alguna en las certezas a las que hacía referencia en sus obras. Sólo su seguimiento del Camino, al lado de los sufíes, le permitió dar el salto y realizar en su profundidad lo que hasta entonces habían enseñado sus palabras. Su falta de soberbia es estimada por el Šayj, pues la maestría que había adquirido en las ciencias de su época no le confundía: la acumulación de datos y la habilidad en la polémica, que le dio fama de gran defensor del Islam, no significaban que fuera digno ante su Señor. Una máxima, atribuida al Imam Mâlik, enseña que el sabio sin espiritualidad está expuesto a la corrupción de sus costumbres.

            El Imam al-Gazâlî es ejemplo de buscador apasionado de conocimiento, cuya coherencia última descubre en la espiritualidad activa de los sufíes, a quienes convirtió en sus maestros y en cuya ciencia él mismo alcanzó un puesto avanzado. En un libro autobiográfico escribió:

Cuando acabé de recoger las ciencias anteriores (el Kalâm, la filosofía, las ciencias naturales,...) volqué el ímpetu de mi curiosidad en la vía sufí, y supe que su método sólo se realiza complementando el saber y la acción. En resumen, su acción consiste en la superación de las trabas que impone el ego y la eliminación de sus rasgos censurables y sus atributos impuros, hasta alcanzar así el vacío del corazón ante Allah, colmándolo entonces con su Recuerdo.

Pero me resultaba más fácil hacerme con el saber de los sufíes que emprender la acción que exigen. Comencé leyendo sus libros, como el Qût al-Qulûb de Abû Tâlib al-Makkî, las obras de al-Hârit al-Muhâsibî, los fragmentos dispersos atribuidos a al-Ŷunayd, aš-Šiblî, Abû Yazîd al-Bistâmi, y otros maestros, hasta desentrañar el objetivo de sus esfuerzos intelectuales. Logré así comprender lo que se puede comprender de su método por aprendizaje y audición, pero me pareció que los más privado de lo que caracteriza al sufismo no se alcanza con el estudio sino con el saboreo y la experiencia espiritual, que se dan en la trasformación de las cualidades personales.

Hay una enorme diferencia entre conocer la definición de salud o satisfacción y conocer sus causas y sus condiciones, y estar, por otro lado, sano y satisfecho. De igual modo, hay gran distancia entre saber cuál es la esencia del desapego, sus condiciones y métodos, y otra cosa es practicarlo y apartar la vida del mundo de las frivolidades. Supe así que los sufíes son señores de experiencias espirituales, y no simples formuladores de definiciones. Lo que podía saber ya lo había conseguido, y sólo me quedaba por delante conquistar aquello a lo que no se accede por la audición o el aprendizaje, sino por el saboreo y la peregrinación.

De las ciencias a las que me había consagrado dedicándome a investigarlas -las de la Ley y las de la razón-, yo había sacado una fe cierta en Allah, en la Profecía (de Muhammad) y en el Día de la Resurrección. Estos tres fundamentos de la Apertura se habían afianzado en mí, no como resultado de un sólo argumento bien analizado, sino como consecuencia de tantas consonancias y deducciones que su contabilización y detalle no es posible. Y me pareció que no podía aspirar a la felicidad eterna más que en el sobrecogimiento ante Allah y apartando al ego de sus caprichos, siendo el capital en esto la supresión de la dependencia del corazón respecto al mundo, lo cual se logra con el desdén a la vanagloria y orientando el ánimo hacia la Morada de la Eternidad, centrando en Allah el secreto de la aspiración. Ello exige volver la espalda al prestigio y a la riqueza huyendo de las distracciones y los apegos.

Observé mi estado, y he aquí que yo estaba inmerso en las dependencias, que me asediaban por todos lados. Analicé mis acciones, y lo mejor que había en ellas era mi dedicación a la enseñanza, pero consistía en comunicación de ciencias de escasa importancia e inútiles en el camino hacia la Otra Vida. Reflexioné en mi intención al enseñar y vi que no era sincera ni era libre en Allah, sino que su motor era el deseo de celebridad, y tuve la certeza de estar al borde de un abismo profundo, que estaba a punto de caer en él y abrasarme en su fuego si no encaraba la corrección de mis estados...”[1].


 

[1] Al-Gazzâlî, al-Munqid min ad-Dalâl, pp. 56-59, en Maymû‘ Rasâ’il al-Imâm al-Gazzâli, v. VII.