La compañía como vía
16. En Nûr al-Qulûb fî l-‘Ilm al-Mawhûb, as-Siqillî escribió: “Todo aquél que crea en esta ciencia pertenece a la élite de los creyentes. Quien la comprenda pertenece entonces a la élite de la élite. Y quien se exprese en ella y hable con su sabiduría es tenido por el astro inalcanzable y el océano cuya profundidad no se deja entrever”. Y at-Tabîb, el autor de Hâšiat al-Kaššâf, dijo: “El estudioso, por mucho que indague por los mares del conocimiento hasta convertirse en el experto de su tiempo, no debiera contentarse con su saber hasta no haberse reunido con las gentes del Camino para que le indiquen el Sendero Recto. Sólo así lograría ser de aquellos con los que Allah dialoga en su mundo interior a causa de la intensidad de la pureza de su corazón... y pueda entonces recoger brasas de la luz de la profecía”. Y yo digo: ¿cómo alguien habría de contentarse con los datos cuando carece de la comprensión?
Junto a la simpatía, la compañía (Suhba) es otro de los requisitos indispensables que hacen posible la asimilación correcta de la sabiduría que abate ídolos, despeja la Verdad y lo integra todo bajo el dominio de su Poder. El Tasawwuf no es una ciencia libresca: la preferencia por la enseñanza oral es un indicio claro. La comunicación entre maestro y discípulo debe ser sencilla, inmediata y fluida, un encuentro en el que no haya reparos por ninguna de las partes. La presencia del Šayj transmite al discípulo, junto a los datos, un talante especial que es de provecho para una acertada comprensión de los saberes superiores. De los libros, incluso de las obras sufíes, pueden extraerse conocimientos útiles pero que siempre serán exteriores y relativos mientras no sean experimentados y verificados en el proceso de interiorización guiado de manera conveniente por un maestro. Es una ciencia que requiere un adiestramiento previo que haga emerger lo mejor y más receptivo del aspirante. Como dijera Ibn al-Bannâ’ as-Saraqusti, la esencia del Tasawwuf es un secreto que “ponerlo en los libros no es posible; se trata de un tesoro enterrado en las profundidades de la inteligencia. No quieras recogerlo de la lectura de un cuaderno, o un poema”[1].
De ahí que, en el Islam, los libros casi siempre hayan sido concebidos para ser comentados. Con frecuencia son más bien listados que exigen ser detallados, y en muchas ocasiones son comentarios a comentarios, glosas a estudios anteriores, anotaciones en márgenes, en un diálogo interno e inagotable que refleja la búsqueda de una constante reflexión compartida. Las ciencias islámicas se recogen en manuales que parecen siempre inconclusos y que necesitan o resumen explicaciones, dando oportunidad a un encuentro en el que se reviva la experiencia de la trasmisión del saber entre seres humanos. Un maestro, como se ha señalado, comunica junto al dato un espíritu que lo sitúa convenientemente. Ese aporte es vital, es el aliento que necesita ese conocimiento para que no sea mera letra. La pretensión de aprender simplemente de los libros ha sido censurada porque propicia una arrogancia impropia, la del que evita el constante aprendizaje y el debate.
La conjunción de las dos condiciones a las que hemos hecho mención, el Tasdîq y la Suhba, la simpatía y la compañía, junto a una intención pura y sincera (Ijlâs) son las condiciones que permiten una iniciación auténtica, según una sentencia de Ibn ‘Atâ’ Allah as-Sakandari: “Quien resplandece en sus comienzos, resplandece en su meta”[2]. El Profeta, rodeado de sus discípulos (sus Compañeros), es la imagen de la plena trasmisión de un saber que trasforma corazones. La reproducción constante de ese momento es el origen del sufismo, la sustancia de su método y la clave de su eficacia. Es importante recordarlo para evitar una descontextualización que pervierta el significado de sus enseñanzas. Éstas no deben ser confundidas con un sistema de pensamiento satisfecho en sí mismo sino que son el desencadenante de un proceso al cabo del cual el ideal del Islam tiene una realización cabal.