El Šayj al-‘Alawî titula así este prefacio a su obra: “Primera introducción, que trata acerca de la nobleza superior de la ciencia de los sufíes”, donde explica en qué consiste, cuál es su situación dentro del Islam y qué valor tiene para él el sufismo, el Tasawwuf. Por tanto, aquí encontraremos la clave y las condiciones del método que va a aplicar a su comentario de los Fundamentos (Usûl), y que consiste en un entendimiento (Fahm) fruto de la vivencia íntima de lo que configura al Islam desde dentro.
Las diferentes maneras que adopta la inquietud espiritual forman parte de un conjunto general en el que las partes están estrechamente vinculadas entre sí, pero pueden ser estudiadas e, incluso, practicadas, de forma independiente: la experiencia intensa de la devoción (‘Ibâda), el ascetismo (Zuhd), la elección de la pobreza (Faqr), la guerra como movilización absoluta del ser (Ŷihâd), el estudio de la ciencia (‘Ilm),... Casi podría considerarse al Tasawwuf como una forma más, basada en el cultivo de la trasparencia del espíritu (Safâ’), si bien el aspirante deberá estar al tanto de los secretos y utilidades de los demás enfoques y aplicarlos cuando su instante lo requiera. Todos ellos, bien llevados, pero en especial el sufismo, pueden desencadenar la Wilâya, la Interrelación con Allah que supone un alzamiento del espíritu, y la Ma‘rifa, la Gnosis, que resulta de la inmersión en el Real.
Se ha considerado también -en un ejercicio, tal vez, de excesiva simplificación- que las formas rudimentarias de espiritualidad fueron los primeros tanteos de los musulmanes hasta alcanzar la refinación a la que se ha dado el nombre de sufismo. Efectivamente, la palabra Tasawwuf alcanzó pleno reconocimiento en el segundo siglo después de la Hégira, suponiéndose ese momento como el de su constitución como ciencia independiente dentro del Islam, y habría sido el resultado de la síntesis de las experiencias anteriores. No obstante, en esencia siempre estuvo presente:
“Has de saber que, tras la muerte del Profeta, los mejores y más nobles de entre los musulmanes tenían como distinción el nombre de Compañeros, pues no podía haber rango más elevado que el de haber estado en compañía del Profeta. Tras ellos vino la época de los Seguidores, que fueron los que habían estado en contacto con los Compañeros; haber recogido su experiencia fue considerado como la virtud más elevada. Después vino la época de los Seguidores de los Seguidores.
Pero tras esas generaciones, vino la discrepancia entre la gente y se diferenciaron los grados (de fidelidad a lo más auténtico del Islam). Los mejores fueron conocidos entonces con el nombre de ascetas y devotos. Más tarde aparecieron las innovaciones en el Islam y se produjo el conflicto entre los grupos, y cada partido pretendía tener entre sus filas a ascetas y devotos. Fue entonces cuando se dio la denominación de sufíes a la élite espiritual entre las Gentes de la Sunna, los atentos a las insinuaciones del ánimo ante Allah, los que cuidaban sus corazones de las agresiones de la desatención. Ese nombre se hizo célebre para designar a los Grandes en el segundo siglo de la Hégira, según se ha dicho”[1].
Sufismo es el nombre que se acabó dando a la ciencia que estudia las profundidades espirituales y místicas que están en el origen del Islam y fueron vividas con espontaneidad por las primeras generaciones de musulmanes. Otras ciencias islámicas siguieron un proceso parecido, las cuales fueron adoptando formas con el tiempo hasta cristalizar todas ellas coincidiendo con los albores del segundo siglo del Islam. Ese siglo fue una época de grandes reflexiones y sistemas en medio del intento de recoger y preservar lo esencial frente al peligro de su disolución en la confrontación con otras culturas y la aparición de intrusiones y orientaciones distintas.
El Šayj al-‘Alawî casi siempre designa a los sufíes con el término genérico de Qawm, el Pueblo, la Gente por excelencia. Es una denominación tradicional que tiene su origen en un hadiz donde el Profeta dice de quienes se entregan al Recuerdo de Allah y la Mención de su Nombre -el Dikr, que implica una absoluta inmersión en la Unidad Creadora-: “Ellos son el Qawm junto al que nadie es desdichado”. Con el nombre de Qawm para los sufíes, recogido de boca del Profeta, al-‘Alawî trasciende la historicidad del sufismo para engarzarlo plenamente en el Islam, del que es la sensibilidad espiritual, más allá de las formas que fue adoptando. El Tasawwuf es la constante evocación de presentimientos en los que se descubre la realidad anterior y primaria que inaugura y acompaña a la existencia, la sostiene y es su destino[2]. Sentado en un rincón (Zâwiya), el sufí recupera una memoria ancestral que la mayor parte de los seres humanos ha perdido. Ésta es la esencia de un arte cuya naturaleza es difícil de determinar.
La interpretación, bastante asumida, que ve en el Tasawwuf la equivalencia musulmana de la mística no siempre ha satisfecho a todos los que se han interesado en el tema, y no han dudado en contestar dicha valoración:
“La denominación de ‘misticismo islámico’, puesta de moda por Nicholson y algunos otros orientalistas, es lamentablemente inexacta, como ya hemos explicado en diversas ocasiones. De hecho es de Tasawwuf de lo que se trata, es decir, de algo que es de orden esencialmente iniciático y no místico”[3].
También un eminente experto en la cuestión como Titus Burckhardt expresó sus dudas acerca de la exactitud de esa correspondencia:
“Los manuales científicos definen, de modo habitual, el sufismo como ‘misticismo musulmán’. Adoptaríamos de buen grado el epíteto de místico si este término se entendiese todavía en el sentido en que lo empleaban los Padres griegos y los que continuaron su línea espiritual, es decir, para designar lo que tiene relación con el conocimiento de los misterios. Pero la expresión de ‘misticismo’, y como consecuencia también la de ‘místico’, se ha extendido abusivamente a manifestaciones religiosas fuertemente impregnadas de subjetividad individual y regidas por una mentalidad que no va más allá del horizonte del exoterismo... No se puede, pues, traducir Tasawwuf por mística sino con la condición de atribuir explícitamente a este último término su sentido estricto que, por lo demás, es el original”[4].
Incluso la versión del término árabe Tasawwuf por el de sufismo es considerado por René Guénon un error:
“Los occidentales han forjado la palabra ‘sufismo’ para designar especialmente al esoterismo islámico,... pero esta palabra, además de que no es más que una denominación completamente convencional, presenta un inconveniente bastante molesto: es el de que su terminación evoca casi inevitablemente la idea de una doctrina propia de una escuela particular, mientras que no es así, en realidad, y que las escuelas no son aquí más que Turuq, es decir, en resumen, métodos diversos, sin que pueda haber en el fondo ninguna diferencia doctrinal pues ‘la doctrina de la Unidad es única’ (at-Tawhîd Wâhid)”[5].
Preferimos, en cualquier caso, las definiciones que se darán más adelante, a pesar incluso de su tono, muchas veces, evasivo, pero que han sido tomadas de fuentes sufíes y que nos apartarán de transposiciones y polémicas innecesarias que siempre tenderán a situar esta ciencia en coordenadas culturales que no le corresponden.
Con frecuencia, se ha señalado la distinción, claramente marcada en el Islam, entre dos partes complementarias, identificadas muchas veces con exoterismo y esoterismo. En terminología árabe son la Šarî‘a, la Ley Revelada, el Gran Camino, común a todos, y la Haqîqa, la Esencia, reservada a una predisposición especial, a una intención resuelta “no en virtud de una decisión más o menos arbitraria, sino por la naturaleza misma de las cosas porque no todos poseen las aptitudes o cualificaciones requeridas para alcanzar ese conocimiento”[6]. La Šarî‘a, con la que el Islam se realiza en la vida cotidiana y construye una nación entorno a su carácter eminentemente aglutinante, contiene en sí los elementos necesarios capaces de desatar una espiritualidad profunda e inquietante[7]. Al ser encarada con rigor, da origen a saberes y estados de comprensión a los que aspira el musulmán y que le conducen a vivenciar lo que está en el corazón de las formalidades. El seguimiento sistemático de esas posibilidades es a lo que se llama Tarîqa, la Vía, el Método que va de la superficie de la Šarî‘a al corazón del Islam, a la Haqîqa. El Tasawwuf es la peregrinación (Sulûk) por esa senda, normalmente bajo la supervisión de un maestro experimentado. Este esquema es meramente orientativo, pues en el fondo hay una simultaneidad cuya plenitud está representada en el Profeta. En su experiencia no hubo ‘especializaciones’ sino vida pura que era integración de todo en cada uno de sus momentos.
En resumen, la Šarî‘a, como aclarará el Šayj, tiene un sentido central que es su verdadera razón de ser y de la que todos los musulmanes participan a distintos niveles, según sus capacidades y exigencias. El Tasawwuf es la ciencia que elabora un Método que permite acceder a ese centro. Ya ha quedado obsoleta entre los investigadores la tendencia abusiva a buscar fuera del Islam los orígenes de su espiritualidad, un interés que tuvo su apogeo en tiempos pasados y que son superados por estudios actuales más rigurosos y serios[8]. Con más razón, es desechable cierto gusto por identificar el sufismo con una especie de mística universal, una philosophia perennis sólo islámica externamente y por imposición del entorno, con el que, por lo demás, estaría en pugna[9]. También es aberrante e injusto centrar la atención en las excentricidades de los sufíes, que tienen su lugar preciso dentro del total del sistema pero que, ni mucho menos, lo definen. Tampoco parece plausible la opinión según la cual el sufismo y su auge son el resultado de crisis sociales, tensiones morales o momentos de decadencia, como salida fácil a los problemas: su compleja historia, su riqueza y amplitud, no apuntan en esa dirección.
Para los sufíes, la esencia de su arte está en las raíces del Islam, entendido éste en las dos significaciones de la palabra, la histórica y la que designa una actitud vital primigenia de entrega, consustancial con la realidad del ser humano, en la que indagan. La palabra Dawq, saboreo del Islam[10], que es un paso por delante del estricto cumplimiento de sus enseñanzas, va a aparecer con mucha frecuencia, y es, tal vez, la que puede acercarnos con mayor claridad y sin complicaciones a lo que es el sufismo, discriminándolo del Islam común en tanto que forma intensa y apasionada de vivirlo:
“El sentido verdadero de Tasawwuf es el de ‘Islam saboreado’ (Islâm bi-Dawq). Los historiadores del sufismo, y sus grandes representantes -como as-Sulamî, al-Kalâbâdzî y al-Qušayrî-, en un intento por delimitar el concepto general, no han ido más allá de informar y revelar algunos aspectos de la experiencia sufí, a pesar de las variadas definiciones que formulan en sus escritos. El Tasawwuf, en su punto de partida, deriva de la noción de ‘pureza’ (Safâ’, transparencia); en tanto que método consiste en ‘comportamientos (Ajlâq), de modo que quien mejora su naturaleza aumenta en pureza’; en tanto que renuncia a lo mundanal ‘deriva de la idea de vestir lana (sûf) y otras prendas austeras’; en tanto que superación de estadios y obstáculos en el avance espiritual, es ‘Ley, Vía y Esencia’... Y, así, las distintas definiciones nos acercan a circunstancias del sufismo, pero, de modo general, se puede decir que el Tasawwuf simplemente es el paladeo de las realidades esenciales del Islam.
Esta idea general, según la cual el Tasawwuf es el ‘Islam saboreado’, significa varias cosas. En primer lugar, el Tasawwuf no está fuera del recinto de la Ley musulmana, y un sufí, por elevado que sea su rango espiritual, no puede dejar de lado ni abolir ningún fundamento de la Šarî‘a -de lo contrario se le consideraría un zindîq (hereje)-. Igualmente, los conocimientos que se derivan de la práctica del sufismo no pueden oponerse a las enseñanzas claramente definidas en el Corán y en la Sunna. Cuando el saboreo se eleva y el individuo no le encuentra una raíz legal, su obligación es la de suspenderlo hasta que su entendimiento le encuentre un fundamento legítimo, de lo contrario puede prescindir de lo que no entiende.
El Tasawwuf, como ‘Islam saboreado’, es uno. El Islam es indivisible a pesar de la diversidad de opiniones y la multiplicidad de experiencias e inspiraciones. Lo mismo sucede con el sufismo. Esto implica que debemos tomar con precaución las clasificaciones que han introducido los historiadores y estudiosos contemporáneos, que hablan del Tasawwuf de Ibn ‘Arabi y sus discípulos llamándolo ‘sufismo filosófico’, y del Tasawwuf de as-Suhrawardi y sus seguidores y lo consideran ‘sufismo de la iluminación’ o ‘sufismo oriental’ (Išrâq), o del Tasawwuf de al-Ŷunayd, al-Badawî y ad-Dusûqî y sus alumnos, y lo llaman ‘sufismo sunní (ortodoxo)’, y aún existen más denominaciones hasta llegar a las de ‘sufismo de las escuelas (Turuq)’, ‘sufismo teórico y práctico’, ‘sufismo psicológico’, etc. En realidad, estas consideraciones sobre el Tasawwuf escamotean lo que es un sufí y delatan insuficiencia en la comprensión íntegra la Vía y sus sutilezas. Cada sufí tiene su camino hacia Allah, cada uno tiene su cultura y su estilo a la hora de expresarla, pero detrás de ello siempre hay una única fuente, y todos realizan un viaje que va de la creación hacia el Creador”[11].
[1] Abû l-Qâsim al-Qušayrî, ar-Risâla al-Qušayriyya, pp. 7-8.
[2] El Dikr sigue al Nazar, la mirada con la que se indaga en la existencia y se descubre a Allah. Consiste en la concentración del ánimo en aquello que la razón ha descubierto. “En esencia, el Dikr -la Mención del Nombre de Allah, el Recuerdo- consiste en olvidar todo lo que no sea el Recordado, pues Allah ha dicho (en el Corán): ‘Recuerda a tu Señor cuando olvides’, es decir, cuando olvides todo lo que no es Allah entonces recuerdas a Allah y lo mencionas verdaderamente. Uno de los grandes dijo: ‘El Dikr es expulsar la negligencia. Cuando el olvido es suprimido, estás nombrando a Allah aunque te mantengas callado’... Se ha dicho: ‘El Dikr es la alfombra en lo que los gnósticos intiman con Allah, es la riqueza de los amantes y el licor que embriaga a los enamorados’... ”, de al-Kalâbâdi, citado en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya (p. 85) de Anwar Fu’âd Abû Jazzâm.
[3] René Guénon, Sobre el esoterismo islámico y el taoísmo, p. 98. Barcelona, Ediciones Obelisco, 1983.
[4] Titus Burckhardt, Esoterismo islámico, p. 23.
[5] René Guénon, Sobre el esoterismo islámico y el taoísmo, pp. 12-13.
[6] Ibid. p. 11.
[7] “El sufismo es central, elevado, profundo y misterioso; es inexorable, exigente, poderoso, peligroso, distante y necesario”, Martin Lings, ¿Qué es el sufismo?, p. 95.
[8] Podemos recordar aquí las conclusiones de Massignon en su Essai sur les origines du lexique technique de la mystique musulmane (Vrin, 1954), confirmadas y completadas por el rico trabajo de P. Nwiya, Exégèse coranique et langage mystique (Dâr al-Mašriq, Beirut, 1970), a saber, que, fundamentalmente, el sufismo corresponde a una de las virtualidades de la espiritualidad musulmana, que su evolución resulta mucho menos de aportes exteriores que de una profundización en la teoría y en la experiencia espiritual de ciertos aspectos de la Ley musulmana contenidos en el mensaje coránico.
[9] Véase una crítica a esta simplificación en el capítulo “Universalidad del sufismo” en ¿Qué es el sufismo?, de Martin Lings, pp. 17-24.
[10] “El Dawq es el primer momento de la Bebida anterior a la embriaguez. Dûn n-Nûn el Egipcio dijo: ‘Cuando Allah quiere dar de beber a alguno de la copa de su amor, le hace probar su primer sabor’. Sobre esto, alguien dijo: ‘Dicen que sienten añoranza, pero quien no ha saboreado lo que significa estar lejos del Amado no sabe lo que es la nostalgia’...” (at-Tûsî). Citado en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûyiyya, p. 87.
[11] Yûsuf Muhammad Tâhâ Zaydân, at-Tarîq as-Sûfî, pp. 10-12.