AL-MINAH AL-QUDDÛSIYYA

 

HAMDALA (I)

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1. Alabanzas a Quien se muestra en Su ocultación y se repliega en Su aparición hasta hacerse invisible a los ojos de Sus criaturas a causa de la intensidad de Su Luz.

 

           Comentario

            1- La Basmala avala, como Revelación, lo que la reflexión y el análisis desvelan: que la existencia entera -carente en sí de causa propia- tiene su origen en un Fundamento Trascendente, Existente por Sí Mismo, distinto, que le confiere realidad y consistencia provenientes de Su Misericordia, pues nada Le fuerza a crear. Ese Fundamento -el Existente Obligado- acaba siendo para la inteligencia una premisa de rango incuestionable. Es más, conforme avanza el razonamiento, la ‘Verdad con la que la realidad es’ adquiere una claridad tal que lo demás va difuminándose, en coincidencia con la esencia de las cosas, que son pura evanescencia. Ese desvanecimiento del mundo deja constantemente paso a la Verdad que encubre. Con ello se accede al vórtice del ser, al que la Revelación da el Nombre de Allâh.

            Desvelado Allah por el entendimiento humano, se trasforma ante el corazón en certeza ineludible y en presencia envolvente. El ‘Ârif, el conocedor que ha llegado a esa conclusión, no dejará de sorprenderse por su ceguera anterior. A partir de ese momento, la creación ya no es un cúmulo inconexo de objetos y acontecimientos dispersos en flagrante y absurdo conflicto. Al contrario, se muestra traslúcida. Todo es hecho por Allah, existe con Allah, se desvanece en Allah, y todo manifiesta a Allah-Uno. Todos estos hechos constituyen la Alabanza (Hamd) del mundo y de la que Allah es único acreedor. Nada hay más patente que Allah, y Él es el primero en glorificarse, dando forma a Su propia Verdad: “Para Su Rostro, Su Rostro es  luna; para Su Ojo,  Su Ojo mismo  es  colirio[1].

            El universo entero, cada criatura en él, el ser humano,... y la espiritualidad del ser humano como inquietud que se asombra ante la Verdad, todo es reflejo de razones profundas que el Corán retrata en la contundencia de sus expresiones. Del elogio de Allah a Sí Mismo nace la admiración del hombre, que lo devuelve a Allah, a la perplejidad en medio de la intuición del Infinito. El Profeta, en una de sus invocaciones, dijo: “¡Gloria a Ti! Yo no puedo enunciar la Alabanza de la que eres digno. Tú eres tal como te has elogiado a Ti Mismo”. La Alabanza que el musulmán proclama encierra el secreto detonador de todos las vías espirituales, es la motivación de las religiones, y tiene una cumbre en la que retorna a su principio y en la que “la Alabanza de Allah es Allah[2].

            Todo es con Allah. Y ese con -como ya hemos descifrado- no indica compañía ni dualidad, sino que es, precisamente, la clave del devenir sobre la Unidad que le sirve de soporte y garante. Este es el significado básico de la Basmala, confirmando al hombre. Es más, la Basmala es el arquetipo de esa reflexión, su trasfondo, su estructura interior y su causa. La reflexión está construida sobre un antecedente en la eternidad que es la Basmala, pero a todo esto se llegará más adelante, según se progrese en la Ciencia de la Unidad (Tawhîd) -en la que todo se ampara mutuamente-, y también conforme se adelante en la comprensión de lo que significa, en el Islam, el concepto de Revelación.

            El Nazar -el análisis que va al fondo de la realidad, la mirada que penetra hasta la esencia de las cosas- queda pronto superado por la desmesura que adivina en el alcance de sus averiguaciones. El universo pasa a ser expresión de esa Verdad Infinita, y toda criatura resulta ser, a partir de entonces, elocuente. Cada cosa es signo de su Señor, de la Verdad que la configura, estando el ser humano mismo en la cima de esa expresividad, y la Alabanza (Hamd) que pronuncia es el broche de la existencia: “Expresión de la expresión de la Verdad, y tú eres su aclaración; tú eres la lengua de todos los Significados ocultos[3]. La belleza, la fuerza, la precisión, la sabiduría, la bondad, el desgarro y la violencia,... los Significados ocultos que hay en cada criatura y en cada acontecimiento cincelando su instante, aparecen entonces como reflejos que hablan de aquello sobre lo que se sostienen. No teniendo razón en sí, son la plasmación de lo que resulta posible al Existente Obligado, en Quien esas cualidades tienen la desproporción de Su misma naturaleza, que es la eternidad y la infinitud.

            El Hamd es, pues, la reacción a lo que deja intuir la Basmala, y la sigue. Consiste en la mención de las virtudes manifiestas del Alabado (Mahmûd). El musulmán elogia a Allah enumerando Sus visibles méritos: Su Poder evidente en cada criatura forjada, Su Bondad patente en todo cuanto le beneficia, Su Fuerza palpable en cuanto le conmueve e inquieta, Su Unidad explícita en la sincronía del universo, Su Sabiduría constatada en la precisión de los ritmos que gobiernan lo que existe,... Con la Alabanza, el musulmán da fe del Dominio Presente de Allah, de Su Señorío en cada cosa, de la emergencia de Su Verdad (Zuhûr).

            Si alabar consiste en manifestar la grandeza del Alabado, con su propia existencia cada ser es ya expresión de la inmensidad de Allah. Toda criatura, en tanto que signo, es en esencia Hamd: “No hay cosa que no fluya expresando Su Alabanza, pero no percibís su Alabanza” (17/44). Hay, pues, dos tipos de Alabanza. Una es universal, secreta -en correspondencia con la indeterminación de Allah-, y es la que está implícita en la mera existencia, la enunciada de forma inaudible, por el cuerpo de la cosa, por la lengua de su circunstancia (Lisân al-Hâl). La otra es concreta; se trata de la alabanza articulada oralmente, la que es dicha con la lengua que habla (Lisân al-Maqâl). Esta última es la más noble, porque es consciente, resulta de la percepción, es elegida, implica un compromiso y eleva al ser. El Hamd, por tanto, es emancipación: en el primer tipo, la Alabanza de la criatura consiste en ser, en salir de la nada, en avanzar hacia su plenitud existencial; en el segundo caso, es reconocimiento con el que el sabio se libra de la pequeñez y la ignorancia y comprende la magnitud de lo que hay en la raíz de las cosas. Y, sellando esas progresiones, está el Profeta, Muhammad, cuyo rango queda identificado en su nombre.

 

2- De acuerdo con el Imâm Mâlik -cuya escuela en materia de práctica y derecho islámico es predominante en el Norte de África-, la Basmala, sin dejar de ser un versículo revelado, es un encabezamiento que no forma parte integrante de los capítulos del Corán. Se trata de algo así como la consignación del Nombre del Autor de todas las cosas, de una poderosa llamada de atención y de una síntesis previa que el musulmán repite resumiendo en pocas palabras lo básico en la cosmovisión musulmana. En consecuencia, según la opinión del Imâm Mâlik, la frase con la que propiamente empieza el Libro de Allah es al-hamdu lillâhi rabbi l-‘âlamîn, ¡alabanzas a Allah, el Señor de los mundos!, lo que la hace tener un nombre particular, Hamdala[4].

            A semejanza de lo que ocurre con la Basmala, hay hadices que recomiendan la pronunciación de la Hamdala al comienzo de los actos de relevancia que vaya a emprender el musulmán, y también se usa para finalizarlos. Así, a la cabeza de las acciones -sobre todo de los escritos y los discursos-, se nombra a Allah -inexcusablemente- y, a continuación, se le elogia, y la acción posterior, de este modo, pasa a estar bendecida y ser meritoria. Pero solo culmina si, al final, se expresa la alabanza que la sella. Estos exordios sitúan la realidad en su clave: todo aparece con Allah, todo expresa a Allah y todo desemboca en Allah. Todo es, de hecho, Hamd, Alabanza; y, al pronunciar la Hamdala, el musulmán coincide con lo que son las cosas, alzando hasta la conciencia lo que está en la esencia[5]. Quien, por el contrario, rehúsa alabar a su Señor, vive en disonancia con el secreto de su ser, erigiendo falsos dioses, inmerso en el aislamiento de su inanidad, atado por siempre a una quimera y expuesto a la frustración de sus ilusiones. Esta es la traba de quien se adhiere a la apariencia de las cosas, quedando amarrado a las circunstancias y esclavo de sus vaivenes.

Entre los dos versículos, bismil-lâh y al-hamdu lillâh, es como si hubiera un diálogo, estando primero el Nombre de Allah y luego el cosmos constatándolo y dando fe de Él, siendo la segunda un eco solidario de lo significado por la primera y la plasmación de su poder. También como en el caso de la Basmala, la Hamdala ha dado lugar a largas reflexiones implícitas cada vez que es citada.

Por tanto, se empieza nombrando a Allah, y luego se le elogia, al igual que primero está Él y luego el mundo que lo manifiesta. Al principio está el Imperativo de la Misericordia, y el universo lo materializa, y con ello el universo accede al ser, progresando hacia su plenitud. De ahí el orden que la Sunna aconseja seguir en todos los inicios, como reflejo de la Verdad. La palabra Allah, en el seno de Su soledad, deja intuir su propio alcance, y la reacción ante ese Significado interior es la Alabanza, el Hamd, sinónimo de existencia y de saber. Esto en el caso de entender la Hamdala como una exclamación de gratitud y reconocimiento con valor subjetivo -tal como la hemos traducido-, si bien se trata, en realidad, de una información: la alabanza, toda alabanza, pertenece a Allah. Él es el glorificado en cada admiración. Al ser Hamd sinónimo también de criatura realizada, la Hamdala significa también que todo es suyo, de Él viene y a Él vuelve[6].

 

            3- En la Hamdala se describe a Allah como Señor de los mundos (Rabb al-‘Âlamîn). El universo, aparentemente disperso, está reunido en la sujeción a su Señor Verdadero, y en ese punto todo es trasparente. Él no es solamente el Creador de cuanto existe. Está necesariamente Presente, rigiendo el devenir, pues nada tiene sustancia sin ese Fundamento. El Nombre Creador (Jâliq) sitúa a Allah en los comienzos, pero el término Señor (Rabb) lo describe acompañando a la criatura, haciéndola ser, estructurándola, manteniéndola en la existencia. Él es la razón de su actualidad, la Fuerza que queda revelada en la constancia de cada ser. El Imperativo que forjó la existencia, la sigue en todo momento: es su Señor, aquello que obedece espontáneamente y por lo que no vuelve a difuminarse en su nada esencial. El rasgo distintivo de la Presencia de Allah es Su Señorío (Rubûbiyya) en todas las cosas, Su Preeminencia con la que se muestra y se impone.

El análisis (Nazar) que concluye en la necesidad de un Creador de existencia obligada sigue su reflexión hasta descubrir Su Presencia, pues no vislumbra en los mundos nada suyo que asegure su permanencia. Lo mismo que exige una razón de ser, el entendimiento recto de las cosas demanda una razón para que éstas continúen siendo. Y esa razón es la misma eternidad intuida como origen. El Insondable es el trasfondo rector de cada criatura a cada instante. No deja de manifestarse y mostrarse en ningún momento.

            Por ello, todas las cosas, todos los mundos, son signos claros. Sólo son oscurecidos por la ceguera humana. Al carecer de entidad propia, remiten constantemente a Allah. De ahí que mundo (‘Âlam), en árabe, es signo, señal (‘Alâma). Y es el origen de la ciencia y el conocimiento (‘Ilm). Al observar la creación, el musulmán vislumbra a Allah. El ojo penetrante llega hasta la Verdad que configura las realidades. El universo entero, y cada criatura en él, no tiene otro contenido ni otro significado más que Allâh, su Señor, la Verdad de la que son materialización

            El Nombre Rabb califica a Allah en tanto que fuente del Imperativo eficaz. Con ello, el Existenciador es constante Configurador de la realidad. Es la Luz que la hace visible. En el Islam, Rabb es un término que se aplica exclusivamente a Allah, porque no indica una relación de poder y dominio que tenga equivalente en la que mantienen entre sí las criaturas. Su traducción por Señor es problemática porque puede sugerir una semejanza en ese sentido que es impensable en árabe. No se trata de una tensión entre dos extremos sino de correspondencias en el seno de la realidad: lo que hace ser y lo que es, en estrecha complementariedad. Por tanto, se trata de una razón sutil, y los autores musulmanes hablan del Secreto del Señorío (Sirr ar-Rubûbiyya), un misterio en lo hondo del ser, que está ligado a la concepción musulmana del Destino.

            Pero Rabb no es sólo Sayyid, Señor, Malik, Rey, o Mâlik, Propietario en cuyas Manos está todo, sino también, y sobre todo, Murabbî, Educador[7]. Él guía los pasos de quienes Le buscan: “Él es Quien sostiene las almas de quienes Le rinden culto dándoles fuerzas, Quien encauza los corazones de los que Le buscan otorgándoles acierto, Quien ilumina los espíritus de los sabios inspirándoles Su Unidad. Él es Quien hace desarrollarse los cuerpos ofreciéndoles deleites, Quien hace crecer los espíritus haciéndoles contemplar las fuentes de la generosidad”. Y también significa Vigilante Atento: “Él es quien atiende los asuntos de los que renuncian a los apegos por Él haciéndose cargo de su cuidado, Quien vigila las cosas de Sus adoradores bastándoles, Quien observa a los que entran en éxtasis haciéndoles saborear la eternidad sin comienzo. A unos los atiende y hace que sus miradas se centren en Él y olvidan hasta Sus dones; a otros los atiende y hace que ansíen encontrarse con Él; a otros los atiende y he aquí que se dirigen a Su encuentro[8]. En todos los extremos, el Nombre Rabb significa rector, motor de la criatura, el polo y eje de su unidad, la razón de su devenir, el motivo de que las cosas estén en agitación, tenga ésta la orientación que tenga.

 

            4- El Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî recrea el versículo coránico en este Prólogo a los al-Minah al-Quddûsiyya aludiendo directamente a su alcance. El maestro sufí elogia a Allah, Señor de los mundos, de cada criatura, de cada instante, que es en Sí una Verdad Trascendente, Incomprensible, y eso lo comprende claramente el entendimiento humano. Allah es Zâhir, Evidente para la inteligencia que mira en lo profundo, en lo no-material, el Butûn. Es decir, la razón califica a Allah de Insondable necesariamente. Pero resulta que el Creador es absolutamente Presente, sin embargo Su Presencia es invisible y ambigua a causa precisamente de ser lo más común. Debido a su necesidad, es tan obvia esa Presencia Configuradora que por ello mismo pasa inadvertida. Allah es Bâtin, Oculto e Invisible, cuando se hace visible, en la materialidad de Su manifestación, Zuhûr. Y, así, el Šayj nos habla de la invisibilidad de Allah a causa precisamente de Su notoriedad, de la intensidad de Su Luz.

            Has de saber que Él es invisible en Su manifestación a causa de la intensidad con la que se muestra. Su extrema aparición es la causa de Su ocultación. Su Luz es velo para Su Luz. Todo aquello que sobrepasa un límite se proyecta en su contrario.

            Tal vez lo dicho te resulte sorprendente y lo consideres improbable, o bien sólo lo entiendas con un ejemplo. Yo te digo: Si fijas tu atención en una sola palabra escrita por un autor, te sirve para deducir que el escritor es sabio, capaz, que está dotado de oído fino y visión (pues de otro modo no hubiera podido escribir), y de esa única palabra extraes la conclusión cierta de que el escritor necesariamente debe estar revestido de todas esas cualidades. Es más, con sólo ver la palabra (aun sin reflexionar), ya sabes tajantemente que existe alguien que la ha escrito, y que para escribirla tiene que saber y poder hacerlo, tiene que estar dotado de vista y oído, estar vivo cuando lo hacía, etc., y todo ello lo recoges de la sola imagen de una palabra escrita.

Al igual que esa palabra es signo de las cualidades del escritor, no hay átomo en los cielos y en la tierra, las órbitas celestes, los astros, el sol, la luna, los animales, las plantas, y cada atributo y criatura calificada por él, sin que no sean testimonios ante sí mismos a favor de que necesitan quien las haga y rija determinando sus medidas y especificando sus circunstancias. Si el ser humano se mira, o piensa en tan solo uno de sus miembros, o en una parte de ellos, y se observa por dentro y por fuera, o analiza una de sus cualidades propias, o alguna de sus circunstancias, o cualquier cosa relacionada con él y que escape a su control y le haya sido impuesta al margen de sus elecciones, verá que eso que forma parte de su ser le habla dando testimonio de su Creador, que se le impone y lo rige. Todo lo que el ser humano percibe con sus sentidos en sí y fuera de sí sigue esa ley... Al ser tal la cantidad de testimonios concordantes, su sentido queda velado y se hace ambiguo a causa precisamente de la intensidad de su manifestación. Un ejemplo es el siguiente:

Lo innegable para el hombre es lo que percibe con sus sentidos físicos, y lo más claro para él es lo que puede ver. Sin embargo, lo más presente al ojo humano es la (invisible) luz del sol brillante que se proyecta sobre las cosas y las hace visibles. ¿Cómo no iba a ser manifiesto aquello por lo que todas las cosas son manifiestas?

Para muchos, esta cuestión ha resultado confusa, porque se han dado cuenta de que las cosas coloreadas cuentan únicamente con su color, ya sea el negro o el rojo. Pero al color no lo acompaña la luz y la visibilidad. Se han dado cuenta de que la luz y la visibilidad son algo añadido al color al establecer una analogía con la sombra y lo iluminado, y con el día y la noche. Cuando el sol se pone de noche, o bien cuando sufre un eclipse de día, o cuando un cuerpo denso evita su entrada a algún lugar, y su influencia sobre los cuerpos coloreados desaparece, se comprueba que su luz es la causa de la aparición de los colores, quedando diferenciados el color y la luz por tal efecto. Conocemos la existencia de la luz al averiguar sus efectos cuando está ausente... Los colores están, pero se muestran al ojo cuando sobre ellos se proyecta la luz del sol. Si la luz fuera permanente y recubriera todos los objetos, no quedando clara la diferencia con su ausencia, nadie sabría lo que es la luz, ni que es algo distinto y añadido a los cuerpos y a los colores, siendo, sin embargo, como es, lo que hace que las cosas se muestren y aparezcan.

Los hombres han descubierto que existe la luz al notar el efecto que produce su ausencia. Pero si imagináramos que Allah dejara de existir, los cielos y la tierra desaparecerían. Es la constancia de Su Presencia lo que los hace ser, y por eso mismo Él es invisible. ¡Gloria a quien queda velado ante Sus criaturas por la intensidad misma de Su Luz, y queda invisible como resultado de la intensidad de Su manifestación! Él es el Evidente, y nada hay más evidente que Él. Y Él es el Oculto, y nada hay más oculto que Él[9].

El sufí es especialmente sensible a la fuerza de la Presencia de Allah y la convierte en el paso inicial de sus reflexiones, a diferencia del resto de los pensadores, para los que es una conclusión a la que se llega tras arduos razonamientos que se ven muchas veces frustrados por el laberinto de las pasiones. El sufí se ha sincerado desde el principio, es decir, ha saboreado su propia fragilidad, ha matado lo que no es Allah, y con ello ha descorrido el velo, y tras él se le muestra su Señor, abarcando todas las cosas y todo se bate en retirada ante esa Aparición, frente a la que el hombre común es ciego:

            Tan grande es la manifestación de Sus luces e inmensas las proyecciones de Sus secretos -no dejando de mostrarse a los ojos de los corazones y presentándose ante lo más íntimo de cada ser- que Su Significado se hace invisible y la percepción de Su belleza y altura se torna demasiado sutil para la inteligencia. El carácter reductor y dominante de Su Luz hace imperceptible la intensidad de Su aparición impidiendo a los ojos verle.

Es lo que dijo el poeta: ‘Te muestras y nada te hace oculto a la vista de nadie; / sólo eres invisible para el ciego incapaz de ver la luna. / Y es porque te has replegado al mostrarte quedando velado. / ¿Cómo podría verse a Quien tras la grandeza se oculta?’... Otro lo dijo así: ‘Quedó oculta cuando retiró su velo. / ¡Oh, asombro! Su aparición la hace invisible’... Al respecto, dijo aš-Šuštarî: ‘¡Oh, Tú, que eres manifiesto en Tu ocultación, / y después te haces invisible ocultándote cuando te muestras!/  Apareces, y no eres invisible para nadie; / y te ocultas, y ya no eres manifiesto para cualquiera’...”[10].

            La claridad de Allah y Su ambigüedad han sido temas abordados por los sufíes, que ven en esas oposiciones la razón de la confusión. Aquí radica la gran dificultad y el origen de graves paradojas. Allah es necesariamente presente, y por ello mismo invisible; la criatura no es Allah, pero tampoco es sin Allah. Cada uno de esos extremos da nacimiento a una interpretación indeseable. Por un lado, la invisibilidad provoca la negación; y, por otro, la constatación de la Presencia induce a creencias panteístas. La invisibilidad de Allah provoca la sensación de que las cosas son sólidas y autónomas. Su necesaria Presencia hace creer que las cosas son irrelevantes. Son “tropiezos” a los que aludirá el Šayj al-‘Alawî. En el primero cae el “materialista” carente de visión penetrante, y en el segundo el “místico” falto de discernimiento sólido. Estas “paralizaciones” del entendimiento se deben a la cortedad del ser humano. Si bien son irreconciliables con el Islam, esos posicionamientos hasta cierto punto se dan entre los musulmanes: están, por un lado, los que se aferran a las formas y las vacían de espíritu, y, por otro, los que se aferran al espíritu y desatienden las formas. Son las proyecciones de la negación y el panteísmo dentro del Islam. La regla es que Allah constantemente se muestra, validando las realidades. La simultaneidad la conquistan aquellos que rompen el talismán.

 

            5- En una ocasión, el Profeta dijo que Allah le había dicho: “Yo era un Tesoro Oculto y quise ser conocido, y creé la creación”. El Tesoro Oculto es Allah en Sí, Inmanifiesto, Insondable, Pleno, Verdad Solitaria a la que nada acompaña, el Infinito anterior y posterior a todo, un Secreto para el que no hay palabras. Aquí, a pesar de la oscuridad de los términos, Allah es Claro, pues es la ‘definición’ que puede dar de Él la inteligencia humana. Pero, por otra parte, al mostrarse como Creador, Allah pasa a ser el Tesoro Revelado, el Señor de los Mundos; el cosmos es el escenario de la manifestación y emergencia de Allah, es la plasmación y reflejo exterior y plural en la que palpita la capacidad existenciadora del Indescifrable. El mundo es el adjetivo de Allah. Su Nombre es el sujeto en una frase que es la existencia, que no habla sino de Él. Pero ese esplendor exterior esconde a Allah y lo hace confuso. Al mostrarse claramente, Allah se hace ambiguo. A ello se refiere el Šayj cuando habla de Quien es nítido en su ocultación pero se repliega en su manifestación, y son los dos aspectos de la Verdad Absoluta.

            Con frecuencia, los sufíes llaman a Allah Vino Eterno (Jamra Azaliyya), metáfora que ha posibilitado un gran despliegue de la poesía báquica, de carácter místico, en el Islam. Con esa imagen se alude al carácter mismo de Allah, que trasciende el pensamiento y sumerge a quien se propone meditar sobre Él en un estado de emoción en el que pierde de vista toda creación formal quedando sumido en el desconcierto que provoca la Inmensidad, pero proyectada después sobre el universo, finalmente recuperado a la luz de esa perspectiva y contemplado como Jardín: “Por Ti (o contigo) todo es eterno[11].

Ese Vino embriagador antes de su concreción es, para el Šayj al-‘Alawî, la Presencia (o Plano) de la Unidad (al-Hadra al-Ahâdiyya) -el Tanzîh de Allah, Su Pureza, o Su Ulûhiyya, Su Trascendencia, en un lenguaje más común-. Pero después de Su manifestación recibe el nombre de Presencia de la Unicidad (al-Hadra al-Wâhidiyya) -donde se produce el Itbât as-Sifât, la Afirmación de sus Atributos consustanciales-, y se muestra como Señor de los mundos, evidenciando Su Rubûbiyya, Su Señorío sobre todas las cosas.

El término Ahad -Uno en Sí- designa a Allah en su Soledad excluyente, en su Nebulosa impenetrable, mientras que Wâhid significa Uno, Único, es decir, Allah es Uno para el mundo que lo traduce, con el que se relaciona y por el que fluye confiriéndole hechura. Del Uno, el Islam enseña que es Existente, Inimaginable, Sin-Principio, Sin-Final, Autosuficiente y Pura Unicidad, que son los Seis Cualidades Intrínsecas. Por otra parte, del Único enseña que vive, puede, sabe, quiere, oye, habla y ve, que son los Siete Atributos Positivos, las facultades creadoras y el armazón del universo. En Musulmanes Andaluces - en Publicaciones - podéis encontrar la traducción de los versos de Ibn 'Ashir en los que se enumeran estas Cualidades y se justifican racionalmente.

Pero ambos, el Uno y el Único, son la misma cosa: la inmensidad y misterio del Uno están presentes en cada Aspecto del Único, en cada uno de sus Atributos Positivos, de modo que el musulmán se sabe creado por el Poderoso, y que el Poderoso es Allah en toda su desmesura. Sabe que, cuando se acoge a ese Poder, se alberga en lo indecible. Se sabe indisolublemente sujeto a Su Voluntad. Se sabe visto por el Eterno. Sabe que el Corán ha sido pronunciado por el Infinito. Invoca al Libre que oye... Constantemente, en cada circunstancia, en su relación con Allah, se sumerge en el Insondable, pues el Remoto es Próximo y el Próximo está infinitamente lejos en la Inmensidad de su Ser. Allah forja a cada criatura y está ante ella, la cimenta y se le ofrece, y en todo y en cada cosa el musulmán tiene la posibilidad de asomarse y arrojarse al Océano del Uno-Único para salir de Él agrandado en la sobredimensión que su inquietud espiritual ha intuido, saboreando ese Vino reunificador en todo lo que percibe y en todo lo que le acontece, que lo estructura a él mismo y lo hace ser.

El ensimismamiento en el Uno es Fanâ’, aniquilación del aspirante en una negación que no le deja resquicio, mientras que el Único le devuelve la vida en la Permanencia (el Baqâ’) del Secreto que le hace ser y lo afirma. Se trata de los dos momentos de embriaguez y sobriedad del sufí en su vivencia de la Verdad, en correspondencia con los Aspectos de su Creador. La plenitud última se alcanza en la síntesis, que, sin embargo, es ya en cada instante. El Šayj al-‘Alawî escribió, en otra de sus obras, sobre la Presencia de la Unidad -el Plano de Allah en Sí, Su espacio privado, Tesoro Oculto en cuyo carácter inasible Él es evidente y, por tanto, excluyente-, lo que sigue:

La Unidad es algo sobre lo que han especulado los  pensadores musulmanes  y han intentado expresarla los dotados de fluidez de palabra, pero no han dado cuenta completa ni tan siquiera de la menor de sus realidades esenciales. Se han quedado cortos desde muchos puntos de vista, y yo aún soy más insuficiente que ellos. Y es porque la realidad privada de la Unidad no es captada por las palabras ni las alusiones, ni las declaraciones detalladas ni las expresiones. Se alza majestuosa por encima de las afirmaciones explícitas y está más allá de lo que pueden sugerir las insinuaciones.

 ¿Cómo se podría aludir con lo circunstancial a lo Eterno? ¿Cómo iba a parecerse el Ser a la Nada? El Grado que impone el retroceso de los Nombres y las Cualidades (es decir, el Grado en el que las capacidades creadoras de Allah se diluyen en su Unicidad), ¿cómo señalarlo con lo formal, que es evanescente en relación con la Esencia de la Esencia, junto a la que no hay otra esencia? Esencia simple, Sí Mismo singular, que no acepta aumento ni disminución. Asunto glorioso, Tesoro oscuro. Mar sin olas en el que no hay resquicio. Sin derecha ni izquierda. Sin modo ni arquetipo.

 Qué acertados son los versos de quien dijo: ‘Ningún ojo lo ve. Ningún límite lo abarca. / Ningún adjetivo lo acerca al entendimiento. ¿Quién puede intimar con Él? / La lengua enmudece. La insinuación se pierde. / Quiebra el edificio del corazón que tropieza con Él’.

Éste (el de la Unidad) es el Grado anterior a la manifestación. Tras ella viene, en la terminología de los sufíes, la ‘Unicidad’...”[12].

            Allah en Sí es inabordable, y sólo al hacer se deja reconocer en lo que Su obra manifiesta acerca de Él. Allah es un misterio, pero los adjetivos -el mundo- lo revelan. El Profeta dijo: “No hagáis de Allah en Sí un objeto de meditación. Más bien, reflexionad sobre sus Nombres”, diferenciando entre los dos grados, el de la Unidad -que implica aniquilación- y el de la Unicidad -que proporciona permanencia y eternidad al ser creadora-. Acerca de la Presencia de la Unidad -el Plano en el que Allah aparece revestido de Atributos Positivos, actúa y el resultado de su acción somos nosotros y nuestro universo que revela lo potencial en Él, siendo su exteriorización en cuyo seno Él queda oculto- el Šayj escribió:

Ciertamente, la Unicidad es lo mismo que la Presencia de la Unidad, y no otra cosa, salvo en lo que concierne a la manifestación, la cual implica la emergencia de los Nombres y las Cualidades (es decir, va acompañada de la activación de las capacidades creadoras) que exige algo añadido a la Esencia y que es la relación. Mas no hay adición si consideramos el análisis profundo de la cuestión. No hay más que lo que había, pues (la Esencia) no admite aumento del mismo modo que no admite disminución. ‘Allah era, y nada había con Él’, y Él es ahora tal como era, menos desde el punto de vista de la relación, para que se manifiesten el Creador y el creado.

 Él ha afirmado la cosa (la criatura), siendo ésta (como es) no-cosa. La cosa es un inexistente bajo la forma de un ser existente. ¡Cuídate, y cuando tu mirada se pose sobre los seres existentes, no imagines que percibes su ser por sí mismos! Aquí (en esta cuestión) es donde yerran las miradas, ‘salvo el que tiene una visión de hierro’ y se da cuenta de que la mirada no percibe lo que no existe, y sabe entonces que (su visión) ha recogido el Ser del Existenciador de las cosas, y no las cosas en sí mismas. Las cosas, en sus esencias, son la Nada, y la circunstancialidad no se sostiene junto a lo Eterno.

 Sí. Los Nombres y las Cualidades (las capacidades de Allah) se agitan en sus relaciones de acuerdo al querer de la Esencia, y cada uno busca lo que demanda su realidad (cada Potencialidad busca concretarse en su efecto). La Verdad (Allah) puede hospedar a los Nombres en sus moradas propias, y así fue como se mostró a cada Nombre según su demanda, y los seres existentes se derivaron de los Nombres y de las Cualidades. Pero el Todo está subordinado a la Esencia: ‘Hacia Allah se encaminan las cosas’, le son devueltas y reintegradas en su Raíz. Él determinó las cosas en su Ciencia Precedente a la existencia de las criaturas y derramó sobre ellas de Su Ser, pues lo que no es Él carece de entidad. ‘Quien carece de ser por sí mismo a partir de sí, / su existencia, si no fuera por Él, sería imposible’.

 En resumen, ‘toda cosa está muerta, salvo su faz’, y (en esta cita coránica) ‘muerto’ es un participio que abarca calificando (a todas las cosas) y no concreta un tiempo (en detrimento) de otro. Es concebible que el pronombre posesivo en ‘su faz’ se refiera a ‘cosa’, y la faz de la cosa es alguno de los Rostros de Allah -quien lo trasciende todo-, y el argumento (en favor de esta interpretación) es el versículo que enuncia “hacia donde os volváis, ahí está la Faz de Allah’...”[13].

 

            6- Estos dos textos del Šayj al-‘Alawî detallan el significado de las primeras frases de los al-Minah y resumen su cosmovisión, en la que lo único real es Allah, Inmanifiesto (y, por tanto, patente en la indeterminación) y Manifiesto (pero oculto en su propia exteriorización, donde se le descubre no en las apariencias, que se presentan como autónomas, sino en las fuerzas sutiles que concretan y modelan nuestra existencia). En el fondo, cuando la mirada se hace penetrante, resulta que para ella sólo hay Allah y sus adjetivos. Él -en Su secreto íntimo, y en nuestro mundo como Voluntad, Poder y Ciencia rectoras- es la Verdad. Lo demás es pura evanescencia que sólo se sostiene con Él.

Ésta es la base de la espiritualidad musulmana que implica un modo de estar en el universo y de relacionarse con él. Ese universo es revelador de la Inmensidad fascinante que está en sus raíces integrándolo todo, mostrándose constantemente más allá de los juicios y valoraciones del hombre, siendo esa Constancia (Allah mismo) la razón de la permanencia y de la contundencia de las criaturas. Y las cosas dejan, con ello, de ser irrelevantes: “¿Es que buscas a Laylà cuando Ella en ti resplandece? / Piensas que es otra cosa, y no es sino tú[14]. Descubrir y vivenciar esto, con todas sus consecuencias y sin confundirla con el panteísmo anulador, es lo que hace del ser humano un califa, un ser soberano, manifestación plena de las capacidades de Allah, pues en él su Señor se revela plenamente despertando inquietudes y aspiraciones: “Les mostraré mis signos en los horizontes y en sí mismos” (41/53).

 

            7- Para ser Imagen perfecta del Tesoro Oculto (la Unidad), la Verdad Revelada (la Unicidad) vuelve a estar escondida en su misma exteriorización o Luz (Nûr). El Poder se hace impreciso en su propio esplendor. En el seno de sí, en su raíz, en su propio ausencia, es el lugar donde el ser humano descubre el destello que lo ilumina sin mostrársele y sólo degustando su íntimo estremecimiento encuentra el reflejo de su Dueño (Mawlà) a quien traduce con su existencia, tal como aseguró el Profeta: “Quien se conoce a sí mismo, conoce a su Señor”.

La existencia es pura acción de Allah: latido y agitación, desenvolvimiento vertiginoso de fenómenos reveladores, desbordamiento de Luz que atrae toda la atención del hombre, y lo hipnotiza impidiéndole contemplar el secreto que guarda. Los posibles, todas las formas, son, en sí, fantasmas (Ašbâh), sombras en constante deserción, pero son ennoblecidos por el secreto que guardan y del que son testimonio. Estas son las ideas que subyacen en este prólogo laudatorio, y son también el tema que el Šayj va a estudiar a lo largo de su libro.

 

8- En el texto del Šayj, como también en el Corán, la mención del Nombre de Allah -que, de entrada, abisma al musulmán en su profundo significado- va seguida por la alabanza, o Hamd. Tras sumergirse en la Verdad, el sufí vuelve al mundo, y en él ya no ve más que el Poder que constantemente lo forja, creándolo y recreándolo. Con el elogio se enaltece al Irrepresentable cuya efectividad inmediata queda evidenciada en cada cosa y acontecimiento, y por la existencia entera que es despliegue de las posibilidades de Su Ser y exteriorización de Su Querer. Es decir, a la cabeza del texto está la mención del Nombre -Allah- que engloba a la Esencia y a su Manifestación, y lo sigue la alabanza (Hamd), que es la existencia como adjetivo de Allah. Allah es el Creador, el Tesoro Oculto, y la creación es su propia exaltación de sí. Ibn ‘Aŷîba, explicando por qué Allah se ha alabado a sí mismo en las primeras palabras del Corán, dice:

Él declara así su propia Unidad-Unicidad (Tawhîd) por sí mismo, traduciéndola en estas palabras dichas por Él de sí (dando comienzo al Corán): ‘Alabanzas a Allah, Señor de los mundos’.

Es como si proclamara a la cabeza de su Libro en el secreto de su Discurso: ‘Yo soy el que alaba y el alabado. Yo soy el que sostiene todo ser existente. Yo soy el Señor de los señores. Yo soy el Causante de las causas, sea así para quien entienda estas palabras. Yo soy el Señor de los mundos. Yo soy el que sostiene los cielos y las tierras. Es más, Yo soy el solitario en Mi Existencia, el que se muestra a sus siervos con generosidad. Todos los mundos son firmes por Mi firmeza y se desvanecen en la Unicidad de Mi Esencia’...

Un hombre dijo  ante al-Ŷunayd: ‘Alabanzas a Allah’, y no concluyó la frase diciendo ‘el Señor de los mundos’. Al-Ŷunayd le ordenó completar la frase, pero el hombre repuso: ‘¿Qué dignidad tienen los mundos como para ser mencionados junto a Allah?’. El sufí le dijo: ‘Dilo, hermano, porque lo circunstancial, si acompaña al Eterno, se disipa y permanece el Eterno’...”[15].

Hay, por tanto, una Alabanza que Allah dirige hacia sí mismo y cuya materia es la existencia. La Alabanza del hombre es su resonancia, y con ella se disipa lo irrelevante y las cosas muestran la Verdad que guardan, a su Hacedor expresado en su realidad, y en el que son infinitamente grandes.

Mayyâra define así el significado de la alabanza que se dice de Allah, la de los hombres que responden haciéndose eco del Hamd contenido en la Revelación:

En la lengua árabe, el Hamd es describir la belleza de algo con la intención de ensalzarlo. Los sabios se han extendido con profusión al hablar de la esencia de la alabanza y la gratitud, señalando sus diferencias y coincidencias. Lo han hecho analizando las dos palabras en el plano filológico, y también como exigencias del Islam para con Allah[16].

En sus Glosas a la obra de Mayyâra, Ibn Hamdûn precisa aún más y explica que la alabanza se refiere al mérito de los actos electivos más que a la descripción de la naturaleza formal del sujeto al que se alude. Propone como ejemplo el detalle elogioso de la blancura de una perla; ello sería Madh, valoración positiva de algo hermoso, pero no Hamd. Para ser Hamd ha de ensalzar capacidades realizadoras. En el caso de Allah, elogiarlo es hablar de su Ser expresado por Su Acción, o bien consiste en describir el universo -el devenir- como efecto de esa Verdad palpitante. El musulmán contempla la Vida, la Luz, y ésta le recuerda a su Activador, revelado en todo. Entonces se deshace en elogios que aluden a la presencia efectiva de Allah, a su fuerza conformadora siempre presente. Se trata de una alabanza que es síntoma de un presentimiento, un principio de saber -o, mejor dicho, es la forma apasionada que el saber adopta cuando es asumido por el corazón-, que comienza mostrándose como profunda admiración y conciencia de pequeñez ante la Inmensidad que no deja de insinuarse. La alabanza es, simultáneamente, inmersión en el Nombrado y transformación:

             El hecho de que el Corán empiece con una fórmula de Hamd, en lugar de un Madh, señala el carácter fundamentador de la Acción de Allah, de lo que deducimos entonces que Él actúa libremente, sin que exista cortapisa alguna para Su obra, siendo éste uno de los cimientos de la concepción islámica de la Unidad[17].

Allah es ensalzado por su efectividad de la que el mundo exterior es multiplicidad de aspectos, o Rostros. El universo es percibido como escenario en el que tienen cumplimiento los Atributos de Allah, apuntándose el secreto del Destino, el entramado interior de nuestro ser. La existencia es, de sí, Hamd al describir el Centro que la origina y constantemente la recrea en la sabiduría de su Acción articuladora. De ahí el nombre del Profeta, Muhammad, construido sobre la palabra Hamd: él fue, por antonomasia, el que revela a Allah, su elogiador supremo, y eso lo hizo, a su vez, digno de todo elogio. Proclamar tácitamente la alabanza representa el descubrimiento de la propia expresividad que toma conciencia de sí.

            El Verdadero Agente -Allah- es el trasfondo inmediato, el Uno irrefutable. Lo demás, las realidades concretas, son sus apariencias y el modo en que se muestran sus capacidades. Él es el Ser Real y Eficaz en cuanto calificamos de existente, el secreto que se hace presente con cada criatura, el Océano infinito guardado como tesoro en el seno efímero de cada instante, que a la vez es su brillo. Allah es manifiesto en la interioridad abismal de toda realidad, y oculto en el universo exterior, en una relación inversa a las apreciaciones humanas. En nuestro mundo de ilusiones, su ausencia es ficticia y se debe a la dispersión del hombre[18]. Cuando éste se retrotrae y se sumerge en sus certezas intuitivas, cuando se pierde a sí mismo como referente, encuentra a Allah en la evidencia de lo irrebatible, la Verdad. Entonces, ese encuentro con la eternidad lo embriaga.

            En la superficie, al dar rienda suelta a su propia eficacia, Allah ha disimulado por los pliegues de la formalidad el núcleo de su Ser -que forja, vertebra el mundo y lo unifica-. Así, permite la libertad de las criaturas y potencia al hombre, haciéndolo efectivamente a su Imagen y digno, por tanto, del califato, la suprema soberanía. Por ello, Él, en sí, no es perceptible, pues si lo fuera no habría lugar para la alteridad al ser la Verdad radicalmente Una. La singularidad de cada hombre, y también su ignorancia y su ingratitud, son los signos del éxito de ese propósito. La alteridad, que es la fantasía en la que vive la criatura, es imprescindible para una existencia diferenciada y un conocimiento contrastado, es el punto de partida para el Retorno (Tawba) en el que se consuma la Verdad. Allah es el Creador de la conciencia del sí mismo (Nafs), de la concreción individual, que a la vez es el velo que lo recubre y la emergencia de su realidad iluminadora -es decir, existenciadora- y de su concurrencia más absoluta. Allah no es captado por el individuo, pero su Presencia en él es efectiva. Es más, Él es lo único real en todos los ámbitos de la existencia: Él es su secreto interior y su brillo cegador.

            Las palabras del Šayj nos sitúan en la cosmovisión de los sufíes. Se refieren a la coincidencia y síntesis de unos contrarios que resumen sus reflexiones: Allah es Zâhir, Evidente, en el Butûn, en lo oculto; y es Bâtin, Escondido, en el Zuhûr, en su propia exteriorización, puesto que no se deja captar a pesar de Su constancia. Este esquema bosqueja la estructura de la Existencia tal como la puede experimentar el hombre, pues en sí Allah es Vino Puro sin distinciones. En su totalidad, lo Real es la Verdad Oculta y Manifiesta, Presente y Ausente, Inmediata y Remota. El devenir de los fenómenos es sucesión de vicisitudes y detalles de esa Realidad Plena.

            Para llegar a esa Verdad, conocerla y enriquecerse en su abundancia, es preciso desvanecerse e invertir el orden de la creación. Existimos en las apariencias donde no está Allah, ya que se ha ausentado a ellas para posibilitarlas y liberarlas de la nada. La creación, la sucesión, la causalidad, todo ello es la evidencia de su Luz turbadora: siendo su nitidez deslumbrante, a la vez con ella ha sido bloqueada la percepción de las criaturas para que éstas se realicen en la conciencia de sí. Desbloquear la percepción y reconocer el núcleo del que surge el resplandor exige replegarse para que se disipe lo creado y mortal y emerja la Verdad secreta, eterna y perfecta, que sostiene a la criatura iluminada por su Existencia; implica desaparecer como realidad separada para contemplar la Unidad en la que no es posible un segundo término.



[1] Al-Qušayrî, Tafsîr.

[2] As-Sulamî, Tafsîr.

[3] Al-Qušayrî, Tafsîr.

[4] Como hemos visto, la Basmala tiene una versión corta (bismil-lâh) y otra larga (bismil-lâhi r-rahmâni r-rahîm), y al igual sucede con la Hamdala (versión breve, al-hamdu lillâh; versión completa, al-hamdu lillâhi rabbi l-‘âlamîn). Mientras que la Basmala siempre es citada literalmente, la Hamdala, por su parte, es ocasión para perífrasis, como sucede en este exordio del Šayj al-‘Alawî.

[5] En su Tafsîr, al-Qunawî explica que Hamd, en tanto que acción y forma de ser de las cosas, es “la aparición de sus perfecciones y la conquista de sus objetivos”. Dice que es “cuando las realidades manifiestan lo que poseen en potencia”. La Alabanza, en su secreto más íntimo, es la persona misma de Muhammad, cuyo nombre mismo está construido sobre la raíz de la palabra Hamd. Él es la Alabanza Perfecta, la existencia plena, el sentido del ser, que es existir y ser consciente de ello y de cuanto implica, rindiéndolo todo a Allah, urdimbre de todas las realidades. Véase en p. 9, v. I.

[6] La frase es al-hamdu lillâh, la alabanza es de Allah, y el artículo al principio de la frase implica la totalidad del género; así, pues, no hay alabanza que no tenga a Allah como verdadero destinatario. Véase el desarrollo de esta idea, por ejemplo, en al-Âlûsî, Tafsîr Rûh al-Ma‘ânî, pp. 67-81.

[7] Véase en al-Âlûsi, Rûh al-Ma‘ânî, pp. 77-78, donde el autor, en acuerdo con los exegetas del Corán,  señala que el significado principal de Rabb es Murabbî, siendo el Señorío de Allah una connotación secundaria de Su acción conductora con la que hace evolucionar las realidades de modo que “expresen todo lo que son en potencia”. La Tarbiyya -función del Rabb- es la “educación” de las criaturas, y quiere decir que Allah las hace “crecer y madurar”.

[8] Al-Qušayrî, Tafsîr.

[9] Al-Gazâlî, Al-Maqsid al-Asnà, pp. 107-108.

[10] Ibn ‘Aŷîba, Šarh Qasîdat al-Imâm ar-Rifâ‘î, p. 11.

[11] Al-Harrâq, Dîwân, p. 48.

[12] Al-‘Alawî, Miftâh aš-Šuhûd, pp. 17-18.

[13] Al-‘Alawî, Miftâh aš-Šuhûd, pp. 18-20

[14] Primer verso del Dîwân de Sîdî Muhammad al-Harrâq. En la poesía sufí, además de Vino Eterno, a  Allah se le llama Lailà, nombre femenino que significa Noche Oscura. Lailà es la Amada por antonomasia, y designa a Allah en su totalidad, como Inmanifiesto y Manifiesto, con todo su Ser, en cada partícula.

[15] Ibn ‘Aŷîba, al-Bahr al-Madîd, p. 58, v. I.

[16] Mayyâra, Mujtasar, p. 3.

[17] Ibn Hamdûn, Hâšiya, p. 11.

[18] La ausencia de Allah es llamada Gayb, pero los comentaristas del Corán señalan inmediatamente que esta palabra se asemeja en tan sólo un aspecto al participio agente del verbo gâba, ausentarse, y que es gâ’ib, ausente. Por su parte, Gayb es una presencia no advertida. Ver: Al-Alûsî, Rûh al-Ma‘ânî, p. 114, vol. I.

 

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