AL-MINAH AL-QUDDÛSIYYA

 

HAMDALA (IV)

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            2. Proclamamos Sus alabanzas por los conocimientos sutiles con los que nos ha favorecido y declaramos nuestra gratitud por habernos proporcionado dones surgidos de la delicadeza de Su Sabiduría y que son adornos para los corazones. Él nos ha asentado en la contemplación de la Luz de Su Unicidad Esencial, y nos ha sido descubierto lo que hay en lo más recóndito. Y nos ha distinguido aún más con Su Magnanimidad al otorgarnos el grado de la enseñanza.

 

            1. Allah es digno de elogio por el mundo, que habla constantemente de su Creador al provocar nuestra admiración, y por cada profeta que ha enviado a la humanidad -pues cada uno de ellos es una ruptura con la indeterminación y una puerta hacia la luz-, y lo es igualmente por cada maestro heredero de la sabiduría de un profeta, capaz de actualizar su mensaje y servir de guía a la comunidad. El impacto de su existencia es tal que la vida y acción de todo profeta se convierten en la materia de una ciencia (‘Ilm), que lega a la nación que funda, y, entre sus seguidores, surgen sabios expertos en ese conocimiento: son los ‘Ulamâ’, los que recogen toda la información y, a su vez, la trasmiten. Son, por antonomasia, los herederos de los profetas[1], y se da el nombre de Šayj, anciano, maestro, al sabio que se consagra a la enseñanza.

El universo revela a Allah y el profeta lo eleva al horizonte de las elecciones del hombre, y un maestro (Šayj), reproduciendo a su nivel el ejemplo del profeta al que sigue, encarna en su experiencia ese carácter testimonial de la Realidad. Al igual que la creación, pero de un modo más concluyente puesto que habla su lenguaje, un Šayj reconduce a los hombres hasta la Presencia del Verdadero[2], tal como lo hizo el Profeta del que es heredero. Esta función hunde sus raíces en la razón de ser del hombre, porque la maestría es el signo de la suprema soberanía. Un Šayj enseña, y también lidera; es un conocedor en Allah y, por ello mismo, polo de una comunidad y centro de un mundo[3].

            Un maestro sufí es la personificación actualizada del reencuentro con Allah en la persona de Muhammad. Habiendo penetrado en la dimensión última de la Soledad Unitaria, tras derribar en su propia peregrinación los ídolos y fantasmas que confunden al hombre corriente, es capaz de comunicar su saber y guiar a su realización. En el párrafo que comentamos, al-‘Alawî, habiendo elogiado ya la Acción de Allah en la globalidad del mundo y en el Profeta, se refiere ahora a su Actividad en el ser humano y de la que él mismo se ofrece como ejemplo clarificador.

 

            2. Existen dos tipos de Misericordia creadora reunidos bajo el término genérico de Rahma. Es la Compasión de Allah que arrancó a las criaturas de la nada, soporta su existencia y la alimenta, y la sobredimensiona finalmente en Su Verdad. La diferencia se manifiesta en los Nombres de Allah que se derivan de ella, Rahmân y Rahîm, que aparecen en la Basmala explicando el alcance universal de su Acción.

Ibn ‘Arabi, resumiendo a otros exegetas, habla de una Rahma del Rahmân, una Misericordia universal, que es la materia prima de la vida. El mundo es su expresión. Esta Misericordia es general: con ella aparecen los fenómenos y sus contrarios, y está presente en el principio de cada posibilidad realizada. Por su parte, la Rahma del Rahîm es selectiva, persigue lo mejor y lo fomenta, acompaña a la criatura haciéndola crecer, es la razón de la competencia y el afán, y atiende a los fines últimos. Con ella, la vida evoluciona, mejora, se manifiestan el contraste y la conciencia, y dentro de la conciencia el saber, y con el saber el sentido de la trascendencia (Îmân), que es el saber asumido y hecho pasión, que agiganta definitivamente al ser humano[4]. Esta gradación de la vida es la que la hace dinámica: “Si Allah no hiciera que los hombres se empujaran los unos a los otros, la tierra se corrompería”(2/251). Con ella el hombre conquista la perfección en una Unidad recuperada.

            La primera Rahma es vida, la segunda es una vida añadida, “Luz sobre Luz”(24/35). El Rahmân creó el mundo y lo abastece; el Rahîm crea, en medio del mundo, al califa y lo singulariza. El Profeta es la expresión más absoluta de esa Misericordia y, a la vez, es su imagen polarizadora, por lo que él mismo recibe en el Libro del Islam el nombre de Rahîm, porque por su mediación el musulmán realiza un correcto y sostenido crecimiento espiritual. Muhammad es fuente de una vida sobreabundante, pues una enseñanza -y él fue más que maestro, tal como veremos más adelante- es alimento para los corazones que los despierta a las plenitudes latentes en la primera Misericordia. Y, según un hadiz, “los sabios son los herederos de los Profetas”. Ellos mantienen viva la nación que Muhammad hizo surgir, participando de su condición recreadora. A través de los maestros depositarios de su Tradición, Allah vuelve a evidenciarse acompañando las fases del hombre.

 

            3. La ciencia (‘Ilm) es un tema recurrente en el Islam. Es lo opuesto a la ignorancia (Ŷahl) y a la arbitrariedad (Hawà). Cada profeta ha legado una ciencia en la que sus seguidores encuentran una vía que facilita la realización de aquello para lo el maestro que ha venido: arrancar a los hombres de la ignorancia y la arbitrariedad y encauzarlos hacia la Verdad. Un ‘Âlim, un sabio, es el que ha recogido ese saber, y se hace maestro (Šayj) al trasmitirlo. Esa sabiduría en la que la luz natural del hombre encuentra su equivalente trascendente es, primero, formal, y luego es esencial. Se comunican saberes que esconden profundos secretos. Algunos acogen sólo la letra y se hacen garantes de su corrección, y otros, aquellos que llegan a lo más hondo de lo que encuentran, conquistan el misterio revestido por el dato y descifran su clave. Ambos casos son funciones esenciales en el seno de una comunidad, y son  manifestaciones de los distintos niveles de la herencia.

            Un maestro sufí -que ha seguido previamente el camino hacia la esencia de las cosas- habla a los corazones de sus discípulos y deposita en ellos -según la disposición de cada cual- lo más íntimo de la vivencia del Profeta. Los procesos implicados en estas comunicaciones son lo que nos interesa en este apartado.

 

            4. El hombre, empujado por su Señor -es decir, arrancado de la desidia por su propio destino, en una búsqueda inconsciente de la realización de su misma maestría-,  avanza hacia Él con pasos que considera suyos y, a ese nivel, sus esfuerzos son meritorios: es Murîd, aspirante, y su campo de acción es la ciencia formal. Pero en el fondo se trata de un doble movimiento, Allah que lo atrae y el hombre orientándose en su dirección, un movimiento del que sólo Allah es Agente, sólo Él está actuando en verdad, realidad que el sabio desentraña en toda su magnitud cuando llega a la Presencia de la Pura Unidad. ‘Izz ad-Dîn Ibn ‘Abd as-Salâm, conocido como Šayj al-Islam, lo expresó en la introducción a una de sus obras:

Alabanzas a Allah que abre con las llaves del mundo de la sutileza las cerraduras que bloquean los corazones, retira los velos que esconden los secretos de la intimidad y pule los ojos de la visión interna apareciendo ante el ser humano lo que había estado disimulado. Allah embellece ante su mirada a las compañeras espirituales de la existencia, y se las descubre en el espejo de la contemplación. Quien haya comprendido aquello a lo que aludo con estas palabras, ha alcanzado lo que se le exige saber.

 Allah ha favorecido a quien ha querido de entre sus siervos, el cual, llegado su momento, empieza a combatir por alcanzar a su Señor con un esfuerzo sincero, según lo que haya sido determinado a su favor en el escrito del Destino. Allah lo va guiando y le muestra la senda, y lo alza después de haberlo depurado de defectos: lo hace señor del mundo después de haber sido regido por él. Más aún, deposita en ese hombre dones incontables, pero lo ocupa en el servicio de Aquél que lo ha bendecido en lugar de desviar su atención hacia los favores que le comunica. Lo afianza en el grado de la entrega a las criaturas haciéndolo maestro y lo reviste con alguno de los mantos de la grandeza.

El que concede sus bienes al hombre -el Generoso, el Noble- no retira lo que obsequia: el pie que ese hombre levante del suelo de la tierra lo apoyará después en la mansión del espíritu, y ese paso lo asoma a los fulgores del mundo del Poder. Ahí es donde lo raptan los destellos deslumbradores de la Majestad aterradora, haciendo de él un secuestrado, un enloquecido. Pero, mas aún, la Mano de la Sutileza Señorial lo desnuda de las densidades físicas, y ahí lo puedes ver: está saqueado y despojado. Cuando Allah lo saca fuera de su cuerpo y se lo roba a sus propios sentidos, arrancándolo de entre las gentes de su especie, elevándolo hasta Él, es para frecuentarlo y acercársele, y entonces es querido y amado. Allah destila para él de la vid de su generosidad un licor puro y selecto que brota del cántaro de ‘los ama y lo aman’, y ese vino lo embriaga antes de que lo pruebe y saboree. Allah se le ha mostrado en la hora de su fortuna, y en esa misma manifestación vence lo que ve su propia existencia. De su ebriedad no despierta sino a la voz del Recordador que le dice: ‘En el recuerdo de Allah encuentran paz los corazones’. Y cuando el Recuerdo le devuelve la salud y la sobriedad, su lengua canta la melancolía de su pasión.

 Sobre ello, yo he dicho los siguientes versos: ‘En el amor soy solicitante y solicitado, / y Él es el amante y el amado. / Si no fuera por el amor eterno, yo no sería sincero / en mi amor. Pero soy buscador y buscado, / por siempre me purifica el amor, y es como si / yo, en realidad, fuera acompañante acompañado’[5].

            Pero mientras se cumple esa metamorfosis, el hombre se ejercita en los contenidos de la Revelación coránica: según la intensidad y rigor de su práctica y la Voluntad de Allah -íntimamente relacionadas-, diferentes velos le son descorridos hasta que penetra en la Estancia de la Absoluta Soledad de la Verdad que lo gobierna, donde contempla la Luz Única a la que se llama Nûr al-Ahadiyya, ante la que desaparece, es decir, desaparece lo que él creía de sí mismo, su ser limitado, sus frivolidades y su pequeño dios insustancial. Ahí es donde saborea el significado profundo de su sujeción a Allah. Iluminada su naturaleza humana por la Verdad del Vino Eterno, recibe Conocimientos Trascendentales provenientes de la fuente misma del Ser donde él está ausente y Allah presente, y es obsequiado con Emociones Sutiles que, apoderándose de su corazón, le ayudan a interpretar el mundo. Todo ello son Dones (Minah), que le vienen de Allah, de su Verdad más profunda, del Insondable Tesoro Oculto (Quddûs), una dimensión recóndita de la que todo emerge. Este campo de contemplación es ya el de la ciencia esencial.

            A este acrisolamiento, como señala Ibn ‘Abd as-Salâm, lo acompaña a veces una orden, la de comunicar esa experiencia a los hombres y servirles de indicador hacia la plenitud posible. Quien había sido discípulo se ha convertido en anciano (Šayj), en guía (Muršid) hacia la Resurrección, en convocador (Dâ‘î) que invita al reencuentro y a la reunión, en Polo (Qutb) en torno al que gira un mundo y al que ha sido dado el Grado de la Enseñanza (Martabat at-Tarbiyya), interviniendo con su propia luz en el universo que le rodea. Si esta orden le viene de Allah, se considera que ha sido honrado. Se trata del Grado Muhammadiano.

 

            5. La existencia del cosmos y el ser humano es consecuencia de la Rahma del Rahmân, de su Abundancia incontenible que estalla dando origen a la vida y a cuanto la propicia. Cada nacimiento, la lluvia, el calor, la fertilidad de la tierra, la conjunción exacta de lo que permite la vida y la hace prosperar,... todo ello es signo de la Rahma existenciadora ante la cual la creación se deshace en alabanzas, manifestándola con su propio ser, y la invoca con su necesidad.

La exuberancia privilegiada de Allah en el ser humano, haciéndole crecer, singularizándolo, añadiendo luz a su luz, es Presencia de la Rahma del Rahîm, en la relación que existe entre Zuhûr o manifestación absoluta, y Taŷallî, revelación concreta con la que Allah se da a conocer (especialmente intensa en los profetas, recibiendo entonces el nombre de Wahy). Su Acción posibilitadora es contemplada en la totalidad de su doble movimiento, uno creador y otro acrecentador, con lo que la alabanza de al-‘Alawî abarca toda la jerarquía de la Misericordia de la que nacen -y a partir de la cual se expanden- las distintas e infinitas realidades y sus múltiples grados hasta alcanzar la plenitud.

 

6. En realidad, todos estos primeros pasajes de la Introducción a los al-Minah desglosan la significación de la Basmala. La frase bismil-lâhi r-rahmâni r-rahîm, Con el Nombre de Allah, el Misericordioso, el Compasivo, encabezamiento del Corán y de todo libro, comienza con un sonido oclusivo, la b, y acaba en otro sonido oclusivo, la m, que son los estallidos que marcan el principio del universo y su consumación. Al principio está el acto creador que manifiesta a Allah y lo saca de la indeterminación de su Verdad anónima. Al final está Muhammad, el Hombre-Alabanza, el Elogiador-Elogiado, cuya existencia es el objetivo en el que culmina  la creación, y es anunciada la Resurrección.

 

 


[1]  En un hadiz, Muhammad dijo: “Los sabios son los herederos de los profetas”.

[2] “Šayj es la persona perfecta en las ciencias de la Ley Revelada, la Vía y la Esencia, que ha alcanzado un grado que le permite perfeccionar a otros al ser conocedor de los defectos y las enfermedades del alma y sus remedios, teniendo capacidad para curar y guiar si el discípulo tiene predisposición y ha sido destinado para ello” (al-Kâšî); “Šayj es el que ha seguido el Camino de la Verdad y conoce los terrores y peligros que amenazan al aspirante, pudiendo guiarlo y sugerirle lo que le beneficie y desaconsejarle lo que le dañe. También se ha dicho que el Šayj es el que da asiento al Islam y a la Ley en los corazones de los aspirantes y buscadores. También se ha dicho que el Šayj es el que hace de Allah algo amable para las criaturas y hace de las criaturas algo amable para Allah, siendo él la criatura más querida por Allah.. Y también se ha dicho que el Šayj es alguien insondable en su esencia y muerto en sus atributos” (at-Tahânawî). Ambas definiciones pueden verse en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 106.

[3] Todo ser humano tiene su dominio, un universo del que es centro y rey, tal como dijo el Profeta: “Cada uno de vosotros es pastor y responsable de su rebaño...”. Se trata de la maestría inherente a la condición humana.

[4] Ibn ‘Arabî, Los engarces de la sabiduría, pp. 92-94.

[5] Al-‘Izz Ibn ‘Abd as-Salâm, Zubdat Julâsat at-Tasawwuf, p. 9.