AL-MINAH
AL-QUDDÛSIYYA
3. Él recorre los ciclos diversos para que se muestre Su Inmensidad, y
en cada tiempo se ha sugerido según la capacidad del entendimiento de la gente,
como delicadeza suya que procura Su Misericordia a todos. A pesar de eso, el
mundo no ha valorado a Allah en Su justa medida, mientras que la tierra entera
está en Su Puño.
1- Según hemos ido viendo a lo largo de este prólogo a los al-Minah al-Quddûsiyya, Allah es digno de enaltecimiento debido a su condición de Existente Obligado, de Creador y Señor de los mundos, y por ser la Verdad que fundamenta y sostiene las cosas y las hace rotundas y reconocibles, siendo el trasfondo insondable y constante al que está sujeta cada realidad. Cuanto existe es materialización de Su Voluntad y producto de Su Misericordia, y fluye con Él. Es más, de sí, la existencia, y cada criatura en ella, ya es alabanza al ser signo de las capacidades y determinaciones de su Hacedor, y el hombre formula finalmente ese elogio esencial y le da expresión consciente y meritoria al convertirla también en elección. Todo ello se yergue sobre la base de Su Unidad-Unicidad, la cual excluye que comparta esas Cualidades y éstas no dejan nada al margen del Poder que estructura cada átomo, cada instante y al universo entero, un Poder inasible en Sí pero patente en Sus efectos.
Otro de Sus Nombres (al-‘Azîm, el Inmenso) cierra el círculo de tales descripciones colocándolas en la coordenada exacta. Allah, y todo lo suyo, es pura y majestuosa desproporción ante la que el entendimiento es insuficiente y queda arrobado en el estupor. Nada lo atrapa, estando siempre infinitamente más allá de lo que pueda definir el ser humano. Cuanto se ha dicho sobre Él tiene, pues, esa magnitud infinita que nos pone en guardia contra los reduccionismos y las pretensiones:
“Has de saber que, en principio, el adjetivo
‘Azîm describe a los cuerpos, diciéndose que ‘tal objeto es inmenso’ o
‘esta cosa es más grande que tal otra’, cuando la extensión de su
superficie en largo, ancho y hondo es superior en comparación a la de otro.
Además, ‘lo inmenso’ se divide en aquello que
sorprende al ojo por su envergadura, y aquello que es inimaginable que pueda ser
abarcado por la vista, como sucede con la tierra o el cielo. Según esto,
decimos que un elefante es inmenso, o una montaña, si bien el ojo percibe sus
extremos: son sólo inmensos en relación con otros objetos. Pero no es
concebible que la tierra sea recogida en su totalidad por ningún ojo, y lo
mismo sucede con el cielo. Son inmensos en términos absolutos en lo que
respecta a lo que la visión física puede encerrar.
Igualmente, las percepciones del ojo interior siguen una gradación. Hay cosas cuya realidad la inteligencia capta, y otras ante las que se queda corta. A su vez, aquellas cosas ante las que el entendimiento es limitado se dividen en todo aquello para lo que sí son suficientes ciertas inteligencias privilegiadas aunque resulten imposibles a la mayoría, y aquello ante lo que es impensable que inteligencia alguna penetre en la esencia de su realidad. Esto último es el ‘Inmenso Absoluto’ que está más allá de los límites a los que se circunscribe la razón de modo que no puede imaginarse que el enigma de su realidad esencial sea abarcado por nadie. Y es Allah,...”[1].
El Existente Obligado, la Razón de todas las cosas, no puede ser sondeado, pues cualquier medida y todo límite han sido creados por Él y son posteriores, por tanto, al Enigma de Su Esencia (Kunh ad-Dât). Sólo es posible una aproximación a lo que Él muestra de Sí descendiendo hasta el horizonte humano. Esta certeza es el detonante también de una admiración que queda traducida en la alabanza que pronuncia el musulmán, tal como la expresó el Profeta: “Gloria a Ti. No puedo abarcar el elogio del que eres merecedor. Tú eres tal como te elogias a Ti Mismo”. Y, así, Allah es el Inmenso Señor de los Mundos: los rige, y los trasciende, lo abarca todo siendo en Sí inabarcable. Presente necesariamente en cada circunstancia, Allah no está encerrado en nada ni puede ser representado ni imaginado en Su totalidad.
El Nazar, la mirada reflexiva que acaba afrontando la cuestión del Existente Obligado se ve desbordada por la descomunal grandeza del Anterior a todas las cosas. Buscando la razón de los límites y las medidas del mundo, ha intuido al que escapa a ellos para ser su Originador y Compañero, y en esa raíz sólo cabe la contemplación que toma la forma de un elogio. Ahora bien, puesto que Allah es indivisible, toda esa inagotable Inmensidad es la razón de ser de cada hecho concreto, y está detrás de cada realidad, estructurándola. Se muestra, pues, en toda cosa, pero la cosa sólo atisba del Inmenso lo que le cabe dentro de las precisas demarcaciones de su capacidad (Isti‘dâd).
Al crear, Allah se manifiesta -aunque en Su desproporción no sea perceptible-, pero cada ser humano, porque ve y oye, en realidad no hace sino recoger en su seno a su Señor Infinito, y lo hace en función de su propio volumen y sus demandas, según su ser tal como Allah lo genera. Es más, su mismo ser consiste en lo que resulta de esa presentación que Allah hace de Sí. Esa es la adoración (‘Ibâda) que se rinde al Creador de cada instante, la sumisión esencial de cada cosa a la Verdad que la hace ser[2]. Luego, el hombre interpreta lo que presiente desde su estrechez y sus elecciones, también fundadas en exigencias que se le escapan, todo lo cual es una de las claves para la comprensión de la magnitud inabordable de Allah. En cualquier caso -pues es pronto para hablar del Destino-, cada época, y cada individuo en ella tiene su habilidad, y Allah se evidencia en lo que el hombre acoge de Él. Este es el origen de una peculiar interpretación de la historia de la espiritualidad y de las religiones que forma parte de la tradición islámica.
2. Desde otro punto de partida, Allah, en el Corán, sentencia: “Sólo he creado a los genios y a los hombres para que me adoren” (51/56). La adoración (‘Ibâda), la obediencia debida a Allah, equivale, según los exegetas, al conocimiento, vinculado necesariamente a Aspectos del Creador. Todo conocimiento es afirmación espontánea de la Verdad que se presenta creando, es percepción y culto que se le rinde respondiendo a Su mandato creador. Decididamente, el saber gobierna al hombre, incluso cuando, paradójicamente, ese saber recibe nombres como ignorancia, error, confusión o locura.
La ‘Ibâda, la sumisión y receptividad del corazón a las formas bajo las que la Verdad se le presenta configurándolo y que en el hombre se trasforman en conciencia, lo que hay de espiritual en el instinto y en la intención del ser humano -más allá de su circunscripción o no a determinadas formas religiosas-, su esponjosidad ante Allah, es la quintaesencia de su singularidad y soberanía (es para lo que Allah ha creado al hombre). Es, así, el arranque de lo más específico del género humano y de cada uno de sus individuos. Se trata del saber que doblega a los hombres y es la razón de sus comportamientos, y es, en definitiva, manifestación de la Misericordia de Allah que plasma Su exuberancia dando realización a las múltiples posibilidades de Su propia Inmensidad, y lo hace con una sutileza (Lutf) que acerca delicada e imperceptiblemente lo infinito a cada cosa concreta, abatiendo obstáculos a la emancipación del ser en lo eterno. El conocimiento diferencia y distingue al ser humano y lo alza en pos de una meta en la que se abre más allá del mundo inmediato. Por el simple hecho de ser hombre, cada persona es ‘Abd de Allah, es adorador-conocedor en el secreto de su condición humana. Cada criatura es la respuesta a la exigencia de un Nombre de la Verdad.
Allah ordena en el Corán: “Oh, gentes, adorad a vuestro Señor...” (2/21). Un imperativo categórico de la Verdad no podría ser desatendido. Por tanto, todos los hombres -en el fondo, todos los seres- reconocen a su Señor y lo adoran según ese saber, que tiene su verdad en un modo en el cual Allah se ofrece creando conciencia en función de la diversidad que emana de Su propia riqueza, descendiendo hasta el horizonte de cada ser. La existencia es obediencia y respuesta a Allah, es decir, pura adoración.
Ya hemos visto en el análisis al pasaje anterior que el Poder de Allah es el entramado de todo, y Su Sabiduría, luego, disimula esa Presencia directa y entonces el ego interviene amoldando a sus insuficiencias lo que tiene raíz en el Poder creador. Incluso la negación de Allah es provocada por Allah. Nada hay que no tenga su secreto en la intimidad de una forma de revelación en la que Allah queda patente, hasta en el rechazo a Él, mostrándose éste como una reacción exigida por uno de los modos de Su presentación. Todos estos son concomitantes necesarios de la Inmensidad de Allah.
“Has de saber que Allah ha creado a todos los
seres para que le conozcan y adoren. Todas las criaturas están obligadas a ello
y forma parte de sus naturalezas en la raíz de su ser. En realidad, nada hay en
la existencia que no adore a Allah con su circunstancia, sus palabras y sus
hechos, y hasta en su instinto y con sus cualidades. Todo en la existencia
obedece a Allah, pues Él (según relata el Corán) dijo a los cielos y a la
tierra: ‘Acudid a Mí por vuestra voluntad o a la fuerza’, y le
respondieron: ‘Acudimos a Ti voluntariamente’. El término ‘cielos’ se
refiere a su gente, y el de ‘tierra’ designa a sus moradores...
Allah ha dicho: ‘Sólo he creado a los genios y a
los hombres para que me adoren’, y el Profeta dio fe de esa obediencia de la
humanidad entera cuando dijo: ‘Cada cual encuentra fácil ante él aquello
para lo que ha sido creado’. Los genios y los hombres han sido creados para la
adoración-conocimiento, y no encuentran obstáculos para realizarla. Son, por
tanto, adoradores-conocedores de Allah (‘Ibâd Allâh) de forma necesaria y
obligada. Pero esas adoraciones-conocimientos se diversifican en función de las
exigencias de los Nombres y Atributos de Allah. Allah se presenta tanto bajo la
forma de Su Nombre ‘el que confunde’ (al-Mudill) como bajo la de ‘el que
guía (al-Hâdî). Del mismo modo en que aparece el efecto demandado por el
Nombre ‘el que favorece’ (al-Mun‘im), surge también el de ‘el que se
venga’ (al-Muntaqim). Las circunstancias de la gente son diversas en función
de los Nombres y Atributos a los que responde su existencia.
Allah ha dicho (en el Corán): ‘Las gentes forman
una sola nación’, en cuanto a que están obligados en la raíz de su ser a
obedecerle y responder a las exigencias de Sus Nombres, y ello en la esencia de
su naturaleza original, pero ‘Allah luego envía a los profetas como nuncios
de buenas nuevas y como portadores de amenazas’, para ser Él adorado bajo la
influencia de Su Nombre ‘el que guía’, y para que lo adoren los que
rechazan a los profetas bajo la influencia de Su Nombre ‘el que confunde’.
Ello es la causa de que las religiones y las sectas se separen y diverjan. Cada
grupo acepta lo que entiende como correcto, aunque en la opinión de los demás
grupos sea una falsedad, y es porque Allah ha adornado las creencias en ellos
para que sean la causa de un modo específico de adoración y reconocimiento, y
ello en conformidad con el Atributo de Allah que influye para provocar esa forma
de reacción: ‘No hay animal que Él no conduzca arrastrándolo por el
flequillo’. Interviene en ellos para que se cumpla Su Deseo, y es lo que
exigen Sus Atributos.
Allah castiga o recompensa a los seres humanos según la naturaleza de Sus propios Nombres y Cualidades, y no porque le sea de provecho alguno que la gente acepte Su Señorío o niegue Su Dominio en la existencia. No; Él se desenvuelve en ellos según merecen en la diversidad de adoraciones que corresponden a la grandeza de Su majestad. Por tanto, todo lo que hay en la existencia es adorador-conocedor de Allah, obediente a Sus exigencias: ‘Nada hay que no proclame Su Alabanza; si bien, no comprendéis su modo de elogiar a Allah’, porque hay elogios a Allah que tienen la forma de una desobediencia a Él, o, incluso, de un rechazo, y demás, por lo que no cualquiera puede entender que se trate de un elogio...”[3].
En todo saber y en toda creencia hay, pues, una semilla que remite -al que es capaz de trascender las apariencias con las que el ego humano (incapaz de asumir la Inmensidad) perturba la nitidez de las cosas- a una verdad en lo profundo de su razón, en la fecundidad del Poder. Así, el Imâm ‘Abd al-Karîm al-Ŷîlî descubre y valora en el que rechaza la existencia de Allah un instinto inmerso en el carácter absoluto e indeterminado de su Señor, de modo que no puede diferenciarlo ni darle Nombre y no es para él objeto de conocimiento posible. Rechaza a Allah a causa precisamente de Su intensidad cegadora. El que rechaza a Allah lo reconoce y adora con su propio egoísmo, limitándose a su aislamiento que es proyección de la Soledad de Allah. Esta manera de manifestarse de Allah, no dejándose atrapar por la conciencia, es la razón de la soberanía del hombre pues da fundamento a su yo, que acaba siendo razón de su ruina si no es equilibrado por el avance en el conocimiento discriminador que desidolatrice al ego.
El politeísta y el idólatra que rinden culto a las imágenes, por su parte, atisban a Allah en un objeto exterior que no diferencian de la Verdad pues en cada cosa Él se manifiesta en toda Su Inmensidad. Habiendo superado el estadio de egoísmo, reconocen fuera de sí a su Señor, en la enajenación que les produce algo poderoso, pero lo hacen limitándolo al objeto que ha atraído su atención, y ello los esclaviza a formas concretas que, en realidad, no encierran a Allah más que en la misma medida en que todo está habitado, para ser, por el Poder.
Por su parte, los que trascienden la materialidad del mundo y buscan sus razones naturales, viendo en el calor, el frío, la humedad y la sequedad las razones del mundo, en un intento de explicación ‘científica’, en realidad son motivados por Aspectos abstractos de Allah como la Vida, la Ciencia, la Voluntad y el Poder, configuradores en el espíritu de todas las cosas. Se ha detenido, según siempre el Imâm al-Ŷîlî, en las formas que adoptan los Atributos porque las leyes y ritmos de la naturaleza tienen un valor en sí que fascina la atención de muchos. La desviación que afecta a esta forma de espiritualidad es la divinización de la naturaleza, cuyo aparente rigor, debido a ser manifestación de Atributos de Allah, acaba cerrándose y atrayendo en exclusiva la mirada del hombre, apartándolo de la Razón más profunda.
Después vienen los ‘filósofos’, que buscan en las estrellas y las órbitas celestes las razones del mundo, y es por el esplendor de los Nombres de Allah, que son los Guías del hombre y de todas las cosas. El pensamiento descarnado, que se vuelve etéreo y metafísico en el filósofo, es un grado de espiritualidad que lo acerca a Allah más allá de la naturaleza, pero aún no se ha desprendido de su fijación en el ser humano.
Los dualistas, que sostienen dos principios, el bien y el mal, lo hacen arrastrados por las oposiciones con las que Allah se manifiesta, y son tan poderosos ante ellos que no pueden evitar imaginarlos con personalidades distintas. Por su parte, los zoroastrianos, adoradores del fuego, conocen a Allah en Su Unicidad excluyente, que abrasa la existencia. Los hinduistas, adoradores de Brahma, representan el estadio de la adoración anterior a los profetas que promulgan leyes y muestran sendas. Reconocen a Allah en Su Unicidad, es decir, lo diferencian y lo convierten en objeto de culto en Sí, pero carecen de un camino y siguen su propio arbitrio.
Se trata, todo lo anterior de la representación de los distintos ciclos (Atwâr) recorridos por la humanidad, en cada uno de ellos capta algo de la Inmensidad que no puede ser abarcada por nadie, pero que es fuente de Misericordia, porque libera al hombre, primero, de la bestialidad al conferirle un propio yo con el que se distingue de los animales y se propone siempre una meta. Después, esa evolución da fe constantemente de Allah, pero lo que gana por un lado, lo pierde al ignorar la universalidad de Allah y Su Presencia en otro Aspecto. Son los modos insuficientes, abolidos por la aparición del Islam...
3. Los sufíes, atentos al Poder latente en las causas de todo lo que hay en el mundo, vislumbran la verdad que hay en los diversos modos en que el hombre expresa a su Señor. Pero esta es una cuestión delicada porque podría considerarse que invitan a una indiferencia que no es tal o a un sincretismo ingenuo. En su análisis, los sufíes rescatan lo auténtico, indagando en las razones primeras, pero reconocen también las degeneraciones con las que los hombres han enturbiado la trasparencia de la verdad revelada en el origen de su espiritualidad, invalidando con su incapacidad para valorar a Allah en Su justa medida lo que Él les muestra de Sí y que debiera arrastrarlos a una absoluta entrega, el Islam.
Efectivamente, la verdad no es meritoria. Es algo dado por Allah, y lo que hace digno o indigno al ser humano es su fidelidad a esa Verdad, sus elecciones sobre ella y la dirección que le da. Y el exclusivismo o el fanatismo son la cárcel en la que el hombre común encierra su certeza. De ahí que falsee lo que en su origen es válido, debido, no obstante, al carácter parcial mismo de la Revelación. Cada cual se limita a su parcela y no reconoce la validez de la verdad que ha sido mostrada a otro. Esta es la razón de la divergencia entre los hombres, que estimula a los más despiertos y los lanza en pos de algo siempre más profundo, y esa peregrinación no encuentra un extremo final pues Allah es Inmenso.
Pero esta visión es la del Islam en sí mismo, que parece desde sus inicios con esa vocación. Recoge lo que le precede y lo sella con su actitud, que es la aceptación de la Inmensidad, y, como reto, se niega a constreñirla. Indaga en el misterio de la Inmensidad en sí. El Islam es la abolición de los sistemas y experiencias espirituales anteriores porque los contiene todos sin decretar la exclusividad de ninguno de ellos...
4. Puesto que es fácil y cómodo para el ánimo encerrarse en sí mismo y tergiversar la verdad, Allah ha enviado al mundo profetas que devuelven a Él lo que de Él viene, y eso es el Dîn, la restitución a Allah de todo lo suyo, subsumiendo en Su Inmensidad lo que Él muestra de Sí. Esa Senda, el Dîn, es el Islam, la incondicionada rendición a Allah, y pura sinceridad ante Él. Los profetas cumplen una función de radical importancia: señalar la Verdad en la que todo tiene su plena realización. Quien sigue al profeta, encuentra en Allah la Fuente de sus intuiciones e inquietudes, y universaliza en el Uno-Único su verdad parcial. Sale así de la sumisión a su ego, del politeísmo y la idolatría, del condicionamiento de la naturaleza, la metafísica, el dualismo y al abrasamiento en la intensidad de sus pasiones, y encuentra ente sí una Senda que, dictada por su Señor, lo conduce a su Señor en el seno de Su Voluntad...
[1] Al-Gazâlî, al-Maqsid al-Asnà, pp. 77-78.
[2] ‘Ibâda, literalmente, significa allanamiento, designando la disponibilidad de la criatura ante su Señor, no oponiendo dificultades a Su Acción en ella. Este es el sentido original del término, su significado al nivel del Poder. La adoración es, pues, la naturaleza de los seres, su maleabilidad esencial. El hombre espiritual lleva luego esa disposición de su ser al nivel de la conciencia y la convierte en actitud elegida ante Allah, haciendo meritorio aquello en lo que consiste raíz misma. La adoración final es, por tanto, la asunción de la propia verdad, revistiéndola de formas acordes al entendimiento del ser humano y que se manifiesta en el servicio que el hombre rinde a Allah en Su glorificación como reconocimiento de Su preeminencia en todas las cosas.
[3] ‘Abd al-Karîm al-Ŷîlî, al-Insân al-Kâmil, pp.252-253.