AL-MINAH AL-QUDDÛSIYYA

 

SHAHADA (II)

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4. Y declaramos que nuestro señor, nuestro Profeta y nuestro dueño, Muhammad, es el espíritu del mundo y el espacio en el que se manifiesta la Identidad, el eje de la existencia y el secreto de las criaturas.

    Allah lo bendiga y salude -a él, así como a los suyos y a sus compañeros, los notables que fueron guías-, y lo haga con una bendición y un saludo que redunden en nosotros convirtiéndose en una fortaleza inexpugnable y en un amuleto eficaz que nos preserven ante las calamidades y las desgracias, una bendición y un saludo que se sucedan interminablemente y se renueven con la alternancia de los días y los tiempos.

 

         El segundo término de la Šahâda, del Testimonio que prefigura la contemplación del sufí, se refiere al Profeta. Él anunció la Unidad de Allah y vinculó a los hombres en una nación cuyo sentido gira entorno a la afirmación de ese principio. La trascendencia de su misión delata la naturaleza del espíritu que lo alienta: él saca a Allah a la luz del día ofreciéndolo a los corazones de los seres humanos donde la Verdad se reencuentra consigo misma. Allah se manifiesta a través de su Mensajero: el Anunciador Perfecto es la plenitud de su obra, el centro de la cosmogonía. Y lo es porque traduce a Allah, pero también, simultáneamente, revela al Hombre. Por eso, el Corán dice: “Tenéis en el Mensajero de Allah un bello modelo[1].

         La alabanza del Hamd implica un despertar ante la constatación de que el mundo es un signo que induce al sufí a una negación aniquiladora en la búsqueda de lo Significado (el Ma‘nà). Esta demolición del universo de las apariencias desemboca en la emergencia de lo Real. Con ella aparece un nuevo ser transfigurado y significante, un renacido de la aniquilación a la que ha sometido su mundo y a sí mismo y que le ha mostrado finalmente al Esencial, y en el Esencial ha saneado su realidad hasta alcanzar la sutileza.

         Los sufíes hablan del Fanâ’, del ocaso y muerte de cuanto existe ante el sabio penetrante. A esta anulación sigue otra en el que el mismo observador desaparece para sumergirse en su opuesto, el Baqâ’, la permanencia o eternidad de aquello que contempla en el infinito que queda después. Esta permanencia que sigue a la muerte espiritual es la resurrección que magnifica al ser humano. Muhammad es el arquetipo ejemplar de la conclusión de estos procesos, es la imagen del hombre reunificado y cohesionador, del singular, del Sayyid o preminente. Su singularidad es la que lo convierte en patrón de la sabiduría más profunda y del Ser. En tanto que uno, Muhammad es visto como la afirmación del hombre en su raíz: es el Servidor sincero y el Mensajero, el Šafî‘ de Allah, el que lo hace Par.

         Sin esta segunda parte de la Šahâda, la contemplación quedaría inconclusa y suspendida en una negación irrelevante. Así se completa el círculo con el redescubrimiento del mundo y el lugar de la criatura en él, y el Hamd que estaba al principio, y que estimulaba a la negación y a la búsqueda, se transforma aquí en Muhammad, en el digno de toda alabanza al haber asumido en sí la grandeza de la existencia.

         Algo a lo que jamás se renuncia en el Islam es a la condición humana de Muhammad, pero a veces las expresiones apasionadas de los sufíes han conducido a mal entendidos. Cuando hablan de la naturaleza sublime de Muhammad no incurren en ninguna mitificación, no formulan ninguna ‘cristología’. Al contrario, con ello rescatan la posibilidad de una reflexión en la grandeza del hombre en sí. Muhammad es arquetipo de las potencialidades de lo creado como reflejo de lo Absoluto. No está al margen de lo humano sino que permite un adentramiento en lo que supone esa categoría. A ello ayuda de modo especial la flagrante historicidad del Profeta del Islam. Muhammad es un ‘arquetipo’, pero de carne y hueso.

Allah, según enseña el Corán, ha creado al hombre como califa. El ser humano es califa, ser soberano que representa la Unicidad y Unidad de su Creador y Señor; ahora bien, ese califato sólo es realizado plenamente -es decir, conscientemente- por quien se sabe califa, por el ‘Ârif, el gnóstico, el verdadero sabio, y en correspondencia con ello, el Profeta dijo: “Soy el señor de los descendientes de Adán, y no es vanagloria”. Y los sufíes, especialmente, beben de lo significado por Muhammad.

         Podemos recapitular y comprender la concatenación de las secuencias de estas introducciones formales. Al principio, y separada, está la Basmala, el enunciado del Nombre de Allah, la alusión a lo inasequible y conmocionador. Después viene la proclamación del Hamd, de lo que resulta que cuanto existe es un indicio que califica y delata ese Nombre anterior y oculto: comienza el proceso. La primera parte de la Šahâda nos devuelve a Allah sumergiéndonos en la nada. Pero de ella se resurge con la afirmación de lo humano eterno como catalizador de los elementos de estas experiencias o saboreos (Adwâq).

         Por ello, el sufí presiente en Muhammad una significación profunda y atemporal y el afloramiento de verdades sustanciales. Él es, como se ha dicho, el símbolo, el modelo y la evidencia de toda Reunificación. Cada uno de sus actos y de sus gestos es estudiado a la luz de una gramática que explica la etimología de sus valores en las honduras de la Palabra creadora. Su verdadera naturaleza arquetípica es la de una esencia unitaria y trascendental (al-Haqîqa al-Muhammadiyya) que es la luz que se vierte alumbrando al Hombre Universal Absoluto que fue en su personalidad histórica. El Muhammad histórico es el correlato humano del primer momento, el instante inicial del ser diferenciado que tradujo a Allah: “Tú eres el que invita hacia Allah con su permiso, y eres una antorcha que ilumina[2]. Este versículo es relevante: describe a Muhammad en su calidad de Profeta cuya verdad interior, su esencia atemporal, es deslumbradora. En ello -es importante recordarlo- no hay una idealización de Muhammad sino una exaltación de lo que hay de califal en el ser humano.

         Allah es Uno y el Ser Humano es Uno. Por eso, el Profeta Evidenciador (Mubîn), que reproduce a ese Hombre-Reflejo de Allah, reúne en sí los elementos dispersos de la creación entera: él es la unicidad y el poder del universo, su contundencia, y, por tanto, es su espíritu, el espacio ideal en el que se manifiesta la totalidad de la Acción de Allah, el eje de la existencia y el secreto interior de las criaturas. Él es la afirmación del mundo ante Allah como expresión de Allah, portando la espada con la que se desgarra la tiniebla que separa lo auténtico de lo falso a semejanza del imperativo creador con el que Allah extrajo a las criaturas de la Nada. Al condensar en su unicidad espiritual el conjunto de las posibilidades existenciales, todo ello testimoniado por la fuerza de su luz, se dice que de su realidad participa cuanto ha sido creado, siendo él la primera fuente de la que mana el ser que se ha derramado sobre los posibles.

         Esta transposición en Muhammad de los valores que descubre el espíritu humano acerca de sí mismo en su indagar por el universo de la Unicidad-Unidad no es caprichosa. En su misma raíz se encuentra con Muhammad. Su tipificación en el personaje fundador del Islam tampoco es casualidad, ya que él inaugura y consuma la senda del Tawhîd, que por su propia definición es ahistórica, lo que le permitió decir: “Yo ya era cuando Adán estaba entre el agua y el barro”. Por ello, en esa senda de la Unicidad-Unidad se afirma que la primera criatura fue la Luz del Profeta, el Anunciador, el Paradigma, lo más noble que surgió del imperativo existenciador de Allah. Fue la síntesis primordial que contenía en su germen la totalidad del universo: “Te hemos hecho surgir como Misericordia para los mundos[3], “Ciertamente, él (el Profeta) es una senda y es Misericordia para los mundos[4] y  también “Tu naturaleza es algo inmenso[5]. Esa eclosión mística primordial es la que se revela y se exterioriza continuamente dando origen a las formas creadas, los testimonios de la Acción, barriendo la falsedad, y, a la vez, es el espíritu al que Allah se muestra, al que se dirige y con el que habla: es el Muhammad Inaugurador (Fâtih) y Sello (Jâtim), el que marca el ánimo y es su arcano. Cada vez que el Corán es recitado, Allah habla al Muhammad que reside en el corazón del lector, en lo más escondido de su cueva de Hira.

         El Mensajero es la primera afirmación de la Unidad en la tierra y en cada ser, su manifestación original. Muhammad, en su profundidad, es, por tanto, inicio y conclusión. Es Rahma y es la meta del progreso de la Rahma: “Se dice de su Sabiduría Esencial que es impar por ser él la criatura donde se cumple el sentido de lo humano. El hecho profético se inicia con él y por él es sellado, siendo Profeta cuando aún Adán estaba entre el agua y el barro. Y con su formación orgánica, él es el Sello de los Profetas[6]. En definitiva, él es la síntesis del todo universal ante Allah: “Allah es la única Realidad, y su Enviado es su sola Manifestación. La multitud de sus enviados, profetas y santos representa otros tantos aspectos de su Manifestación total, de su Enviado universal[7]. En lo dicho hasta aquí consiste el sentido de la profecía, que no es simplemente la transmisión de un mensaje. Ello determina la centralidad del Mensajero en las reflexiones sufíes: él no es un simple objeto para la devoción. Es el eje de meditaciones en consonancia con la integración en la Verdad a la que se aspira.

         Afirmar a Allah con la Šahâda es señalar la Unidad raíz que subyace ausente, y confirmar a Muhammad es sostener la misión del mundo como reflejo de esa Verdad, es corroborar la realidad de la Acción de esa Esencia que tuvo su polo en un personaje histórico pero del que participa cada ser. Muhammad es, según dice el Šayj, el espíritu del mundo y el misterio de las criaturas. Él es la alabanza de la creación. Como enseña Ibn ‘Arabi, no hay sabiduría en el trance sino se descubren sus signos en la concreción inmediata: “...Y por ello, no es efectivo el Islam de nadie con la simple declaración de la primera parte de la Šahada según la cual no hay otra verdad aparte de Allah, mas que si va acompañada de la fórmula que asegura que Muhammad es el Mensajero de Allah[8]. Ibn al-Qayyim lo expresó así: “Decimos que ‘Muhammad es el Mensajero de Allah’ es la perfección de ‘No hay más verdad que Allah’. Las dos frases salen de la raíz del corazón y de una misma hornacina; ninguna de las dos es completa sin la otra[9].

         Muhammad dijo: “Se me ha ordenado combatir a las gentes hasta que proclamen que ‘No hay más Verdad que Allah’ y que ‘Muhammad es su Mensajero’..., y preservan así de mí su vida y sus bienes”. Este es el hadiz de la seguridad. La Šahâda es claudicación ante la evidencia de Allah y de su Mensajero, de modo que desparece el conflicto entre el hombre, la Verdad que lo ha creado y la verdad que hay en él, quedando todo reconciliado en la paz que está en la esencia de cada realidad.


 

[1] Corán, XXXIII-21.

[2] Corán, XXXIII-46.

[3] Corán, XXI-107.

[4] Corán, XXVII-77.

[5] Corán, LXVIII-4.

[6] Ibn ‘Arabî, Los engarces de la sabiduría, p. 146. Ibn ‘Arabî se refiere a un famoso hadiz en el que Muhammad dice: “Yo ya era Profeta mientras Adán estaba entre el agua y el barro”, es decir, antes de que fuera creado el primer hombre.

[7] Leo Schaya, La doctrina sufí de la unidad, p. 78.

[8] Ibn ‘Arabî, Tafsîr, p. 14, vol. I.

[9] Ibn al-Qayyim, Madâriŷ as-Sâlikîn, p. 47, v. III.