AL-MINAH AL-QUDDÛSIYYA

 

SHAHADA (I)

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3. Declaramos que no hay más verdad que Allah, Él solo, sin asociado alguno, con el testimonio de un siervo sincero al que su Señor ha guiado por el camino de la plenitud y afirma el dominio señorial de su Dueño, y renuncia a pugnar con Él en todas las circunstancias, reconociendo su Unicidad Absoluta en todos los aspectos, ya sea en su Esencia, en sus Atributos o en sus Actos, y abstrayéndolo de copartícipes, semejantes, paralelismos y comparaciones.

 

            1- Tras elogiar la Acción de Allah, configuradora de la existencia en toda su extensión, el Šayj se declara musulmán pronunciando los dos Testimonios del Islam, sus dos lemas básicos. El primero se refiere a la Unidad de Allah, y consiste en el rechazo tajante de los ídolos infundados y la afirmación de la Verdad última que anida en la certeza con la que recogemos lo auténtico de cuanto somos y cuanto nos rodea. Con ello, se considera que el primer paso es la discriminación con la que se distingue al Existente Necesario de las existencias condicionadas, negándoles a éstas toda consistencia y toda realidad independiente, anulando con ello la posibilidad de que se erijan en ídolos.

            Allah es el Nombre del Existente Obligado, el que existe por Sí Mismo, y para tener una representación adecuada de Él -de modo que se constituya en inequívoca Qibla y oriente del corazón-, es indispensable una inmersión valiente en lo Absoluto, cuyo carácter esencial es la radical indeterminación. Para conocer a Allah, hay que despejarlo de todo lo que no existe por sí mismo, penetrando en el secreto de la eternidad sin condiciones Así, lo separamos completamente de nuestro mundo, y el universo entero queda desidolatrizado desde el momento en que su razón es, nítidamente para el entendimiento recto, la existencia causada por Allah, el Uno y Único, el Anterior -en la totalidad de Su Verdad- a todo lo que existe en nuestro cosmos. Marcando esa distancia infinita entre el mundo y Allah, ambos se convierten en dos los extremos entre los que se produce el viaje que emprende el sufí, partiendo del mundo para llegar a Allah.

Esto recibe en árabe el nombre de Tawhîd, la unidad-reunificación, que es la clave del Islam. En principio, Tawhîdsignifica saber y enunciar que algo es uno. Entre las Gentes de la Esencia, el Tawhîd es retirar de Allah las representaciones que se hace el entendimiento y lo que imaginan la ilusión y la mente. El Tawhîd consiste en reconocer el dominio de Allah en todas las cosas, afirmar Su exclusividad y negarle todo semejante[1]. En la práctica, pues, el Testimonio del Tawhîd consiste en negar toda eficacia a lo que no sea Allah, que es, simultáneamente, contemplando en Su Perfección.

Y todo esto es la raíz de la ‘Aqîda, la Doctrina de la Unidad. La ‘Aqîda expone los fundamentos de esa enseñanza. El I‘tiqâd consiste en la adquisición de esos saberes. Cuando esa adquisición es plena, abriéndose el corazón a sus contenidos, se dice que se ha alcanzado el grado del Îmân, la sinceridad en el saber, que ya no es una mera aceptación ni la ocasión para disquisiciones, sino una convicción trasformadora, una cosmovisión que pasa a estar en la raíz de los comportamientos. Para el asentamiento de todo lo anterior, los musulmanes desarrollaron la Ciencia del Kalâm, el Discurso que fundamenta las enseñanzas del Tawhîd en el seno de una lógica que justifica sus enunciados para que la actitud ante la ‘Aqîda no sea la de la fe sino la del convencimiento.

 

            2- La palabra Ilâh, que se traduce por dios, designa en árabe aquello que sobrepuja al hombre y éste busca su amparo movido por el miedo y la esperanza -es decir, son sus convicciones, a cuya cabeza está el propio ego, que lo vence y domina-. Pero el Testimonio (Šahâda) lo pone todo en entredicho, lo diluye y enseña que no hay certeza positiva más que Allah Indefinido, que está al término de un proceso, y para llegar a sus aledaños se debe empezar por un acto de negación que implica una metamorfosis. Allah es una excepción (Istitnâ’) al cabo de un camino, el Tawhîd, la Reunificación.

Los dioses del hombre -las verdades-, y todas las vilezas y mediocridades, deben ser barridos de sus sueños, depurando esperanzas y temores, aceptando la nada de todo en lo que hasta entonces había confiado, admitiendo sin reparo incluso su propia inanidad, descubriendo y aboliendo la mentira elaborada por su necesidad de algo inteligible a lo que aferrarse y dejando atrás lo confuso de las especulaciones de cualquier tipo y los lodos en los que se enfanga. Sólo ello le permite vislumbrar la Verdad del Uno lejano cuya intuición le ha llevado a inventar sucedáneos. No puede empezar por figurarse al Inconcebible, sino que sólo Él puede mostrársele, y se le va revelando cada vez más en lo inmediato según progresa en un continuo desnudamiento esclarecedor. La clave inicial es la Šahâda: al declararse negador abre la puerta que conduce a la única afirmación posible, la de Allah, el Real, la Excepción.

            La Šahâda significa situarse críticamente en el mundo y es la clave de la espiritualidad musulmana. Consiste en testimoniar, es decir, contemplar a Allah, una vez interpretado el mundo como resultado de su acción. Implica necesariamente una radicalidad fructífera. El Hamd había sido admiración provocada por la obra, y el Testimonio anunciador es desentrañar ahora el secreto guardado en ella e iniciarse en su trasfondo unitario. Es la primera señal de haber mirado hacia el exuberante universo-signo con un ojo que detecta la Unidad del Acto que lo gobierna. Esa mirada aguda se convierte en cuchilla que rasga los velos formales, y las realidades en las que creía se le antoja entonces al aspirante que son fantasmas o ídolos insuficientes, meras circunstancias que no deben confundirse con la Verdad. No pudiendo ser satisfecho, el sufí sabe que no encontrará a su Señor en algo: “Hemos retirado el manto que te cubría y hoy tu visión es de hierro” (L-22).

            A partir de esta intuición se van sucediendo y articulando certezas elementales: Allah es Él Solo, Unicidad solitaria en la que no cabe nada que le pueda ser homologado, nada puede ser asociado a esa simpleza primordial. Se trata del carácter indescifrable de la Verdad (su Ilâhiyya o Ulûhiyya). Estos son los primeros concomitantes de la Šahâda sobre los que trabaja el sufí. En segundo lugar, afirma la Rubûbiyya, el Señorío absoluto de Allah. Todo depende de la Verdad que subyace y soporta un mundo insostenible por sí mismo. Cuanto existe son sus formas, sus apariencias -pero no son Ella-, y la sirven al manifestarla, si bien desvían al desatento.

            Complementando la Rubûbiyya está la ‘Ubûdiyya, la esclavitud, la sujeción de lo creado a Allah. Así, el autor se declara siervo sincero de su Señor, al haber constatado que ni el más mínimo de sus movimientos depende de él sino que su vida entera es regida por el verdadero Agente que crea sin rozar los sentidos. Esta certeza libera al hombre, lo desliga de sí y de sus insuficiencias y límites, de sus terrores y expectaciones, permitiéndole una perspectiva que lo abre a la inmensidad del Ser. Busca reconciliarse con Allah después de haber estado separado a causa de haber creído en su autosuficiencia y la de su mundo. Deja de pugnar abandonándose al ritmo interior que dirige los pasos de su existencia. Ello fomenta en él y activa la abundancia contenida en la Rahma y que acrecienta al hombre, la que sin interrupción lo amamanta con su riqueza.

            Por estos senderos, es siempre Allah el que guía al ser humano dotándolo de buen juicio (Rušd), que es tensión que aspira en él a la Verdad. Esta sensatez, compañera de la razón y signo de salud, elimina las tribulaciones y posibilita el entendimiento. La angustia y la frustración nacen de haber depositado la confianza en lo evanescente, en lo que carece de eficacia al no ser real sino ilusión, y que son sus dioses y su ego. Se dice que con esa insensatez anterior había asociado algo a Allah. Instintivamente, el hombre aspira a la Verdad pero desvía su ambición hacia objetos apartados, por su ansiedad, de lo esencial, ya sean objetos materiales, ya sean simples conceptos. Ello lo condena al desengaño que es un ardor destructivo, ya que en sí sus esperanzas y temores sólo son signos, no el Significado. La Paz, uno de los temas centrales en el Tasawwuf de al-‘Alawî, consiste en haber encontrado el equilibrio que se desprende espontáneamente del Tawhîd, la Declaración de la Unidad, la Reunificación.

            Ahora bien, el Tawhîd, algo en lo que no dejará de insistir el Šayj, es una Senda (Tarîq) en la que son necesarios el abandono (Tawakkul) y la sinceridad (Ijlâs). Lo relevante no es la teoría, sino la acción. El Tawakkul es confianza en Allah, vacía de toda acusación, y es la actitud de quien sabe realmente, también con su corazón, que sólo Allah es Agente. Es la raíz de la imperturbabilidad del sabio. El término Ijlâs resume todo lo dicho hasta aquí. Significa despojarse del ego y orientarse hacia Allah con corazón puro en un constante acto de depuración hasta alcanzar la simpleza, sinónimo de unidad y singularidad. El Islâm como claudicación, el Tawakkul como serenidad y el Ijlâs como pureza, ancladas en el Tawhîd, rescatan lo esencial del hombre. Sus contrarios (la dispersión, el malestar, la frustración) son los signos de que no se ha avanzado por el camino. En esa sencillez recuperada el hombre reconoce su Nada original sostenida por el Todo indeterminado de Allah-Uno, y es en ese momento cuando los opuestos quedan reintegrados.


 

[1] al-Ŷurŷânî, véase en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 64.