AL-MINAH AL-QUDDÛSIYYA

 

PRÓLOGO

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1- El musulmán, coronando su peregrinación interior, se arrodilla y lleva la frente al suelo renunciando a toda banalidad para ensimismarse en Quien le hace ser, y el Insondable (al-Quddûs) se adueña y fecunda su mundo... Con esa inmersión en lo inefable, se desencadena en él un entendimiento que aflora bajo la forma de dones  (Minah) que son hechos a su lucidez. De ahí el título del libro del Šayj al-‘Alawî, al-Minah al-Quddûsiyya, las inspiraciones que se desprenden de la renuncia a todo en el seno de la Verdad.

La sabiduría que hay en el Islam deriva, por tanto, de una actitud de incondicionada rendición al secreto de la existencia, intuido por el corazón el cual pasa a gobernar al cuerpo, y ello culmina en una íntima comprensión de la realidad. La perfección de este proceso está en la simultaneidad que sintoniza todas las manifestaciones del ser, y a ella se llega con la profundización en la sinceridad, en la significación radical que hay en el gesto de llevar la frente al suelo, que es -como dijo el Profeta- el momento en que el ser humano está más cerca de su Señor, pues en él se condensan el saber, la acción y el sentimiento.

En este trabajo, siguiendo sistemáticamente los comentarios del Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî a los versos de Ibn ‘šir, intentaremos descifrar la sabiduría que hay resumida en ese gesto primordial que trasluce, a la vez, reconocimiento y entrega, en respuesta al Imperativo que ordena el mundo. Sin duda, es transparente en sí, y lo adopta quien quiere densificar su anhelo de regreso a una paz en la raíz de toda autenticidad donde vislumbra el Poder Hacedor que lo moldea, rompiendo con el fantasma de una autosuficiencia estéril que lo aísla, y reconciliarse así con su único Señor, Allah, la Verdad.

Antes, esa persona, enunciando su propia clarividencia, ha afirmado en voz alta y retadora Allahu Akbar, Allah es Más Grande, dejando atrás a sus ídolos y ficciones para penetrar en el dominio de la soledad del Uno Creador. Con ese asomo a lo infinito y eterno se abisma en un recogimiento -el Salât- que se extiende a lo largo de una serie de evocaciones y movimientos en los que reintegra todos sus aspectos, rindiéndolos finalmente a su Existenciador y Dueño, deshaciéndose consumido en la vastedad a la que lo arroja su intuición.

El Takbîr, la proclamación de la Grandeza de Allah, es Ihrâm, acceso al recinto exclusivo del Uno. Comienza entonces el repliegue que culmina en la prosternación, que constituye un reencuentro en el que queda difuminado el mundo de la dispersión y el conflicto, y el Uno lo reunifica bajo su imperio. Su Luz inunda la existencia, mostrándose el Oculto en la intensidad de la Fuerza con la que doblega al ser humano y en la autenticidad con la que éste reacciona a Su orden y se le ofrece. En tal acto de claudicación está implícito lo que el hombre sabe de Allah -razón de su ser y trasfondo de su existencia-, y lo que sabe de sí. Y también, al llevar a cabo ese gesto a la manera de los musulmanes, reconoce al Profeta como guía y se adhiere a su Nación, reverberando en él la inmensidad de una tradición de carácter universal que tiene un trasfondo que va más allá de la historia.

            La plasticidad de ese gesto -llamado Suŷûd, que da nombre a la mezquita, el Masŷid, el lugar del Suŷûd (y el Profeta dijo que el mundo entero se había convertido para él en mezquita)- es la materialización de una forma de apreciar la realidad. En árabe, se denomina ‘Aqîda a la convicción profunda arraigada en un modo de ver y situarse en el ser capaz de apoderarse por completo del hombre, fundamentando sus percepciones y encauzando sus pasos, hasta que eclosiona el entendimiento iluminado. La ‘Aqîda configura al musulmán, y es lo que éste expresa. Con ella y en ella se desata el Îmân, la habilidad del corazón para entrar en lo más íntimo de las realidades y fluir con ellas. Se llama Šarî‘a o Ley a la manera de exteriorizar la sumisión incondicionada a Allah en conformidad con un modelo, el Profeta. La asunción de la Ley da forma al Islâm, la claudicación del cuerpo. Y se llama Haqîqa a la esencia y saboreo de esas experiencias, y es el rango del Ihsân, la excelencia que es pura generosidad.

Hay, pues, un Imperativo (Allah), un Modelo (Sunna) y un Seguimiento (Ittibâ’). La perfecta conjunción de esos tres niveles da forma a una vía y la constituye en Dîn,  devolución del ser, que abraza la existencia entera del musulmán, y todo ello está en la base del Suŷûd, la prosternación que resume su saber, su acción y su sentimiento. La segunda clave, el Islâm, da nombre al total, el Islam, porque es un compromiso definitivo y es puente sobre el que se encuentran el Îmân y el Ihsân. Islam es el nombre propio del Dîn, su descripción perfecta, la síntesis de sus extremos, la armonía de las experiencias posibles.

El Dîn, con sus tres aspectos (Îmân, Islâm e Ihsân), respalda al hombre, que es percepción, cuerpo y trascendencia; y refleja el universo, que es Materia, Espíritu y Poder; y está en correspondencia con Allah-Creador mismo Fundamentador de todo, que es Esencia, Atributos y Acción... Estos paralelos pueden ser llevados a otros muchos dominios. Y todo está íntimamente relacionado, de modo que la comprensión del Dîn, el Islam, es un acto que revierte sobre el conocimiento y paladeo de la existencia. Ibn ‘šir al-Andalusî compuso un poema didáctico, una Manzûma, a la que dio por título al-Muršid al-Mu‘în ‘alà d-Darûrî min ‘Ulûm ad-Dîn, Guía Auxiliar para el conocimiento de lo necesario sobre las Ciencias del Dîn, en la que explica lo básico de esos tres aspectos. El Šayj al-‘Alawî comentó en sus al-Minah al-Quddûsiyya los trescientos catorce versos de la Manzûma de Ibn ‘šir desde el punto de vista de su alusión a los saberes profundos que están en la raíz de todas las manifestaciones del Islam. Siguiendo al Šayj, entraremos en el terreno de las connotaciones del Islam en tanto que imagen y gramática de la realidad. Se trata de una introducción fascinante e imprescindible si se quiere vislumbrar el alcance de cada enseñanza del Profeta.

 

2- Antes de entrar en materia y encabezando los comentarios del Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî, encontraremos la Basmala, denominación técnica para el conjunto de la frase bismil-lâhi r-rahmâni r-rahîm, Con el Nombre de Allah, el Misericordioso, el Compasivo, que es el versículo propiciador y rico en matices que también prologa cada uno de los capítulos del Corán, y especialmente el primero de ellos, la Fâtiha, la Clave del Libro Revelado. Esta oración inaugural es de una importancia tal que ha suscitado innumerables reflexiones, y se considera que encierra toda la cosmovisión del Islam, siendo, por ello mismo, origen, signo, depósito y fuente de abundancia[1]. En este ensayo nos limitaremos a esbozar las líneas generales de cuanto sirva al propósito de una exposición introductoria a lo básico del Islam. Para empezar, la Basmala es una declaración que figura necesariamente en todos los comienzos, y de sí esto es significativo:

Puesto que vamos a hablar del conocimiento de la existencia y el principio del mundo (que es entre nosotros el libro mayor que la Verdad recita siendo Su lectura la actualidad de cada cosa, al igual que recita el Corán dándole forma oral -pues el mundo es, entre nosotros, letras trazadas sobre la superficie de la existencia desplegada donde por siempre se produce el acto de la escritura-), y puesto que la Verdad ha encabezado su Libro Poderoso (el Corán) con la Clave del Libro (la Fâtiha), y siendo éste un libro -me refiero ahora al mundo-, hay que comenzar hablando de los secretos contenidos en la Fâtiha,... y bismil-lâh (con el Nombre de Allah) es la clave de la Clave...”[2].

            La Tradición musulmana recomienda, tras aconsejar la anotación de la Basmala, abrir seguidamente los libros con una alabanza (Hamd) dirigida a Allah, quien es descrito sobre la base de méritos que lo hacen digno de ese elogio, siempre en relación con el tema que vaya a abordar la obra. Siendo la cuestión el Islam como imagen de la realidad, la alabanza se refiere y califica a Allah como Verdad de la que surge todo y lo engloba todo. El Hamd acompaña a la creación y es también la señal de que se ha comprendido el alcance de la Basmala, y -signo del saber- es, por tanto, su materialización en el mundo de las criaturas:

            La alabanza a Allah es el sentimiento que se derrama desde corazón abierto a la Inmensidad con la sola mención de Su Nombre. Para empezar, la existencia misma de ese corazón no es sino el resultado del desbordamiento de la Bondad Trascendente, una efusión que provoca (simultáneamente) la movilización de la alabanza y el elogio...”[3].

Después, el autor de los al-Minah, marcando definitivamente su ruptura con la dispersión y la idolatría, se declara musulmán citando las dos fórmulas de la Šahâda -el Enunciado básico del Islam y el más relevante de sus pilares- que promulgan la Unidad de la Verdad Creadora y la función de su Mensajero, también intercaladas con alegaciones que prefiguran el trasfondo de su pensamiento. La Šahâda es la certificación y el fruto de todo lo anterior, punto y final de unas reflexiones y principio para otras.

En su sencillez, esa concisa primera parte del exordio preliminar resume e introduce a las cuestiones que van a ser dilucidadas a lo largo del ensayo, sirviendo a modo de esquema previo que perfila bajo la forma de doxologías y anotaciones sintéticas todo el resto:

Has de saber que la costumbre entre los sabios es la de esparcir sus conocimientos por las fórmulas de presentación, para que éstas sirvan a sus discípulos de escala por la que ascender a los secretos íntimos del Uno Trascendente y llegar a las verdades interiores de lo que significa la Profecía[4].

            Tras esas ineludibles formalidades previas, el maestro presenta el libro contando los motivos que lo llevaron a su redacción y su utilidad-, para, posteriormente, iniciarlo con dos introducciones importantes. La primera de ellas está dedicada a resaltar los valores del Tasawwuf, el sufismo, la delicadeza y trasparencia de espíritu, como ciencia que permite cumplir adecuadamente con el Islam. La segunda trata del Fahm, el Entendimiento, característica diferenciadora de su método y potencial del corazón con el que los grandes sondean los contenidos de cualquier dato en su comprensión del mundo. El Entendimiento es, como se ha señalado, el fruto de una actitud de renuncia a la vanidad y claudicación ante Allah, que está en el fundamento y en la meta del Tasawwuf.

A continuación de esta Presentación y las dos Introducciones, empieza propiamente el Comentario de Sîdî Ahmad al-‘Alawî a la Manzûma de Ibn ‘šir. El tratado en verso de Ibn ‘Ašir comienza con cinco versos, que son también una presentación de su obra, y que El Šayj al-‘Alawî aprovecha para la aplicación de las líneas generales esbozadas por él en sus introducciones.



[1] El Profeta dijo: “Todo acto de relevancia que no vaya precedido por la Mención del Nombre de Allah (la Basmala) es estéril”. En otras versiones del mismo hadiz: “...está incompleto” o “mutilado”.

[2] Ibn ‘Arabî, al-Futûhât al-Makkiyya, v. I, p. 101.

[3] Sayyid Qutb, Fî Zilâl al-Qur’ân, v. I, p. 22.

[4] Al-‘Alawî, Dawhat al-Asrâr, p. 21.