المنح القدوسية

 

AL-MINAH AL-QUDDÛSIYYA

 

Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî  

 

TEXTO DEL POEMA PEDAGÓGICO DE IBN ‘ŠIR

 

 

CAPÍTULO II

 LA RAZÓN

 

Preámbulo al Libro de la Doctrina

que ayuda al lector a alcanzar su propósito

 

            49. El autor mencionará en este preámbulo el medio por el que los sufíes llegan a la esencia de los conocimientos y perciben los significados del Libro, diferenciando con su ayuda entre el error y el acierto. Este camino es el de la confianza resuelta y la decisión firme en los comienzos. Eso es lo que permitirá al aspirante alcanzar la Verdad de la Certeza al final, de modo que en su caminar no se tambalee ni confunda: sólo esto le asegura la conquista del objeto ansiado en su orientación hacia Allah.

Y por ello dice de este preámbulo que ayuda a alcanzar el propósito, es decir, es la premisa que comunica al hombre con su Señor asistiendo al aspirante en su objetivo. Si estas circunstancias no se dan en él, entonces se dice que está separado y le ha sido vedado el beber de las fuentes de los sufíes. Con ellos no son de provecho otra cosa que no sea la sinceridad y la resolución pues, en caso contrario, el aspirante es expulsado incluso si en él hay facultades.

Alguno ha dicho: “Nuestra Vía se asienta sobre los cimientos de la intención y la firmeza, y no en el análisis ni la polémica”. El que esté dotado de entendimiento se observa a sí con ojo censor que detecta las insuficiencias, y nunca mediría la verdad que hay junto a los sufíes con la vanidad que hay en él. ¿Puede la tierra tocar el cielo? El entendimiento de los sufíes no es como el de la gente común, ¿cómo te atreverías a tantear esa inteligencia con los recursos con los que cuentas? Su ciencia no depende de ninguna condición previa ni de las formalidades, sino que su inteligencia reúne todos los saberes.

 

            El Îmân, la apertura hacia la Verdad, es una lucidez que cada vez va a más. Existe en sus inicios una Certeza fundamental (Yaqîn, literalmente, estanque de aguas claras) en la que sumergirse y verificarla, y que en ese primer momento se define como la ansiedad inherente al ser humano que lo hace aceptar el desafío de su Señor intuido -lo Real- y ponerse en marcha hacia Él. Ese Yaqîn -cuyo contenido es el Tawhîd, la Unidad y Unicidad de Allah- es la propensión a trascender las formalidades de la Verdad ofrecidas a los sentidos con el deseo de alcanzar su sentido. Se trata de una inclinación que le proporciona datos iniciales.

            Una disciplina, el Kalâm, es la ciencia anexa que lo ayuda en su empresa. Esta fase es reforzada por saberes y técnicas que le es dado someter a sus procedimientos racionales: son el Preámbulo (Muqaddima). De ahí que se llame a esta jornada en su viaje espiritual ‘etapa del Conocimiento de la Certeza’ o ‘Ilm al-Yaqîn. En esta fase le son necesarias las herramientas que Ibn ‘šir facilita en el presente capítulo, a saber, unos juicios y criterios firmes con los que discernir entre las intuiciones y no dejarse arrastrar por pasiones desmedidas o influencias. Se combate así el absurdo inoperante, las doctrinas falsas y las ilusiones infundadas. Son los instrumentos que proporciona y pule la ciencia del Kalâm. Con dichas armas, el aspirante, en su búsqueda sincera, profundiza hasta llegar a su fuente de aguas claras, hasta conocerse sin que ninguna confusión lo aparte, etapa segunda que recibe el nombre de Ojo de la Certeza, ‘Ayn al-Yaqîn. De ahí pasa a disolverse en la Verdad del Uno, Verdad de la Certeza o Haqq al-Yaqîn, que representa su muerte a la fantasía y su renacimiento en la sabiduría del encuentro. La firmeza en el principio asegura el éxito final. Ambos extremos son idénticos en esencia y sólo distintos en su representación. Primero está el Nafs, el Yo ístmico que se debate por hallar a su Señor, reducido después al Rûh, al Espíritu, y sumergido finalmente en la Realidad unitaria, el Secreto (Sirr), fundamento de toda subsistencia.

            Si esa resolución -a la que la inteligencia confiere solidez- no está en los principios nada garantiza el éxito al aspirante. Se le califica entonces de Maqtû‘, apartado y separado, y también se le llama Mahrûm, aquél al que ha sido vedado algo, en este caso, beber de los manantiales (Mawârid) a los que están arrimados los sufíes. Es un expulsado, Matrûd, pues, aunque en él haya facultades y energía, el imperio de su egoísmo y de su ilusión es demasiado poderoso afectándole en sus procesos y arruinando sus logros. En el fondo, estará lejos de la Verdad que persigue y que exige de rigor para no ser contaminada por la arbitrariedad. No tiene juicios con los que desbrozar el camino que le aguarda, sino prejuicios a los que tenderá a amoldar cuanto descubra en su peregrinación.

            La razón es lucidez, sentido común, ‘preludio’ anunciador de Gabriel. Se trata de la sensatez por la que sabemos que uno más uno son dos, que dos cuerpos no pueden ocupar un mismo espacio, que la simultaneidad de los contrarios es imposible, etc., y al amparo de estas certezas no permitimos que se nos estafe. Estas certezas son válidas al entrar en el campo de la espiritualidad. Se sobrentiende, pues, que existen certezas iniciales depositadas en el ser humano por Allah, criterios innatos con las que enjuicia la realidad, luces imprescindibles sobre las que se construye la vida humana y que sólo el vencido por la ilusión niega:

Me dije: ‘Lo que busco es el conocimiento de las cosas en sí, para lo cual primero debo saber qué es el conocimiento’. Deduje que la ciencia cierta es la que desvela lo conocible de un modo que después no quede duda ni vaya acompañada de la posibilidad de error o ilusión ni el corazón se permita sospechar que pudiera haberlos. La seguridad de que no hay equivocación debe emparejarse con la certeza de un modo que si fuera desafiada la convicción por quien fuera capaz de cambiar en oro una piedra o hacer que un bastón se convierta en una serpiente, la convicción se mantendría incólume sin que la inquietaran la duda o el reproche. Yo sé que diez son más que tres, y si alguien me dijera: ‘No. Tres son más, y mi argumento es que puedo hacer que este bastón se convierta en una serpiente’, y así lo hiciera ante mis ojos, con ello no dudaría sobre mi conocimiento y ante el argumentador tan sólo me maravillaría por sus capacidades fuera de lo común...”[1]

            Los juicios de la razón son medios eficaces que auxilian al aspirante y dan seguridad a sus pasos, afianzándolo en una confianza resuelta y una decisión firme. Conocerlos en su justa medida -evitando también sus excesos- permite un desarrollo libre de las capacidades humanas hasta alcanzar esa otra inteligencia (el Corazón o Qalb) que abarca, gracias a su carácter integrador, todas las capacidades. Con la práctica del ejercicio racional, el aspirante ha liberado su entendimiento de apegos y rutinas y le ha ofrecido un horizonte donde la inteligencia humana descubre su propia magnitud.

Existe, por tanto, otra Razón -prefigurada por la razón común- con la que el sufí penetra en las regiones de lo inefable. En su Comentario a los juicios, el Šayj aludirá a esa inteligencia distinta y radical de los sufíes, una percepción y entendimiento de las realidades para los que los juicios usuales son una introducción válida en la que inspirarse: son la reproducción de sus propios valores en una escala menor.

            Por tanto, el Kalâm se convierte, como ya advirtió el Šayj, en una útil ciencia auxiliar que en estos comentarios aparece como dilucidadora de los primeros pasos que hay que dar en la dirección hacia Allah. Servirá para concretar el objetivo y evitar aberraciones, y su supeditación al Tasawwuf garantiza que no se convertirá en vana especulación satisfecha en sí misma, sino más bien irá creciendo acompañando la trasformación del aspirante.

            En su Šarh a la Manzûma, Ibn Kîrân ofrece en su Comentario al Muršid las definiciones tradicionales acerca de lo que es el Kalâm[2]. Habitualmente, el Kalâm es considerado como la teología escolástica del Islam, pero Miguel Cruz Hernandez advierte que “sobre el origen, el sentido del término y la extensión del Kalâm se ha hecho toda la literatura crítica posible. Sintetizarla es imposible... Alguna idea pudiera tenerse si se dice que es la teología del Islam, con un campo más amplio que el de la teología dogmática cristiana... Pero, además, el Kalâm es una abstracción...”[3]. Una vez puesta de relieve de modo somero la dificultad de establecer paralelismos entre esta ciencia y cualquier equivalente en el cristianismo, pasemos a analizar la cuestión desde el punto de vista de Ibn Kîrân, ajeno por completo a estas comparaciones.

            El comentarista explica la razón por la que esta ciencia recibe el nombre de Kalâm, que literalmente significa Discurso: “y es porque facilita al que la estudia el dominio del lenguaje”. Esta ciencia enseña a especular y probar, ejercitando la inteligencia y explotando sus posibilidades, y el objetivo que se plantea es la formulación racional de la Doctrina apoyada en argumentos lógicos. Su tema es la Verdad última, la Identidad de Allah, y para alcanzar su comprensión sigue un sistema de deducciones: “Su tema es el de la esencia de los posibles en tanto que son signos que describen a su Existenciador”, es decir, no Allah directamente, pues Él es inaccesible a la inteligencia común.

            Para Ibn Kîrân, el fundador de esta ciencia es Allah mismo, y tras Él su Profeta, pues tanto el Corán como el Hadiz reflexionan sobre los contenidos de la enseñanza básica del Islam que es la de la Unidad de Allah y el significado de la Profecía, e invitan al ejercicio de la razón para contrastarla. Pero es al-Aš‘arî el que sistematizó la Doctrina como resultado de su pugna con los mu‘tazilíes: “El que formuló la Doctrina de la Gente de la Sunna, la resumió, eliminó las dudas y confusiones y demostró la inconsistencia de las opiniones de sus contrincantes, haciendo de ella una ciencia independiente y preparada para su desarrollo posterior fue Abû l-Hasan al-Aš‘arî”. 

            En cuanto a su relación con las ciencias del Islam, el Kalâm es tenido por Ibn Kîrân como saber troncal del que los demás conocimientos son ramas y partes, pues de él depende la nitidez con la que el musulmán mira hacia su Creador, siendo inmensos, por tanto, su virtud y mérito. Para que esa claridad sea amplia, el Kalâm recoge sus evidencias de racionamientos indiscutibles así como de declaraciones explícitas de la Revelación. Estas dos son sus únicas fuentes, y no reconoce, en el dominio de las certezas elementales, ninguna otra autoridad.

            El auténtico Kalâm es aquél en el que entra en juego todo el ser y no el que hace de la razón instintiva su instrumento exclusivo, tal como ya advirtió el Šayj al-‘Alawî para quien el verdadero saber troncal es el sufismo en tanto que depuración con la que se potencian todas las capacidades. La inteligencia discursiva no es suficiente para alcanzar el fondo de lo real, sino la que nace con la transformación interior.


 

[1] Al-Gazâlî, al-Munqid min ad-Dalâl, p. 26.

[2] Ibn Kîrân, Šarh, pp. 27-31.

[3] Miguel Cruz Hernández, Historia del pensamiento en el mundo islámico, v. I, p. 89.