LOS PRIMEROS VERSOS
3. LA EMBRIAGUEZ Y LA SOBRIEDAD
La Basmala, y también el Hamd y un saludo al Profeta, son las cortesías que encabezan todo acto de relevancia. Estas cortesías (Adab) no son, ni para los sufíes ni para los musulmanes en general, simples formalidades o deseos, sino más bien convenientes insistencias que atraen una especial energía o influjo espiritual (Baraka) que trasmite eficacia y prosperidad a aquello que emprende el ser humano. Las bendiciones y saludos al Profeta son singularmente fecundos, pues él anunció que quien lo bendijera y saludara encontraría respuesta en una especial predisposición de Allah hacia él.
El siguiente verso de Ibn ‘šir es la invocación en la que se pide a Allah -aunque la expresión consiste en relatar un hecho consumado con un claro matiz propiciatorio- que colme con sus bondades al Profeta:
3. (Allah) ha bendecido y saludado a Muhammad,
a los suyos, a sus compañeros y a sus seguidores.
Mayyâra comenta el verso diciendo lo siguiente:
“El Agente al que se dirige la solicitud manifestada en el verso es Allah, porque, aunque la frase sea una afirmación, el que la pronuncia expresa con ella un deseo y un ruego (que ‘Allah bendiga y salude a Muhammad’), como diciendo: ‘Pido a Allah que bendiga...’, es decir, se apiade; ‘y salude..’, es decir, y proporcione seguridad dando cobijo ‘a su Profeta...’, que es Muhammad, el Merecedor de los Elogios, participio pasivo de Hamd con una duplicación de la consonante medial que indica la abundancia de las alabanzas de las que es digno. Fue el nombre impuesto a nuestro Profeta por inspiración de Allah y con el que fue denominado como buen augurio que anunciara su alto rango por el que sería elogiado entre las gentes, y por el deseo de que sus cualidades fueran objeto de una alta estima.
Bendecirle y saludarlo es una prescripción que, de modo obligado, debe cumplirse al menos una vez en la vida, si se puede. La contundencia de esta orden tiene la fuerza de las Tradiciones seguras que no son abandonadas ni descuidadas más que por quien carece de toda bondad. También hay autores que han sentenciado que es necesario bendecirle y saludarlo en cada ocasión en que se le mencione...
En cuanto a bendecir con esta fórmula a quienes no son profetas, hay divergencias sobre el asunto que van de su declaración como lícito a ilícito o desaconsejable. Según Abû ‘Abd Allah Ibn Ubay, en su Comentario a Muslim, la prohibición sólo hace referencia a la bendición dirigida a los no profetas en la independencia, como en la expresión: ‘¡Allah!, bendice a tal’, es decir, tan sólo es lícita en la subordinación a la mención del Profeta, como en este caso en el que se saluda con la misma fórmula a todos los que están con él ”[1].
En cuanto a que estas bendiciones redundan en beneficio de quien se las desea al Profeta, existen muchos testimonios que lo confirman[2], como el caso del hadiz en el que el Ángel dice al Profeta: “Quien de tu nación te bendiga una vez es bendecido diez veces, y quien de tu nación te salude una vez es saludado diez veces”, y en otro hadiz el Profeta dice: “El más digno de mí es aquél que me bendiga con mayor frecuencia”, palabras con las que declara su relación con quien lo salude deseándole la paz[3].
La práctica del Salât ‘alà n-Nabi, la solicitud de una especial e intensa bendición de Allah que se desea al Profeta, tiene una singular importancia entre los sufíes. Establece una conexión directa y estrecha con su persona que llega a hacerla presente en sus reuniones y en sus soledades, convirtiéndolo en un Confidente y en Amado-Amante (Habîb) con el que se mantiene una relación en la que los tópicos del amor expresan la emoción que produce el recuerdo del Profeta[4].
El Profeta, en tanto que maestro, es la puerta abierta hacia Allah por la que es imprescindible pasar del mismo modo en que es el primer eslabón y el arranque de la Silsila, la cadena iniciática por la que el aspirante asciende hasta la Verdad primordial y absoluta. El aspirante tiene contraídas deudas con su Šayj que no puede satisfacer, y también con el Profeta, que es el Maestro por excelencia de todos los musulmanes. El individuo, al saberse insolvente, se vuelve hacia Allah pidiéndole que salde por él su inmenso apuro ante el Profeta, pues en realidad sólo Allah es capaz de satisfacer a Muhammad, puesto que lo que él demanda es Inmensidad[5]. Esa gratitud hacia el Profeta tiene da como fruto el conocimiento de lo que realmente es el Profeta, y ese saber sumerge al sufí en la Presencia del Califa, en medio de la Presencia del Insondable[6].
En la cosmovisión de los sufíes, cada profeta ocupa el lugar de un órgano místico el Ser Humano Fundamental expresando también su evolución hacia la perfección: Adán es el Califa, el Soberano; Abraham es el Corazón; Moisés, la Razón; Jesús, el Espíritu;... Muhammad los integra y corona para dar forma al Hombre Universal. Es el arquetipo que sirve de modelo, el mediador entre Allah y los seres, el Istmo que separa y une[7]. El sufí se subordina y acaba identificándose con ese Arquetipo que representa la unicidad de la humanidad. De ahí que lo que llega al Profeta desde Allah revierta sobre la criatura, pues él es el Escanciador[8]. Conocer a Allah, en el fondo, es conocer, antes y después, a Muhammad. Se conoce a Allah en su Profeta, en el hecho humano que lo traduce, y no en lo Indeterminado. Muhammad, el Hombre, es el espacio en que la criatura se ve, y al reconocerse detecta a su Señor. Por ello, él es el talismán protector (Talsam) que permite conocer a Allah sin ser destruido.
Lo que interesa aquí a al-‘Alawî es la naturaleza y carácter de la bendición y saludo que Allah realiza sobre (‘alà) el Profeta Ideal encarnado por Muhammad y que, a su vez, reside en cada ser y lo acompaña. Son acciones precisas con las que Allah actúa imponiéndose a la humanidad del hombre -y Muhammad es el arquetipo-, sumiéndolo en su contemplación directa y en la paz de su Verdad. El Salât y el Salâm, la Bendición y el Saludo, son la estructura básica que hace inteligibles la dialéctica interna de la Revelación, las etapas sucesivas por las que el aspirante remonta su camino de vuelta hacia su Señor, las fases de su progreso y los estados de ánimo en los que va descubriendo las realidades del mundo del espíritu.
39. La bendición, para los sufíes, es una manifestación de Allah. Cuando Allah se muestra a uno de sus siervos superponiéndosele, atrayéndolo hacia Él y permitiéndole acceder a su Presencia -mostrándosele a veces y ocultándose otras-, hace con ello que el siervo arda en deseos y pasión y aumenten sus ansias hacia ese reflejo. Cuando se le manifiesta, su anhelo se calma y su corazón se sosiega, pero esto no sucede más que a los Profetas y a los más distinguidos de entre los Awliyâ’.
Por ello, no es lícito rogar por esta bendición en favor de quien no sea el Profeta, ni tan siquiera a favor de la élite entre los Awliyâ’, más que en la subordinación al Profeta porque consiste en un elevado y grave estado espiritual que no alcanzan más que muy pocos de entre las gentes del saber y el reconocimiento. La palabra Salât, bendición, significa reflejo y manifestación si es Allah quien la ejecuta, pues el Salât de quien no es Él es invocación.
Son necesarias algunas precisiones sobre la terminología que maneja el Šayj para una correcta comprensión del texto. La palabra Salât se emplea para tres cosas distintas que no deben confundirse entre sí -si bien hay una simultaneidad que sólo es comprensible en la íntima unidad de todas las realidades-: la oración ritual que el musulmán efectúa al menos cinco veces al día, la solicitud de bendiciones en favor del Profeta y, en tercer lugar, la bendición misma que Allah derrama sobre sus escogidos. Por un lado, Allah ha ordenado a los musulmanes recogerse ante Él al menos cinco veces al día, y la Ley revelada ha dado a esos gestos e intenciones el nombre de Salât. Por otro lado, el Corán impone a los musulmanes que hagan Salât sobre el Profeta, es decir, que rueguen en su favor, y la Ley ha dado a esa solicitud de bendiciones el nombre de Salât. Por último, el Corán afirma que Allah bendice a los creyentes -en especial a los profetas- y también ha dado el nombre de Salât a esos actos con los que Allah ilumina a quienes se acercan a Él[9].
Nos interesan aquí las dos últimas acepciones del término. El ruego con el que se solicita de Allah que favorezca al Profeta recibe el mismo nombre que designa a su vez el favor que se espera que realice en él. Traducimos la palabra Salât por bendición para la intervención de Allah. Partiendo del hombre, el Salât es una invocación (Du‘a’), un acto por el que se remite a Allah, conjurándolo para que cumpla su deseo, que es el de que bendiga a Muhammad. En otra de sus obras, el Šayj al-‘Alawî escribió:
“El Salât tiene significaciones diferentes de acuerdo a quien lo realiza y quien lo recibe. En cuanto a su significación dependiendo de quien bendice, si es Allah, el Salât es distinto del de la criatura a la que se ha ordenado que ruegue en favor del Profeta. En el caso de Allah el Salât es una acción mientras que el realizado por otro es un enunciado que no deja de ser una invocación con la que pide, en favor del Profeta, misericordia acompañada de glorificación... Partiendo de Allah, el Salât es distinto según sobre quien revierta. El Salât de Allah sobre el común de los musulmanes es diferente al que Él derrama sobre los mejores de entre ellos. “Esos son los profetas, y hemos favorecido a unos por encima de otros”, y si existe diferencia en los beneficios de los que ha hecho objeto a los escogidos, con más razón es mayor esa diversidad entre la generalidad de sus seguidores. Hay a quienes Allah ha bendecido para sacarlos de las tinieblas de la idolatría hacia la luz de la fe. A otros los arranca de la luz de la fe hacia el secreto de la certeza. A otros los extrae del secreto de la certeza para hacerles acceder al advenimiento de la Visión Inmediata. A otros los arrebata al advenimiento de la Visión Directa y desaparecen entonces las individualidades separadas y ahí Allah se apodera del bendecido “...y soy su oído y su ojo...”.
Además, yo digo que Allah ha opuesto el Salât sobre sus enviados y escogidos a la maldición que dirige a sus enemigos. La maldición significa alejamiento, expulsión, desamparo y corrimiento del velo. Por su parte, el Salât es acercamiento, inclinación, proximidad, irradiación y manifestación de Allah al bendecido de acuerdo a su merecimiento. Si el bendecido pertenece a la generalidad de los musulmanes sinceros, su participación en Allah es la inclinación de Él sobre su persona acompañada de manifestaciones de la misericordia. Si el bendecido pertenece a la clase de los escogidos, Allah mismo es su participación en la bendición, pues no le basta otra cosa: “Ese Día hay rostros resplandecientes que miran hacia su Señor”. Y entre los escogidos hay gradación según el diverso grado de la irradiación que recibe. Hay a quienes Allah se presenta con Acciones. Los hay a los que se manifiesta con sus Nombres. Los hay a quienes muestra sus Atributos. Y hay a quienes bendice con su Esencia, y este es el Signo Supremo al que Allah ha aludido en el Corán al decir: “(El Profeta) vio, de los Signos de su Señor, el Mayor”, es decir, vio el Signo Supremo de entre los Signos de su Señor...”[10].
La bendición de Allah, que Él realiza sobre (‘alà) una persona, en este caso, el Profeta, debe ser definida, pues, de entrada, el término es confuso a causa de sus múltiples usos. Algunos exegetas del Corán ven en el empleo de Salât aquí un simple sinónimo de Misericordia Posibilitadora (Rahma), con lo que solicitar a Allah su Salât sobre el Profeta sería el enunciado de un ruego: que se apiade de él y lo beneficie con abundancia. Ésta es, por ejemplo, como hemos visto, la interpretación de Mayyâra. Para otros autores, sin embargo, esta definición es insostenible porque el Corán mismo establece diferencias entre ambos conceptos. En primer lugar, el Profeta es, ya, Rahma, y aunque ésta admita aumento e intensidad, le son proporcionados junto al Sâlat, tal como enseña el Corán: “Ciertamente, tú eres Rahma para los mundos” y “Sobre ellos (el Profeta y los suyos) son las bendiciones de su Señor y la Misericordia”[11]. El Šayj escribió:
“Si el Salât sobre el Profeta fuera una misericordia con la que Allah lo favoreciera, tal como algunos opinan, habría tenido bastante con lo que Allah ha dicho de él: ‘Te hemos enviado a los mundos como misericordia’, porque él es la misericordia. Pero el caso es que él no deja de desear el Salât y buscó lo que había detrás de él. En cierta ocasión, dijo: ‘El frescor de mis ojos (mi alegría) está en el Salât’. Y también dijo: ‘Las palabras más verdaderas son las que dijo el poeta: Todo lo que no es Allah es falso’, es decir, sea lo que sea, ya se trate de algo mundanal o espiritual, es falso ante los ojos del Profeta a menos que incluya la contemplación de las perfecciones de la Esencia y las luces de los Atributos”[12].
Para los sufíes, el Salât de Allah es un Taŷallî, un Reflejo (o Irradiación del Ser) que se proyecta sobre el objeto creado con una intensidad arrebatadora y una transparencia absoluta, aniquilándolo en su pequeñez a la vez que lo sobredimensiona en su esencia muhammadiana. El Salât de Allah en el hombre es lo determinante de poderosos e intensos momentos lúcidos que inquietan al espíritu, se apoderan por completo de él y lo envuelven, lo emancipan de la materia y de los dioses, lo iluminan y lo lanzan a la búsqueda, contemplación y disfrute de su Señor, y está muy por encima de cualquier otro favor que Allah haga al hombre:
“El Salât que viene de Allah ha sido definido de muchos modos. Se ha dicho que es su elogio (con el que enaltece a alguien), su apoyo o misericordia, pero estas definiciones están lejos de la verdad porque Allah ha diferenciado entre los Salât y la Rahma al decir: ‘Sobre ellos están los Salât de su Señor y la Rahma’, por lo que ‘Salât’, al menos en este caso, debe tener un sentido más preciso a parte del general contenido en la Rahma. En caso contrario, su mención (en el versículo) sería una repetición inútil de cuya frivolidad el Inmenso Corán está muy por encima.
Lo que me parece es que el Salât procedente de Allah designa una proyección de Allah a partir de su Nombre ‘la Luz’. En el Corán se dice: ‘Él es quien os bendice, con sus ángeles, sacándoos de las tinieblas a la Luz’... En cuanto a nuestras bendiciones dirigidas al Profeta, tal como se nos ha ordenado en el Corán: ‘¡Vosotros, los creyentes! bendecidlo y saludadlo’, se trata de la invocación por la que pedimos a Allah que continúe manifestándosele con todo su Ser y derramando sobre él sus luces, para que ello redunde en nosotros”[13].
Esta Claridad de Allah, o Taŷallî, con la que ilumina y se manifiesta al Profeta, y a través de él alcanza a sus herederos espirituales, los Awliyâ’, es una impactante impresión que pocos pueden resistir. Su fuerza sería capaz de reducir a polvo las montañas: “Si hubiéramos revelado este Corán a una montaña la verías aterrorizarse y desvanecerse en el temor a Allah”[14]. El Corán es revelado a Muhammad en tanto que personificación del arquetipo universal, y, a partir de él, llega a los demás que participan así de esa bendición demoledora de lo ilusorio. Al interceder por el Profeta, el musulmán magnifica su capacidad para recibir esas bendiciones que lo llevan a alcanzar los mayores grados de experiencia mística. Si bien los Taŷalliyât pueden tener distintos grados de intensidad, aquí Salât alude a una manifestación con la que la Verdad de Allah se realiza en él mostrándose con todo su vigor.
El Profeta tamiza esa energía que entonces llega con todas sus bondades a quienes lo siguen, los Awliyâ’, sumiéndolos en la contemplación de los rayos espirituales e intuiciones primordiales que se suceden de manera gradual guiando los pasos del sufí, y que conocen intervalos que aumentan siempre su deseo por el reencuentro y embriagándolo. La experiencia del Profeta, en su dimensión histórica, sigue siendo modélica incluso en este aspecto, pues la Revelación conoció la Fatra, o interrupción momentánea, que forjaba su ánimo en una permanente expectación que lo abría por completo al espíritu.
40. Cuando tú dices: “¡Allah! bendice a Muhammad y a los suyos”, es igual que si estuvieras diciendo: “¡Allah! muéstrate a Muhammad y a los suyos”, pues, si no significara una manifestación inmediata de Allah, él no la hubiera deseado, ni nos hubiera ordenado que lo bendijéramos con ella en todo momento y circunstancia.
Lo significado por esta bendición es la proyección en él de la Identidad del Ser que reúne los Nombres y Cualidades. Esa Presencia que lo envuelve lo arrebata a la esclavitud que ata los hombres al mundo, y ese estado emancipador se convierte en su propia realidad en la mayor parte del tiempo, no satisfaciéndole entonces otra cosa que no sea su Señor, como él mismo dijo refiriéndose a esto: “Tengo un momento en el que no me basta más que Allah”. Ese momento es el de la bendición de Allah en él, es decir, el instante en el que se le manifiesta abarcándolo y elevándolo.
Él siguió pidiendo esa manifestación, y la Nación musulmana la pedirá para él hasta el último de los días. Si sólo significara misericordia, hubieran sido suficientes las palabras del Corán: “No te hemos enviado sino como misericordia para los mundos”, y la adición se refiere a lo esencial y no ya a los atributos.
La bendición arrebatadora de la que era objeto Muhammad hizo de él la reproducción válida del Profeta por antonomasia, la primera criatura y la única en sí, la que rebosó dando origen a todo lo creado. Esa verdad de lo humano en su raíz es el trasfondo que traducía su experiencia en el tiempo y el espacio de la historia. El Taŷallî que se proyectaba sobre él era el del Ser Absoluto, y no sólo alguno de sus aspectos, es decir, no únicamente algunos de sus Nombres o Cualidades sino su totalidad, por lo que quedó liberado de cualquier reminiscencia de mundanalidad. Ése es el Taŷallî al que se denomina Salât de Allah, su Luz con la que difumina lo que no es Él y proporciona después una paz esencial y una satisfacción verdadera.
La abolición de los mundos es una experiencia que sólo es soportable por una naturaleza extraordinariamente enérgica. De esto se deduce que la del Profeta no era común, sino arquetípica. Bajo esta perspectiva, muy pocos pueden llegar a tenerla y siempre en la supeditación a Muhammad, que afianza a ciertos sufíes en la contemplación. Son los Awliyâ’, sus herederos espirituales, o mejor dicho, los más distinguidos entre ellos, los Jawâss. No obstante, el modelo de la experiencia del Profeta es válido a todos los niveles, incluso en los de la experiencia mística más superficial. En este sentido, el empleo de la palabra Salât es metafórico, aunque comúnmente se utilizará el más genérico de Taŷallî, válido en cualquier caso.
41. En breves palabras, la bendición de Allah en sus siervos es el extremo que alcanza su inclinación hacia ellos y expresa también el colmo de la cercanía de los seres humanos a Él. Cuando a alguno de ellos le sobreviene esa experiencia ha logrado el todo, y con ello Allah arranca a los Awliyâ’ de la esclavitud de sí mismos conduciéndolos a la contemplación de su Señor, tal como Él mismo ha dicho: “Él es el que os bendice, con sus ángeles, para sacaros de las tinieblas a la Luz”, es decir, os saca de las oscuridades del universo hacia la Luz del Formador de los mundos, o bien, de la cadena de la alteridad al espacio abierto de los secretos.
Así, no basta un Salât, sino que se busca su sucesión progresiva, y por ello se dice que el Profeta aprovecha las bendiciones que se le desean. Sí, las aprovecha, y no le son abiertos los Jardines y sus adornos sin ellas: “Rostros resplandecientes que ese día miran hacia su Señor”. Este es el significado de la bendición, pero Allah sabe más.
El Šayj describe los Jardines y goces que anuncia el Corán a los creyentes como sucesión de Taŷalliyât, de asomos continuos -propiciados por Allah- a los Secretos (Asrâr), que son las esencias espirituales de las realidades, los lechos eternos en las que descansan plácidamente, y que introducen al hombre en el espacio infinito de la Verdad subyacente. La muerte, real o alegórica, abre ese espacio interior en el que no puede haber alteridad (Agyâr), sino Unicidad y paz: es el momento inequívoco en que el hombre, cuyo universo creado ha sido derribado por la emergencia del Uno, mira renacido hacia Allah y es iluminado por el resplandor de su Luz, y ve su abundancia en todas las cosas transformadas para él en Jardín, tal como declara el Corán en la cita que aparece en el texto[15]. El ser humano resurge de sus cenizas: remite su ser a Allah y ése es el acto desencadenante de su sabiduría y prosperidad espiritual.
Muhammad, o la esencia muhammadiana, existente en cada ser y encarnada plenamente en el último de los profetas[16], actúa entonces a modo de Hiŷâb, de Velo que protege la mirada del Wali del carácter necesariamente reductor de la Unidad, cumpliendo así su función talismánica. Sin esa mediación, el Wali sería cegado y consumido irremediablemente en la Majestad unitaria. Quien rechaza al Intermediario es hundido en el Fuego de la Privación, en la dolorosa experiencia de la abolición final de su mundo. Al negar al Profeta ha negado sus beneficios y se encuentra desprotegido ante la Violencia de Allah. En las cosas tan sólo descubrirá el Fuego desolador de su eterna inconsistencia: incluso la muerte será para él una decepcionante quimera que no mitigará su sufrimiento[17]. Las visiones de Muhammad tienen este sentido. Ante él ya había tenido lugar la Resurrección, anticipando así las experiencias de sus seguidores[18].
Pero todo depende de Allah, incluso el mismo Profeta. A pesar de su alta función, no es más que una criatura y necesita del soporte de su Señor. Y conviene recordarlo y asentarlo en la memoria para evitar desviaciones, aunque no haya dudas acerca de su rango. Aun cuando se sospeche que de nada sirve -pues ya es favorecido por su Señor-, se ruega por él. Es más, su simple existencia delata ese favor:
“Cuestión: La utilidad de la bendición y el saludo, ¿revierte exclusivamente en quien los dirige al Profeta porque exteriorizan la sinceridad de su intención y su amor hacia él, no siendo otra cosa que una invocación con la que busca acercarse y satisfacer a Allah, redundando ello a su favor al ser un ruego desinteresado con el que desea un bien sin pedir de modo inmediato nada para él mismo -tal como han opinado Ibn al-‘Arabî, al-‘Izz Ibn ‘Abd as-Salâm y el Šayj as-Sanûsî-? ¿O bien sirve de provecho al Profeta cuyo grado sería alzado por Allah respondiendo a la solicitud de los musulmanes, aumentando su nobleza y satisfaciendo así el ruego de la Nación, pues no hay criatura que no admita aumento del favor de Allah -y esta es la opinión del Imam al-Qurtubî y al-Qušayrî-?
Estos dos extremos pueden ser conciliados del siguiente modo: En el primer caso se está incidiendo en la necesidad de la cortesía que orienta adecuadamente al hombre, mientras que en el segundo caso se subraya la capacidad infinita de Allah y su generosidad sin límites”[19].
Al margen de estas consideraciones, lo importante a destacar de las palabras del Šayj es la prioridad de la intervención de Allah: es Él el que bendice al hombre y lo acerca a Sí y a su contemplación. El que se inicia en esa búsqueda cree al principio que ha hecho una elección. Y desea que Allah la culmine, y por ello le ruega que bendiga a Muhammad, dimensión mística en la que se producen esos encuentros. Allah responde siempre al deseo del hombre, que descubre al final de su proceso que en ningún momento ha dejado de ser bendecido, que su principio mismo había sido una elección de Allah. La bendición última, el Salât de Allah, la oración que Allah hace en él, es la llegada a la cumbre de la búsqueda, y siempre es desconcertadora y a punto está de sumir al sufí en la locura, dejándolo sin recursos con los que organizar de nuevo un mundo equilibrado en el que estar seguro. Por ello, lo que pide en el fondo es que esa Bendición (Salât) vaya seguida de Paz (Salâm), que es un retorno sin conflictos al universo que le corresponde por naturaleza.
42. En cuanto al saludo de paz de Allah en sus siervos, significa que les proporciona seguridad y firmeza en el seno de la manifestación que antes se había apoderado de ellos. Y, así, el hombre no debe pedir a Allah la bendición del Salât sin más, sino pedirle bendición y paz. Y no debe expresar el deseo de ser saludado por la paz antes de buscar la bendición, porque el saludo representa firmeza y solidez y debe ser precedido por la inquietud del Salât.
Sucede a veces que Allah bendice a algunos de sus siervos y deja para más tarde la paz, y esa proyección les produce en ese caso una alteración, que se traduce en un profundo desgarro, espasmos de terror y temblores. Su nerviosismo aumenta progresivamente y se abandonan a los gritos, y acaban divulgando palabras impropias para los oídos de los que no pertenecen a este grado del entendimiento. Son entonces objeto de agravios y acusados de desafuero.
Ello ocurre cuando la bendición de Allah no es acompañada por paz en ellos. Si Allah quiere protegerlos y guardar a sus semejantes de la discordia, hace que la bendición vaya seguida de paz. Y entonces se calma su miedo y se hace recto su proceder siendo su aspecto externo conforme a lo aceptable por las criaturas mientras que su mundo interno está junto a Allah, reuniendo así dos contrarios. Se trata de los conocedores de las normas que impone cada uno de los rangos. Estos últimos son los herederos de los Profetas.
El Salât que Allah realiza en el hombre, o mejor, sobre el ser humano, abarcándolo e imponiéndosele de modo absoluto, lo enajena de sí, aniquilándolo y reduciendo su existencia a la nada originaria, a la verdad de sus quimeras. El hombre es desposeído de sus facultades y cualidades y poseído por su Señor, teniendo lugar un encuentro (Wusûl) en la intimidad de Allah, una llegada a Él que supone la desaparición necesaria y fulminante de toda alteridad.
Ese encuentro, aunque terrible, es siempre evocado por los sufíes con nostalgia de enamorado: es una emoción sentida cuyo recuerdo les eriza la piel. Quien tiene esa experiencia es llamado Wâsil, el que ha llegado al término de su viaje espiritual o Sulûk: ha abandonado en ese supremo instante el mundo de los fenómenos sumergiéndose en la contemplación directa de los significantes. La Nada, que es el ser humano creado, queda fuera, abandonada a su suerte y entre agonías, y lo que accede de él al recinto vedado de Allah es la Verdad que lo sostiene, su Sí Mismo o Corazón, pues es designado de muchos modos dependiendo de la perspectiva. Una de ellas es la de su universalidad, y esa Realidad es llamada entonces Esencia Muhammadiana.
El Salâm, la paz o salud, es una segunda intervención de Allah con la que sosiega y confiere consistencia al corazón que se asoma a Él, lo cual redunda en un notable apaciguamiento, en una quietud que relaja su cuerpo y pone cordura en su vida. El Salât había sido una inmersión en el Vino In manifiesto, en la Unicidad negadora; y el Salâm posterior es contemplación del Vino Manifiesto que afirma el ser del aspirante. De la exacta combinación entre Salât y Salâm surge el sabio completo, el Hombre Universal o Insân Kâmil, capaz ya de comunicar correctamente sus experiencias, convirtiéndose en maestro y guía autorizado, en Šayj que inaugura una senda, la suya, hacia Allah.
El Salâm es definido en los siguientes términos: Amân o seguridad, Tabât o firmeza y Tamakkun o consolidación. Sus exactos contrarios están en el Salât. El Salât va primero porque libera al hombre en Allah pero lo desestabiliza al arrancarlo de lo habitual, operación a la que se alude con el término Fitâm o destete. El maestro sufí es llamado entonces Fâtim, el que desteta, porque su labor consiste en erradicar los apegos de su discípulo e irlo preparando para el Taŷalli de Allah, pero que no por ello deja de ser una irrupción violenta en él. El Salâm lo afianza en esa percepción de la realidad, dotando al aspirante de un juicio y una sensatez que sustituyen a las que le ha arrebatado la inmersión en el Nombre de su Señor.
El desconcierto que produce el Salât, o Taŷalli, desarticula los recursos con los que cuenta el ser humano para analizar cualquier situación, lo hunde en una perplejidad paralela a la inmensidad creciente de Allah, una estupefacción que se manifiesta en la pérdida de la compostura. Ésta es la causa de muchas expresiones equívocas que han originado críticas rotundas hacia el Tasawwuf. El arrebato (Ŷadb), la perplejidad (Hayra), o el asombro (Dahša), que convierten al sufí en un loco de Allah, son estados disculpables porque no dependen de la voluntad[20], pero no tiene por qué entenderlo el que es ajeno al círculo. Por ello se aconseja una discreción que debiera apartar a los extraños de las sesiones de Dikr. Sin embargo, este recelo entra en conflicto con un arraigado sentido de la hospitalidad que prevalece, por lo que detener la divulgación de los secretos es prácticamente imposible, y más teniendo en cuenta que el arrebato no sólo puede producirse durante las sesiones en intimidad, sino que llega a convertirse en naturaleza predominante en algunos.
La sucesión armoniosa de Salât y Salâm crea la figura del sabio equilibrado, el Wali, verdadero heredero (Wârit) del Profeta, interiormente abandonado a su Señor y externamente respetuoso con el entendimiento de la gente. Se convierte así en adecuado guía y crea un entorno en el que es soberano: posee un autodominio que le permite valorar las circunstancias y distinguir entre las exigencias de cada uno de los rangos en los que existe, pues la experiencia del sufí no entraña repudio hacia el mundo, sino que lo confirma desde Allah. Estos sabios perfectos son llamados herederos del Profeta porque son receptáculo de su experiencia más personal y de su caudal más rico.
43. A estas nobles moradas las llaman los sufíes embriaguez y sobriedad, extinción y permanencia, y otros nombres técnicos. La embriaguez designa la bendición de Allah en ellos, y la paz es entonces la sobriedad que sigue a la inmersión en la contemplación de su Señor. Y, además, has de saber que en los Profetas ambas experiencias se dan simultáneamente o, bien, en un orden estricto. Pero en el caso de los Awliyâ’, a algunos les sobreviene la bendición sin ir acompañada de paz, y a este grado se le llama embriaguez, como hemos declarado, y hay quienes mueren en este estado, pero también hay quienes vuelven a sus sentidos con su mundo interior bien asentado en la embriaguez: “A todos, a unos y a otros, les concedemos en abundancia de los dones de tu Señor. Los dones de tu Señor no están vedados”.
Expresado de modo sucinto, la bendición de Allah en sus amados es un término que expresa la llegada y la reunión con Él, del mismo modo en que la maldición de sus enemigos alude a la lejanía y la ruptura, ¡Allah nos preserve de ello, a nosotros y a todos los musulmanes!
La existencia de una gran reserva en la expresión para evitar mal entendidos ha llevado al florecimiento espectacular de una terminología técnica específicamente sufí. Aunque el Profeta es, sin duda, el modelo ideal en el que se contempla la imagen de la plena realización mística, es cierto que sus circunstancias eran especiales y su grado del todo distinto al que puede alcanzar el Wali, pues él fue el Elegido (Mustafà), y no un aspirante. El vocabulario que proporciona nombres a esa experiencia sólo es empleado con una enorme cautela y en sentido estrictamente metafórico.
Por todo ello, se prefiere emplear un vocabulario distinto, más asequible al entendimiento personal y directo, además de contar con la ventaja adicional de evitar pretensiones inadmisibles en el Islam, pues el Profeta es irrepetible a causa de su singularidad. Y, así, la bendición o Salât recibe en el lenguaje particular de los sufíes el nombre de embriaguez (Sukr) o extinción (Fanâ’), y su compañera complementaria y siguiente, la paz (Salâm), es llamada sobriedad (Sahw) o permanencia (Baqâ’)[21]. Son aniquilación y resurgimiento, muerte y resurrección, desvanecimiento de lo ilusorio y hegemonía de lo real, resultados de Taŷaliyyât, de manifestaciones de Allah, aniquiladoras (en el caso del Salât) o revivificadoras (en el caso del Salâm). Ibn ‘Aŷîba explica así el sentido de esos términos:
“El Saboreo (Dawq) viene tras el conocimiento de la Realidad y con él se alude al relampagueo de las luces de la Esencia Atemporal ante la razón, ausentándola a la visión de lo contingente para sumergirla en las Luces Antiguas. Pero esto no dura: unas veces brillan y otras se ocultan, y el contemplador entra y sale. Cuando esas Luces brillan, el sujeto pierde la sensibilidad física, y cuando desaparecen vuelve al sentido y a la conciencia de sí. Esto es a lo que (los sufíes) llaman Saboreo.
Si la presencia de esa Luz se mantiene una o dos horas, la experiencia pasa a llamarse Bebida (Šurb). Si continúa sin interrumpirse se denomina Embriaguez (Sukr), lo que determina la desaparición de las formas, y también recibe el nombre de Extinción (Fanâ’)
Si el aspirante vuelve después a la contemplación de los vestigios materiales, viéndolos sostenidos por Allah, y que las cosas son Luces de Allah, entonces ha alcanzado el rango de la Sobriedad (Sahw), al que también se da el nombre de Riego (Riy) y de Permanencia (Baqâ’). Las cosas pasan a permanecer tras haber sido aniquiladas. Se le llama también rango de la Extinción de la Extinción (Fanâ’ al-Fanâ’), porque el contemplador sabe que ahí no hay nada por sí, aparte de la ilusión y la ignorancia, que no tienen realidad.
Al-Qušayrî dijo: ‘Has de saber que la Sobriedad depende de la elevación del valor del Embriaguez. Todo aquel cuya Embriaguez haya sido en la Verdad tiene Sobriedad en la Verdad. Y aquél cuya Embriaguez haya estado mezclada con alguna participación dudosa, su Sobriedad estará acompañada de un defecto. Quien es auténtico en su experiencia espiritual es afortunado en la Sobriedad’. Y después añadió: ‘Quien ama con fuerza eterniza su Bebida. Allah guarde a quien dijo: He bebido una copa tras otra / y ni la bebida se agotaba ni yo me saciaba’...”[22].
En los profetas, ambos extremos, la bendición y la paz (o bien la embriaguez y la sobriedad, la extinción y la permanencia), son estados espirituales simultáneos o, en todo caso, se suceden de modo perfecto, salvaguardando siempre el carácter majestuoso de su apariencia, capaz de infundir un extraordinario respeto. Esta circunstancia acompaña necesariamente a la misión profética cuya dimensión pública es fundamental. Sin embargo, por lo general, se priva a los Awliyâ’ de ese privilegio, puesto que, al fin y al cabo, no tienen porqué prestar una excesiva atención a la opinión que haya sobre ellos. Sólo los destinados a un especial magisterio son capaces de controlar los excesos de un mundo interior intensamente agitado. Estos son los verdaderos herederos del Profeta, pues en ellos se cumple, aunque en grado menor, el estado espiritual de su maestro arquetípico. Pero, en cualquier caso, tanto unos como otros, los ebrios y los sobrios, disfrutan de lo esencial que es el asomo a los Jardines del Creador en los que son agasajados con sus dones, tal como señala el versículo del Corán que el Šayj trae a colación[23]. Invita con ello a una profunda consideración hacia los Awliyâ’, cualquiera que sea el modo con el que se presenten ante sus semejantes, evitando dirigir contra ellos acusaciones que sólo impedirían de antemano al censor reconocer el Favor de Allah que son capaces de trasmitir al ser ellos sus depositarios.
El desafecto hacia los Awliyâ’ es tenido por una actitud que condena a la privación (Hirmân). Según un conocido hadiz, Allah ha dicho: “Yo declaro la guerra a quien muestra enemistad hacia alguno de los que han intimado conmigo”. La mera presencia de los que han intimado con Allah, los Awliyâ’, conlleva un desbordamiento de la bendición de la que gozan y que alcanza a los que les rodean, pero que no aprovecha al que se indispone contra ellos. Esa fecundidad les llega del Nicho de la Profecía (Miškât an-Nubuwwa)[24] de la que beben y donde se encuentran con la Realidad de Muhammad, siendo alumbrados allí por una luz que los engrandece haciéndoles recoger el secreto del Mensajero que consiste en comunicar lo que hay en Allah, que es abundancia.
Los Awliyâ’ son los que se han acercado a Allah hasta el extremo de intimar con Él y difuminarse en ese encuentro para renacer transformados. Han realizado lo que el Šayj llama la llegada (Wusûl) y la reunión (Iŷtimâ‘). La dirección opuesta, la de los enemigos (A‘dâ’) que son el objeto de la maldición (La‘na), conduce irremisiblemente al distanciamiento (Bu‘d) y a la ruptura (Inqitâ‘), aludiendo estas expresiones a la privación con la que el ser humano se aparta y es apartado de todo bien y de toda riqueza espiritual.
Para finalizar este apartado, el Šayj al-‘Alawî resumió en su libro Dawhat al-Asrâr lo que pretende decir alguien que bendice al Profeta:
“Es como si estuviera diciendo: Oh, Allah, tú sabes lo que quiere de ti tu Profeta y que él sólo desea la contemplación de tu Belleza. Inclínate en su favor, aproxímate a él, date a conocer e irradia sobre él todas las perfecciones esenciales que hay en tus proyecciones activas -también puedes decir, materiales y espirituales-, y sé constante en ello por siempre; permítele disfrutar de ti y dale seguridad y paz en los advenimientos de esa irradiación tuya sobre él de modo que lo que espera de ti no salga fuera de lo que esperas de él.
Esto último es la sutileza y la preservación que necesita con prioridad todo el que llega a Allah y que la ley revelada llama Paz (‘el saludo en el Jardín es: Paz’) que es el saludo de las Gentes del Paraíso. Todo el que disfruta de un favor de Allah pide salud en él, por ello debe rogarse en favor del Profeta bendición y paz para que haya armonía y sea pleno el goce del favor con el que Allah colma a quien bendice, pues la bendición, aun siendo un favor, no es duradera a menos que la acompañe la paz.
De acuerdo con el rango de la bendición es la altura de la paz, y la bendición va por delante, porque la bendición significa que Allah se vuelve hacia el bendecido en conformidad a sus merecimientos mientras que la paz es que en esa relación haya protección, y esa salvaguarda depende de aquello que protege...”[25].
[1] Mayyâra, Mujtasar, p. 4.
[2] Ver: al-Gazâlî Ihyâ’ ‘Ulûm ad-Dîn, pp. 262-263.
[3] En el libro Afdal as-Salawât, Yûsuf an-Nabhânî enumera los versículos coránicos y hadices que animan a los musulmanes a realizar la práctica del Salât ‘alà n-Nabî.
[4] “Mi señor Ahmad, oh Muhammad -Allah te bendiga-, / tú das fuerzas al corazón y en ti crece. / No me prives, oh Muhammad, del brillo de tu rostro. / ¿Acaso no me ves sangrar mis heridas? Pero sigo aguardando. / Mis entrañas son apasionadas y esperan tu visita. / Creía que vendrías y volverías otra vez, / ¿qué te sucede? / Me has vuelto la espalda, oh glorioso -¡Allah te complazca!-. Pasan los días mientras pugno contigo. / La vida se agota pero tengo seguridad en ti. / Sabes que por naturaleza soy insistente, ¿cómo podría desesperar de ti? / ¡Por Allah te juro! No dejaré de bendecirte. / Aunque viviera eternamente, no renunciaría a ti / ¡Ojalá con esto llegue a contemplar el resplandor de tu rostro! / Al-‘Alâwî no apostata ni deja de desearte...”. Al-‘Alawî, Dîwân, p. 87.
[5]. El nombre propio del Profeta es Muhammad, pero también se le conoce como Ahmad. Además, otra gran cantidad de nombres y títulos se le aplican, entre ellos el de Tâhâ, tomado del Corán y que son las iniciales de Tâhir, Puro y Hâdî, Guía.
[6] ibn Kîrân, Šarh, p. 16.
[7] Véanse las pp.133-142 del capítulo titulado Los siete profetas de tu ser en el libro de Henry Corbin El hombre de luz en el sufismo iranio.
[8] “Toma el camino, oh aspirante a la proximidad, / y sigue a un guía que te conduzca a la Presencia del Árabe / ¡Cuida no desviarte de la senda del amor! / Beberás de un licor refrescante, un Vino que se te dará a beber./ -¡Oh frescor del atardecer, saluda a Tâhâ!- / El escanciador del Vino en la Presencia de la Inefabilidad / es Tâhâ el Imam, que hace olvidar el Vino / .. La Belleza de la Esencia es Muhammad al-Hâdî, / la Luz de las Cualidades, mi tesoro en el que me apoyo....”, al-‘Alawî, Dîwân, p. 84.
[9] “Él y sus ángeles os bendicen (yusallî ‘alaykum)”, Corán XXXIII-43.
[10] Al-‘Alawî, Dawhat al-Asrâr, pp. 9-13.
[11] Corán, XXI-107 y II-157.
[12] Al-‘Alawî, Dawhat al-Asrâr, pp. 12-13.
[13] Muhammad Bahâ’ ad-Dîn al-Baytâr, an-Nafâhât al-Aqdasiyya, pp. 10-11. Las últimas citas coránicas están en XXXIII-43 y XXXIII-56.
[14] Corán, LIX-21.
[15] Corán, LXXV-23.
[16] Una expresión coránica frecuente describe al Profeta como surgido de entre los hombres. Véase, por ejemplo, en IX-128.
[17] Según un célebre hadiz, hasta la muerte habrá de morir. Sólo Allah es Absoluto.
[18] Véase el comentario de Ibn ‘Arabî al primer versículo de la Sura XVI, en Tafsîr, p. 671, vol. I.
[19] Ibn Kîrân, Šarh, p. 16.
[20] Al-Gazâlî, Ihyâ’ ‘Ulûm ad-Dîn, capítulo sobre el Samâ’, pp. 211-213, vol. III.
[21] Sin embargo, estas designaciones no son arbitrarias sino que han sido entresacadas de versículos coránicos. Véase, por ejemplo, XXII-2.
[22] Ibn ‘Aŷîba, at-Tašawwuf, p. 36.
[23] Corán, XVII-20.
[24] Corán, XXIV-35. Se trata del Signo de la Luz, extensamente comentado a lo largo de la historia del Islam, en el que se describe al Hombre como un nicho en el que resplandece la luz de Allah. Ver el comentario de Ibn ‘Arabî en Tafsîr, 139-140, vol. II.
[25] Al-‘Alawî, Dawhat al-Asrâr, pp. 15-16.