LOS PRIMEROS VERSOS
2. LA ALABANZA
Tal como enseña la Tradición, todo texto o acción deben ir encabezados por la Basmala a la que sigue el Hamd, la Alabanza, y entorno a éste segundo concepto gira el tema del siguiente verso de la Manzûma de Ibn ‘šir:
2. Alabanzas a Allah que nos ha trasmitido
el conocimiento de aquello de lo que nos ha encargado.
El Hamd es el acatamiento de lo creado al impulso de su Creador, la respuesta espontánea a su mandato. Existir es elogiar. El Hamd es lo que el reflejo al estímulo: Allah ha actuado y el mundo ha surgido obedeciendo la Orden existenciadora y pasando a vivirla y expresarla. El universo ya de sí es alabanza por ser su actualidad misma testimonio y evidencia del Poder Determinante. Sigue en orden a la pronunciación del Nombre Singular al igual que la creación aparece secundando al Primero. Si la Basmala era la mención del origen indeterminado hasta el que se retrotrae el sufí, el Hamd representa la presencia contundente de lo material y la raíz de la que deriva la palabra Muhammad, el Profeta que inaugura, cierra y es cumbre de la perfección y plenitud humana.
Hay correlación entre estas dos expresiones, la Basmala y el Hamd, y los términos de la Šahâda. La afirmación de la Unidad y la función profética de Muhammad como anunciador y sello de su Acción. En el hombre, la alabanza -la existencia- se intensifica al hacerse consciente, y los exegetas del Corán dicen que la plenitud del Hamd está en ser pronunciado por la lengua, extremo final de la creación y traductora de las verdades internas[1]. La alabanza silenciosa es inmersión, y la sonora es exteriorización, estando más en conformidad, por tanto, con el objeto de la existencia.
El Hamd está vinculado a la sabiduría. Ya hemos visto su relación con la conciencia: elogiar a Allah es reconocimiento, en los dos sentidos de la palabra, ‘gratitud’ y ‘saber’, que se complementan perfectamente. El elogiador pleno, el Hombre, lo es porque ha diferenciado y singularizado a Allah, ha percibido su acto creador que lo sostiene todo, y ha enfocado hacia Él su aspiración. La intención con la que trasciende, con la que busca la Verdad velada tras las formas, es el Hamd propio y exclusivo del ser humano. Al profundizar en el Tawhîd, en la esencia de la Unidad, el hombre descubre que ha sido cargado con esa inquietud. Encuentra que su anhelo le viene de su Señor, que es Acto de Allah en sus profundidades, un deseo de Allah por Allah, y emprende entonces un camino que de igual modo le ha sido inspirado por su Señor, pues, al fin y al cabo, sólo Él es Verdad.
38. La Alabanza, aquí, es referida al Nombre en el que se apoya el primer verso, porque el Nombre, para los sufíes, es la determinación formal del Nombrado. Por todo lo dicho hasta ahora, cuando a este evocador le sobreviene la inmersión en el Nombre, de modo que sus cualificaciones humanas se obliteran en las de su Señor y sus defectos se diluyen en lo elogiable, que es su Señor, y se hace con ello sabio al emanciparse de las cadenas de su ignorancia, entonces proclama: “Alabanzas a Allah que nos ha enseñado”.
Antes de esto su ciencia era a partir de sí mismo, pero al hablar con su Señor no hay reparos en que se adjudique el saber: sus atributos han sido recubiertos por los de Allah y su ser se ha plegado en el Ser de Allah, e informa entonces acerca de sí anunciando su conocimiento. Si lo hubiera proclamado antes, su ciencia sólo hubiera sido manifestación de ignorancia, pues quien dice de sí mismo: “Yo soy sabio”, es ignorante.
Los sabios a través de Allah no dicen de sí poseer conocimiento alguno hasta no haber alcanzado este Rango. Además, has de saber que la ciencia se divide en dos clases, una ciencia adquirida y otra obsequiada. La adquirida se refiere a las normas, y la obsequiada se refiere al Revelador de las normas, y ya hemos dicho antes que la ciencia es noble en función de la nobleza de su dato.
La cuestión de si el nombre sustituye o no al objeto nombrado suscitó en el Islam tempranas discusiones a distintos niveles[2]. El Šayj se inclina a favor de la opinión, mayoritaria entre los sunníes, que afirma la identidad de ambos, por lo que la expresión Bismillâh, Con el Nombre de Allah, significaría Con Allah, y elogiar el Nombre sería elogiar al Designado por él. Esta identificación es lo que hace efectiva la práctica del Dikr, que se convierte con ello en un conjuro. Y, así, cuando el Corán ordena glorificar el Nombre de Allah está invitando a un ejercicio de abstracción que conduzca al elogiador hasta la presencia de la Unidad[3].
Pero hay más: la expresión el Nombre es la determinación del Nombrado, quiere decir que cuanto existe y es nombrable por el ser humano no es sino imagen y reproducción de un Nombre de Allah, es decir, de alguna de sus capacidades. El Profeta dijo: “Allah ha creado al ser humano a su Imagen”. Todo lo que existe es, necesariamente, a imagen de alguno de los aspectos de Allah, concretándolo en un instante determinado. La criatura es el momento efímero de lo Eterno: “Todo muere, salvo su Faz”[4], y esa Faz de Allah es el aspecto determinante y el Nombre expresado[5].
El sufí, a través del ejercicio constante de la Evocación, alcanza un estado tal de inmersión y desapego en el Nombre que es arrancado de sí y transportado al Quds, a esa dimensión inefable en la que sólo está Allah Insondable (Quddûs). Deja atrás su naturaleza creada y se sumerge en aquello que es su propio soporte. Descubre que, en efecto, él ni existe ni jamás ha existido ajeno a esa Realidad sino que, por siempre, tiene sentido exclusivamente el solo Ser Verdadero del que es proyección. Se convierte entonces en sabio, pero su saber no está limitado por sus propias condiciones, todas ellas enraizadas en la confusa Nada original del hombre, sino que es un saber a través de Allah, y él se transforma en un ‘Ârif billâh, en un conocedor con Allah.
Para un gnóstico, toda ciencia humana es esencialmente ignorancia: nada puede saber el que carece de existencia real, o bien su saber es parcial y referido al mundo en el que subsiste en precario, un conocimiento de normas externas (Ahkâm) que rigen el desenvolvimiento de la vida, y no de las esencias (Haqâ’iq) de las que emergen las normas. El Šayj al-‘Alawî, con estas amonestaciones, invita a los sabios a ser humildes, pues con frecuencia la soberbia se apodera de ellos, una soberbia que es un síntoma más de la fragilidad de sus saberes. En definitiva, sólo convirtiéndose en medio de Allah, es decir, despejándose en la práctica del Dikr, el ser humano llega al Rango (Maqâm) en el que se convierte en transmisor del Ser que subyace siempre oculto entre los pliegues de su existencia formal.
El Hamd, la alabanza, es expresar el Maqâm o Rango del Ser interior[6]. Tiene dos niveles, el de su repetición como Dikr cuya función es desatar su significado en el que el hombre acaba contemplándose, lo que constituiría ya el segundo nivel donde traduce un estado del corazón y no sólo un deseo o intuición. En primer lugar es una práctica consistente en un desnudamiento (Tajliyya) de todo lo impropio que impide al aspirante convertirse en vehículo idóneo de Allah[7]; y, en segundo lugar, consumada la Tajliyya, el evocador iría asumiendo en sí las Cualidades Nobles sugeridas en los Nombres de Allah en un proceso de revestimiento (Tahliyya), siendo absorbido por el Uno hasta dejar de existir como supuesta realidad autónoma en el espejismo del mundo[8]. Esta transfiguración realizada en el acto de la alabanza va mostrando al ser humano aquello que hay depositado en él mismo, los tesoros que guarda. Descubre, así, bajo la forma de una develación (Kašf), los secretos de su Señor, los Nombres que son el fundamento de su realidad fáctica: son las ciencias del mundo interior del hombre, y, por extensión, las de todas las criaturas.
El Profeta es el modelo ideal de estos desarrollos. Aunque el carácter especial de su misión le dispensase de la necesidad del ejercicio espiritual de la Tajliyya y la Tahliyya -pues él fue escogido y depurado previamente, en lo eterno- su historia personal y las circunstancias en las que tiene lugar su iluminación sí ejemplifican la trasformación a la que se ha aludido: decide retirarse a una cueva en la que se dedica a prestar atención a su Señor, despojándose de lo que desviara su orientación -intención actualizada por el ayuno-, hasta que, subyugado por el Recuerdo, es sobrecogido por la repentina irrupción y desbordamiento de un modo intenso y violento de Revelación (Wahy).
[1] Ibn al-‘Arabî, Tafsîr al.Qur’ân al-Karîm, p. 9, vol I.
[2] Ver al-Gazâlî, al-Maqsid al-Asnà, p. 9.
[3] Ver, por ejemplo, el comentario de Ibn ‘Arabî a LXXXVII-1, en Tafsîr, p. 795, vol. II.
[4] LXVIII-88.
[5] Muhammad Bahâ’ ad-Dîn al-Baytâr, an-Nafahât al-Aqdasiyya, pp. 4-10.
[6] “La Alabanza Presente es la que se realiza con el espíritu y el corazón cuando se revisten de plenitudes de saber y acción haciendo suyos los comportamientos de Allah” (al-Ŷurŷânî). Cita en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 77.
[7] “La Tajliyya consiste en volver la espalda a las circunstancias que ocupan al ánimo tanto interna como externamente, y se lleva a cabo eligiendo el retiro, prefiriendo la soledad y sometiéndose a la unidad” (at-Tûsî). Ver la cita completa en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 59.
[8] La Tahliyya es sacar afuera lo que hay de bueno en el interior. El Profeta dijo: “La sinceridad no se alcanza artificialmente ni es resultado de un vano deseo. Es lo que está firmemente asentado en el corazón cuando lo traducen los actos”. Un sufí dijo: “Quien se reviste con adornos que no son suyos es avergonzado por los testimonios de las pruebas a las que Allah lo somete”.