المنح القدوسية

 

AL-MINAH AL-QUDDÛSIYYA

 

Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî  

 

TEXTO DEL POEMA PEDAGÓGICO DE IBN ‘ŠIR

 

 

CAPÍTULO I

 LOS PRIMEROS VERSOS

  

            Los primeros cinco versos de la Manzûma de Ibn ‘šir constituyen la presentación que hace este autor de sí mismo y de los temas que va a tratar en el resto de su composición didáctica. En esta introducción se atiene a las líneas ya señaladas en la declaración inaugural del Comentario del Šayj al-‘Alawî, y apenas merece la atención de Mayyâra. Pero el maestro sufí sí encuentra elementos interesantes en estos preliminares, y los analiza con cierta profundidad y detenimiento. Para él, los cinco versos iniciales prefiguran saberes y actitudes indispensables a la hora de iniciarse en el Tasawwuf, y son una llamada al esmero que es conveniente tener en cuenta.

            Con el Šarh de al-‘Alawî, la presentación de Ibn ‘šir deja de ser una simple formalidad y se transforma en un tema independiente en el que se subrayan conceptos generales de gran trascendencia. Las palabras del poema son respaldadas por la vivencia del Šayj. Estos ejes de la reflexión sufí, cada uno de los cuales ocupará un verso, son los siguientes:

            1- El Nombre de Allah y su rememoración, referencia primordial, punto de partida y meta final.

            2- La Alabanza como sabiduría, y también como sentido y esencia del ser humano y camino hacia la propia realización y el conocimiento de Allah.

            3- Los estados espirituales del Profeta en tanto que modelo y síntesis de los sucesivos pasos que da el sufí en su orientación hacia la Verdad.

            4- La entrega y apertura absolutas a Allah, condiciones para una verdadera experiencia espiritual y una gnosis auténtica.

            5- Por último, los tres niveles del saber y la acción del sufí, y que son la Ley, el Camino y la Realidad (Šarî‘a, Tarîqa y Haqîqa), los cuales, en su conjunto, configuran el Dîn del Islam, la Senda de la Rendición.

            Casi todos ya han sido vistos de alguna manera en el primer capítulo de este trabajo. Aquí nos detendremos en el análisis que el Šayj hace de los mismos, justificando con sus palabras lo dicho y avanzando en la concreción de los puntos más importantes, imprescindibles para abordar con entendimiento el estudio de la ‘Aqîda, la Doctrina de la Unidad..

            En el resto del libro se va a insistir con frecuencia en estos asuntos, por lo que las líneas generales que son perfiladas en estas primeras páginas de Šarh son fundamentos a los que habrá que volver en esas ocasiones, para una interpretación adecuada del conjunto del pensamiento de al-‘Alawî.

 

  

1. EL NOMBRE DE ALLAH

  

            En el primer verso de la Manzûma, el autor, Ibn ‘šir, cita su nombre y el de Allah, obedeciendo con ello el hadiz que enseña que es incompleto y estéril todo acto que no sea encabezado por la Basmala, es decir, por la fórmula coránica Bismillâh, Con el Nombre de Allah:

 

            1. Dice ‘Abd al-Wâhid Ibn ‘šir,

            empezando con el Nombre de Allah, el Poderoso:

 

Mayyâra sólo señala la importancia del dato. En su opinión, una obra anónima carece de valor y autoridad[1], y, a su vez, la mención del Nombre de Allah cumple con la exigencia de la Tradición islámica. Ibn Kîrân, otro de los comentaristas de la Manzûma, nos dice que al principio de las obras deben aparecer dos nombres, el de Allah como autor real de todo, y el nombre del autor humano que sirve de medio a alguna expresión concreta de la acción de Allah. Puntualiza, además, que el escritor no incurre en falta de modestia al citar su nombre propio y reivindicar la autoría porque sigue el ejemplo del Corán que, al empezar con la Basmala, afirma el origen del Libro. El Corán comienza con una declaración de Allah con la que se presenta, ya que los anónimos, como ha quedado dicho, no ofrecen confianza. Ibn Kîrân añade que la aparición del nombre del autor humano significa una valoración positiva del saber, que es motivo de un orgullo legítimo:

El Corán dice: ‘Sólo temen verdaderamente a Allah, de entre los hombres, los sabios’, y al-Bujârî ha transmitido, a partir de ‘Âiša, las siguientes palabras del Mensajero: ‘El más temeroso y el más sabio de entre vosotros soy yo’. Y es porque darse a conocer es, por parte del sabio, un acto de gratitud al exteriorizar el favor que le ha sido brindado. Allah lo ha distinguido haciéndolo sabio, y escribir libros es sancionar un bien recibido, y eso es gratitud. En un hadiz, el Profeta ha dicho: ‘Si Allah favorece a un ser humano, quiere que esa bendición sea evidenciada’.

En otra ocasión, el Profeta dijo: ‘No es de los nuestros quien no se enorgullezca de la ciencia’, y al-Aŷhûri comentó estas palabras diciendo: ‘No es del número de los musulmanes quien crea que Allah no lo ha honrado al depositar conocimiento en él’. No se refiere, por tanto, a despreciar a los demás y ser arrogante, pues esas actitudes no están permitidas en el Islam. A ese orgullo legítimo se refirió el Profeta cuando dijo: ‘Yo soy el señor de los hijos de Adán, y no es vanagloria’. Así deben ser entendidas las expresiones orgullosas de los sabios del Islam: con ellas dirigían la atención de su auditorio sobre la grandeza y generosidad de Allah, y hablaban de la distinción con la que habían sido honrados, dando valor al saber. Muhammad dijo: ‘Yo soy el Profeta, y no es mentira’, afirmando el bien con el que su Señor lo había colmado...

Por otra parte, al citarse a sí mismos, los autores enseñan que es importante reconocer a los maestros, así como atribuirles el mérito de los conocimientos que se adquieren gracias a ellos, mostrándoles el respeto debido y elogiándolos, invocando a Allah en su favor, porque son nuestros padres en el Islam. Si no fuera por ellos el saber se hubiera extinguido. Y ha sido dicho que el que no sabe dar las gracias a la gente, no sabe darlas a Allah. Muhammad dijo: ‘Gratificad a quien os hace un favor, y, si no podéis, al menos rogad a Allah por él’. Además, estimarlos es enaltecer en realidad al Profeta: ellos son sus delegados entre nosotros...”[2].

Del autor de la Manzûma , Mayyâra ofrece la siguiente semblanza:

Se trata de ‘Abd al-Wâhid Ibn Ahmad Ibn ‘Ali Ibn ‘šir, al-Ansârî  de genealogía, al-Andalusí de origen, al-Fâsi de residencia. Fue -Allah se haya apiadado de él- un sabio que actuaba conforme a la altura de su vasto conocimiento, y un asceta de saberes enciclopédicos. Era experto en fonología aplicada a la lectura del Corán, gramática, exégesis, morfología y sintaxis, ortografía coránica, filosofía, fundamentos legales y jurisprudencia, medición del tiempo y astronomía, notaría, lógica, retórica, métrica, medicina, y otras ciencias. Realizó la peregrinación y combatió en las fronteras del Islam, hacía frecuentes retiros y pasaba en vela buena parte de la noche entregado a la meditación. Tuvo numerosos maestros y redactó obras útiles. Murió la tarde de un jueves tres del mes de Dû l-Hiŷŷa del año mil cuarenta (de la Hégira)[3].

            A continuación Mayyâra menciona lo ya referido acerca de la oportunidad de citar el Nombre de Allah como encabezamiento de toda actividad relevante:

Al ser la redacción de una obra un asunto importante, por ello mismo el autor no descuida situar al principio la Basmala, tal como ha dicho el Profeta: ‘Cualquier acto relevante que no empiece con el Nombre de Allah está truncado’. Y, así, el autor comienza con el Nombre de Allah, al que llama el Poderoso, pues el Poder es una de las Cualidades esenciales de Allah[4].

El Nombre de Allah al principio de las acciones las bendice y les proporciona consistencia y fecundidad. Pero más importante, su mera mención hace referencia a la Esencia de la Unicidad y Unidad de lo trascendente, enseñanza sobre la que se asienta el edificio del Islam.

            Al-‘Alawî, en su Comentario, en el que ya se ha presentado a sí mismo también, se va a referir ahora a la trascendencia de citar el Nombre de Allah e inspirarse en él. Su mención es la clave para que se inicie el ascenso con el que se abandona la dispersión del ánimo entre ídolos y la conciencia se sumerge en su capacidad para abarcar el infinito, intuido en la mirada (el Nazar) con la que escruta la existencia:

            “Has de saber -¡Allah te auxilie proporcionándote más y te haga entender los secretos de la Unidad!- que este Nombre singular, enaltecido, avanzado, simple -es decir, la palabra Allah, cuya mención es poderosa- es Nombre para la Esencia Trascendente, la descrita por el calificativo de Insondable, a la que se atribuye el Dominio Absoluto, de quien se dice que es el Único en el seno de la Unidad, e Inaccesible en su irreductibilidad, que no tiene modo ni es comparable a nada, inabarcable para el conocimiento, imperceptible para la inteligencia humana. Es Allah, el Nombre de la Verdad eficaz, el Uno, el Eterno sin-principio, el Viviente, el Subsistente, el Trascendente, el Inmenso, el Permanente sin-final, el Constante Presente, el Grande, el Elevado, el Existente, el Ser Absoluto, el Sin-Inicio y Sin-Fin que no deja de ser externa e internamente, el que existe realmente, el que es necesariamente. Todo otro ser existe extrayendo de Él su ser: en sí y por sí es nada, constante desvanecimiento, pero en la fuente de la que bebe es real y existente.

            Allah es el Nombre mayor porque es el signo de la Esencia Trascendente donde se juntan las perfecciones de las Cualidades de lo Insondable. La perfección de la Esencia es la de la plenitud de su existencia y de su eternidad sin principio ni final. Permanente, Constante, para quien es imposible dejar de ser del mismo modo que necesariamente es y permanece. El poeta dijo de Él: ‘Tu Majestad -¡oh Insondable!- no tiene límite: / las cualidades de lo imperceptible no son enumerables. / Te alzas por encima de la creación y no te asemejas a ella: / la pureza y la gloria describen tu elevación. / Lo que decretas es inevitable y tu orden es ejecutada. / Lo que quieras, nadie puede evitarlo. / Sólo Tú puedes hablar de ti con una descripción legítima, y cuanto has creado / le basta para enorgullecerse decir que es tu esclavo’...”[5].


 

[1] “El autor comienza dando su nombre propio porque conocer al autor de un libro es un asunto importante, pues se sabe que no es lícito actuar o dictar sentencias según libros cuyos autores sean desconocidos o no se sepa la credibilidad que haya que dar a lo escrito en ellos”, Mayyâra, Mujtasar, p. 3. Ibn Hamdûn apostilla diciendo: “Pero sí se puede actuar en conformidad con un anónimo cuando su contenido es correcto. Por el contrario, si se conoce a un autor pero la validez de su opinión no ha sido comprobada no es lícito seguirla aun cuando el autor sea tenido por una eminencia. Las autoridades de la escuela mâlikí han dictaminado que no se debe enjuiciar en función de libros, a pesar de su celebridad, si no han sido estudiados bajo la tutela de maestros -lo que afecta y en primer lugar a los libros extraños-. Sobre ello Abû Hayyân at-Tawhîdi al-Andalusí dijo: ‘Cree el temerario que los libros bastan, que son suficientes para comprender las ciencias. ¿Cómo sabe el ignorante que no contienen ambigüedades de las que han desconcertado a mentes verdaderamente despiertas? Si buscas hacerte con una ciencia sin la dirección de un maestro, has de saber que ya has errado el sendero recto’...”, Ibn Hamdûn, Hâšiya, p. 4.

[2] Ibn Kîrân, Šarh, p. 7.

[3] Mayyâra, Mujtasar, p. 3. No debe confundirse a este ‘Abd al-Wâhid Ibn ‘šir con su antepasado homónimo citado en la Enciclopedia del Islam del que sabemos que abandonó su ciudad natal, Jimena de la Frontera, antes de que ésta fuera conquistada. La EI da la fecha del 764 o 765, correspondientes al 1362-3, para su muerte. En  cuanto al autor de la Manzûma, que fue maestro de Mayyâra, murió en el año 1631.

[4] Mayyâra, Mujtasar, p. 3. Ibn Hamdûn, en sus Glosas a las palabras de Mayyâra, añade: “El Poder es una de las Cualidades de Allah, quien es elogiado al ser mencionada su Fuerza. Al referirse a ello, el autor del poema sugiere que se niega a sí mismo todo poder y fuerza, y en la medida en que una persona comprueba que no hay más fuerza ni poder que en Allah las cosas pasan a reaccionar a su orden y los seres se ponen a su servicio...”, Hâšiya, p. 10.

[5] Ibn ‘Atâ’ Allâh, al-Qasd al-Muŷarrad, pp. 11-12.

 

 

 

36. Ésta es la cuestión entre los verdaderos conocedores a través de Allah: todo comienza con Él y acaba en Él. Ninguno de ellos puede empezar de otra manera, ya sea en sus palabras o en sus actos. Es como si el autor informara acerca de sí diciendo: “Comienzo a hablar estando revestido por el Nombre de Allah, es decir, aniquilado en Él y disuelto, siendo Él el que inaugura el acto de la palabra, y no yo. Compongo este poema con el Nombre de Allah, y no conmigo, y lanzo esta advertencia por temor a que el lector se confunda o entienda que soy el que habla, y ello le impediría contemplar a Allah. Entonces sería expulsado al prestarme atención en lugar de buscar a su Señor”.

Este estado espiritual es el de las gentes de la extinción y muerte en el Nombre Supremo. Lo que sucede con frecuencia al evocador del Nombre es que acaba viéndose a sí mismo como si fuera una herramienta, un cálamo por ejemplo, y así lo enunció uno de los gnósticos sabedores de esta ciencia:

 

            “Me ves como si fuera un instrumento y Él es mi motor,

            yo soy el cálamo y el Destino son los dedos.

 

            La Mención del Nombre de Allah es paralela al despertar espiritual que sitúa al evocador en la Verdad: “Di: Allah es Uno-Único[1]. La Basmala, principiando un escrito o cualquier acto, es una declaración que lo resume todo, y es como si con ella se dijera que cuanto acontece es con Allah y por Allah. Él es el Agente Verdadero y cuanto sucede es expresión de su Voluntad y la constancia de su Presencia, a las que llamamos Destino, estando ya este secreto en la partícula bi- (con) de Con el Nombre de Allah. Esa preposición es la clave de la visión integrada de la existencia, es la primera letra del Corán y algunas de las reflexiones sobre su alcance ya han sido señaladas en el capítulo anterior[2]. En definitiva, la Mención del Nombre de Allah (el Dikr) conlleva la reintegración del sujeto en el Poder y en el Destino, que son la estructura unificadora de la existencia.

Para al-‘Alawî, como para los musulmanes sin excepción, Allah es el auténtico Agente que actúa en la existencia[3]. Los sujetos visibles a los que se atribuye el acto -las causas inmediatas tras las que se esconde la Verdad para dejarlas emerger y cobrar hechura- son las apariencias de la Acción Una, la cual, cuando es referida exclusivamente a Allah, suele ser distinguida con el nombre de Creación (Jalq). Esta última designación presenta la ventaja de no prestarse a confusiones al diferenciar el protagonismo de Allah de la acción secundaria y supeditada de la criatura. Pero se trata de lo mismo: no hay movimiento o calma en el universo que no sean creados por el Uno Verdadero.

            Sin embargo, en el caso del hombre, éste carga con la responsabilidad de su desenvolvimiento en el mundo, del que se considera la razón por el carácter especial de su grado en el conjunto de la creación. El ‘Ârif, el conocedor o gnóstico, el que sabe a través de Allah, se ha dado cuenta de la realidad primera y la ha saboreado hasta el punto de revestirse con ella e invertir su relación con la Verdad que lo sostiene y rige, y en la que disuelve su espejismo dejando paso a la expresión de la Verdad. Por ello, el Šayj afirma que Allah está al principio y al final del paréntesis de lo creado. Ese revestimiento (Tajalluq) consiste en consumirse en lo que significa y sugiere el Nombre Allah, hasta dejar de ser en la inmensidad de la Verdad. El sufí se inspira en Allah para alcanzar el grado de la extinción en el Uno, mientras que los demás Nombres del Uno le sirven como arquetipos para la acción sobre la Vía[4].

            A este saboreo (Dawq) de la Verdad se le llama inmersión o Istigrâq en el Recuerdo (Dikr) del Nombre del Uno: el sujeto aparente se retrotrae con la mención de la palabra Allah hasta alcanzar la Causa primera y última del acto que se adjudicaba[5]. En un ejemplo de al-Gazâlî, si pudiéramos imaginar una hormiga inteligente que caminara sobre una hoja de papel y observara una pluma garabateando sobre su superficie, su escaso horizonte la haría creer que la pluma se mueve con autonomía. Pero si pudiera alzar la vista descubriría la mano que la mueve, y si mirara aún más alto encontraría el brazo, y así hasta llegar al hombre que escribe. Y si aún pudiera abstraer las causas, entendería que son el cerebro y la inteligencia los que envían órdenes a los dedos que empujan la pluma. Finalmente, cuando la sucesión de causas y efectos alcanzara su término sólo quedaría Allah como Agente verdadero y exterior que lo origina y lo acciona todo[6].

La mención del Nombre de Allah antes de empezar cualquier hecho relevante sitúa la conciencia del hombre en ese nivel, sirviéndole de acicate al desencadenamiento de un recuerdo que despierta con la disciplinada repetición de una palabra clave. La Basmala cumple esa función: remite continuamente a la Verdad fundadora que no debe ser olvidada, y, así, el hombre creado reintegra su acto en una Acción previa a él mismo y cuyo carácter esencial es su universalidad.

            Las enseñanzas contenidas en el Corán acerca de la Unidad de Allah (Tawhîd) son un continuo martilleo que no deja de insistir en esta cuestión. Tales alusiones a la unicidad del origen trascendente de los todos fenómenos son un inicio conveniente para las reflexiones del Murîd, es decir, para el aspirante que desea alcanzar el momento final que consiste en la verificación (Tahqîq) de esos anuncios. El Šayj señala que la evocación de Allah está en los principios del discípulo, una evocación que al final es realizada en Allah mismo al llegar el momento en que el recuerdo es despertado y el universo se transforma en manifestación plural de la Verdad Una.

            Este asunto está estrechamente vinculado al tema del Fahm, el Entendimiento sufí que atraviesa las apariencias hasta llegar a percibir la Qudra, la Capacidad de Allah, su Poder Determinante, su Medida en las cosas. El autor, al rememorar el Nombre de Allah, se sitúa a sí mismo en la habilidad integradora del saber humano, y el oyente es advertido para que también él se coloque en esa perspectiva, de modo que  Allah emerge entre ambos, y con su aparición desaparecen las contingencias e inconvenientes de las formulaciones. Tanto el maestro como el discípulo dejan espacio a la Verdad, convirtiéndose ambos en espectadores de esa efusión de la razón de cuanto existe. De esto modo, las palabras son sabias así como el oído que las acoge. Todo es aprehendido en su fuente y queda desvelado su misterio, aunque éste no deje de ser desconcertante por su esencial indefinición, pues lo determinante es indeterminado en sí.

            Debemos interpretar adecuadamente las palabras de al-‘Alawî en su comentario a este primer verso de la Manzûma. El sabio no habla en nombre de Allah, no lo sustituye en ningún momento. Es importante retener esto: las traducciones al uso de la Basmala sugieren una interpretación errónea[7]. En realidad, el que pronuncia la frase Bismillah al principio de su discurso, se ha quedado atrás sumido en una pasividad interior, que es contemplativa aun en el vértigo de la acción que se desata a través de él. Naturalmente, nos referimos a quien ha llegado a un puesto avanzado en su viaje hacia Allah. Para el resto de los musulmanes, la pronunciación de la Basmala es una prefiguración destinada a precipitar lo que significa en lo más profundo, constituyéndose en método eficaz para alcanzar el grado de la sabiduría que conlleva la aniquilación en Allah y conduce a la universalización del aspirante. Es como si al repetirla constantemente atrajera sus implicaciones, es decir, su Baraka (Bendición o Abundancia), tal como explican los exegetas del Corán.

            El sufí pretende dejar de existir separadamente. Para ello destierra todo lo que lo aísla de Allah, hasta quedarse completamente vacío, y, por tanto, preparado para acoger lo singular, lo que no acepta competencia en el corazón del hombre. Deja atrás su fantasía, la representación que tiene hecha incluso de sí para enfrentarse de verdad a lo Real. Lo que no existe, lo ilusorio, él mismo, desaparece y sólo se muestra Allah, la Verdad desnuda del Ser. Ese hombre se ha convertido en vehículo que manifiesta lo que hay en lo más profundo de su instante, lo que hay de recóndito en el prodigio de su existencia, exterioriza la Verdad que lo sostiene en lugar de la mentira en la que cree y que ha fabricado en la desolación de su conciencia separada. Es a semejanza del Profeta: su Palabra no le pertenece desde el momento en que, al haberse purificado, se ha convertido en un transmisor que recoge de lo hondo.

            Ello implica al receptor del mensaje que, con la Basmala, es advertido de entrada. Su actitud ha ser la de quien recoge oro deshaciéndose de la escoria de las adherencias hasta llegar al corazón del asunto que se le expone bajo el velo de fenómenos, palabras y sonidos revueltos. Mejor dicho, debe ser capaz de metamorfosearlo todo en oro. El que se ha abierto a Allah se acerca al Discurso Eterno, hallándolo bajo los ropajes que ha adoptado para existir en el mundo y ser reconocible. Para el sufí, el universo es Revelación, es Corán: Palabra Increada en su fundamento, plural y dispersa en su forma. Para ello aprende a leer, y lo primero que se le enseña es a escuchar.

 

 

            37. Resulta que cuando al discípulo le sobreviene la extinción en el Nombre, éste lo saca fuera de sí y del círculo de sus sentidos, y no queda más que el Nombre mezclado con su sangre y su carne. Si se levanta, se levanta articulado por Él, y si habla, sólo sabe pronunciarlo a Él.

Aš-Šibli contó: “Yo estaba atravesando el desierto cuando vi a una joven de color pálido y con el vestido cubierto por el polvo. Caminaba inquieta y deprisa, y le dije: ‘Ten compasión de ti, servidora de Allah’. Y ella me respondió: ‘Él, Él’. Le pregunté: ‘¿De dónde vienes?’. Y me contestó: ‘De Él’. Le dije: ‘¿Cómo te llamas?’ Y ella dijo: ‘Él’. Entonces, le pregunté: ‘¿A quién te refieres con Él? ¿Acaso quieres decir Allah?’ Y en ese mismo momento cayó al suelo fulminada al oír el Nombre de Allah, y su vida la abandonó. Allah se haya apiadado de ella y de quienes son como ella”. ¡Ojalá Allah nos ponga en la línea de los evocadores de su Nombre! Ciertamente, suyas son la bondad y la magnificencia.

 

            La práctica de la Evocación del Nombre de Allah (Dikr) desencadena en el ánimo un recuerdo pretérito que es señalado breve y simbólicamente por el Corán. Antes de su existencia, cuando aún se encontraban en el seno de Adán, los seres humanos fueron convocados por su Señor y les fue mostrada la Verdad que les daría la vida y a la que calificarían con su existencia, y afirmaron su dominio[8]. De igual modo, tras la muerte, los hombres vuelven a ser testigos de la soberanía de Allah[9]. El antes y el después del tiempo del hombre son lo eterno de lo Cierto, y es esa certeza la que pretende recuperar el sufí en su cotidianidad y en el seno de su momento.

            La existencia formal en la sucesión de los fenómenos entre los que el hombre se desenvuelve hechiza con su inmediatez la atención del ser humano y la desvía hacia ídolos ineficaces, es decir, hacia creencias que dota de un carácter objetivo y que acaban separándolo de la realidad. Su creación artificial se convierte en sustituto de lo Real, pero su inevitable desvanecimiento final es causa de frustración. Es por ello por lo que el Dikr, la Mención del Nombre de Allah, al contrarrestar los efectos de ese encantamiento, es tenido por una inmersión necesaria en el sustrato unitario de la existencia (Istigrâq), sinónimo de aniquilación (Fanâ’) de lo ilusorio[10].

            La recitación del Nombre hace presente su Significado. Como enseña el Šayj, existe cierta afinidad entre el Nombre y el Nombrado. La palabra Allah, cargada con todas las connotaciones que explica la Doctrina de la Unidad, sumerge en un estado de contemplación que necesariamente reconduce hacia una percepción directa de la Verdad esencial que lo existencia todo. En presencia del Poder Determinante de Allah (Qudra)[11], el aspirante es arrebatado por una emoción que lo aniquila. En esa muerte todo deja de afirmarse ante la Verdad del Uno y se disuelve en su verdadera naturaleza, que es la Nada (‘Adam) de la ilusión.

            Cuanto encontramos en el mundo tiene el carácter de adjetivo que describe al Nombre, y su única entidad es la de la sujeción radical que lo ata al Descrito que le sirve de soporte imprescindible. El adjetivo carece de sustancia fuera de la relación que lo vincula a una realidad concreta. Esta metáfora gramatical[12], muy del gusto de los sufíes, se completa con la regla que enseña que el adjetivo siempre se coloca después del sustantivo: la descripción sigue las condiciones del descrito, concordando con él, y, de igual modo, lo creado, exento de toda realidad en sí, viene tras Allah y subordinado a su Voluntad. El adjetivo, tal como se ha dicho, no tiene objetividad y para subsistir necesita aferrarse a algo.

Allah es el Nombre que se designa a la Verdad a la que todo lo que surge en el tiempo (criaturas, sucesos, creencias) sirve describiéndola con su ser. Ahora bien, al final del proceso, el sufí descubrirá la necesaria solidaridad que existe entre el Nombre y la Cualidad: el sustantivo, para tener sentido, exige la existencia del atributo, en una relación de mutua lealtad, pero esto implica el estado de Baqâ’ o permanencia de la que se hablará más tarde. En estas reflexiones radica la sensatez del sufí: con el Dikr abandona la locura y la angustia de un mundo que confunde al hombre al presentarle su precariedad e inconsistencia como fundamentos para la vida, y que se evaporan al poco que la inquietud lo lleva a indagar y preguntar por la validez de tales bases para justificar su existencia.

            La ciencia de los Nombres de Allah será el núcleo en torno al que girará gran parte del saber sufí. Se trata de la ciencia de Adán, la del ser humano en su esencia[13]. La capacidad para usar nombres marca el momento en que la criatura comienza a trascender. En un breve tratado, titulado Al-Qawl al-Mu‘tamad, al-‘Alawî explica en términos sencillos la lógica que empuja a los sufíes a repetir incesantemente la palabra Allah:

Tú sabes, hermano, que todo nombre tiene un influjo que afecta al alma del que lo pronuncia, aun cuando no se trate de un Nombre Divino. Si, por ejemplo, un hombre repite varias veces la palabra ‘muerte’, su alma experimentará una impresión debida a la mención de ese nombre, sobre todo si persiste en ella, y no cabe duda de que esta impresión será diferente de la que se siente al pronunciar las palabras ‘riqueza’, ‘gloria’ o ‘poder’. Todo hombre dotado de una sensibilidad normal será consciente del influjo que puede ejercer sobre su alma el nombre que pronuncia.

Ahora bien, si admitimos esto, estamos obligados a creer que el Nombre de Dios ejerce también su influjo sobre el alma, al igual que los demás nombres, y cada uno deja la huella particular que le corresponde. Creo que sabes que un nombre es ennoblecido por la nobleza del que es nombrado con él, ya que lleva la marca de éste en el repliegue escondido de su esencia secreta y de su significación[14].

La confianza en los efectos mágicos de la palabra estimula la Evocación: frente a la hipnosis que produce el mundo de la dispersión, el Šayj aconseja centrar en el Uno la fuerza de la conciencia, dejándose magnetizar ahora por Él.

            Una palabra puede causar un impacto sobre el ánimo del que la pronuncia o escucha, y por ello el sufí sabe que hay una estrecha relación, un vínculo efectivo, entre ella y aquello a lo que da nombre. De ahí la polémica fórmula: “El nombre es lo nombrado”, que abunda en los textos sufíes y que encontramos en los al-Minah. En el centro de la palabra reside, de cierto modo misterioso, el espíritu de aquello que expresa. Si la palabra muerte es capaz de producir un efecto morboso sobre el ánimo es porque transmite algo de la realidad que designa, y a cierto nivel cumple su función. La magia de la palabra estriba en su capacidad para hacer recordar y sentir, como si lo nombrado fuera una realidad presente[15].

            El Nombre de Allah -su Ser- encabeza las cosas, que son con ese Nombre. La preposición tiene un valor instrumental, y no de compañía: lo que existe es accionado por Allah, careciendo de autonomía. La fórmula coránica podría haber sido Con Allah, billâh, porque ése es su significado, pero los comentaristas señalan que tal construcción podría confundirse, en árabe, con un juramento. De ahí que los sufíes deduzcan que el Nombre y el Nombrado son lo mismo al ser intercambiables sin que quede desvirtuado el sentido de la expresión coránica.

            La pronunciación de la Basmala sirve para recuperar el sentido de la sujeción de la criatura a Allah, liberándola de la dependencia de sí misma (de su precariedad e inconsistencia) y sumergiéndola en el espacio infinito de su Señor interior. El Dikr ahoga y diluye al que evoca el Nombre llevándolo al estado anterior a su existencia. La Evocación es saboreo de la Verdad previa a las condiciones del espacio y el tiempo: Allah Solitario y Creador en la libertad de su carácter absoluto. En la medida en que el sabio va comprendiendo el significado de su vinculación esencial a la Verdad, el universo -nos aseguran los maestros en espiritualidad musulmana- se le va abriendo y ofreciendo, pues ha roto el obstáculo que lo separa del Ser Verdadero del que surgen todas las cosas. Se ha dicho que la Basmala pronunciada por el extinto en Allah equivale al Sea creador, de igual modo en que es imposible que se realice el deseo de aquél que utiliza su propia fuerza carente de todo fundamento y entidad real[16].


 

[1] Corán, CXII-1.

[2] Véase también las Glosas de Muhammad ibn Ahmad ibn ‘Arafa ad-Dusûqî al Šarh ‘alà Umm al-Barâhîn de as-Sanûsî: “Bismillâh: Con el Nombre de Allah es toda cosa y de Él proceden las cosas, lo que implica que Él es calificado por todos los Atributos, de modo que la B contiene la totalidad de las enseñanzas sobre la Unidad, tal como han constatado las autoridades en exégesis”, p. 3.

[3] Así lo enseña el Corán en innumerables ocasiones y contextos. Ver, por ejemplo, XVIII-23, XI-107, XIV-27, XXII-18.

[4] Véase lo que dice al-Gazâlî a propósito del revestimiento en al-Maqsid al-Asnà, pp. 26-38.

[5] En realidad, la palabra causa no es exacta a la hora de hablar de Allah. Sólo se le aplica en sentido metafórico porque no existe una relación  de causalidad inmediata entre Él y su obra.

[6] Al-Gazâlî, Ihyâ’ ‘Ulûm ad-Dîn, p. 74, vol. IV.

[7] La Basmala suele ser traducida por la fórmula En el Nombre de Dios... Preferimos hacerlo de otro modo: Con el Nombre de Allah, que permite más interpretaciones que la primera, la cual recuerda demasiado el En el Nombre del Padre cristiano, fórmula empleada en contextos muy distintos y con intenciones diferentes a los del musulmán cuando pronuncia la Basmala.

[8] Corán, VII-172. Los siguientes versos sobre el tema del Pacto en el seno de Adán son del Šayj al-‘Alawî: “Me ha enloquecido la pasión que siento por Aquél al que amo. / ¡ Allah no cure mi cuerpo de su padecimiento! / Si el que me censura escuchara mis palabras no se apartaría / de mi senda, y se convertiría en mi seguidor. / Pregúntale: El día en que los rostros se humillaron / ante el Viviente, el Subsistente ¿estaba conmigo? / Así fue el Día de: ‘¿Acaso no soy Yo vuestro Señor?’ / Dije: ‘Sí; efectivamente lo eres’, y aún sigo dando la respuesta. / Respondí al Convocador que viene de Allah cuando clamó: ‘¡Oh, pueblo mío!, ¿no vas a responder al convocador?’. Si ansiáis regocijaros en el amor tal como hago / apartaos del censor...”. Dîwân, pp. 45-46.

[9] Corán, XL-16. 

[10] “El Istigrâq, la Inmersión, entre los sufíes, consiste en que el corazón del que menciona a Allah deja de atender a la mención durante la mención, e incluso el corazón se olvida de sí. Los verdaderos conocedores llaman a este estado Fanâ, aniquilación”, definición de al-Kâši, citada en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 42.

[11] La importancia del Poder de Allah es señalada en el verso de ‘Abd al-Wâhid Ibn ‘šir que llama a Allah por su Nombre al-Qâdir, el Poderoso. ‘Abd al-Wâhid es, literalmente, el Siervo del Uno, que es el nombre de todo sufí que se sumerge en la contemplación del Poder de Allah-Uno.

[12] Ibn ‘Aŷîba, al-Futûhât al-Qudsiyya, p. 120 y ss.

[13] Corán, II-31.

[14] Traducción de Martin Lings, Un santo sufí..., p. 108.

[15] Sobre la significación de la fórmula “el nombre es lo nombrado” véase La Doctrine d’al-Ash‘ari, de Daniel Gimaret, pp. 345-356

[16] Ibn Kîrân, Šarh, p. 4.