المنح القدوسية

 

AL-MINAH AL-QUDDÛSIYYA

 

Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî  

 

TEXTO DEL POEMA PEDAGÓGICO DE IBN ‘ŠIR

 

 

CAPÍTULO III

 LA DOCTRINA

 

 

Libro de la Madre de los Fundamentos

y de las Declaraciones que incluye

           

            69. El autor ha finalizado su discurso acerca de los elementos introductorios al Camino, es decir, las premisas que permiten al aspirante alcanzar lo esencial de las ciencias y asomarse a los significados del Libro. También ha esclarecido con corrección, en esa primera parte, los tres resultados del juicio racional que son la necesidad, la imposibilidad y la posibilidad, señalando con un guiño que la razón a la que se refiere no es encadenada por nada ni depende de la costumbre ni de la elaboración de nadie. Su libertad radica en la negación absoluta de la alteridad: de ese modo ha aniquilado los obstáculos que la aíslan. De igual manera ha definido el primer deber que incumbe al apto y las condiciones de su aptitud, explicando lo que es la pubertad en el conocimiento de Allah a través de la contemplación, y ésa es una noble madurez. Tras ello, comienza a partir de aquí sus declaraciones sobre la Madre del Libro la cual es la meta que ambicionan los gnósticos y lo que buscan los aspirantes.

 

            Las primeras páginas de este libro eran una Muqaddima, una introducción a los temas que empiezan, y que son el conocimiento de Allah y la exposición del Camino que lleva a Él. Los preliminares referentes a la aptitud sirven para distinguir al que está facultado para alcanzar el momento último de esa meta del que no, debiendo cada cual limitarse a aquello que su capacidad natural le permite. El que está doblegado por las exigencias de una inteligencia formal que no puede rebasar se ceñirá a la Doctrina en su expresión más sencilla y al cumplimiento de las normas externas de la Šarî‘a, sin dejar, no obstante, de cultivar la sinceridad.

            Pero el que, además de poseer esa razón discriminadora entre lo verdadero, lo falso y lo posible, la ha madurado y esté dotado de perspicacia, se le exige usarla para sumergirse en el mar de la sutileza. Un hadiz enseña que tan aborrecibles son el exceso como el defecto. El Mukallaf es aquél al que ha llegado el Mensaje y puede asumirlo. Y el primer deber (Wâŷib) que incumbe al que cuenta con las facultades de razón y madurez es el conocimiento de la Esencia y Cualidades de su Creador y Destino, la Madre de todas las cosas.

            Consumado lo dicho en los capítulos anteriores, habiendo sido desterrada la idolatría, ha llegado el momento de abordar lo básico para lo que el musulmán se ha estado preparando, y que es el acceso a la Madre y las dimensiones de lo inefable. Ahora entra de lleno en aquello que intuía desde el principio, y el saber teórico deja paso al saboreo, al verdadero saber:

El elixir potenciador, la alquimia de la felicidad y el fundamento sobre el que sostener el pie, el estado y el rango espiritual, la base sobre la que se asientan los cimientos del Ihsân, el Îmân y el Islâm. Todo ello está en el conocimiento del Tawhîd puro de la adición de cualquier límite, y libre de la elaboración de los imitadores. Es el arte al que se llama Ciencia de los Nombres y las Cualidades, exenta de vericuetos y que va directamente al significado de la Palabra Allah, y que incluye muchos secretos y sutilezas, así como tesoros valiosos bien protegidos y gemas preciadas bien guardadas. Es la raíz de los conocimientos en el Islam, y la fuente de la que brotan los saberes de la certeza.

La solera de una ciencia depende de la nobleza de su tema, y la nobleza de un sabio depende de la alcurnia de su saber. Nada hay mayor que la Verdad y su búsqueda, y nada hay más relevante en el mundo que el conocimiento de Allah y su proximidad, y nada hay más alzado en el Jardín que el poder mirar a su Faz. Todo conocimiento depende del dato que aborda, y su valor es el de su objeto. La ciencia del Tawhîd se asoma al Uno y describe su Soledad. Conocer a Allah es la meta remota, la crema más pura y el licor más dulce para todo el que se arrime a su manantial. Pero no se llega a beber de él más que de uno en uno. Es un saber buscado por sí y es la clave de todo incremento. Con esa ciencia son alcanzados los mejores estados espirituales y se obtiene el máximo provecho.

El primer paso del peregrino consiste en la búsqueda del conocimiento y su final es la reunificación de la Esencia y la Cualidad, porque el conocimiento de Allah es el objetivo de los objetivos, y su singularidad es el más perfecto de los finales. Esta ciencia es saludable para el recordador y le proporciona claridad y verificación. Actuar según ella acrecienta las cualidades del caminante y refuerza su caminar con argumentos y aciertos. Quien recoge de las ciencias y los saberes lo más noble y lo más elevado, y de sus significados lo más puro, delicado y útil, y comprende el entresijo de lo que se le quiere decir y entiende porqué se manifiesta formalmente de una determinada manera,... ése, ha adornado su corazón con joyas únicas y hace ágil su cortesía exterior, y se le llama sin duda ‘ser humano’ y ‘testigo auténtico de la Verdad’. Se transforma en bondad sobre la Esencia y sus Cualidades, y sabe de Allah con certeza[1].

            A la quintaesencia de Allah es a lo que se llama Umm, Madre, o Dât, Identidad, inaprensible Verdad que da hechura a todo sirviendo de molde sobre el que se realiza cuanto existe. Por tanto, también es, cuando toma forma, el Intelecto Primero, la Ciencia de Allah y el secreto del Destino; es el Muhammad original, el arquetipo, el Imam de la creación[2]. Lo que no es Allah es irrealidad y evanescencia, no tiene sustancia ni meta. Allah proporciona a ese vacío su propia Matriz. Por ello, lo primero en manifestarse es la Rahma, que es Misericordia Activa, pero que designa realmente la ternura de la Madre hacia su descendencia. Y su descendencia es el Libro-Universo que habla de Ella.

 

            70. Dice el autor: “Libro de la Madre de los Fundamentos”. Se refiere a que en este escrito se habla de la Madre de los Fundamentos, que es la meta final que los aspirantes se han propuesto. La Madre es la Identidad que integra todos los Nombres y Cualidades. Y con “las declaraciones que incluye” alude a todas las enseñanzas contenidas bajo las formalidades de ese Libro, y que son su fruto derivado de Ella. El Libro encierra entre sus enunciados los secretos de la Madre de los Fundamentos.

En ello hay una alusión al mundo en su totalidad, de su lecho a su trono. Es el Libro de los sufíes, la enciclopedia de las ciencias. Los sabios sólo leen en él, cumpliendo lo que les ha sido dicho: “Mirad lo que hay en los cielos y en la tierra”... y al mirar descubrieron que era Verdad, y exclamaron: “Señor, no has creado todo esto en vano, ¡por encima estás de toda reflexión!”... Han comprendido lo que significa el Libro cuando ante ellos desapareció el Velo. Alcanzaron el sentido de los párrafos cuando se descorrieron las cortinas. Se trata de un Libro maravilloso, y quien logra hacerse con él ha conseguido la compensación más abundante.

 

            Ibn ‘šir llama Libro, Kitâb, a esta sección de su poema en el que compendia la Doctrina de al-Aš‘ari, y le da este título por la relevancia del tema, constituyendo un libro aparte o destacable en el conjunto de la Manzûma. Pero la palabra Libro en árabe tiene un sentido más amplio, y es en el que lo emplea aquí el Šayj al-‘Alawî. Kitâb es un compuesto de signos destinados a ser descifrados, y con dicho matiz aparece muchas veces en la literatura sufí como metáfora del mundo o de la existencia. Efectivamente, en el Corán se usa este término fuertemente impregnado de tal simbología: “Alif, Lam, Mim, ése es el Libro...”[3]. En los tiempos del Profeta, Allah revelaba el Libro y el Corán recoge esa revelación. Los musulmanes tardaron en verlo bajo la forma de un volumen; el significado de la palabra Kitâb, pues, trasciende el de una suma de hojas cosidas conteniendo un texto.

            Allah es Dât y Sifât, Identidad y Cualidades. El Libro-Universo tiene dos aspectos: Qur’ân y Furqân, Síntesis y Discriminación, que indistintamente se aplican a la Revelación que recibió Muhammad. El Corán es Qur’ân que manifiesta la Unidad esencial que lo forja, y es Furqân que expresa las posibilidades que habitan en esa Esencia Una y las normas que derivan de Ella[4]. El Universo es Uno y Diverso simultáneamente, en tanto que traduce fielmente a Allah, al igual que el ser humano, en el que todo es resumido.

            El Libro-Universo es reunión y separación. Fue revelado a Muhammad y descifrado y vuelto a cifrar para ser imagen exacta. Leer en el Corán viene a ser lo mismo que lanzar una mirada penetrante a los cielos y a la tierra, como se señala en el versículo citado por al-‘Alawî[5]. Esa mirada le descubre al dotado de razón y madurez espiritual que todo es Verdad (Haqq): los cielos y la tierra son sostenidos por la Esencia (Dât) a la que llamamos UmmMadre -o Wuŷûd, Ser, por su carácter contundente, o Allâh si subrayamos su Unidad-: en realidad, nada hay en la existencia frívolo o vano[6].

            La creación, de su lecho a su trono, de lo constreñido a lo envolvente, alude a esa Verdad que sustenta cada partícula y sus movimientos, y de ese Libro, que es el mundo, el sufí recoge la Doctrina: sorprende la Unidad y los Nombres y Cualidades de Allah en cuanto el universo le muestra. Los Nombres y Cualidades del Ser Puro son Fundamentos (Qawâ‘id) que dan hechura y estructuran cada realidad, y de su observación el sufí llega a la raíz de la que emerge, a la Madre del Fundamento que la hace ser lo que es. Ello acontece cuanto se diluye el Velo (Hiŷâb) que es la afirmación de la autosuficiencia de los objetos y los fenómenos, su apariencia de hechos aislados y desconectados. Cuando las cortinas (Sutûr) son descorridas aparece lo significado por los párrafos (Sutûr): la existencia adquiere un sentido homogéneo y deja de ser un conjunto caótico para convertirse en indicio del Uno y sus Aspectos ahora diferenciados pero no separados de su Matriz.

            La Esencia Verdadera -el Ser- es el Corazón de la Identidad-Una y, por ello, es llamada Madre (Umm) de la que derivan los Nombres (Asmâ’), en los que la criatura humana la reconoce, y las Cualidades (Sifât), con las que la describe. En sí, la Dât es indeterminable y está ausente, pero es Ella el objeto al que aspira el sufí: es el Matlab, su exigencia, lo que busca con decisión resuelta. Para alcanzarla recorre la senda de vuelta de los Nombres y las Cualidades, purificándose en ellos, buscando su eje para extinguirse en el Corazón de la Verdad. La Esencia, Dât, es fecunda: su primera manifestación es la Rahma, la Misericordia Creadora que libera a los posibles de las tinieblas de la Nada irreal. Ésta es la fuente de la que mana la existencia, el molde último que permite su expresión a los demás Nombres. Es Madre en tanto que modelo (de la palabra Umm deriva también Imâm, jefe de una comunidad), no en tanto que engendradora, pues de ella no deriva nada independiente.

            Por su lado, la palabra Allâh es la síntesis total, el Nombre Integrador, al-Ism al-Ŷâmi‘, la Unidad y la Ausencia de la Madre y de la diversidad de sus Aspectos que en Ella son mera indiferenciación. El Nombre es idéntico al Nombrado, y, así, la palabra Allâh es misteriosa incluso para los gramáticos, que no le encuentran una raíz clara en árabe. Por ello es también la Denominación Suprema, el al-Ism al-A‘zam, el Primero y el Último, el Manifiesto y el Oculto, la Verdad en toda su infinita riqueza. Ibn ‘Atâ’ lo resumió todo diciendo:

Allah ha dicho (en el Corán): ‘Allah, no hay más Verdad que Él, el Viviente, el Subsistente’, y también: ‘Allah, no hay más Verdad que Él, que os reunirá para el Día de la Resurrección sobre el que no hay duda. ¿Quién es más sincero que Allah en sus palabras?’. Y ha dicho: ‘Allah, no hay más Verdad que Él, Señor del Trono Inmenso’. Y ha dicho: ‘Solamente vuestro Señor es Allah, no hay más Verdad que Él, y su conocimiento abarca todas las cosas’. Y ha dicho: ‘Él es Allah en los cielos y en la tierra, conoce vuestro secreto y vuestra manifestación, y sabe lo que adquirís’. Y ha dicho: ‘Yo soy Allah, no hay más Verdad que Yo; así, pues, servidme’.

Observa -que Allah te auxilie- cómo en estos versículos, y en los que se les asemejan, se comienza mencionando el Nombre de Allah negando todo lo que no sea Él, para después afirmar lo negado en la Acción de la Verdad. Sus restantes Nombres sólo son calificativos que describen a Allah. Observa que sus Nombres lo convierten en ‘Él’ (Huwa), lo hacen algo a lo que se refieren. No se le menciona sino ocultándolo en la Ausencia para permitir la acción diferenciada. Por ello, fue revelado: ‘Él es Allah en los cielos y en la tierra’ y ‘Él es la Verdad en los cielos y en la tierra’. Así se posibilita convertirlo en objeto de conocimiento y búsqueda, y se le puede recordar y obedecer.

El Profeta dijo: ‘Se me ha ordenado combatir a las gentes hasta que digan: No hay más Verdad que Allah’... Y dijo a Mu‘âd ibn Ŷabal: ‘Mu‘ad, toda persona que de testimonio de que no hay más Verdad que Allah y que Muhammad es el Mensajero de Allah es librado del Fuego’. Dijo Mu‘âd: ‘¿Puedo informar a las gentes para que se regocije?’. Y (el Profeta) le respondió: ‘Entonces, se confiarán’. El Profeta dijo: ‘Lo mejor que yo y los profetas que me han precedido hemos dicho es: No hay más Verdad que Allah’. Y en otra ocasión dijo a Abû Hurayra: ‘A quien encuentres testimoniando que no hay más Verdad que Allah, con certeza en su corazón, anúnciale el Jardín’.

Observa -Allah te haga acertar- cómo (en el Islam) se pone como condición el conocimiento del Tawhîd. No es posible alcanzar a Allah sin la ciencia. Allah ha dicho: ‘Has de saber que no hay más Verdad que Allah’. Y el Profeta dijo: ‘Quien muera sabiendo que no hay más Verdad que Allah, entra en el Jardín’. Según otra versión de estas mismas palabras: ‘Quien muera testimoniando...’, y el testimonio es saber, pues en el Corán está escrito: ‘No testimoniamos sino lo que conocemos’. Allah ha dicho: ‘He creado a los hombres y a los genios para que me sirvan’, es decir, ‘para que me reconozcan’.

Cuando el Profeta envió a Mu‘âd ibn Ŷabal al Yemen como maestro le dijo: ‘Son gentes del libro. Lo primero que debes enseñarles es que deben servir a Allah, y cuando lo sepan, infórmales que Allah ha establecido prescripciones’, y con estas palabras el Profeta explica que el Tawhîd fundamenta la acción posterior[7].

 

 

            71. En el Corán se dice: “Junto a Él está la Madre del Libro”, y es a la que el autor de la Manzûma llama Madre de los Fundamentos, porque el Libro se deriva de Ella como el niño desciende de la madre. Y no cabe duda en que la existencia bebe del auxilio de su Existenciador, pues si no fuera por Él se disolvería en el instante, tal como ha sido dicho:

 

            Quien no existe por sí mismo a partir de sí,

            su existencia, si no fuera por Él, sería imposible.

            Has de saber que tú, y todos los mundos,

            si no fuera por Él, no seríais sino vacío y desaparición.

 

En resumen, el Todo necesita de Allah con una dependencia esencial, pues carece de ser fuera del Ser de su Existenciador. Y es por ello por lo que el hombre debe conocerse a sí mismo diferenciándose de las Cualidades de su Señor: ¡reconoce tus cualidades y Él te socorrerá con las suyas! Cuando abras tu visión interna y mires hacia lo que es necesario en Allah y lo que es necesario en ti, descubrirás entonces que eres pura nada como “cuando eras algo no mencionado”. Purifica tu universo interior y realízate en lo que eres.

 

            Al conocimiento del Núcleo lo acompaña el conocimiento de la creación derivada. Allah es la Esencia, la Madre, el Poder Creador y Determinante (el Destino)[8], y todo lo que surge de ese principio matriz y fundador lo expresa y se relaciona a Él en la raíz de su origen con una necesidad esencial (Iftiqâr Dâtî). Su ser demanda la Presencia y ésa es su subordinación a Ella: ha resultado de un acto soberano sin el que no sería consistente, sin el que  siquiera tendría nombre o mención[9], y estaría perdido. En ningún momento su ser se emancipa porque carece de existencia propia. Cada uno de sus instantes es Madad, es un permanente auxilio existenciador que le viene del secreto que habita en lo más recóndito de él.

            Saber lo que implica esta Revelación es de importancia trascendental. Sin esa ciencia ningún dato de los que pueda manejar la inteligencia tiene alcance alguno. Al margen de ese saber, la vida del hombre es un continuo hundimiento en la banalidad de una quimera que no hace sino alejarlo de la abundancia. Por ello, el conocimiento de Allah debe ser abordado con urgencia, para que el hombre sepa a qué atenerse.

            El Šayj apremia a sus discípulos. Deben cumplir pronto con la primera de las obligaciones, que es conocer a Allah y actuar en consecuencia. Abû Madyan sentenció: “Quien se subordina a la promesa de las ilusiones no abandona la parsimonia”, y al-‘Alawî, en otra de sus obras principales, lo comenta así:

Hay dos tipos de personas en lo referente a la parsimonia espiritual: aquéllas a las que cuesta trabajo doblegar sus cuerpos en las acciones prescritas, que son signo de rendición, y aquéllas que se muestran tibias a la hora de buscar a su Señor. Esta flojedad se debe a que no anhelan sinceramente a Allah, lo que es a su vez signo de que Él no las anhela. Existe correspondencia estrecha entre los sentimientos del Señor y los del siervo. El Profeta dijo: ‘Quien desee encontrarse con Allah es porque Allah desea encontrarse con él’. Según otro hadiz, Allah ha dicho: ‘Cuando mi siervo se me acerca un palmo, Yo me acerco a él un brazo. Si viene hacia mí andando, Yo voy hacia él corriendo’. Y también ha dicho: ‘Yo estoy junto a quien me recuerda. Donde me busca el ser humano, me encuentra’. Esta es su magnificencia y liberalidad.

Abandona ya la ignorancia, oh Murîd: buscas lo que no existe y dejas de lado lo que existe. Si supieras lo que tienes delante, abandonarías tu dispersión. La Verdad está más cerca de ti que tú de ti mismo. Allah dice: ‘Cuando los hombres te pregunten por mí, diles que estoy cerca y respondo al que me invoca cuando me invoca’. Es signo de privación que el murîd se deje arrastrar por la flojera en su búsqueda de Allah, y es como el que se demora en sus atrasos. Siempre está diciendo: ‘Mañana me levanto’, y así hasta que acaba el plazo de su vida. Sobre esto se han dicho los siguientes versos: ‘Se han complacido en sus ilusiones y han confiado en su suerte, / y dicen que surcan los mares del amor, pero es falsa pretensión. / En su viaje nocturno no han dejado el punto de partida, / no han abandonado sus moradas y ya están cansados. / Yerran, según mi creencia, al preferir la ceguera / antes de embarcarse, y es por algo que les ata’.

No nos impide llegar a Allah más que la indolencia. Hay quienes la justifican echando manos del Destino, diciendo que su molicie es dictada por la fatalidad. En realidad no es sino que están cómodos: ¿no ves que, cuando ven claro que pueden obtener ganancia en algún negocio, lo pronto que se levantan y lo que se afanan por conseguir cualquier beneficio mundanal? Pero a la hora de enfrentarse a la Verdad no se toman molestias ni se dirigen a Ella con gestos graves. Y dicen entonces para excusar sus afanes en ganarse la vida, repitiendo con ello las enseñanzas del Islam: ‘Todo está escrito, pero es un deber esforzarse’, mas ante Allah no demuestran ningún empeño, como si tuvieran algo asegurado, pero la verdad es que nadie está a salvo de las maquinaciones de Allah salvo los destinados a la perdición. Cuando se le dice a uno de éstos: ‘Teme a Allah’, responde: ‘Allah disculpa’, y es verdad. Pero dile: ‘También es Proveedor, ¿porqué luchas por hacerte con tu sustento y no lo haces para lograr su disculpa?’ ¿Tus acciones son las de quien habrá de consumirse en el Fuego, y esperas entrar en el Jardín? Pero el Jardín está lejos de ti. Allah dice: ‘Quien obra mal, es pagado con su semejante’.

Apiádate de ti, pues no podrás soportar lo que estás labrando. Se ha dicho: ‘Tú, cuyos esfuerzos encienden el Fuego, tu cuerpo es delicado. / Haz la prueba exponiéndote al calor del mediodía, / deja que te muerdan los abejorros / y que te devoren inmensas serpientes. / Si no lo soportas, ¡ay de ti! ¿Qué te obliga / a aventurarte a la Ira del Señor de las criaturas? / Te acuestas desafiándolo cada noche, / mientras por la mañana aparentas virtud y ascetismo. / Eres la más atrevida e imprudente de las criaturas / a causa de la ignorancia y la malicia que escondes. / Dices en tu arrogancia: ‘Mi Señor disculpa’. / Es verdad, pero es Perdonador si quiere. / Tu Señor es Proveedor, y del mismo modo es Disculpador. / ¿Por qué no entiendes los dos Nombres al mismo nivel? / Esperas ser perdonado sin volverte hacia Él, / pero procuras tu sustento con astucia. / Él se ha impuesto a sí mismo mantener a la criatura, / pero no se ha comprometido a recompensarla con el Jardín. / ¿Porqué te empeñas en conseguir lo que se te ha prometido / y relegas para después lo que se te exige? / Para unas cosas confías, y para otras sospechas, / según tu capricho en cada asunto’.

Esa es la situación de aquél cuyas espaldas son dobladas por las ilusiones. Se ha conformado con estar lejos, y ello debido a la escasez de su amor a Allah. Pero, ¿puede el ser humano contentarse con su condición mientras ante él haya velos corridos? Si conociera su rango y valor ante su Señor no se detendría un instante hasta haberlo alcanzado... ¡Allah! Da vida a nuestros corazones y levántanos hacia ti, pues no podemos incorporarnos por nosotros mismos. Sólo a ti buscamos[10].

            He aquí los elementos exigidos: el sufí ha desarrollado las facultades necesarias, ha impulsado su entendimiento hasta salir de la etapa infantil, y, habiendo madurado, ahora el mundo y su mismo ser (los horizontes de los que habla el Corán) se le ofrecen rebosantes de datos sobre la Verdad estimuladora en la que está instalado. El aspirante ha alimentado su Corazón, lo ha templado en el Dikr, lo ha desapegado, lo ha hecho adulto y capaz de absorber lo que le sea expuesto en el Libro de los infinitos signos. Ya no le basta una Doctrina que le habla de la Verdad en tercera persona, sino de la que lo implica hasta en sus raíces. Es la hora de la Doctrina de los Hombres, que exige un destete total. El aspirante se ha sumergido en el océano de la perplejidad hasta haber perdido la última condición con la que limitaba su propia capacidad, y se encuentra de repente con la Realidad, que le va a hablar de Allah, que todo lo desborda y lo diluye en Sí Mismo. Ha llegado el momento en que le sea expuesta la Doctrina desatada[11], y el entendimiento despierto alcanzará sus connotaciones más abrumadoras. El primero de sus capítulos le habla del Ser de Allah y de la Nada del hombre.


 

[1] Ibn ‘Atâ’ Allah, al-Qasd al-Muŷarrad, pp. 3-5.

[2] Véase en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 127.

[3] II-1. Alîf, Lâm, Mîm, son letras del alfabeto árabe. Ibn ‘Arabî ve en ellas la representación de los tres mundos o modos del Ser; ver Tafsîr, p. 13, vol. I.

[4] Véase en al-Alûsî, Rûh al-Ma‘ânî, p. 9, vol. I.

[5] X-101.

[6] III-191.

[7] Ibn ‘Atâ’ Allah, al-Qasd al-Muŷarrad, pp. 5-8.

[8] XIII-39. Véase el comentario de Ibn ‘Arabî en Tafsîr, pp. 633-4 donde homologa la Madre con el Destino desde el momento en que es lo determinante.

[9] LXXVI-1.

[10] Al-‘Alawî, al-Mawâdd al-Gaytiyya, pp. 25-27.

[11] La ‘Aqîda es ‘el nudo del secreto’: “Se le preguntó a un sabio cómo había conocido a Allah, y respondió: ‘Desatando nudos y desplegando resoluciones’...” (At-Tûsî). Véase la cita en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 127.