LA DOCTRINA
“Las acciones valen según las intenciones”. Estas palabras del Profeta, de las más célebres entre los musulmanes, son consideradas básicas y figuran en las mejores recopilaciones de hadices. El valor y mérito de una acción depende del propósito que se hace el corazón. El musulmán sabe que un acto de intención antes de cualquier acto, incluso de uno rutinario (‘Âda), lo convierte en ‘Ibâda, en práctica espiritual, con un alcance que va más allá de todas las formas[1]. En el total del Islam, la ‘Aqîda, la Doctrina, ocupa el lugar de la intención a la cabeza de las acciones.
El decimoquinto verso de Ibn ‘šir da título a la primera parte de la Manzûma, en la que serán expuestos en resumen los contenidos de la Doctrina de la Unidad -a la que llama Madre (Umm)- tal como la formuló el Imam al-Aš‘arî:
15. Libro de la Madre de los Fundamentos
y de las Declaraciones que incluye.
Se trata del primero de los tres grandes bloques temáticos a los que está dedicado el libro, y al que nos limitaremos en este trabajo. En primer lugar se encuentra el ‘Aqd o ‘Aqîda, el Contrato, la Doctrina, en la que se nos hablará del corazón y fuente del Islam, de la que se derivan declaraciones necesarias (‘Aqâ’id). La ‘Aqîda, expresada plenamente en la doble fórmula de la Šahâda, es una síntesis que no tarda en rebosar de forma incontenible dando pie a muchas reflexiones y experiencias, cada una de las cuales recibe, a su vez, el nombre de ‘Aqîda (de donde el plural ‘Aqâ’id o declaraciones nacidas de la Madre). La ‘Aqîda, con sus resultados, es la Madre de los Fundamentos, que son el resto de los pilares del Islam, y la validez y alcance de estos dependen de la solidez y claridad de la Doctrina, que es como la intención que anida en ellos. El saber y la intención configuran al califa.
Traducimos ‘Aqîda por Doctrina, pero son necesarias algunas aclaraciones[2]. ‘Aqîda es definida por los expertos en Kalâm como conocimiento (Ma‘rifa) acompañado de resolución (Ŷazm) derivado de una prueba (Dalîl)[3]. Es un saber, una cosmovisión justificada aunque sea rudimentariamente, que confiere seguridad y sirve de base para la acción. La ‘Aqîda se convierte en Îmân y es una inclinación del corazón hacia Allah cuando abre un diálogo interior (Hadîz an-Nafs) que comunica al hombre con su Señor[4]. El Îmân es la luz de la ‘Aqîda en el corazón del musulmán, una bendición que viene de Allah.
La extraordinaria consideración en que es tenida la Doctrina sirve de advertencia desde el comienzo sobre su significación y alcance. La ‘Aqîda es la Madre del Islam, al igual que Allah es el Creador de los Mundos o el Intelecto Primero es la Ciencia de Allah que toma forma creada y es la raíz del Destino. La ‘Aqîda gobierna el Islam, al igual que Allah es el Señor de todas las cosas y el Destino lo reintegra todo, y los hombres necesitan de la ‘Aqîda tanto como dependen de Allah. Es imprescindible tener clara la ‘Aqîda porque su análisis nos muestra a Allah. Estas relaciones no son una simple simetría, y la profundidad de tales correspondencias será destacada por el Šayj en sus comentarios a la manera de los sufíes.
La Doctrina del Islam tiene unos rasgos característicos -atemporalidad, ausencia de mitología, marginación de toda Historia Sagrada, etc.- que han sido explicados por los arabistas como resultado de los orígenes mismos del Islam, muy distintos de los del cristianismo o el judaísmo. Estas explicaciones resaltan lo evidente: la centralidad de las reflexiones sobre Allah Uno y su carácter absoluto para todo musulmán, que es enfrentado inmediatamente a la Esencia de su Señor. Roger Arnaldez resume las diferencias que distinguen la cosmovisión de los musulmanes diciendo:
“En la Biblia, Dios se presenta para empezar como una divinidad entre las demás: cada nación tiene la suya. Es poco a poco como se revela como el único y verdadero Dios, y para dar esta enseñanza, empieza por mostrarse más fuerte que los dioses vecinos hasta el momento en que, habiendo manifestado y hecho comprender su omnipotencia, relega a sus antiguos rivales en el puro no-ser de la ficción. Al principio, es el Dios de su pueblo y, por su pueblo al que dirige a través del tiempo se desvela, en la historia, al mundo entero. En el Islam, Allah no es el Dios de una tribu; no es siquiera el Dios de los árabes, aunque los árabes gocen de un gran privilegio puesto que la Revelación definitiva es dada en su lengua. Desde el principio es presentado como el señor de los mundos, trascendente a todo agrupamiento humano...
... El Corán habla de hechos históricos, pero no es histórico. Relata acontecimientos pasados que condensa y puntualiza, pero no es una historia vivida. Rompe la continuidad humana de la vida. Dios no entra en el tiempo por una acción seguida y concertada. El Corán evoca el recuerdo de actos cuyo contenido se repite en eterna semejanza a sí mismo: advertencias y órdenes o prohibiciones, recompensas, castigos. El tiempo no madura y, a cada instante, la Palabra divina impera incondicionalmente... La Palabra revelada constituye en sí para el hombre un absoluto”[5].
La ‘Aqîda ha sido expuesta a los musulmanes de dos maneras distintas: en manuales que reúnen las enseñanzas del Corán, la Sunna y las opiniones de las primeras generaciones del Islam, sin mayores digresiones, y en obras que desarrollan de modo detallado esos principios globales entresacando sus implicaciones, sistematizándolas y argumentándolas racionalmente, dando origen a escuelas como la del Imam al-Aš‘arî.
Un ejemplo del primer caso es la ‘Aqîda redactada por el Imam at-Tahâwî (Egipto, s. IX), de la que as-Subkî dijo: “Las cuatro escuelas del Islam son unánimes en materia de Doctrina, coincidiendo todos los musulmanes en una misma cosmovisión. Sólo se apartan aquellos que han sido contaminados por las enseñanzas del libre albedrío y la antropomorfosis. El grueso de los musulmanes está conforme con la exposición de at-Tahâwî, cuya obra ha sido bien acogida por los antiguos y los contemporáneos”. Consideramos pertinente ofrecer la traducción íntegra del opúsculo de at-Tahâwî que resume los contenidos de la ‘Aqîda como muestra del fondo sobre el que han trabajado los que posteriormente han ordenado y racionalizado esos principios. Tendremos así una visión de conjunto que nos ayudará a comprender muchas de las alusiones que irán apareciendo a lo largo del presente trabajo:
“Decimos de la Unidad de Allah -confiando para ello en el auxilio de Allah- que Allah es Uno, sin asociado alguno, y nada no hay como Él... Nada lo incapacita, y no hay dios salvo Él. Antiguo, sin principio; Eterno, sin final; no se extingue ni tiene ocaso, y sólo es lo que Él quiere que sea. No lo alcanza la ilusión, no lo percibe el entendimiento. Y los seres humanos no se le parecen. Viviente que no muere, Subsistente que no duerme, Creador sin necesidad, Proveedor sin carga. Mata sin miedo, devuelve la vida sin esfuerzo.
Él era Sin-Principio con sus Cualidades antes de su acto creador. Sus Cualidades no han aumentado -cuando sus criaturas han pasado a ser algo- por encima de como eran antes. Del mismo modo que previamente era Sin-Origen en sus Cualidades, lo es en ellas igualmente Sin-Final. No adquirió el Nombre de Creador tras crear la creación, ni adquirió el Nombre de Dador de Forma tras existenciar a la humanidad. Le pertenecía el Señorío antes de que existiera el esclavo, y era Creador antes de que existiera la criatura. Del mismo modo en que Él es Revivificador de los muertos después de dar la vida, por ello también merecía ese nombre antes de haberles dado la vida, y también merece el Nombre de Creador antes de configurarlos.
Es así porque Él tiene poder en todas las cosas, y toda cosa es pobre ante Él. Todo asunto le es fácil, y no necesita de nada: ‘Nada se le asemeja, y Él es el que oye y el que ve’. Ha creado la creación con conocimiento, le ha dado sus medidas y le ha fijado plazos. Nada le estaba oculto antes de crear (a los seres humanos), y sabía lo que harían antes de crearlos. Les ordenó que le obedecieran, y les prohibió que se le rebelaran. Todo acontece tal como lo ha determinado y según su querer. Las criaturas no tienen querer. Sólo sucede lo que Él les ha deseado, y eso es lo que es. Y lo que no les ha deseado, no es. Él guía a quien quiere: salvaguarda y protege como favor. Y confunde a quien quiere: defrauda y violenta como justicia. Todos van y vienen en su Querer, entre su favor y su justicia.
Él está por encima de los contrarios y los iguales. Nada impide que se cumpla su Decreto. Nadie retrasa la realización de lo que ha decidido. Nadie derrota su orden. Tenemos el corazón abierto a todo lo anterior, y tenemos certeza de que todo viene de Él...
Y (decimos) que Muhammad es su esclavo puro, su profeta elegido y su mensajero en el que se complace. Él es el sello de los profetas, el Imam de los rectos, el señor de los mensajeros, y el amado del Señor de los Mundos. Toda pretensión de profecía después de él es mal camino y frivolidad... Él es el enviado a la generalidad de los genios y a toda la humanidad, para transmitir la verdad y el buen camino, con luz y resplandor.
Ciertamente, el Corán es Palabra de Allah que desde Él aparece -sin modo- como discurso. Lo hizo descender sobre su Mensajero como Revelación. Y los sinceros lo confirmaron en ello verdaderamente, y tuvieron la certeza de que era la Palabra de Allah en su realidad. No es creado como sucede con la palabra de los seres humanos. Quien lo escuche y afirme que es palabra humana, niega a Allah. Ése ha sido denostado y maldito por Allah, quien le amenaza con el Fuego de Saqar. Allah ha dicho: “Dice (el ignorante): ‘No es sino palabra de hombre’. ¡Lo quemaré en el Saqar!”. Sabemos y tenemos por cierto que el Corán es Palabra del Creador del hombre, y no se asemeja a lo que dice el ser humano.
Quien describa a Allah con las particularidades de los atributos propios de los hombres, niega a Allah. Quien comprenda esto, aprende y de lo que dicen los negadores se aparta, sabiendo que Allah no es, en sus Cualidades, como los hombres.
Verdaderamente, las gentes del Jardín verán a su Señor -sin abarcarlo ni condicionarlo- tal como anuncia el Libro de nuestro Señor: ‘Ese Día, rostros resplandecientes mirarán hacia su Señor’. Y todo lo que hay sobre esta cuestión en los hadices auténticos que nos han llegado del Mensajero de Allah es tal como él lo ha dicho, y no entramos en el tema interpretando según nuestras opiniones ni suponiendo en función de nuestras ilusiones. Pues no está sano en su Islam más que el que se entrega a Allah y a su Mensajero, y remite lo ambiguo a quien lo sabe.
El pie del Islam sólo se afianza sobre la superficie de la entrega y la rendición. Quien ansíe conocer lo que no está al alcance de su ciencia y su entendimiento y no se contente con la entrega de su ser, su objetivo lo ciega ante la Unidad sincera, el Saber puro y la Apertura auténtica. Oscila entre la cerrazón y la apertura, la confirmación y el desmentido, la afirmación y la negación, indeciso, perdido en el laberinto, titubeando, no siendo sincero confirmador ni rechazador que desmiente.
No es correcto el saber acerca de la Visión para la Gente de la Morada de la Paz en quien la considera en función de su ilusión o la interpreta desde su entendimiento, pues la comprensión de la Visión -así como de toda Cualidad atribuida al Señorío- consiste en abandonar el intento de comprender y asumir la entrega. Sobre esto se basa la senda de los musulmanes. Y quien no se prevenga contra la negación o la comparación, resbala y no alcanza la abstracción. Y es porque nuestro Señor es descrito por la Cualidades de la Unicidad, se le adjudican los Atributos de la Singularidad, y ninguna criatura participa en lo que significan. Trasciende los límites y las finalidades, carece de pilares, miembros e instrumentos. No lo contienen las seis direcciones como sucede con las cosas creadas.
La Ascensión (del Profeta) fue una verdad. Se hizo viajar nocturnamente al Profeta y se le alzó en persona y despierto hasta el cielo, y después hasta las alturas que Allah quiso, y lo honró con lo que quiso, y le reveló lo que le reveló: ‘El corazón no declaró falso lo que vio’. ¡Allah lo bendiga y salude en la Última y en la Primera! Y el Estanque con el que Allah lo dignificó como auxilio para su Nación es una verdad. Y la Intercesión que ha atesorado para su Nación es una verdad, tal como nos cuentan las noticias. Y el pacto que Allah concertó con Adán y sus descendientes es una verdad.
Allah sabe en su eternidad sin-principio el número de los que entrarán en el Jardín y el número de los que entrarán en el Fuego, en conjunto total. No aumenta ese número ni decrece. Y del mismo modo conocía los actos de las criaturas, y se cumplen como Él sabía que lo harían. A cada cual se le ha facilitado aquello para lo que ha sido creado. Los actos son según sus postrimerías. Dichoso es aquél al que Allah ha decidido hacer dichoso. Desafortunado es aquél al que Allah ha decidido hacer desafortunado.
La raíz del Destino es el secreto de Allah en su creación. Él no ha asomado a ese secreto a ningún ángel cercano, ni a ningún anunciador enviado (a la humanidad). Profundizar en él o someterlo a análisis es pretexto para la frustración, escala hacia la privación y grado en la ascensión hacia la rebeldía arrogante. ¡Cuidado atento, para no someterlo a análisis, reflexión u obsesión! Allah ha plegado la posibilidad de una Ciencia del Destino privando de ella a sus criaturas, y les ha prohibido que se la propongan, tal como Allah ha dicho en su Libro: ‘A Él no se le pregunta por lo que hace. Ellos son los interrogados’. Quien pregunta: ‘¿Por qué Allah ha hecho tal cosa?’, está impugnando el juicio señalado en el Libro, y quien impugna el juicio del Libro es de los rechazadores.
Éste es el conjunto de lo que necesita saber quien tiene el corazón iluminado entre los que han intimado con Allah (los Awliyâ’). Es el grado de los firmemente asentados en la ciencia. Porque hay dos clases de ciencia: una ciencia existente en la creación y una ciencia inexistente en la creación. El rechazo de la ciencia existente es negación de Allah y la pretensión de conocer la ciencia inexistente es negación de Allah. No se consolida la sensibilidad espiritual más que con la aceptación de la ciencia existente y con el abandono de la búsqueda de la ciencia inexistente.
Y aceptamos la Tabla y el Cálamo, y todo lo que en ella (Allah) ha signado. Si toda la creación se reuniera para alterar algo de lo que Allah ha escrito en la Tabla que ha de ser, para que no sea, no podrían conseguirlo. Y si la creación entera se reuniera para alterar algo de lo que Allah ha escrito en la Tabla que no sea, para que sea, no podrían conseguirlo. ¡El Cálamo se ha secado después de escribir lo que ha de ser hasta el Día de la Resurrección! Lo que yerra al hombre no podía alcanzarlo, y lo que le alcanza no podía errarlo. La persona ha de saber que la Ciencia de Allah es anterior a cada ser de su creación. Él lo ha determinado con medida exacta y definitiva, que no tiene revocador, ni quien lo aplace, ni supresor, ni alterador, ni quien lo mengue, ni acrecentador entre las criaturas, ya sean de sus cielos o de su tierra.
Ello pertenece a la resolución de la sensibilidad espiritual, es fundamento de la sabiduría y resultado del asentamiento en la Unidad y el Señorío de Allah. Allah ha dicho en su Libro: ‘Lo ha creado todo y lo ha predeterminado’, y también ha dicho: ‘La Orden de Allah es según una determinación prefijada’.
¡Ay de quien se convierte en contrincante de Allah sobre el Destino y se presenta con un corazón enfermo para su análisis! Con su fantasía busca descifrar, en lo ausente a él, un secreto oculto. Y con lo que dice de él se convierte en un embustero culpable.
El Trono y el Pedestal son verdad. Él no necesita del Trono ni de ninguna otra cosa. Es Abarcador de todas las cosas, y está por encima de ellas. Ha hecho a sus criaturas incapaces de abarcarlo a Él.
Y decimos que Allah tomó a Abraham como amigo íntimo, y habló a Moisés directamente, y lo decimos con receptividad, confirmación y rendición. Abrimos nuestros corazones aceptando a los Ángeles y a los Profetas, y a los Libros revelados a los Enviados, y damos fe de que fueron expresión de la Verdad Evidente. Y llamamos musulmanes sinceros a las gentes de nuestra orientación, mientras reconozcan lo que nos ha traído el Mensajero, y confirmen todo lo que él dijo e informó.
No polemizamos en torno a Allah. No titubeamos sobre la Senda de Allah. No polemizamos en torno al Corán, y damos fe de que es la Palabra del Señor de los Mundos. El Espíritu Fiel descendió trayéndolo y lo enseñó al señor de los enviados, Muhammad, al que Allah bendiga y salude. Es el Discurso de Allah, y no lo iguala ningún discurso de las criaturas. No decimos que haya sido creado, ni contradecimos a la comunidad de los musulmanes...
No excluimos del Islam a nadie de la Gente de la Qibla, por la comisión de una falta, mientras no la declare lícita. Ni decimos que con la simple sensibilidad espiritual es inofensivo un delito para quien lo cometa.
Esperamos para los mejores entre los sinceros que Allah les disculpe e introduzca en el Jardín en un acto de su misericordia. No tenemos ninguna seguridad al respecto, ni damos fe de que su destino vaya a ser el Jardín. Pedimos que sean perdonados los que de ellos hayan obrado algún mal. Tememos por ellos, pero no desesperamos. La seguridad y la desesperación sacan fuera de la corriente del Islam. El Camino de la Verdad está entre ambos extremos para la Gente de la Orientación. El hombre no sale del Îmân más que negando lo que le ha introducido en él. Y el Îmân es afirmación de la lengua y confirmación del corazón.
Todo cuanto se ha autentificado que el Profeta de Allah ha dicho es verdad. El Îmân es uno. Y sus gentes son iguales en raíz. La diferencia de grado entre ellos se establece según el temor y la conciencia, la contravención de la frivolidad y el aferramiento a lo principal. Y todos los sinceros son ‘íntimos’ (Awliyâ’) del Misericordioso. El más noble de ellos ante Allah es el que observa y sigue el Corán con mayor rigor.
El Îmân es apertura hacia Allah, sus ángeles, sus libros, sus profetas, y al Último Día y al Destino que, en su bien y en su mal, en su dulzor y en su amargura, viene de Allah. Nosotros estamos abiertos a todo ello. Y no diferenciamos entre los profetas. Los confirmamos en todo lo que han traído.
Las Gentes de las faltas graves dentro de la Nación de Muhammad entrarán en el Fuego sin permanecer en él eternamente si mueren como unitarios -aunque no se retracten de sus acciones- mientras se reencuentren con Allah como reconocedores. Estarán expuestos a su Voluntad y a su Sentencia: si Él quiere les disculpará y tolerará como expresión de su Favor, tal como Allah ha mencionado en su Libro: ‘Él perdona lo que no sea la idolatría a quien quiere’. O si lo desea los atormentará en el Fuego como manifestación de su Justicia, y después los sacará de él con su Misericordia y por la intermediación de las gentes de su obediencia, y después los enviará a su Jardín. Ello porque Allah se ha hecho cargo de las gentes que le conocen y no los trata en las Dos Moradas como hace con las gentes que lo desconocen, los que han desesperado de ser guiados y no han trabado el pacto de mutua lealtad con Él. ¡Allah! ¡Afiánzanos en el Islam hasta el momento en que nos encontremos contigo!
Afirmamos la validez del Salât detrás del justo y el libertino que sean de las Gentes de la Qibla, así como la obligatoriedad de hacerlo por el que ha muerto de ellos. No declaramos que ninguno de ellos sea necesariamente de las gentes del Jardín o del Fuego. No certificamos contra ellos declarándolos no-musulmanes, idólatras o hipócritas -mientras no evidencien nada de ello-, y remitimos sus conciencias a Allah. Declaramos que no se debe alzar la espada sobre ningún miembro de la Nación de Muhammad, más que contra quien se haga merecedor de la espada.
No aprobamos ninguna rebeldía contra nuestros imames y los encargados de la autoridad entre nosotros, incluso si se desvían de lo sensato. No los maldecimos, ni rechazamos obedecerles. Opinamos que obedecerles forma parte obligatoria de la obediencia debida a Allah mientras no ordenen nada que constituya una rebeldía contra Allah. Y rogamos por ellos deseándoles rectitud y salud...
Seguimos la Sunna y la Comunidad, y nos apartamos del personalismo, el ánimo de controversia y la separación. Amamos a las gentes de la justicia y la honestidad, y detestamos a las gentes del desvío y la traición. Y decimos: ‘Allah sabe más’, ante lo que nos resulta confuso.
Opinamos que pueden realizarse las abluciones sobre los calcetines, tanto se esté de viaje como cuando no, de acuerdo a como es referido en algunos vestigios. La peregrinación y la lucha tienen validez junto a los que detentan la autoridad entre los musulmanes, ya sean justos o perversos, hasta el fin del mundo. Nada los anula ni los invalida.
Y aceptamos la existencia de los Nobles Escribas, de los que Allah ha hecho nuestros protectores. Y estamos abiertos al Ángel de la Muerte, el encargado de arrancar el espíritu del mundo. Y sabemos del tormento de la tumba para quien sea su merecedor, y del interrogatorio de Munkar y Nakîr en la tumba, preguntando por el Señor, la Senda y el Profeta. Todo ello según ha sido expresado en las noticias que nos han llegado desde el Mensajero de Allah, Allah lo bendiga y salude, y de sus Compañeros, Allah los satisfaga. La tumba será como un jardín o como un hoyo de fuego.
Y sabemos de la Resurrección y la Retribución de los actos el Día del Restablecimiento, la Exposición, el Cálculo, la Lectura del Libro, la Recompensa y el Castigo, el Sendero y la Balanza. Y sabemos del Jardín y el Fuego que ya han sido creados. No se extinguen nunca ni desaparecen. Allah creó el Jardín y el Fuego antes de la creación. Y creó para ellos a sus habitantes. Quien Él quiere de entre sus criaturas es destinado al Jardín como expresión de su Favor. Y quien Él quiere de ellas va al Fuego como expresión de su Justicia. Cada cual actúa en función de lo que Él ha decidido, y se encamina hacia aquello para lo que ha sido creado. El bien y el mal han sido predeterminados a los hombres.
La capacidad que exige la acción -como la asistencia que no puede calificar al hombre- sobreviene con el acto. Pero la capacidad desde el punto de vista de la validez, la posibilidad, la firmeza y la salud de los instrumentos, existe antes que el acto. A ella se dirige el Discurso, y es como Allah ha dicho (en el Corán): ‘Allah sólo impone al hombre aquello de lo que es capaz’.
Los actos de los seres humanos son creación de Allah, y adquisición de los seres humanos. Allah hace responsable a cada hombre sólo de aquello que le resulta posible, y al hombre sólo le resulta posible aquello de lo que Allah le hace responsable. Esto explica las palabras: ‘No hay fuerza ni poder salvo en Allah’. Decimos: no hay argucia, ni salida, ni movimiento que impidan a alguien rebelarse contra Allah más que con la ayuda de Allah; ni hay fuerza en nadie para erigir la obediencia a Allah y ser firme en ella más que con la asistencia de Allah. Todo acontece según el Querer de Allah, su Ciencia, su Decisión y su Medida. Su Querer vence a todas las voluntades, y su Deseo quiebra todos los deseos. Su Decisión se impone a todas las argucias. Hace lo que quiere. Y Él nunca es injusto con nadie. ‘No se le pregunta por lo que hace: son los hombres los que son interrogados’.
Y sabemos de la efectividad de la invocación y los obsequios de los vivos en favor de los difuntos. Allah responde a las invocaciones y satisface las necesidades. Él posee todas las cosas y nada lo posee. No se puede prescindir de Allah ni lo que dura un parpadeo. Quien prescinde de Él lo que dura un parpadeo, es desagradecido y pasa a formar parte de las gentes de la destrucción. Allah se encoleriza y se complace, no como ningún ser humano.
Y amamos a los Compañeros del Mensajero de Allah, a quien Allah bendiga y salude, y ni nos excedemos en el amor a ninguno de ellos ni lo rechazamos. Detestamos a quienes los detesten o los mencionen de mala manera. Sólo los mencionamos del mejor de los modos. Amarlos forma parte de nuestra senda, de nuestra sensibilidad y excelencia. Y detestarlos es ingratitud, hipocresía e injusticia.
Confirmamos el califato, después del Mensajero, primero en Abû Bakr as-Siddîq, siendo preferido y puesto por delante del resto de la Nación. Después, en ‘Umar ibn al-Jattâb. Después, en ‘Uzmân. Después, en ‘Ali Ibn Abî Tâlib. Son los Califas Rectos, los Imames Bien Guiados... Y los diez que fueron nombrados por el Mensajero -al que Allah bendiga y salude- y les anunció el Jardín, nosotros damos fe de que su destino es el Jardín, tal como lo anunció el Mensajero, pues su palabra es la verdad. Y son Abû Bakr, ‘Umar, ‘Uzmân, ‘Ali, Talha, az-Zubayr, Sa‘d, Sa‘îd, ‘Abd ar-Rahmân ibn ‘Awf y Abû ‘Ubayda ibn al-Ŷarrâh, el fiador de esta Nación -Allah se complazca en todos ellos-. Quien opine favorablemente respecto a los Compañeros del Mensajero de Allah -al que Allah bendiga y salude- y sus esposas, libres de toda vileza, y sus descendientes, puros de toda contaminación, se previene contra la hipocresía.
Los sabios de la primera generación entre los adelantados, y quienes les siguieron, son gente de bien y de transmisión de los vestigios, gente de conocimiento profundo y análisis acertado. No deben ser mencionados más que con las más bellas palabras. Quien los mencione de mala manera se desvía del camino.
No preferimos a ninguno de los Awliyâ’ por encima de ninguno de los profetas, y decimos: ‘Un sólo profeta es mejor que todos los Awliyâ’. Aceptamos los carismas de los Awliyâ’ que han sido transmitidos por vía segura de acuerdo a autoridades dignas de crédito.
Y sabemos los Signos de la Hora: la salida del Impostor y el descenso de Jesús el hijo de María -sobre él sea la paz-. Y sabemos que el sol saldrá por su poniente y que la bestia saldrá de la tierra, en el lugar que le ha sido señalado.
No creemos en magos ni en adivinos, ni aceptamos a nadie que pretenda comunicar algo contrario al Libro, a la Sunna o al consenso de la Nación. Y opinamos que la comunidad es verdad y acierto, y la dispersión es desvío y dolor.
La senda de Allah en la tierra y en los cielos es una, y es la senda del Islam. Allah ha dicho: ‘La senda de Allah es el Islam’, y ha dicho: ‘Me complace para vosotros como senda el Islam’. Y está entre la exageración y la escasez, entre la antropomorfización y la anulación, entre la coerción y el destino, entre la seguridad y la desesperación.
Ésta es nuestra senda y la base de nuestra resolución tanto externa como interna. Decimos que nada tenemos que ver con quien sostenga otros puntos de vista distintos a los que hemos mencionado y detallado. Pedimos a Allah que nos afiance en el Îmân y selle con él nuestras vidas, y nos guarde contra las distintas arbitrariedades, las opiniones dispersantes y las doctrinas excluyentes, como las de los antropomorfistas, los mu‘tazilíes, los negadores de las Cualidades, los fatalistas, los defensores del libre albedrío, y demás, los cuales han contravenido la Sunna y la Comunidad aliándose al error. Somos ajenos a ellos, y para nosotros no son más que yerro y perdición. ¡De Allah son la protección y la asistencia!”[6].
Al igual que el Fiqh estudia los pormenores de la Revelación en tanto que expresión de la Voluntad de Allah, el Kalâm desmenuza los contenidos de la ‘Aqîda. También se han empleado los términos ‘Ilm Usûl ad-Dîn, Ciencia de los Fundamentos del Islam, y ‘Ilm at-Tawhîd, Ciencia de la Unidad, para designar esta disciplina, términos preferidos por muchos al de Kalâm, demasiado asociado a una arrogante especulación mental fuente de confusiones y errores. También se ha empleado la expresión al-Fiqh al-Akbar, Fiqh Mayor, para designar esta materia central:
“La Ciencia de los Fundamentos del Islam es la más noble de las ciencias, pues el valor de una ciencia depende de la nobleza de su tema. Por eso, el Imam Abû Hanîfa llamó Fiqh Mayor a lo que dijo y juntó sobre cuestiones relativas a los Fundamentos del Islam. Las criaturas tienen necesidad de esta ciencia y su conocimiento es imprescindible y prioritario, pues los corazones sólo tienen vida, deleite y calma conociendo a su Señor, a su Amado y a su Creador, junto a sus Nombres, Atributos y Acciones. Al profundizar en ese saber, Él se convierte en lo más querido, por encima de cualquier otra cosa, y entonces los esfuerzos del corazón persiguen un acercamiento a Él en exclusiva, desapegándose de la creación”[7].
Mayyâra dice del verso de Ibn ‘šir que encabeza este tema:
“En este capítulo del poema el autor desarrollará el primer pilar de los cinco que sirven de base al edificio del Islam. Se trata del testimonio (Šahâda) del que se deducen las derivaciones cuyos argumentos analizará más adelante. Y dice que todas están incluidas en las Palabras del Tawhîd.
Al ser éste el cimiento sobre el que se sostienen los restantes cuatro, que de nada sirven si el Testimonio no es previo -tal como señala en otro verso: ‘El Testimonio es condición para los demás’-, por ello lo llama Madre de los Fundamentos. La Šahâda es la condición que impone la Šarî‘a para considerar válidos los demás pilares, al igual que la existencia de la madre es la condición que la costumbre nos enseña para que pueda existir un hijo”[8].
El Islam y su aventura espiritual comienzan con el conocimiento de la Unicidad y Unidad de Allah y la función del Profeta, un conocimiento que debe ser rotundo, un I‘tiqâd, del que deriva resolución y empeño que sirvan para afrontar a Allah. Sin este saber inicial, todo lo demás queda invalidado, la vía se torcerá y la meta no estará a la vista, porque lo que el hombre sabe condiciona aquello con lo que se encuentra. Es necesario que la ‘Aqîda sea conforme a la Verdad. Esa ciencia es el primer pilar y, a la vez, el cimiento y la exigencia para la validez del resto.
Este esquema exterior tiene sus implicaciones interiores a las que el Šayj al-‘Alawî prestará toda su atención. El Îmân, la Apertura, el Fahm, el Entendimiento y el ‘Aql, la Razón, cuando concuerdan con los saberes innatos y se asientan sobre la grandeza del espíritu humano, asoman al aspirante a un universo místico envolvente, sobrecogedor y repleto de matices que son sintetizados aquí. En ese universo espiritual -que recibe diferentes nombres, entre ellos: Gayb, la Ausencia, Wuŷûd Mutlaq, el Ser Absoluto, Umm, la Madre, que produce las cosas, fluye por ellas, las nutre, las arropa y cerca- se extrae una conclusión capital, la de su Unidad Radical, que, no obstante, a su vez se ramifica en una serie de connotaciones derivadas, necesarias y lógicas, del mismo modo en que ese Océano primordial se vuelca hacia fuera forjando el total de lo creado como correlato material de las derivaciones a partir del Uno Trascendente e Integrador. El Tawhîd es la ciencia de la Unicidad y Unidad Esencial que estructura cuanto existe, y también es el principio que da forma al Islam homologándolo a la Verdad de la que da testimonio.
Esta Enseñanza tiene su albergue en el Corazón, que es el órgano que integra las percepciones del ser humano y se propone lo inaprensible de la realidad inmediata y recoge el enigma que hace ser a la creación y le proporciona consistencia a pesar de su inanidad:
“El universo entero está en el Corazón, pero el Corazón no está en el universo. El mundo interior es recipiente que contiene el mundo exterior, pero el mundo exterior no abarca el interior. Quien dirige la mirada hacia las apariencias no ve sino circunstancias, pero quien la orienta hacia la interioridad desvela los misterios. Tú vienes de tus entrañas y no de tu aspecto. Cuídate de las confusiones. Sal por donde has venido, y no desde donde estás. Ésa es la Puerta del No-Principio y el No-Final.
Ahora que conoces su condición deberías saber deducir por qué la Doctrina está enraizada en el corazón y no en la lengua. Escucha con el oído de tu corazón lo que voy a volcar en él, y que es lo que hay en el mío, para que te laves con esas aguas claras de las impurezas de la vacilación y la fantasía y para que elimines la inconsistencia de las invenciones y los extravíos.
Yo te digo: mi Señor me ha mostrado con su fuerza y su resolución, y no con las mías, que Él es la Verdad Una, Identidad atemporal que en nada se asemeja a las que conocemos. Su Ser es Él, y no algo añadido a Él, y Él no es cosa entre las cosas. No es cuerpo, ni accidente, ni espíritu, ni inteligible, ni dato, ni ilusión, ni idea, ni comprensible, ni imaginable, ni luz, ni tiniebla, ni resplandor, ni energía, ni potencia. No está por encima de nada de lo mencionado, ni debajo, ni a su derecha, ni a su izquierda, ni delante, ni detrás, ni en ninguna dirección, ni unido ni separado de las criaturas, ni está dentro ni fuera. Nada está privado de Él: ni está lejos, ni está cerca. Él es inaccesible a la inteligencia más perfecta. Pero la abstracción no le hace justicia: no le es aplicable nada de lo que la razón pudiera decir de Él ”[9].
El Corazón, por su insaciabilidad y porque es insondable, es capaz de contener lo indeterminado. Esto es así de acuerdo al hadiz en el que Allah dice que ni los cielos ni la tierra lo abarcan, pero sí lo encierra el corazón que se abre a Él, y es también en correspondencia con la historia de Adán, el primer hombre, cuando Allah sopló en él su Espíritu. Esa brisa íntima es la ‘Aqîda, la Madre de los Fundamentos.
La ‘Aqîda, la Doctrina de la Unicidad y la Unidad, es la formulación más simple y contundente del Tawhîd: sistematiza sus datos básicos que son ofrecidos a la comunidad de los musulmanes, dando palabras a la experiencia de unos y la intuición de otros, buscando el consenso de todos para relanzarlos espiritualmente de acuerdo a la predisposición natural de cada cual, desatando lo englobado en sus posibilidades. De ahí que, literalmente, ‘Aqîda signifique nudo, acuerdo, pacto, y también, resolución que compromete, en tanto que es punto de partida sólido desde el que iniciar el proceso que conduce al conocimiento superior de la Ma‘rifa, el saboreo inmediato de las verdades esenciales libres de toda condición, desde donde es releída como aquí hace el Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî.
El conocimiento de la Doctrina es imprescindible[10]: evita desviaciones que nacen de la confusión, da sentido a las prácticas y abre las expectativas del hombre hacia su Señor. Tiene un aspecto sencillo y claro, pero sus profundidades son abismales, sirviendo tanto al que se exige poco como al que desea encontrarse sinceramente con Allah sin importarle los esfuerzos que se le demanden, repitiéndose en este aspecto esa cualidad integradora del Islam al que ya se ha hecho referencia en otras ocasiones. A los primeros, la ‘Aqîda les es presentada como algo radical, cerrado, definitivo, suficiente en sí, que relativiza el mundo y declara la relevancia y eficacia únicas de Allah, desligando a los seres humanos de todo sometimiento a lo exterior. Los libera del despotismo de la idolatría más grosera, que es la que se da en la superficie de la existencia en la que han optado por mantenerse. A los segundos, la Doctrina les es ofrecida como inspiración desde la que empezar su peregrinación interior: paso a paso, la Enseñanza, desatando su nudo, va eliminando en ellos todo resto del apego privado a lo que no sea Allah, va alumbrando sus tinieblas hasta reconducirlos a la Presencia Unitaria más honda donde desaparece el último de los ídolos y afirmaciones que le queda al pensamiento y a la imaginación, y que es el yo superfluo y precario que se afianza artificialmente (el Nafs), disolviéndose en la Verdad Reunificada que emerge entonces con fuerza y claridad para alumbrar el Jardín de los sabios.
La Revelación, el Wahy, es el manantial de la ‘Aqîda. El Profeta es su maestro y modelo, la persona que la transmitió y su testigo más fiel. De él directamente la recogen los musulmanes, tal como aparece expuesta en el Corán y la Sunna. A lo largo de los siglos, los enunciados elípticos que bastaron a la espontaneidad de los primeros tiempos del Islam, fueron siendo expuestos de distintos modos de acuerdo a situaciones, necesidades y encuentros culturales. De esas elaboraciones, con las que surgió la ciencia del Kalâm, la de al-Aš‘arî es la más universalmente aceptada por su fidelidad al espíritu de su resumen en la fórmula elemental que afirma que “No hay más verdad que Allah y Muhammad es su Mensajero”: ésta es la Šahâda, el testimonio inicial, el enunciado suficiente que al ser pronunciado con intención por cualquiera hace que, al instante, sea considerado musulmán. Su pronunciación es reproducción en el exterior de la Verdad, es la condensación en palabras del Gayb que eternamente late bajo lo diverso y transitorio.
La Šahâda es testimonio anunciador que prefigura la contemplación, el Šuhûd, que designa su confirmación en los adentros de la existencia. En el caso del Profeta, el Šuhûd fue anterior; para los musulmanes, la Šahâda es precedente. Por algo es el primero de los pilares del Islam: la Šahâda habla de lo esencial, de lo que se identifica con el corazón cuando el pensamiento se extrema, pero también es el camino que conduce a la verificación: comunica y es puente entre la lengua que traduce y el secreto interior que busca ser expresado, es decir, los dos ámbitos de la experiencia humana.
El momento culminante es aquél en el que Šahâda y Šuhûd son simultáneos dando testimonio de Allah como encuentro de todo en un único punto. Los restantes cuatro pilares (la orientación del ser hacia Allah -Salât-, la purificación de las riquezas -Zakât-, el ayuno -Siyâm- y la peregrinación -Haŷŷ-) son las demás prácticas cardinales del Islam, y no hacen sino insistir en lo que enuncia el testimonio. Y es el primero precisamente porque en su formalidad su significación interior es inmediata, y por esa dualidad misma es el detonante de la espiritualidad del Îmân, el soporte exterior de la mirada de los musulmanes hacia dentro, el eje en torno al que giran todas las rememoraciones.
En la Šahâda, los mundos invisible y visible se encuentran y coinciden toda vez que esos aspectos de la existencia permanecen diferenciados entre sí, cada uno en una de las dos frases. De igual modo, Allah y el mundo que resulta de Él no pueden ser confundidos entre sí. De ahí nace la ‘Ibâda, la práctica de la sujeción con la que el musulmán se ata a Allah y la expresa en sus gestos, doblegándose ante Él con la realización de los cinco pilares, que son su acción con la que se sitúa en la realidad que le corresponde.
La Šahâda -llamada también Kalima o Palabra- se compone de dos partes que anuncian esa confluencia y distinción entre los dos mares. Cada una de ellas es el polo en torno al que gravita alguno de los aspectos del ser y la actividad: ausencia y presencia, espíritu y cuerpo, singularidad y multiplicidad, cercanía y distancia, estímulo y reacción, Identidad y Cualidades, Haqîqa y Šarî‘a,... en definitiva, armoniosa conjugación de corazón y lengua, de esencia atemporal y creación condicionada. En la primera se declara la Unidad de Allah y en la segunda se afirma la autenticidad del comunicador, que es Muhammad, el Ser Humano, el Califa, el Mundo entero del que el Profeta es eje en torno al que gira. A partir de estos dos enunciados se desprende el Islam brindando una imagen de la existencia en la que todo está articulado en un conjunto intrincado de signos que remiten los unos a los otros.
El comentario de al-‘Alawî a los versos en los que Ibn ‘šir expone de modo sencillo lo esencial de la Doctrina, tiene lógicamente, por tanto, dos ejes esenciales, Allah y Muhammad. Los apartados dedicados a Allah son los que llevan por nombre “El Ser”, “Los Atributos Negativos”, “Los Atributos Positivos”, “Las Atributos Imposibles”, “Los Posibles” y “Los Argumentos”. Todo lo referente a Muhammad aparecerá en un capítulo titulado “El Profeta”, al que seguirá otro, “La Šahâda”, en el que al-‘Alawî expondrá un resumen en el que recapitula todas las ideas que ha ido desarrollando en los capítulos precedentes. Veamos, a continuación, el comentario que hace al título de este tema.
[1] La intención pertenece al corazón, y la lengua lo traduce mencionando el Nombre de Allah, es decir, diciendo Bismillâh, Con el Nombre de Allah.
[2] La homologación con Doctrina ha hecho que, en árabe moderno, ‘Aqîda se emplee casi como sinónimo de ideología, que está muy lejos de su contenido tradicional.
[3] Esa prueba puede tener como fundamento la razón (‘Aql) o la autoridad (Naql), es decir, la Revelación.
[4] Véase el Comentario de Muhammad ad-Dusûqî a Umm al-Barâhîn, pp.21-25.
[5] Roger Arnaldez, Grammaire et théologie chez Ibn Hazm de Cordoue, p. 11.
[6] Al-‘Aqîda at-Tahâwiyya, traducida y comentada por Abderramán Mohamed Maanán, Zawiya, Sevilla, 2000.
[7] Ibn ‘Abd al-‘Izz al-Hanafî, Šarh al-‘Aqîda at-Tahâwiyya, pp. 69-70.
[8] Mayyâra, Mujtasar, pp. 7-8.
[9] ‘Abd al-Ganî an-Nâbulusî, Asrâr aš-Šarî‘a, p.148-9.
[10] Es imprescindible desde el punto de vista de cada individuo, para su propia emancipación en el mundo del espíritu, pero de hecho la ‘Aqîda impregna a los musulmanes en tanto que configura su universo de referencias, de modo la inmersión en ella se da incluso inconscientemente.