SEGUNDA INTRODUCCIÓN

EL ENTENDIMIENTO

 

 

El entendimiento de los Singulares

 

 

34. De la Ley han tomado lo que menos agrada a la naturaleza del apetito humano y aquello a lo que no llega el oído. Es por ello por lo que, en sus distintos estados espirituales, todo lo comprenden a partir de Allah recogiéndolo directamente del Libro y de la Sunna. Pocas veces oirás de ellos palabras referentes a la Šarî‘a en las que no observen sus tres grados que son el Islâm, el Îmân y el Ihsân. O bien puedes decirlo de este otro modo: en sus discursos tienen en cuenta la Šarî‘a, la Tarîqa y la Haqîqa.

Lo contrario sucede con los demás, que sólo recogen la literalidad sin volver su atención a lo que hay en ello interiormente en cuanto a luces inefables y significados velados. Y así es como estos últimos son incapaces de entender el alcance de la personalidad mística de los Compañeros del Profeta que podían ver en el corazón de las cosas cuando la gente sólo veía el cuerpo externo. Fueron elogiados por el Profeta que, hablando al resto de los musulmanes, dijo de ellos: “Caminad, que ya se os han adelantado los singulares”. Le preguntaron entonces: “¿Quiénes son los singulares?”. Y él respondió: “Aquellos que ven el interior del mundo mientras la gente sólo percibe su apariencia”.

 

            El Kalâm y el Fiqh son ciencias cerradas, es decir, son suficientes en sí mismas. Aportan datos valiosos para aumentar la certeza del musulmán y organizar la vida individual y colectiva. Ése es el cometido de esos saberes. A diferencia de ellos, el Tasawwuf es una búsqueda que no se satisface en otra cosa que no sea la persecución de una meta lejana, y hace de los dos saberes anteriores puertas hacia el espíritu que los origina, reabriendo constantemente todo el Islam sin apartarse de él[1].

            El presente libro de al-‘Alawî es ejemplo de ese proyecto. Su formulación de la Doctrina de la Unidad es un continuo llamamiento a seguir el camino que consiste en comprobarla en el propio desarrollo espiritual, así como su estudio de las formas que adoptan las prácticas del Islam (la ‘Ibâda) siempre está abierto a un espacio indecible de encuentros con verdades trascendentes. La agudeza del sufí brota del empeño con el que afronta el Islam.

            En un bello comentario a los misterios del amor, Ibn al-Qayyim elogia el celo como manifestación extrema del deseo de reservarse al Amado: superando las pruebas más duras, el sufí se hace merecedor de la intimidad, a semejanza de los Compañeros del Profeta, los Sahâba, que fueron llamados singulares (Mufradûn) a causa de su soledad ante Allah, siendo el grado de la singularidad el más elevado de todos porque consiste en la verificación real y personalizada de lo que significa en último término la Unidad de Allah.

            El celo es el motor del Ŷidd, la seriedad y el rigor en el cumplimiento de la Voluntad del Amado, expresa en su Ley. Ese celo (Gayra) centra al buscador en su Señor y lo aparta de lo que no sea Él (el Gayr, el otro), capacitándolo para cargar con las mayores exigencias. La atención puesta en exclusiva en Allah se concreta en la práctica intensa de la ‘Ibâda, según las condiciones de Allah, intimando con Él. La ‘Ibâda, descrita por la Šarî‘a en todos sus pormenores, es la consagración activa a Allah acompañada de expectación que hace saborear lo que va vertiéndose sobre el aspirante:

            “El celoso (Gayûr) no soporta lo que pueda ocuparlo de un modo que le haga desatender a su Amado (Mahbûb). Se apodera de Él con una avaricia que no admite ningún trueque, y esa avaricia es, entre los amantes enamorados, generosidad pura... No aguanta un momento sin Allah, y esa impaciencia no es censurable. Lo que le inquieta de ese modo es la intensidad extrema de su sentimiento hacia su Señor. Entra en rivalidad consigo mismo, no permitiéndose estar lejos de su Amado. Esa competencia es signo de la plenitud en él del deseo. Tampoco desea que otros participen de su Amado, y por ello se apresura hacia Él. Esa rivalidad es la que se elogia en el Corán cuando Allah dice: ‘En ello, que rivalicen los que desean competir’. Nada tiene que ver con la envidia, que es signo de incapacidad y vileza, y no de empeño y anhelo [2].

            Ese celo empuja al aspirante y lo hace avanzar en la Šarî‘a hasta que ésta le devuelve la vista. Conforme se le va mostrando el Amado, su amor va intensificándose ante la Belleza y Majestad de su Señor, y sus celos crecen hasta que lo dejan a solas con el Uno. Sus celos son mortales, y lo aniquilan, de ahí que lo reduzcan a su nada en medio de la Inmensidad. Eso es lo que abre en él un ojo con el que es capaz de ver a Allah en el mundo creado por Él y que jamás ha dejado de dar testimonio de Él. El Ŷidd, el empeño del sufí, tiene ante sí el campo fecundo de la Ley, donde se realiza ese proceso que lo conduce a la Verdad en la que existe.

 


 

[1] Es obvio que el sufismo también puede cerrarse sobre sí mismo cuando se limita a explicar una teoría. Su extraordinario desarrollo intelectual ha posibilitado ese cierre cuando es abordado como una ciencia más. Esa tendencia al academicismo es contrarrestada por los maestros insistiendo en el método y la práctica y en el auténtico sentido de la espiritualidad.

[2] Ibn Qayyim al-Yawziyya, Madâriy as-Sâlikîn, pp. 47-48.  vol. III.