EL ENTENDIMIENTO
Entender las alusiones aplicando la literalidad
32. Con las expresiones: la altura de su rango y la nobleza de su grado, el entendimiento de las cosas del que nadie es capaz salvo si los acompaña y asiste a sus sesiones, el comportamiento según la cortesía en sus umbrales,... quiero referirme al modo en el que reciben las enseñanzas del Fiqh y otras ciencias poniendo su atención en las alusiones espirituales que acompañan a la literalidad, sin por ello abandonar la acción y la aceptación de lo que ordenan sus normas.
No entiendas con esto que observan el significado espiritual y vuelven la espalda a la orden literal y la desatienden. ¡Nada hay más lejos de la verdad! Al contrario, ellos pueden asumir aquello con lo que nadie más sería capaz de cargar, aceptando las obligaciones más duras y severas. Su realización de las exigencias más intensas es atestiguada por el ejemplo que ofrecen al resto de la comunidad. A nadie le es desconocida su austeridad, ni tampoco la precisión que se imponen en cuanto al rigor en las prácticas y lo concentrado de su intención a la hora de realizar cualquier mandato de los señalados por el Islam. Esta actitud de los sufíes es la común hasta el punto de hacerlos ejemplo por el que se guían muchos musulmanes. Este hecho no es disminuido por los discursos de algunos de la Gente del Arrebato, vencidos como están por el dominio de su estado espiritual enajenador: nadie pretende que sean perfectos en los grados de la plenitud.
La Ibâha consistía en la declaración según la cual la Ley es una necesidad sólo para los incapaces de entender la Esencia. Por otra parte, negar cualquier fundamento del Islam es Zandaqa, herejía, acusación con la que se declara a alguien sospechoso o excluido de la comunidad musulmana. Si bien cada término tiene un sentido específico, con frecuencia se utilizan para lo mismo. La Zandaqa es tenida por pereza, acomodación al ego y negación del compromiso con Allah. Es un término persa con el que se designaba al dualismo y al maniqueísmo, y, ciertamente, se trata de una disociación que mantiene al hombre en su reducto al margen de la Verdad. Pero el Ŷidd, el rigor, caracteriza definitivamente a los sufíes. La paz que alcanza el sufí no es apatía o desidia, por lo que jamás abandona el cumplimiento de la Ley. Al contrario, existe en el seno de una lucha, de un continuo esfuerzo, de un constante seguimiento de la Šarî‘a, si bien ese esmero es la semilla para una paz auténtica.
Ibn ‘Aŷîba, después de elogiar la calma espiritual del sufí alude a su causa: “El descanso sólo se alcanza tras el cansancio. No se consigue el logro más que tras la búsqueda”[1]. La empresa del sufí consiste en alcanzar el grado del equilibrio y la armonía entre los distintos aspectos y dimensiones de la realidad, los de su unidad esencial y la pluralidad formal que la manifiesta en el mundo de los testimonios. En los sabios perfectos, el corazón y la lengua se aúnan sin abandonar cada uno de ellos el reino que le es propio. Con el Tasawwuf, espíritu y cuerpo encuentran su centro, y se desata definitivamente el entendimiento correcto capaz de englobarlo todo sin marginar nada. Es ahí donde los sufíes son elogiados con términos que aluden a la nobleza de su rango y a la altura de sus experiencias.
Existen casos extremos, como el del sufí Maŷdûb o arrebatado, que es el dominado hasta la confusión por el espíritu y su locura lo exime de la cortesía para con la Ley, pero ése no es el grado de la plenitud (Kamâl); sí lo es el de la síntesis perfecta a la que hemos aludido arriba. Pero el Maŷdûb, a pesar de sus excentricidades, no debe ser confundido con un Zindîq, un negador consciente de la Šarî‘a. El arrebatado ha sufrido una poderosa influencia enajenadora de Allah. La Zandaqa es una postura intelectual, mientras que el Ŷadb, el arrebato, es una intensa vivencia de Allah Aniquilador en su Unicidad. El Ŷadb es fuente de un conocimiento difuso, en consonancia con Allah en Sí, no apropiado para el dominado por una inteligencia analítica, pero necesario para un saber que abarque todos los modos de Allah. El Šayj Rirâŷ ad-Dîn at-Tûsî definió el arrebato así:
“Allah atrae y arrebata el espíritu y eleva el corazón para que contemplen los secretos, se acojan a la intimidad y mantengan un diálogo con su Señor, y todo ello es manifestación de una elección y una atención por parte de Allah. Las luces que se derraman sobre los corazones son en medida de la pureza, sinceridad y proximidad de los hombres a Allah, y la fuerza de la emoción con la que se ponen ante Él. Abû Sa‘îd al-Jarrâz dijo que Allah les arrebata el espíritu a sus íntimos para que disfruten de la dulzura de su Recuerdo y lleguen a sus proximidades, adelantando a sus cuerpos el placer en toda cosa. Sus cuerpos viven como los animales, pero sus espíritus tienen la vida de los señores” [2].
En oposición al Maŷdûb está la actitud del abandonado a la formalidad de la Šarî‘a, que se convierte en celoso protector de la letra contra lo que cree una desviación. En los textos sufíes recibe el nombre de Mahŷûb, velado o cegado ante la Esencia; la protege incluso de sí mismo y con ello salvaguarda la salud de su razón. Es éste un prejuicio al que responde con contundencia el Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî en el siguiente párrafo de su obra. Con sus censuras al saber formalista no pretende anularlo sino situarlo en una perspectiva correcta y dotarlo de vida y entendimiento.
Los detractores del Tasawwuf justifican su actitud acusando a los sufíes de despreciar la Šarî‘a, la Ley Revelada. El Šayj al-‘Alawî denuncia aquí la falsedad de ese supuesto. En ningún momento los sufíes se desvían de la Šarî‘a, cuya preeminencia reconocen; es más, reconocen en ella el Secreto de Allah. Sin ella, la vía espiritual sólo sería frivolidad y la Presencia de Allah no sería más que divagación. El caso del Maŷdûb, el loco de Allah, aquél al que le ha sido arrebatado el discernimiento, es una excepción cuya significación, sobre la que volverá más adelante el Šayj, es muy distinta de la que pretenden los detractores del sufismo.