EL ENTENDIMIENTO
La Gente de Allah
31. En pocas palabras, este discurso podría prolongarse en exceso, y con lo expuesto hay bastante para quien sepa asimilar y analiza con ojo equitativo. Es suficiente para entenderlo la relación que se atribuye a los sufíes cuando se les llama Gente de Allah: le pertenecen, y ya no pueden ver en el universo otra cosa que no sea Él. Todo lo que emiten sus lenguas o recogen sus libros está tomado del desbordamiento de Allah, y no de sus lecturas ni de sus reflexiones.
Ellos han sido paralizados y, a la vez, se dirigen a su Dueño. Están sometidos a su poder reductor que domina sus cuerpos y sus espíritus. Saben recoger la sabiduría ahí donde la encuentran. No se muestran soberbios con las criaturas y no se confían más que a Allah, y de Él hacen su pilar liberándose de cuanto existe formalmente. ¡Allah, haznos ser de su número o de los que esperan como niños a sus puertas! ¡No suprimas nuestro lazo con ellos! ¡Tú eres el más bondadoso entre los misericordiosos!:
Tengo por señores a hombres de inmensa fuerza,
y sus pies pongo sobre mi frente.
Si no soy uno de ellos,
amarlos es para mí orgullo y estandarte de dignidad.
Uno de ellos vio al Mensajero de Allah en sueños, y le dijo: “¡Oh, Profeta!, soy como un niño inoportuno en esta ciencia”. Y le respondió: “Lee las palabras de los sufíes. El que siente curiosidad por esta ciencia es walí y el que obra de acuerdo a ella es la Estrella que los ojos no pueden alcanzar”.
El Fayd, o desbordamiento, es la continua actividad creadora de Allah con la que, a la vez, se manifiesta y se ofrece al entendimiento; es su permanente destello recogido por el corazón del hombre en el instante de su concentración y absoluta entrega. Los sufíes, acatando la Ley Revelada, van puliendo su capacidad receptora hasta hacerse merecedores de acceder directamente a la fuente inagotable de la Šarî‘a. Se exponen así a la sobreabundancia de su Señor. Adquieren con sus esfuerzos lo que pueden hasta que sobre ellos se vierte lo inaccesible al hombre, el don que recompensa la sinceridad.
A lo largo de ese proceso, la expresión según la cual la Šarî‘a es la corteza y la Haqîqa es la pulpa, adquiere otro sentido que sí aceptan los sufíes:
“Recuerdo que el Šayj Ahmad al-Fârûq an-Naqšbandî, al que se llama Imâm Rabbânî y Renovador (Muŷaddid) del segundo milenio del Islam, dijo que las palabras a las que nos referimos, según las cuales la Ley es la corteza y la Esencia la pulpa, también ha sido pronunciada por algunos sufíes en momentos de exposición a una intensa experiencia espiritual (Hâl) cuando su rectitud no tenía el pie firme. El Šayj, después, explicaba así el sentido en que debía tomarse dicha metáfora:
Quiere decir que las Gentes de la Ley (los alfaquíes y ulemas) argumentan basándose en criterios probables que resultan de un esfuerzo personal de comprensión (Iŷtihâd Zannî). Entre ellos los hay que aciertan mientras que otros se equivocan, pero todos están en la verdad, siendo la diferencia de opiniones fuente de misericordia para la Nación. Por su parte, las gentes de la Esencia (los sufíes) esperan hasta que es descorrido el velo que los separa de la Presencia del Señor del Mensaje (el Profeta) y recogen de él las normas que conforman la Ley. Con ello, su certeza es tajante y concreta en lugar de fundamentarla en la probabilidad y la reflexión intelectual. La argumentación basada en probabilidades es como una corteza respecto a la develación que proporciona certeza, y esa certeza es la pulpa en la cuestión porque lo que se busca es la Norma del Señor Inmenso (el Profeta), el único capaz de dirimir en medio de las controversias que se suscitan entre los expertos (los ulemas)”[1].
Cuando se tiene la Certeza (Yaqîn) se está ya cerca de la Plenitud (Kamâl). El que busca la Certeza está en camino, pero cuando hasta la Certeza es superada se recupera el todo desde la Raíz, y entonces se produce el afianzamiento en el que el Islam adquiere su verdadera proporción. Ese es el momento en que se relaciona a los sufíes de modo inmediato a su Señor, llamándoseles Ahlullâh, la Gente de Allah. Este título descriptivo destaca la concreción en ellos de la alianza (Wilâya), por lo que la fórmula sirve de exacto testimonio e imagen cierta de un hecho, el de la perfecta sintonía. La frase es una Idâfa, un genitivo que subraya la relación estrecha que los atribuye a Allah, que les hace pertenecerle. Su aspiración consiste en acercarse a su Dueño (Mawlà) y convertirse en sus íntimos (Awliyâ’), cumpliéndose entonces la solidaridad que los hace expresión completa de Allah y califas singulares[2].
El Šayj al-‘Alawî aconseja a su discípulo que se arrime a los Awliyâ’. Esa compañía desatará en él lo que ninguna teoría puede decirle. Lo que hay en el fondo de los espíritus que fluyen con Allah y se han liberado en Él sólo es accesible por el contagio. Entregarse a su servicio para alcanzar su simpatía es la vía a lo que anida en sus corazones, desbordándose esos secretos hasta alcanzar al aspirante arrastrándolo a las zonas de la existencia donde no caben más que los íntimos, los de alto rango y grado noble entre las gentes.
[1] Muhammad Bahâ’ ad-Dîn al-Baytâr, an-Nafahât al-Qadasiyya, pp. 254-255.
[2] La Wilâya es una estrecha interrelación entre Allah y el hombre. De ella deriva Walî, que es quien ha contraído dicho vínculo. Walî tiene una significación activa (es quien obedece constantemente a Allah y nunca le desobedece) y otra pasiva (es quien es protegido por Allah, de modo que Él determina que el Walî le obedezca y evita que le desobedezca), siendo simultaneas ambos matices. La obediencia (la sumisión a la Ley) es el detonante del Conocimiento, por lo que Walî es sinónimo de ‘Arif, conocedor a través de Allah. Véase Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 188.