SEGUNDA INTRODUCCIÓN

EL ENTENDIMIENTO

 

 

La Balanza del Camino

 

30. La Šarî‘a se dirige a las criaturas con la apariencia externa de su discurso, comprensible a todos, pero no a los sufíes. A ellos la Šarî‘a se les dirige tanto literalmente como con sus significados internos. Que te baste observar cómo deducen a partir de lo que oyen hablar entre la gente: pronto trasladan esas palabras a sus significaciones espirituales aun cuando los que emiten el mensaje no pretendan ese sentido. Eso para ellos es la Balanza del Camino con la que miden las cosas, y con su regla conversan entre ellos. No dedican sus esfuerzos a otras ciencias que no sean las obligatorias para cada miembro de la comunidad de los musulmanes, y dejan de lado las ciencias extranjeras a lo esencial. Y si escuchan algo de ellas, lo remiten a un significado más noble que aquél al que se refieren inmediatamente las palabras.

A Sîdî Ahmad Ibn Musà, que está enterrado en Karsâs, en el Sáhara, se le preguntó: “¿Has leído algo de gramática?”. Y respondió: “Sí. He leído dos versos de la Alfiyya, que son: ‘No podemos sino seguir a Ahmad’, y ‘Haz lo que sea lícito hacer, y deja lo que no sea lícito’. El autor de la composición gramatical presentaba estas dos frases como ejemplos de determinados casos de declinación, pero para el mencionado sufí eran verdades acertadas.

El maestro de nuestros maestros, Mawlây al-‘Arabi ad-Darqâwi, dijo: “No conozco de la ciencia de los gramáticos más que el análisis sintáctico del versículo que dice: ‘Si son pobres, Allah los enriquecerá con su Favor’. ‘Si’ es partícula condicional y ‘enriquecerá’ es la apódosis. La ‘riqueza’ es la Autosuficiencia Suprema, por lo que el discurso va dirigido  a los que siguen el Camino de la Gente de la Alusión”.

 

            La Balanza del Camino, Miqyâs at-Tarîq, es la medida con la que los sufíes interpretan los fenómenos, siendo el eje en torno al que gira el entendimiento. Su aguja es el Tawhîd, el enunciado fundamental del Islam que declara la unicidad aniquiladora de Allah, y que es también el Sendero Recto al que alude el Corán y por el que transita el sufí. El cuerpo de esa Balanza es la Šarî‘a o Šar‘, la Ley.

La referencia de todo lo que existe a la Esencia que lo soporta es la base sobre la que se sostiene el Discurso revelado. Éste debe ser adecuadamente leído para que el sentido literal no estorbe o limite. Mejor dicho, ese sentido formal existe en función del significado profundo manifestándolo en la pluralidad, y es tenido en cuenta desde esa perspectiva, careciendo de valor autónomo, como sucede con la existencia entera.

El mundo es una verdad, pero su atractivo puede desviar. El sufí no se somete a su fascinación, pero no lo hace para negar el mundo sino para descubrir la inmensidad que encierra. Éste es el principio rector de un entendimiento que tiene en la Verdad Creadora su meta. El ascetismo lo libera de la trampa de la seducción sin exponerlo a una espiritualidad desvinculada de la realidad. La literalidad del mundo y de la Revelación compromete a los aspectos secundarios y derivados del hombre, mientras que su significación interior se dirige al corazón y a la intención, y la integración del conjunto es plenitud. No hay un abismo entre la letra y el significado, sino pura simultaneidad.

            El sufí se aferra a la Šarî‘a, cumple estrictamente pero sin obsesiones con la Ley, que es la Senda. Nada lo aparta de ella. Es su inspiración constante, la garantía de su rectitud y sensatez, la que lo aparta de las frivolidades de su ánimo porque ha sido ofrecida por Allah mismo a su entendimiento y a su acción, marcándole claramente un camino a seguir. Fuera de la Šarî‘a está el vagabundeo sin rumbo de los desocupados. Es cierto que la letra de la Ley puede resultar tan fascinante como el mundo para los mundanos y velar su sentido interior, pero ello no la desmerece. El que convierte la Ley en una fijación que lo ciega haciéndose un Mahŷûb, alguien incapacitado para penetrar hasta la Esencia, puede llegar a rechazar al sufí, pero éste no niega el valor de la Šarî‘a como, a pesar de su ascetismo y austeridad, tampoco niega la realidad del mundo, creación de Allah y signo de su Ser. La Šarî‘a, para el sufí es la Voluntad expresa de Allah en la que sumergirse, y el aspirante fija la fuerza de su mirada en la Ley y el mundo para desentrañar a Allah. Es más, la Ley es la estructura de Allah y sólo en ella se le vive.

            En el extremo opuesto, la letra de la Ley puede resultar molesta a quien no desea ajustarse a una disciplina, pero éste se engaña a sí mismo porque no dejará de subordinarse a la tiranía ciega de su propio ego. El Nafs, el propio arbitrio, es el peor de los consejeros, el creador de todos los fantasmas del hombre, el instinto que aparta al hombre de ser engullido por la Verdad, y el Profeta pedía a Allah que no lo abandonara a sí mismo ni lo que dura un pestañeo. En ambos polos, en el del apego a la forma y en el de la aparente autonomía, el destino es la frustración y el sufrimiento, porque lo que queda lejos es la Verdad que hace reales las cosas. El Islam advierte contra las consecuencias de ese sufrimiento en lo infinito de la inmensidad. Es más, la Revelación sólo persigue rescatar al ser humano de ese doloroso destino, que es la Amenaza que pesa sobre el ser humano.

En la Šarî‘a está la Balanza[1]. Con esa Balanza, el sufí determina qué es lo más importante, y se consagra a su ejecución, relegando todo otro asunto hasta que concluye lo que se le exige. La Ley Pura (aš-Šarî‘a al-Mutahhara) -la Revelación- lo libra de la idolatría y la desorientación y del dolor infinito que hay al cabo de la idolatría y la desorientación. Para empezar, por tanto, se propone a Allah y obedece su Ley, que le sirve para discriminar entre las cosas y le permite vivir en Allah, expresión que adquiere todo su alcance en ciertas explicaciones sufíes muy comprometidas. El sufí firmemente asentado en la sabiduría mide con la vara de la Šarî‘a incluso sus inspiraciones más íntimas. Ello hace de los sufíes los seguidores más severos del Islam, las verdaderas Gentes de Allah (Ahlullâh).

Debemos recordar que, en sentido estricto, la Šarî‘a es el Islam en tanto que gobierna al musulmán. La ‘Aqîda forma parte de la Šarî‘a, al igual que el derecho y el sufismo. Todo debe ser sometido al criterio de Allah. No hay forma de emanciparse de la Ley, como tampoco se puede salir del mundo, por mucho que la imaginación lo intente. Son la realidad en la que existimos, y negarlas no indulta al hombre sino que lo sume en el autoengaño y el absurdo. Lo que esclaviza al hombre son sus obsesiones y sus fantasmas, y son esos límites de los que el sufí pretende salir para existir en la Misericordia Creadora en lugar de sumergirse en la Amenaza. La Ley, por tanto, da consistencia a la vida del musulmán, y en ello hay un reto a desentrañar.

            La Šarî‘a encauza los pasos de los musulmanes, orientándolos hacia Allah. En tanto que Ley, arranca al hombre de la barbarie y el egoísmo, lo salva de la sumisión a su propio arbitrio. Cumple la función de guía, y su secreto es inmenso. Desde fuera parece mera formalidad, pero su sustancia es la Esencia. Cuando se penetra en ella, se va descubriendo que la Ley no es un simple conjunto de normas, sino la forma que adopta la Verdad. Es su dinámica. El avance por la Ley es progreso hacia la inmensidad de Allah. Por tanto, la Šarî‘a es imprescindible en todo momento, y pasa a ocupar el puesto más destacado. En lugar de ir quedando atrás, la Šarî‘a va revelando su misterio, al igual que el mundo, desentrañado, es el Signo de Allah. El sufí recupera la Ley, no la supera; la completa en lugar de abolirla.

Se llama Ibâha a la derogación de la Šarî‘a, como si fuera un estadio primitivo que el hombre de espíritu debe dejar atrás. Se da el nombre de ibâhíes a ciertos esoteristas (especialmente los  bâtiníes) que proclamaban la suspensión de la Ley para el que profundizaba en el conocimiento de la verdad. Este elitismo es contrario al espíritu del Islam y al sufismo, y se basa en la ficción de un crecimiento personal que no es más que autosatisfacción. El Islam no adula a nadie sino que lo orienta hacia Allah, hacia la Fuerza que está en todos los orígenes y a cuyo imperio está todo sometido, siendo la Verdad que sostiene a la existencia. La Šarî‘a es la Realidad de esa Verdad, tal como dijo el Profeta: “Toda Verdad (Haqq) tiene una Realidad (o Esencia, Haqîqa)”, siendo la Esencia su raíz, con lo que todo es nuevamente transpuesto, siendo lo que aparentemente era una rama (la Ley) la fuente misma de su propia Esencia, y es porque todo está tan estrechamente vinculado que, en el fondo, sólo hay identificación.

Los sufíes son totalmente opuestos a la Ibâha, y la metáfora según la cual la Ley es la corteza de un fruto cuya pulpa es la Esencia les parece desacertada e, incluso, contiene una abominación:

            Maldita, maldita la gente que pretende que la Šarî‘a es una corteza y la Esencia es la pulpa de ese fruto, y que quien llega a la pulpa debe deshacerse de la corteza. ¡Ay de ellos, pues se les aplican las palabras que aparecen en el Corán: ‘Allah los combate por embusteros. Son aquellos cuyos esfuerzos en esta vida carecen de sentido mientras creen hacer bien’! El Profeta temía que tentaran a su Nación, y dijo refiriéndose a ellos: ‘No es el Impostor (el Anticristo) lo que más me hace temer por vosotros’.

Mienten, lo juro, cuando dicen que la Ley es corteza desechable; al contrario, es la luz misma de la Esencia y la clave del ocultamiento de la manifestación de Allah. El ser humano, cuando afianza su pie en el seguimiento de la Ley Pura, ve cómo sus propias luces se multiplican, sus secretos se desarrollan, manan sus conocimientos y su comprensión se corrige. Allah ha dicho en el Corán: ‘Temed a Allah y Allah os enseñará’. El Profeta dijo: ‘Allah enseña lo que no sabe al que actúa conforme a lo que sabe’, y también dijo: “Inteligente es el que se pide cuentas a sí mismo y actúa para lo que ha de venirle tras la muerte. Incapaz es el que sigue su propio capricho mientras pone falsas esperanzas en Allah’. ¡Me guardo en Allah contra el ardid de Allah!

            El Corán dice: “El que vuelve la espalda no daña a Allah. Allah recompensará a los agradecidos’. ¿Es que esos herejes no prestan atención a lo que dijo el Profeta (animando a seguir la Ley en todo): ‘Yo soy de entre vosotros el que mejor conoce a Allah y el que más le teme’? ¿Es que no saben que él dijo: ‘Si supierais lo que yo sé reiríais poco y lloraríais mucho’? ¿Por qué se estremecía el corazón del Profeta? ¿Por qué le fue dicho: ‘Advierte a tu gente’? Empezó por su hija Fâtima y le comunicó el terrible aviso que le venía de Allah, como es bien sabido en el hadiz.

            Ojalá esos ibâhíes hubieran dicho que la Esencia es como una lámpara y su combustible es la Ley, porque la Ley es lo que proporciona luz y brillo a la Esencia. Mientras esté el aceite, habrá luz; y cuando desaparece el aceite, la luz se extingue. Ojalá hubieran dicho como dijo Sîdî Ibrâhîm ad-Dusûqî: ‘La Ley es el árbol y su fruto es la Esencia’. Con ello dijo la verdad, y si no hubiera árbol no existiría el fruto.

¿Es que los ibâhíes negadores de la Šarî‘a no han encontrado un símil mejor para la Ley Pura que compararla con la corteza? ¿Por qué no han llamado así a las acciones privadas de sinceridad con las que no se pretende conquistar a Allah? ¿Por qué no llaman pulpa a las acciones plenas de presencia con Allah, a la vigilancia con la que se está pendiente de Allah y al sobrecogimiento (todo lo cual se da con el cumplimiento de la Ley)? ¿Qué profeta les ha transmitido ese feo símil? Seguramente no es más que una inspiración de su demonio, pues Allah nos ha comunicado que los demonios inspiran a los que intiman con ellos.

Pero, es más, yo digo: su demonio es mejor que ellos. Según el Corán, el demonio dijo a Allah: ‘Tentaré a todas tus criaturas, salvo a tus siervos puros’, con lo que reconocía el valor de la pureza, el desinterés en el servicio a Allah y el seguimiento de la Ley. El Corán enseña también que el demonio se presentará ante Él y se declarará inocente de lo que hagan sus seguidores. A pesar de su perversidad, obra así porque reconoce el Rango de Allah y le teme. Pero estos de los que hablamos no temen a Allah, y creen que los feos conocimientos de los que presumen los eximen del cumplimiento de las prescripciones de la Ley, aunque cuenten con capacidad de discernimiento.

Pero lo más sorprendente es que creen que las Gentes de las Esencias, que son las gentes de Allah (los sufíes), opinan lo mismo que ellos, y que simplemente lo ocultan a la generalidad de los hombres. Creen que cuando las gentes de las Esencias cumplen con los requisitos de la Ley lo hacen para seguirle la corriente al pueblo llano, pero que esa observancia ya no es obligatoria para ellos... Con ello meten a la Gente de Allah en el saco de los hipócritas, los que exteriorizan lo que no sienten.

La causa de su error está en que confunden la esencia con la manifestación exterior. Y, así, al igual que alguien que quiere comer un fruto le quita la cáscara y la tira para después comer la pulpa, ellos piensan que el que alcanza a comprender la Esencia no necesita para nada de la corteza que la recubre, que es la Ley. Pero esta es una analogía equivocada, pues el lugar de la Esencia es el mundo interior, que es el Secreto. El lugar de la Ley es el mundo exterior, que es donde se realizan las acciones prescritas, y por ello las Gentes de Allah han dicho: ‘Sea la Síntesis para ser contemplada en tu mundo interior, y mantén la Separación en tu mundo exterior’.

Cuando la corteza de un fruto se pudre, se pudre también su contenido; igualmente, cuando se pudre el mundo exterior, se pudre el interior. El exterior protege contra la putrefacción al mundo interior. Quien compara la Ley con la corteza protectora y la Esencia con la pulpa protegida, acierta en su metáfora. Con ello, deja lo exterior para el mundo exterior y lo interior para el mundo interior, dando a cada dimensión el derecho que exige.

En cualquier caso, todas las imágenes anteriores se apoderan de los corazones de los señores sometidos a experiencias espirituales intensas cuando todavía no han salido de ellas (los Arbâb al-Ahwâl). Los que las han superado asentándose con firmeza en la sabiduría que resulta de haber comprobado el sentido último de las cosas (los Muhaqqiqûn) viven en el equilibrio que consiste en que en ellos están perfectamente nivelados el mundo interior y el mundo exterior y su mundo interior es su mundo exterior: su esencia es Ley y su Ley es Esencia, y nada en ellos es corteza.

Las Normas de la Ley, para ellos, son las manifestaciones de Allah bajo las exigencias de los Más bellos Nombres de Allah. Observa cómo Allah ordenó al  Señor Inmenso (el Profeta) que combatiera a los infieles y a los hipócritas, después de haber dicho en el Corán que hacia donde se dirijan los hombres no se encuentran más que con la Faz de Allah (con lo que todos, en el fondo, están en la senda del Islam). Y cuando hubo combatido el Profeta, Allah le dijo: ‘No disparaste cuando disparaste; fue Allah el que disparó’, con lo que la lucha emprendida en conformidad con la Ley Revelada fue un acto de Allah mismo.

¿En qué quedan las palabras del ignorante que dice que la Ley es corteza y la Esencia es su pulpa? No sabe lo que dice, sino que sólo se enfanga en lo que su entendimiento no alcanza. En su caso, esas palabras son una inspiración del demonio, y cuando esa opinión adquiere fuerza en él lo convierte en un demonio más que, a su vez, la susurra a otros. Entre los ibâhíes sólo encontrarás a demonios imitando a demonios, a ignorantes negadores del Islam que pretenden ser del número de los gnósticos que saben en Allah [2].

Los ibâhíes negadores de la Šarî‘a, al difundir que la sabiduría espiritual excluye la subordinación a la Ley Revelada, han dañado al sufismo. El Šayj al-‘Alawî consagrará los últimos párrafos de esta segunda introducción, en la que ofrece las claves del entendimiento del sufí, a volver a situar el sufismo dentro de las ciencias del Islam. En lugar de presentar el Tasawwuf como si fuera un alocado esoterismo, lo describe como la más correcta interpretación de la Ley ya que los sufíes vierten en su lectura el potencial del Fahm.


 

[1] “La Balanza es por lo que el ser humano determina cuál opinión es acertada, qué afirmación es conforme a la verdad y qué actos son hermosos, diferenciando todo ello de sus contrarios. Se trata de la Justicia, que es la sombra de la Soledad Esencial que incluye a la Ciencia de la Ley, la de la Vía y la de la Realidad. Las abarca quien alcanza el grado de la Unicidad de la Síntesis y la Discriminación. La Balanza para las gentes de las ciencias exteriores es la Ley, la de las gentes del interior es la Razón iluminada por la luz de lo insondable. La Balanza de las gentes de la especificidad es la ciencia de la Vía. La de la élite de la élite es la Justicia de Allah, que sólo conoce el Hombre Perfecto” (al-Kâšî). Véase en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 171.

[2] Muhammad Bahâ’ ad-Dîn al-Baytâr, an-Nafahât al-Aqdasiyya, pp. 252-254