SEGUNDA INTRODUCCIÓN

EL ENTENDIMIENTO

 

 

La intensidad de la aspiración

 

29. Si el ser humano dedica sus esfuerzos a los saberes de la lengua y descuida lo que ha de valerle cuando esté frente a su Señor, a ése pueden serle anunciadas la ruina y la frustración.

Si la diferencia que Allah tuviera en cuenta se refiriera a la capacidad de expresarse correctamente, entonces los sufíes no hubieran dejado de entregarse con pasión al cultivo de la lengua de los árabes y hubieran creado escuelas en esa ciencia tal como han fundado escuelas para la depuración del mundo interior y la corrección de los estados espirituales. Todo lo hacen con decisión resuelta, embarcándose en los mayores empeños, mientras que el resto de la gente se acoge a la tolerancia del Islam.

 

            Lo que sobrevive al hombre y se le adelanta es su acercamiento liberador a Allah-Uno: cuanto más cerca de Él, mayor es su dicha tras la muerte y el reencuentro. Se habrá expuesto de antemano a la bondad que se desborda en la eternidad. La clave está en su entendimiento y aquello a lo que aspira con intensidad. De lo contrario, le aguardan la ruina (Jusrân) y la frustración (Judlân), el dolor de la lejanía y su distancia de la Rahma, que es el secreto de toda prosperidad y existencia verdaderas.

            Ese sufrimiento -eternizado y sobredimensionado en la perspectiva del universo ilimitado de Allah (al-Âjira)-, fruto de las obsesiones y apegos de los hombres, es descrito en las alusiones coránicas al Fuego (Nâr) que abrasa a los que se han quedado atrás en la injusticia de la mentira y la idolatría, en un estado de permanente privación desoladora. Todo movimiento hacia Allah lo es hacia la autenticidad, y esa satisfacción no se encuentra en aquello en lo que el ser humano malgasta su tiempo, es decir, no está en la soberbia del saber inoperante ni en la estupidez de la superstición. La aproximación consiste en una apertura decidida, el Îmân, que es capaz de iluminar al hombre y relanzarlo. El Îmân concierne al corazón del que es la actividad más pura y poderosa, y, tal como enseñaba el Mensajero, aumenta o decrece en función de los esfuerzos e intenciones con los que el musulmán la anima en sí y la convierte en una fuerza efectiva a la que se llama Himma o aspiración[1]. La aspiración a la que nos referimos aquí es mucho más que la simple voluntad (Irâda) o el deseo.

            La iniciación en una senda sufí consiste en la consciente aceptación de la gravedad del asunto. Mientras que musulmanes son todos los que se exponen abiertamente a la Misericordia y recogen de ella cuanto posibilita, aprovechando la ocasión de su magnanimidad, los sufíes avanzan a la par por el camino de la severidad y la autoexigencia más rígida. En el bien hay una gradación ascendente a la que el Šayj llama Tafâwut, la diferencia que Allah tiene en cuenta, y que divide a los musulmanes en Gentes de la Derecha y Allegados (o Adelantados): estos últimos son los que han realizado un esfuerzo añadido por encima de la orden dirigida al común. Los adelantados (Sâbiqûn) son los que han seguido la senda de la resolución (‘Azîma), profundizando en el Islam al encaminar su aspiración más férrea hacia Allah-Uno. De ahí el tono censor dirigido a quienes convierten las ciencias tradicionales en objeto de un análisis frío que les resta eficacia.

            Ibn ‘Atâ’ Allah dijo: “No dejes que la intención de la fuerza de tu espíritu se dirija a otra cosa que no sea Él, pues al Generoso no se le escapan tus anhelos”. La Himma es el poder del corazón. Éste se concentra en la consecución de unos fines, y el autor de estas Sentencias Sapienciales invita a su discípulo a orientar esa energía -siempre descrita como obradora de prodigios- hacia Allah de modo exclusivo, a su Unicidad en la que todo se diluye. Esa intención es la excusa que Allah requiere para mostrarse al hombre precisamente en la Qibla en la que la criatura va dando espesor a su propia creatividad espiritual.

            Pero para que la exclusividad de Allah ante la mirada del sufí sea real, éste debe alimentarse de las enseñanzas de la Doctrina que resaltan continuamente el carácter unitario del fin marcado para la aspiración. La ‘Aqîda le muestra, fundamentalmente, que sólo Allah existe y que todo lo demás es ilusorio, de modo que Allah es su oriente en todo lo dado a su contemplación. Él es la autenticidad anhelada, el sol emergente en la experiencia de los peregrinos. “Allah era y nada había con Él; y Él es ahora tal como era”, estas palabras, atribuidas al Profeta, son el lema bajo el que Ibn ‘Aŷîba comenta la Sentencia de Ibn ‘Atâ’. A continuación, sigue diciendo:

Si tu aspiración, oh murîd, desea algo, devuélvela siempre a Allah remitiendo a Él tu esperanza. No adhieras jamás la energía de tu corazón a algo que no sea Él, porque Él es Generoso en la eternidad de su Ser. Sus favores se derraman sin cesar en el paso de las noches y los días. Y al Generoso no le resultan imposibles tus ambiciones. Es más, Él ama que se le pida y responde al ruego.

Su generosidad ha sido definida en cierta ocasión con las siguientes palabras: ‘La generosidad de Allah consiste en que, si se le pide, da, y no le importa cuánto da ni a quién lo da; y cuando una necesidad es presentada ante otro que no sea Él, se incomoda. Significa también que cuando Él es tratado con desdén, sabe disculpar; y cuando riñe no lleva su censura a límites extremos’. A esto es a lo que se llama perfección de la generosidad y la excelencia.

De ella dijo Sîdî Ibrâhîm at-Tâzî: ‘La perfección de Allah es la más perfecta de las bellezas. / De Allah es la plenitud, ¿quién podría dudarlo? / El amor a Allah es el mejor amigo íntimo, / y por ello no olvides la cortesía del respeto y la veneración. / El recuerdo de Allah es ungüento para toda herida, / y es más eficaz que la clara de huevo para los ardores. / Sólo existe Allah de verdad: / deshazte de las fanfarronadas’. Si has sido capaz de distinguir su generosidad, no alces ante otro ninguna demanda, pues sólo Él puede satisfacerte[2].

La sabiduría del sufí, lo que le hace ser un ‘Ârif, un verdadero conocedor, viene de Allah sin intercesión, pues se ha acogido a su favor incondicionado. Esa sabiduría fruto de un don, que es el Entendimiento, es la otra cara de su Wilâya, su intimidad con Allah. Todo ello lo capacita para hacer una lectura del Islam en conformidad con su espíritu, yendo más allá de la simple lectura del jurista (faqîh) y el musulmán común que buscan lo práctico e inmediato para la instauración del bien y la abolición del mal. En la respuesta a un detractor del sufismo, el Šayj le explicó quiénes deben ser considerados la mejor comunidad a la que el Corán se refiere en el versículo ciento diez de su capítulo tercero:

Las palabras de Allah -en el versículo que traes a colación, ‘Sois la mejor comunidad, pues ordenáis el bien y prohibís el mal’-, puede considerarse que describen a los musulmanes de una manera general, o bien que se refieren a la élite de entre ellos (los ulemas).

Tomado en su sentido general, este versículo significa que los musulmanes han sido encargados, entre todas las comunidades, de ordenar el bien y prohibir el mal. Es la función de los profetas, los enviados y los verídicos, y los musulmanes la ejercen frente a las demás comunidades humanas. En este caso, el ‘mal’ es una expresión que designa toda forma de idolatría (Širk), y el término ‘bien’ se refiere a la atestación de la Unidad de Allah y todo lo que de ella se deriva. Es decir, los musulmanes ordenan el bien manteniéndose firmes en su afirmación de Allah Uno y combaten el mal denunciando la idolatría.

Tomadas en su sentido particular, esas palabras tratan de las órdenes y prohibiciones que los sabios (los ulemas y los juristas) dirigen a la comunidad: el mal y el bien designan en este caso, respectivamente, las costumbres censurables y las elogiables.

Pero, además, en este último caso, el pronombre ‘vosotros’ al que se refiere el versículo, en el fondo, se dirige a los que guían a las criaturas y las convocan hacia Allah por medio de Allah. A ellos aludió el Profeta cuando dijo: ‘Siempre habrá sobre la tierra cuarenta hombres semejantes a Abraham, el Amigo de Allah. Por ellos recibiréis la lluvia, y por ellos seréis alimentados. Cada vez que uno de ellos muera, Allah lo reemplaza por otro’. Y, así, resulta que cada profeta está espiritualmente asociado a una categoría de personas de la comunidad de Muhammad. Esos grupos que existen en toda época son los verdaderos aludidos con ese apostrofe de Allah. Son, en efecto, los más calificados para cumplir esa misión de ordenar el bien y prohibir el mal. Tallados para ello en la eternidad, ostentan naturalmente las cualidades que esa función exige. Pueden darse, ciertamente, en otros, pero de un modo accidental y afectado por las circunstancias.

Por mi parte, pienso que, en general, esas personas sólo existen entre las Gentes del Recuerdo (los Ahl ad-Dikr, los sufíes), que son aquellos a los que corresponde la descripción que aparece en un hadiz que dice ‘...aquellos que se entregan totalmente a la invocación de Allah’, y otro en el que se habla de los que ‘...son arrebatados por la pasión durante la mención del Nombre de Allah’. No es sino entre los sufíes donde se encuentra a quienes se entregan totalmente a la invocación y aquellos que aman apasionadamente el Nombre de su Señor, retomando las expresiones que aparecen en esos hadices. Los demás, sean quienes sean, no alcanzan su grado en la invocación de Allah. Los únicos que llegan a su nivel son aquellos que los aman, sus antepasados espirituales y las gentes de su cadena iniciática.

Por supuesto, pongo aparte a las tres primeras generaciones de musulmanes (el Salaf) en favor de quienes el Profeta ha dado testimonio. Todo esto es evidente cuando se ha comprendido realmente que es el sufismo y quiénes son los sufíes. En cuanto a quien designa con esa expresión a una masa informe de gente que pertenece a lo más bajo del pueblo, se arriesga a no hacerse una idea exacta del sufismo, identificando el sufismo, que no conoce, con prácticas de esas gentes que conoce y a las que llama sufíes. Pero hay una gran diferencia entre lo que conoces y ese sufismo del que no sabes nada. Te juro, hermano, que si la naturaleza del sufismo, y su comienzo y su término, te fueran revelados, te contentarías con  no ser más que un niño en presencia de las Gentes de Allah[3].

Los sufíes, dotados de un Entendimiento que les viene de Allah en recompensa a su sinceridad y a la fuerza de su aspiración, están capacitados, por tanto, para revelar el sentido profundo que hay en las enseñanzas del Islam.


 

[1] “La Aspiración es lo más valioso de cuanto Allah ha depositado en el ser humano. Cuando Allah creó las luces las puso ante de Sí y vio que cada una de ellas estaba ocupada en su propio interés, descuidando toda otra cosa, salvo la Aspiración que miraba hacia Él. Le dijo: ‘¡Lo juro por mi Poder y mi Majestad! Haré de ti la más elevada de las luces y de entre mis criaturas sólo te poseerán los más nobles entre los piadosos’...” (al-Ŷîlî). Véase la cita en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 179.

[2] Ibn ‘Aŷîba, Iqâz al-Himam, p. 70.

[3] Al-‘Alawî, al-Qawl al-Ma‘rûf, p. 18-19.