SEGUNDA INTRODUCCIÓN

EL ENTENDIMIENTO

 

El entendimiento de los significados

 

 

26. Si los sufíes son capaces de extraer significados serios a partir de expresiones jocosas, ¿cómo no entresacarían lo grave de entre lo severo? Al contrario, pueden hacerlo porque no se detienen en la literalidad de los términos, sino que miran al significado interior que determina el sentido. No prestan su atención a la melodía ni a la sintaxis sino que recogen el significado ahí donde se les muestre: sus miradas están fijas en la alusión de las latencias sin volverse hacia lo que la lengua pronuncia. Los ves junto a Allah en cada circunstancia y cuestión a pesar de que Él “está cada momento en un asunto distinto”.

A causa de esa victoria viven ausentes a los adornos, pues están ahogados en los océanos de la realización. Su dedicación está enteramente entregada al Corazón, que es el espacio de Allah. Sus corazones se han hecho válidos para contemplar a su Señor, y Allah se ha hecho cargo de ellos purificándolos. Y esa purificación es mejor que la que puedan emprender por ellos: “Cuando los reyes entran en una ciudad la corrompen, y humillan a los mejores de entre sus habitantes”.

 

            La facultad que permite al sufí recorrer los vericuetos del mundo de los significados no se apoya en su voluntad, perspicacia o intuición. Pero cierto análisis al que puede ser sometido el árabe también propicia una concepción dinámica del lenguaje que dota de seguridad a quien lo aborda con el ánimo de desentrañarlo. La mirada penetrante del sufí se encuentra ante un vehículo ideal del pensamiento en el que late, casi en su superficie, una gran riqueza en posibilidades de interpretación: su expectativa tiene una exacta correspondencia en el carácter claro pero, de manera paradójica, a la vez fluctuante, incierto y ambiguo de los sentidos -al igual que los espejismos- en la lengua de los habitantes del desierto.

            El Corán se declara libro que está en árabe: “En una lengua árabe clara” (XXVI-195), “Lo hemos revelado como Corán en árabe; tal vez razonéis” (XII-2),... La vinculación del Islam al idioma que le ha servido de principal soporte no es una cuestión secundaria. El énfasis que pone en ello el Corán no ha pasado desapercibida, y se ha desplegado un esfuerzo notable por descubrir los secretos que guarda la lengua en la que fue trasmitida la última Revelación. Una de las características que el Corán resalta es la claridad y transparencia del árabe, ofreciéndose al ‘Aql, a la razón y a la indagación.

            En árabe, un oído agudo pronto es guiado por el presagio de que la palabra, en la que penetra hasta reconocer su estructura más simple, lo reconduce a una zona abismal de su conciencia, al centro íntimo de su personalidad. Ahí es donde vislumbra la Verdad de su Señor. Joseph Chelhod afirma del árabe que es “...un lengua, siempre viva, precisa y matizada, que permite al que la conoce, llegar, remontando la raíz (de una determinada palabra), al sentido profundo, casi prehistórico del término”[1]. Esta facilidad para rememorar significaciones remotas confirma, en este contexto, lo que dice Titus Burckhardt refiriéndose a la trascendencia de la palabra en el arte musulmán:

“En el origen, al igual que la sede misma de nuestra conciencia, las cosas se conciben espontáneamente como determinaciones del sonido primordial que resuena en el corazón, sonido que no es otra cosa que el indiferenciado primer acto de la conciencia; en este plano o en este estado ‘nombrar’ una cosa es identificarse uno mismo con la acción o el sonido que la produce”[2].

            La palabra, desnuda de su referencia inmediata, le muestra al sufí -en la abstracción a la que la somete y en la introspección a la que se obliga a sí mismo- el núcleo unitario que la vertebra y que refleja. El maestro impone a su discípulo la ruptura con las apariencias y fenómenos de la existencia, dejándole una salida, la de retomar su significado interior, y también lo hace con las palabras. De esto se deduce la íntima relación entre el Islam y la lengua árabe: su estructura se corresponde estrechamente con la visión que el sufí tiene del orden cósmico.

            Mucho han debatido los lingüistas y antropólogos sobre la capacidad del lenguaje como configurador del universo de las representaciones. Moncef Chelli reconstruye las implicaciones unitarias del árabe cuando, al analizarlo, tropieza con las diferencias que lo distinguen de las lenguas occidentales. Llega a afirmar la existencia de una discontinuidad radical entre las dos culturas, una ruptura que hasta ahora ha sido obviada, y cuyo estudio, no obstante, permitiría encontrar las claves que harían comprensible el fenómeno del Islam y la mentalidad que lo sostiene:

“Estamos realmente obligados a analizar la lengua árabe porque muchas de las afirmaciones que se aceptan como verdaderas destilan evidencias inmediatas propias de las lenguas occidentales”[3].

            Este pensador tunecino, para la auténtica comprensión del talante que subyace bajo la estructura del idioma en el que ha sido revelado el Corán, propone el estudio filosófico de su espíritu. Llaman su atención la ausencia de vocales propiamente dichas, pues una palabra árabe es entonada y puesta en movimiento por recursos fónicos, pero no vocalizada, es decir, no es fijada...; la triliteralidad de sus raíces, que permite todo tipo de derivaciones y combinaciones, pero conservando siempre el sustrato de una primera idea en potencia, básica y simple, de la que las derivaciones son meros desarrollos...; la trascendental inexistencia en árabe del verbo ser, lo que conlleva el que se trate de una lengua no nominalista basada esencialmente en el movimiento y el cambio en torno a la noción original,... todo ello configura irremediablemente, según Mocef Chelli, la conciencia del arabófono, y por extensión la de todo musulmán, y confiere un matiz propio y determinante a su personalidad:

No hay una acción sin una organización y una estructuración del mundo; es el lenguaje el que nos da la base misma de esa estructuración. La manera en que el nombre que designa la cosa se relaciona al adjetivo que designa la cualidad y al verbo que designa la acción es de la más alta importancia. Es a través del lenguaje como el hombre se comprende a sí mismo y prepara su acción[4].

            En realidad, la misma lengua predispone a una concepción dinámica de la existencia en los términos que más adelante señalará el Šayj al-‘Alawî en su exposición de la Doctrina, estableciéndose de este modo un definitivo vínculo histórico entre el árabe y el Islam. Y de esta fecunda interrelación siempre han sido conscientes los musulmanes hasta el extremo de anunciar sus expertos la imposibilidad de verter el Corán a otras lenguas[5]. La insistencia en el Dikr, como práctica en la que se resalta la capacidad hipnótica de la palabra y que supone ejercitarse en la percepción de esa fuerza evocadora, no es casual. Es posible que haya sido esta concentración en la intensidad propia del sonido lo que haya permitido a pueblos no arabófonos asumir los valores del Islam e integrarse en su cosmovisión.

            Desde la perspectiva del Šayj, lo importante no es la formalidad del lenguaje, sino lo que puede sugerir. En definitiva, lo relevante es el entendimiento, el Fahm, estimulado en este caso por la estructura del árabe. El entendimiento resulta de una inmersión que lleva de la apariencia externa de las cosas a la Verdad que las configura. El sufí se abandona al sentido que le va siendo revelado, sin condicionarlo: esto es lo esencial, pues Allah, como enseña el Corán, “está en cada momento en un asunto distinto”[6]. La palabra pertenece al ámbito de los cambios incesantes, pero el significado alude a Allah. Buscar los significados, o empezar a intuirlos, asumir esa energía evocadora del lenguaje, es emprender el camino de retorno hacia su Señor, dejar el mundo en la superficie que le corresponde e investigar las esencias que lo fundamentan, indagar en todo lo que hay de potencial en él y que se manifiesta en una pluralidad de acciones. Todo esto es capital a la hora de enfocar el estudio de la Doctrina, que es formulada en palabras que exigen ser entendidas en todas sus consecuencias.

            Cada término incluye todo un universo de connotaciones que aprovecha el sufí. Y es así porque un rasgo esencial que caracteriza al árabe es un dinamismo interior que permite una gran movilidad entre los distintos grados de los significados a los que se refiere. Es como si la realidad que evoca fuera percibida a distintos niveles. El sufí verifica la palabra, respetando las fases de su significación: cuando la investiga, con una comprensión que le ha sido dada como resultado de su atención, esa palabra lo reenvía a una raíz donde la transparencia de la idea que comunicaba en primer lugar se diluye en una noción primaria y amplia. Pero esa misma raíz, por consonancia, a su vez le sugiere otras, y así hasta remitir a un núcleo indecible del lenguaje, un centro o corazón en el que se esfuma todo resquicio de inteligibilidad, siendo el momento en el que descubre el aliento o espíritu alrededor del cual gravita el universo de las representaciones.

            Lo esencial es que ese desmantelamiento del mundo acompaña al proceso de desapego que el aspirante sigue con su práctica rigurosa del Islam. En el centro se encuentra el instante de su encuentro con Allah en la intimidad de su conciencia, en el eje de su personalidad, haciendo verdad las palabras del Profeta: “Quien se conoce a sí mismo, conoce a su Señor”. Pero la progresiva inmersión del sufí en el dominio de los significados internos de la lengua árabe supone, de igual modo, la sucesión de unas etapas a lo largo de las cuales se va precipitando el desbordamiento infinito de las connotaciones. Es el estado insoportable que lo abruma en la angustia y el vértigo de un torbellino de intuiciones y al que los maestros se refieren cuando explican lo que les empuja al acto emancipador de la escritura. Las obras sufíes son el resultado de la agitación en la contemplación de la inmensidad. La inquietud fuerza y da rienda suelta a la comprensión, que es rigurosa a la vez que creativa, espontánea y justificada.

            La relativa imprecisión de la lengua árabe, que permite un amplio margen de libertad al sufí, ha sido advertida por los orientalistas. Massignon señala que la ambigüedad concierne en especial a “los términos fundamentales de la cultura árabe”[7]. Pero estas oscilaciones del sentido, según Jean-Paul Charnay, “no pueden ser consideradas a priori como un arcaísmo lógico, una carencia resultante de un insuficiente esfuerzo de disociación, sino que suponen al contrario la ‘condensación’, por una especie de ‘repliegue sobre el centro’, de la multiplicidad de los posibles, y su aparición simultánea o diacrónica”, y concluye haciéndose una pregunta esencial en este tema: “Desde este ángulo, ¿no constituye (la lengua) un modo de pensamiento específico?”[8]. Este pensamiento específico está más allá de la filología: se trata de una reflexión que se da en las circunstancias que detalla el Šayj al-‘Alawî. La inmersión en la palabra, sin el auxilio de la especulación, permite el contacto directo con sus verdades, sin someterlas a la tiranía de los supuestos. Es a lo que se refiere el Šayj con la cita coránica que condena a los reyes que destruyen ciudades y humillan a los más nobles de sus habitantes[9]: las elaboraciones forzadas y los artificios corrompen la verdad inmutable de la palabra. La gramática debe ser trascendida en un proceso que afecta también al aspirante.

            Las ciencias del lenguaje dotan al estudioso de maestría en su uso, pero no son suficientes para entrever el alcance al que aluden los sufíes. El conocimiento formal ejerce la función de velo al satisfacerse en sí y desviar la atención hacia sus propios desarrollos lógicos, mientras que el aspirante a la ciencia de los sabios busca más allá de los juegos de la retórica. Es la perfección interior la que opera transmutaciones en el entendimiento. Es entonces cuando el universo entero se hace elocuente.


 

[1] Joseph Chelhod, Les structures du sacré chez les arabes, p. 12.

[2] Titus Burcjhardt, El arte delIslam, p. 70.

[3] Moncef Chelli, La parole arabe, p. 31.

[4] Ibid, p. 20.

[5] Cosa que, por otro lado, el mismo Corán sugiere; véase, por ejemplo, XII-2, XIII-37, XX-113, IL-28, LI-3.

[6] LV-29.

[7] Louis Massignon, Réflexions sur la structure primitive de l’analyse grammaticale en arabe, en Arabica, t. I, fasc. Y, enero de 1954, p. 3.

[8] Jean-Paul Charnay, L’ambivalence dans la culture arabe, p. 9.

[9] Corán, XXVII-34.