SEGUNDA INTRODUCCIÓN

EL ENTENDIMIENTO

 

La educación del oído

 

 

25. Del maestro de mis maestros, Mawlây al-‘Arabî ad-Darqâwî, he oído referir que una vez estaba de viaje con un grupo de discípulos. Pasaron junto a un trovador que cantaba: “Me abandonó la enfadada, pero se quedó la perfumada”. El Šayj se le acercó y se detuvo agachando la cabeza. Los alumnos se escandalizaron ante su actitud. Cuando el trovador hubo acabado su recitación, el Šayj le entregó el dinero que llevaba consigo, expresando así su alegría por lo que había oído. Uno de los discípulos le censuró su acción diciendo: “¿Cómo te permites, señor, prestar atención a unos versos licenciosos?”. El Šayj le respondió: “¿Y porqué no habría de atender a quien me anuncia que la enfadada se me va, dejando en su lugar a la perfumada?”. Aludía con ello a su alma de la que habían desaparecido las cualidades rebeldes al dominio del corazón, permitiéndole descansar del esfuerzo de tener que doblegarlas.

            En una ocasión, yo asistía a un banquete junto a mi mentor y guía, Sîdî Muhammad al-Buzaydî. El poeta estaba en otra habitación y recitaba sus versos. El maestro, atento, escuchaba las palabras que nos llegaban, con todos sus sentidos puestos en los significados, hasta que el recitador dijo: “¿Romperás la copa? Se derramará el vino”. De pronto, mi maestro gritó, y exclamó con su voz más potente: “¡Allah!”. Se volvió hacia mí y me dijo: “¡Levántate! Vayámonos para que no me suceda lo que me está sucediendo”. Nos marchamos inmediatamente, y durante el camino no dejó de repetir el verso, hasta que nos separamos.

 

            El Fahm, el entendimiento, depende de la capacidad de oír hasta que se da de modo inconsciente el paso al desciframiento. La educación del oído, el Samâ‘, es una de las disciplinas en las que mayor énfasis ponen los sufíes, los cuales organizan audiciones regulares que buscan estimular el arrebato ante el poder seductor de las palabras hermosas y bien trabadas. Prestar atención a una recitación del Corán o un poema no es simplemente escucharlos sino seguir y concentrar todo el ser en la vibración y fuerza de sus sonidos, ligados estrechamente a su significación[1]. El impacto sobre el ánimo de la voz que salmodia un texto agudiza la capacidad para comprender el sentido remoto y original. Por ello es preferida la recitación armoniosa a la lectura que simplemente recoge informaciones y datos[2]: la modulación de la voz, según normas estrictas, permite, de entrada, un acompañamiento acompasado y comprometido del cuerpo que se balancea con la cadencia de las palabras y el ritmo que imprime el recitador, acabando con frecuencia en una danza extática (llamada ‘Imâra, Hadra, o Ŷadba). Esa zambullida en el corazón del lenguaje es el que abre la puerta al entendimiento trascendente y ese don se vierte sobre el aspirante. El Fahm puede traducirse en una inteligencia consciente de sí -apareciendo entonces la figura del maestro- o en una forma de vivir en concordia con la sabiduría que hay en las cosas. 

            Ya el Imam al-Gazâli destacó en su Ihyâ’ la facultad evocadora de la música y la entonación que despiertan lo mejor y lo peor que lleva el hombre en sus adentros[3]. El Profeta reconocía el poder de sugestión de la poesía, su magia capaz de hipnotizar el ánimo del oyente arrastrándolo a los abismos del mundo de los significados, tal como dice también el Corán: “En cuanto a los poetas, los siguen los perdidos: ¿es que no los ves errando por los valles diciendo lo que no hacen?”[4]. A pesar del aparente tono censor del versículo, el Profeta entendía que ese carácter subyugante del sonido también podía alzar el espíritu, y él mismo escuchaba a los trovadores de su tiempo, diciendo: “En la poesía hay, ciertamente, sabiduría”.

            Muchos maestros sufíes fueron autores de compilaciones en las que recogían sus poemas que, junto a pasajes del Corán y fórmulas sintéticas de carácter sapiencial, son la base para la realización del Samâ‘ en sesiones ordenadas[5]. Esas audiciones son la forma intensa y comunitaria que adopta el Dikr, la práctica del Recuerdo con el que despierta la Memoria. Se procura con ello alcanzar un estado de emoción espiritual (Hâl) al que se llama Jušû‘, un temor o quiebra en la conciencia que desvía al aspirante de su vigilia y lo embriaga. Ese sobrecogimiento lo arrebata al mundo y lo centra en la contemplación de los significados unitarios. Le provoca una conmoción (Waŷd) que le hace perder toda referencia de sí y lo sumerge en el Majestuoso, pasando el aspirante a errar por los valles del Gayb, la inconciencia en la que pierde sus sentidos con la abolición del espacio y el tiempo.

            Hay que advertir que las sesiones de Samâ‘, precisamente a causa de su fuerza, provocan recelos porque fácilmente desatan pasiones y excesos, se confunden con encantaciones mágicas de dudosa intención, se popularizan demasiado, se trasforman en un ritual con pretensiones de solemnidad o degeneran en simple folclore. La danza extática, en especial, ha merecido duras y repetidas críticas[6]. Los maestros sufíes más severos también avisan contra los extremos y por lo general consideran desaconsejable la práctica indiscriminada de las costumbres que se han ido asentando en torno a las sesiones de audición así como consideran que se debe restringir el acceso a ellas[7]. Pero no por ello se deja de insistir en la necesidad de cultivar el Samâ‘ en su sentido primigenio. Al contrario, la habilidad para oír con el corazón es una virtud apreciada por todos.

            El Šayj al-Harawî describe los grados de la audición o Samâ‘[8]. Habla primero del Samâ‘ del común de los musulmanes. Es el modo en que los musulmanes prestan atención a las enseñanzas del Islam. Dice que, en este primer nivel, el oído sensible capta el mensaje que le dirige el Corán con una perspicacia que estimula al hombre a dejar lo que el Islam desaconseja y obedecer cuanto indica. El oído coincide con el presentimiento de que quien habla a través del Libro es Allah, y con ello deja intuir al musulmán que los esfuerzos en el cumplimiento de las enseñanzas es ya de sí un beneficio. Este entendimiento viene de la integración de su ánimo en el ritmo de la Palabra en la que descubre a su emisor, y en la fuente del sonido encuentra una estrecha correspondencia con sus anhelos. La ‘Âmma, la generalidad de los musulmanes, se detiene en la comprensión de la superficie del Discurso, obteniendo el fruto que permite, y que consiste en una vida conforme a la Voluntad y un Destino placentero junto a Allah.

            Al-Harawî señala que los que obran así lo hacen movidos por el deseo que surge del temor y la esperanza, el temor hacia aquello con lo que Allah los amenaza y la esperanza en la recompensa que les promete. Esa percepción tiene un doble valor: por un lado, les hace actuar sin que tengan que pesar sobre ellos imposiciones irracionales o arbitrarias, pues la Palabra de Allah tiene en sí una fuerza que se apodera de sus corazones con una energía transformadora; y, por otro lado, les hace enfocar sus vidas hacia un objetivo claro que es su Señor. A esta actitud el Šayj al-Harawî la llama Istibsâr, una mirada que va más allá de la simple visión al ser anunciadora, un principio de trascendencia suficiente en sí que libera al hombre de cortedad en su horizonte.

            En segundo lugar, al-Harawî describe el Samâ‘ de la élite, la Jâssa, los que se han iniciado en el Camino. Dice de su Samâ‘ que es una atención que les hace descubrir al objetivo enfocado (Maqsûd), y que no es otro que Allah, en todo símbolo (Ramz) sugerido a su entendimiento. Todo lo que el aspirante oye le habla hondamente de Él, de sus Cualidades, Nombres, Acciones, le enseña el secreto de sus normas, promesas, amenazas, prohibiciones y órdenes, y le muestra su justicia y su riqueza. A este oído se le llama Samâ‘ por Allah (billâh), para Allah (lillâh), en Allah (fîllâh) y desde Allah (minallâh). -Por Allah, es decir, con Él y a través de Él, implicando que no queda ya mucho del ego del oyente, habiéndose ausentado en su Señor de modo que sus atributos personales se disuelven, no juzgando ni previniéndose, completamente abandonado en Allah. -Para Allah, es decir, dirigiéndose hacia Él sin que otra voluntad lo mueva que no sea la de su Señor en cuyas Manos se pone. -En Allah, es decir, entendiéndolo todo desde la perspectiva de Allah, en toda su grandeza, sin hacer referencia a sus propias medidas con las que la razón enjuicia la realidad. -Desde Allah, es decir, esforzándose por trascender la Palabra hasta llegar a Aquél que la pronuncia, escuchándola a partir de Él, eliminando en su percepción el medio que le sirve de trasmisor.

            El que se inicia en la Vía lo hace con la conciencia de que su viaje tiene una sola meta tras la cual ya no hay nada, y que es Allah: “En tu Señor está el final” (LIII-42), por lo que no se detiene por mucho tiempo en ninguna de las etapas del camino. Tiene vedada la dispersión (Tafarruq), debiendo concentrar todas sus fuerzas en la síntesis (Ŷam‘), buscando con su oído la esencia sin desperdigarse en el carácter prolijo del Discurso.

            Por último, al-Harawî se refiere al Samâ‘ de la élite de la élite (Jâssat al-Jâssa), que son los que han llegado al término del viaje concluyendo los procesos. En su Samâ‘ no hay ninguna participación del sonido y desaparece cualquier titubeo o confusión. Se produce entonces el Kašf, la develación mística, que es cuando “el corazón da de frente con la realidad a la que se refiere lo oído”. Ni tan siquiera él está presente como oyente, habiéndose extinguido cualquier resto de la personalidad aislada, por insignificante que sea, y una vez extinguido vuelve a extinguirse en su extinción (Fanâ’ al-Fanâ’), y resurge entonces trasformado, comunicándose en él plenamente lo eterno y lo efímero, y lo que no tiene principio con lo que no tiene final. Se convierte en un istmo, un espacio en el que se encuentran lo último y lo primero, cerrándose por fin el círculo de su existencia.

            Todos estos procesos desembocan en una manera de mirar hacia el mundo que recoge la inmensidad que hay en su esencia. El sufí es extraordinariamente sensible, en comunión constante con la Verdad. Ello le permite destacar el significado que hay en todo. Cuando dirige esa sensibilidad al Corán y a la Cosmovisión que hay en su base, el resultado es una interpretación que resulta inesperada a los propios musulmanes.


 

[1] Según al-Kalâbâdî, el entendimiento nace de escuchar con la emoción, y no con el ‘no-ser’. Véase en Mu‘ŷam al-Mustalahât as-Sûfiyya, p. 138.

[2] El Profeta dijo: “No es de los nuestros quien no canta con el Corán”.

[3] Abu Hamid al-Gazâlî, Ihya’ ‘Ulûm ad-Dîn, p. 69, vol. III.

[4] Corán, XXVI-224, 225.

[5] El Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî también publicó su Dîwân, uno de sus libros más importantes y conocidos.

[6] Algunos autores han lanzado contra la práctica del Samâ‘ sufí la acusación de bid‘a, es decir, se trataría de una novedad sin precedentes en la enseñanza original del Profeta y, por tanto, carecería de legitimidad. Dicha acusación ha sido contestada por muchos expertos, pero el debate se mantiene vivo. La visita a las tumbas de los maestros -considerada por algunos una especie de culto a los muertos y a los santos irreconciliable con el espíritu del Islam-, las extravagancias de los ‘locos de Allah’ y el Samâ‘ están entre los puntos de mayor fricción entre los partidarios y los detractores del sufismo.

[7] Entre esos maestros severos se puede contar a Ibn ‘Arabî, pero no al Šayj al-‘Alawî que consideraba beneficioso incluso el fingimiento del éxtasis (Tawŷûd) porque lo propicia y acaba convirtiéndose en una auténtica conmoción válida  (Waŷd).

[8] Al-Harawî, Manâzil as-Sâ’irin, comentado por Ibn Qayyim al-Ŷawziyya, Madâriŷ as-Sâlikin. Para la cuestión del Samâ‘, ver pp. 501-505, vol. I.