EL ENTENDIMIENTO
El entendimiento particular
24. He oído hablar entre los seguidores del Camino de tres hombres que en cierta ocasión escucharon a un pregonero decir palabras imprecisas relativas a la calidad de sus mercancías, y cada uno de ellos entendió que le era dirigida una sentencia desde Allah. Los tres eran sufíes, y uno de ellos escuchó: “Procúralo, y verás el bien”. Otro escuchó: “Ahora verás mi bondad”. El último oyó: “Nada hay más amplio que mi bondad”. En realidad, las palabras que habían oído eran una sola frase, pero las escucharon con oídos distintos.
Allah ha dicho: “Cada cual sabe reconocer la fuente de la que beber”. En este mismo sentido, el Imam al-Ŷîlî dijo en su célebre ‘Ayniyya:
Cuando una paloma, en la rama de un sauce, gorjea,
y responde la tórtola con sus lamentos desde la enramada,
mis oídos no captan sino la cadencia de la pasión.
Y de vosotros, no ya de las aves, oigo las mismas quejas.
El Mašrab es una fuente, un lugar del que beber. Cada conocedor, cada hombre, tiene su propio Mašrab, un manantial que lo inspira. Ese venero puede ser el predominio e imperio en él de alguno de los cinco sentidos físicos o sus correlatos espirituales, o bien de la razón especulativa o la inteligencia práctica. Ello suma en total doce fuentes, y de ellas beben doce tribus distintas, doce caracteres que determinan la comprensión de los hombres, la percepción que tienen del Ser y su modo de situarse en la existencia. Se trata de las distintas perspectivas desde las que, en función de su talante, cada hombre mira hacia a su Señor. La Verdad es Una, pero cada cual la acomoda a su personalidad.
Éste es, en resumen, el Ta’wîl o interpretación espiritual de Ibn ‘Arabî al relato coránico en el que Moisés, en el desierto, golpea con su bastón una roca para hacer brotar los doce arroyos, uno para cada una de las sedientas tribus de Israel. Allah crea agua para toda esa sed, se muestra a cada hombre según requiere su predisposición. Y “cada cual supo reconocer la fuente de la que beber”, de acuerdo a su humor e inclinación natural. Moisés es la razón discriminante, el bastón es la memoria y la roca es el corazón del que fluye el agua de la vida a partir de su centro[1].
En su comentario, Ibn ‘Arabî cita un hadiz: “Quien pierde un sentido, pierde un conocimiento”. La necesidad de saber es una sed innata que sólo es calmada según las exigencias de unas condiciones específicas del individuo que hacen para él apropiada y satisfactoria una percepción determinada de la realidad. No siendo ésta sino una, cada saber es un punto de vista, según el órgano que se emplee, acerca de un mismo objeto, que es el Ser.
En realidad, en el mundo de las esencias, la personalidad singular es tallada en el hombre por la manifestación a él de algún aspecto de Allah. En la síntesis suprema de esa variedad de perspectivas está la Verdad, que ha querido todas las opiniones y las ha contrastado para dar hechura a sus infinitos modos. En el sufí, cuando transciende incluso su propio método, prevalece el amor integrador, una inclinación apasionada que lo devuelve a los orígenes y le obliga a dirigir los sentidos hacia el objeto de sus deseos -la Verdad- sin marginar ninguna de sus implicaciones. Para lograrlo usa a fondo sus doce sentidos.
Podemos decir, por tanto, que el Fahm, el entendimiento, es el resultado de la agudeza de esos doce sentidos. Cuando han sido afilados en la práctica del Islam y han sido vigilados por un maestro que los proteja de los asaltos del ego, se desatan en el aspirante introduciéndolo en la visión mística de la realidad, la Mušâhada o contemplación de lo esencial, y entra así en una relación confidencial con la Verdad. Pero aunque hemos sugerido que son el fruto del afinamiento de los sentidos, el Fahm no es una adquisición (Kasb) del hombre, sino que es un puro don (Wahb) al coincidir con la muerte de su ego: es el prodigio que Allah obra en la reducción a la propia nada a la que el hombre somete su ser. La poesía sufí, las visiones de los peregrinos, los arrebatos de los exaltados, todo ello es comprensible desde esta perspectiva. Esas manifestaciones apasionadas parecen excéntricas a quien carece de esa fineza de espíritu, y las reprocha desde la cortedad de su experiencia limitada a las significaciones inmediatas y superficiales de cuanto existe.