SEGUNDA INTRODUCCIÓN

EL ENTENDIMIENTO

 

Oír más allá de lo evidente

 

 

23. Eso es lo que los ha hecho oír algo más en aquello que se oye. Descubren su ciencia hasta en lo que es más insignificante a los ojos del común. No desprecian nada porque para ellos todo lo que hay en la existencia señala hacia la Unicidad de Allah, y así es cómo lo que se considera vil es, a sus oídos, una alabanza.

Una anécdota cuenta que en presencia del Šayj Makîn ad-Dîn al-Asmari fueron recitados los siguientes versos:

 

            Si tuviera quien me facilitara el encontrar vino

            no esperaría para beberlo a que se ocultara el sol.

            El vino es cosa sorprendente cuando lo bebes.

            ¡Bebe! aunque el beber te acarree el reproche de la gente.

            Yo digo al que me censura a causa de un licor puro:

            “Habita tú en el Paraíso, y déjame a mí en el Fuego”.

 

Había en la reunión un hombre que interrumpió diciendo: “La recitación de esos versos no es lícita”. Pero el Šayj Makîn ad-Dîn se dirigió al recitador y le ordenó: “Sigue, y no hagas caso a lo que dice este ciego”.

 

            El bien y el mal, la pureza y la impureza, la justicia y la injusticia, la verdad y la falsedad, existen sólo en las relaciones creadas, en la pluralidad de las manifestaciones, pero no en la esencia de las cosas donde sólo está presente el acto fundador de Allah. Nosotros, de hecho, diferenciamos, y el Corán lo refrenda -pues hasta nuestras elecciones son creadas por el Uno-. Pero las cosas no son buenas o malas, puras o impuras, justas o injustas, verdaderas o falsas, en sí, sino por el juicio que sobre ellas emite Allah, su Creador. El musulmán ama por Allah y detesta por Allah, pues por sí solo, únicamente deduce que todo es de Allah y viene de Él. Este principio básico, el de la indeterminación original, es reconocido por la ciencia del Fiqh, pero al interesarse este último saber en las condiciones de las relaciones atiende con ello en exclusiva a las normas con las que las enjuicia la Revelación. El Fiqh enfoca la realidad en tanto que existe objetivamente según un criterio humano validado por el Corán y la Sunna, que nos enseñan a acogernos a lo beneficioso y apartarnos de lo perjudicial.

            Al ser el Tasawwuf un retrotraimiento hasta la raíz, el sufí pierde el contacto, en esa dimensión, con los juicios del interés o de la Ley. El sufí no anula el valor de esas atribuciones; las respeta en el marco en el que deben ser respetadas, en la existencia formal -creada y sancionada por Allah-, pero, una vez inmerso en el océano de las esencias reales, en lo increado, sería un error en el enfoque mantener los prejuicios. Cuando, por ejemplo, el sufí escucha hablar del vino, o bien lo cita en sus poemas, lo hace desde esa perspectiva que alude a otras significaciones concomitantes. Sólo el faqîh velado (Mahŷûb), es decir, ciego por la creencia en lo unívoco de su ciencia, lo censura al entender en ello una referencia al sentido inmediato, y, por tanto, ve en las palabras del sufí una trasgresión de la norma.

            Esto debemos trasladarlo a todas las enseñanzas de los sufíes. Con frecuencia, ellos hablan desde el fundamento de las realidades, sin que podamos deducir que niegan los juicios con los que Allah valora sus manifestaciones. Al volver del trance recuperan la sensatez común, que resucita en ellos en medio de la experiencia anterior. Es así como reúnen y separan, mezclan y distinguen. Y lo hacen en función de un don con el que han sido beneficiados y que recompensa los esfuerzos de su sinceridad. Están dotados de un entendimiento que les permite acceder a esas intimidades, pero que no es común entre los hombres. Su consagración a Allah los ha hecho extraordinariamente sensibles, y en todo ven algo que Allah les dice directamente, tal como el Šayj ejemplifica en el siguiente párrafo.