EL ENTENDIMIENTO
La capacidad de oír
22. El sufí sabe oír lo que no es capaz de oír nadie. Y sabe interpretar todo discurso y encontrar en él algo que resulta ser lo que tiene de bueno. De ésos es de quienes Allah ha dicho: “Ellos son los que escuchan las palabras y siguen lo mejor que hay en ellas. Son los que Allah conduce, los poseedores de corazones”. ¡Por encima de toda reflexión posible está Quien los guía, Quien los ha acercado a Sí mismo, Quien los ha purificado hasta hacerlos recoger sus normas y sus actos a partir únicamente de su Dueño! Son los que oyen lo que no oye la gente, los que ven lo que no ve la gente. Sus cuerpos están entre nosotros, pero sus espíritus están junto al Soberano Verdadero. Son lo que uno de ellos dijo:
Mi corazón está junto al Amado, ahí es donde permanece,
en eterno diálogo con Él:
junto a vosotros sólo está mi lengua.
El rigor del Fahm radica en que, al haber agotado en sus límites extremos sus propios procesos especulativos, el sufí libera en sí una percepción de la realidad que los trasciende sin negarlos. Al igual que su corazón y su espíritu han sufrido una transfiguración en el rigor de la disciplina a la que se ha sometido, su inteligencia adquiere una delicadeza que le permite penetrar en el secreto de las cosas. Ha alcanzado su frontera a partir de la cual se abre un abismo impensable, sobrecogedor e infinito, y sus prioridades quedan trastocadas. Olvidándose de sí mismo se ha entregado por completo a su Señor hasta que Éste se apodera por entero de él y lo sumerge en su océano, realizándose el sentido último de la palabra Islam, la claudicación. Es lo que ya hay prefigurado en lo más simple del Islam, y es confirmado y saboreado en la experiencia sufí.
El sujeto humano desaparece en el Agente Real que pasa a protagonizar todo su ser y todas las facultades de su vida. El hombre mortal queda agotado en su Señor y muere su ego, su ficción. Una vez extenuado, desde la superficie de la existencia da el paso hacia la Esencia y en ella no hay otra cosa que su Dueño (Mawlà) del que se convierte en íntimo (Walî) sellándose el pacto definitivo al que se llama Wilâya. Ibn ‘Aŷîba lo expresa en los siguientes versos en los que el Deseado dice a su pretendiente:
“Oh, tú, el enamorado de mi hermosura, / la dote que exijo a quien pide mi mano es elevada: / un cuerpo pálido, un aliento agotado, / párpados que no hayan probado el sueño, / un corazón en el que sólo Yo tenga cabida. / Cuando quieras, paga el precio. / Muere, si quieres, una muerte eterna: / sólo la muerte te acercará a mi espacio... / Despréndete de las sandalias si vienes / a esta morada, pues en ella está mi santuario. / Despójate de los dos mundos / y retira de entre nosotros lo que nos separa. / Y cuando se te diga: ‘¿A quién amas?’, responde: / ‘Yo soy quien ama, y a quien amo es Yo’...”[1].
La sabiduría del sufí estriba en que no es él el sabio sino Allah, en cuya sabiduría el ser humano se pierde y de la que se abastece, convirtiéndose en su trasmisor en la vía de Muhammad. Todo musulmán vive ya eso en la superficie misma del Islam, es consustancial al Islam; pero el sufí ahonda hasta la mayor de las proximidades posibles al centro en torno al que gravita el mundo que el Islam construye. El sufí se acompaña de conciencia en su vivencia del Islam, y es esa conciencia la que lo alza, la que lo hace sabio y la que lo singulariza. Los que han intimado con su Señor, los Awliyâ’, son llamados por el Corán los poseedores de corazones, Ulû l-Albâb (IXL-18). Son los que se han retrotraído hasta el núcleo central (Lubb), la profundidad de sí mismos en el que coinciden con el Ser Absoluto, y desde ahí comprenden la creación, desde su fuente misma, y por ello oyen lo que no se oye y ven lo que otros no aciertan ver.
Ellos entienden lo que nadie percibe: la orden inefable que obliga a ser conmoviendo, el Amr, el mandato impugnable de Allah que la existencia obedece sin siquiera advertirlo pues pertenece al ámbito de las razones previas. Es entonces cuando advierten en toda su plenitud lo que significa que la existencia entera y todas las criaturas son gobernadas por Allah, que todo es manifestación de la Verdad, y que el Islam lo abraza todo, uniendo y separando, mezclando y distinguiendo, en correspondencia con la naturaleza de las cosas y sus manifestaciones, tal como el Šayj al-‘Alawî expresará al final de sus comentarios a las conclusiones que se extraen del significado de la Šahâda: ‘No hay más Verdad que Allah’ columna vertebral de la ‘Aqîda.