SEGUNDA INTRODUCCIÓN

EL ENTENDIMIENTO

 

Multiplicidad de significados

 

 

21. Sucede que incluso entienden un significado sabio bajo la fachada de una palabra innoble -de todo sabe sacar provecho el avisado-, ya sea en su literalidad, ya sea en su carácter de alusión a algo más profundo. Los sufíes coinciden con la gente en la formalidad del término pero divergen en la intención, al igual que coinciden con ellos en el objeto propuesto, que es Allah, pero divergen en el modo de su contemplación. Participan con los demás hombres en el oído, pero se singularizan en la percepción. Allah ha dicho: “Todo es regado con el mismo agua, pero hacemos que, como alimentos, unos frutos sean mejores que otros”.

 

            Las interpretaciones que hace el entendimiento sufí (Fahm) parecen inoportunas y extravagantes a primera vista como si fueran el resultado de una emotividad descontrolada. La hermenéutica espiritual ha suscitado desconfianza en algunos medios musulmanes. Hay autores -sobre todo en la actualidad- que la rechazan en bloque considerándola una innovación extranjera al espíritu del Islam (Bid‘a) cuya intención sería la de justificar doctrinas extrañas haciéndolas derivar de manera arbitraria de versículos coránicos o hadices del Profeta. Pero, como dice Pierre Lory, las explicaciones sufíes se fundamentan en la realización espiritual y, además, su hermenéutica no es el fruto de inspiraciones individuales, separadas de todo soporte tradicional y superpuestas sin más al texto original[1].

El Šayj puntualiza en el pasaje anterior el carácter del que están revestidas tales desarrollos, y volverá a recalcarlo más adelante. No hay rechazo alguno a la objetividad: ésta guía necesariamente las reflexiones y es garantía de rigor. El mundo y las apariencias son la Luz de Allah, son lo que Él quiere, la concreción de su Voluntad, y no meras falsedades. Este es el punto de partida, y se vuelca sobre todo acto interpretativo. Al-Qâšâni, comentando los al-Fusûs de Ibn ‘Arabî, lo recalca declarando que la interpretación no es válida si no tiene en cuenta el valor inmediato de las palabras en conformidad con el consenso de los hablantes de esa lengua[2]. El entendimiento sufí no descuida el sentido de la Palabra accesible a todos sino que lo completa y enriquece con su mensaje original olvidado en la adherencia de la atención a circunstancias secundarias. No pretende abolir o relegar el significado literal; al contrario, ahonda en su significado hasta alcanzar sus últimas consecuencias.

            El sentido aparente es el hilo conductor que permite el acceso a las entrañas del significante; no obstante, la ligazón puede parecer a veces insuficiente. Lo concreto es ofrecido en primer lugar y no puede ser obviado: se trata de una profundización y no una desviación. Penetrar en su mundo interior no desautoriza la enseñanza exterior sino que la confirma. Es más, el que indaga en la esencia saborea con mayor intensidad lo que es anunciado en la superficie de su manifestación externa.

Todo depende de la amplitud de la percepción. Conforme crece el espíritu del hombre en la muerte del ego, la facultad para entender lo universal se acrecienta. El versículo que cita el Šayj (XIII-4) es comentado así por Ibn ‘Arabî:

Todo es regado con el mismo agua,... es decir, el ser humano es, en su integridad, alentado por el agua de la vida; pero ‘hacemos que unos frutos, como alimentos, sean mejores que otros’..., es decir, los frutos y facultades de la vida. Y, así, es mejor la inteligencia que la sensación, la visión que el tacto, el autocontrol que impone la sabiduría que la renuncia a la que obliga la virtud...”[3].

Se trata de potenciar esas facultades que la vida permite hasta dotarse de un entendimiento trascendente, que ya es un don de Allah. El conocimiento que se adquiere abarca, progresivamente, todos los planos y niveles de la realidad, encontrando en todo un mismo Origen que se diversifica en una multiplicidad de manifestaciones, y el sabio entonces deja de estar subordinado a la simple apariencia. La apariencia pasa a sostenerse sobre su esencia.

Pero es necesario repetirlo, pues está en el origen de muchas confusiones: las conclusiones de los sufíes son personales aunque estén arraigadas en la verdad. No se exige al musulmán su aceptación, porque son fruto de una experiencia. El maestro debe revestir su enseñanza de una modestia que impida ser tomada como una exigencia. En una ocasión, el califa ‘Umar ibn al-Jattâb, de quien el Profeta había dicho que era, por antonomasia, el inspirado (Muhaddat) entre los musulmanes, si es que debía haber alguno, escribió unas órdenes a cuya cabeza su secretario puso: “Esto es lo que Allah ha mostrado al Príncipe de los Musulmanes”, pero él le increpó, diciéndole: “Bórralo y pon: ‘Esto es lo que opina ‘Umar ibn al-Jattâb. Si es correcto, viene de Allah. Y si es un error, me pertenece a mí y al demonio’...”.

La inspiración es personal y puede ser refutada. Es un camino para el que es favorecido por ella, si bien debe reconocer su autenticidad confrontándola con la Revelación. Hecha esta objeción, que sitúa en sus coordenadas el hecho de la inspiración, el musulmán se acerca al sufismo con la actitud conveniente, sabiendo que, como musulmán, se le exige la adhesión a lo más claro del Islam y que lo que le queda es cumplir con su propia intuición más profunda. El sufismo, dentro del Islam, a pesar de las tensiones, es la escuela que ha hecho de esa experiencia interior una posibilidad para todos y su éxito es la demostración de su validez en medio de la intimidad intransferible con Allah.


 

[1] Pierre Lory, Les commentaires ésotériques du Coran, pp. 17-18.

[2] Al-Qâšânî, Šarh al-Fusûs, p. 34

[3] Ibn ‘Arabî, Tafsîr, p. 631, vol. I.