EL ENTENDIMIENTO
La interpretación desde el rango de los sufíes
20. Has de saber que los sufíes no comprenden lo que la creación les dice más que a partir de Allah. Esto lo exige el rango en el que están asentados: no son ellos quienes interpretan. No te extrañe, hermano, que entiendan otro significado en el caso de una palabra empleada para algo restringido, pues la capacidad de trascenderlo es para ellos haber alcanzado un grado noble en el entendimiento. Es más, es el más elevado de sus grados, porque significa que entienden desde Allah.
La Gente de Allah está de acuerdo en que el hombre comprende a partir de Allah en la medida de su proximidad a Él, y saben que una palabra que designa algo concreto puede ser recogida de distintos e innumerables modos siendo capaces de extraer de ella sutilezas extraordinarias. Y todos ellos afirman que el aspirante sufí no debe escuchar más que en Allah y en su Mensajero, o atender a cuanto lo acerque a ellos.
El Método sufí, la Tarîqa, implica una decidida inmersión en Allah-Uno hasta la muerte radical del sujeto en tanto que supuesto ente autónomo y aislado. Éste no deja de ser; en realidad no se extingue. Al contrario, su verdadera identidad emerge entonces con fuerza, pero sin perder su referencia en el detonante de toda realidad, al que se llama Fuente Total de la Existencia (‘Ayn al-Wuŷûd al-Kullî), de la que el Profeta es la representación polar y a quien el aspirante se ata decididamente. Se dice que el peregrino acaba absorbido y simultáneamente afirmado en la Presencia o Plano (Hadra) de su Señor. Con ello, ha superado la Gayriyya, la alteridad. Quien ha dado ese paso no es un Otro, no es alguien que compite con Allah, sino que ha vencido su conflicto con la existencia; ha derrotado su autoafirmación en el asilamiento y pasa a existir en el Destino, en el Poder Presente.
Su entendimiento, o Fahm, es traspuesto de raíz y pasa a dilucidar con el Principio, y no desde la insuficiencia del ego (Nafs) separado de su propia esencia universal (Rûh), es decir, alejado de su Gabriel o Ángel de la Revelación (Ŷibrîl -Ŷabrâ’îl- o Gabriel es el nombre del Rûh, y significa Poder Reductor -Ŷabr- de Allah). Su nuevo entendimiento es integrador: no comprende desde la formalidad de la palabra ni oye el discurso de las criaturas dispersas, sino que todo, a partir de ese momento, se trasforma para él en Recuerdo que vibra en las cadencias de un sonido primordial portador del significado básico. Este es el grado de la Ma‘rifa, el Conocimiento Supremo, la Gnosis.
Para el sabio con Allah (billâh), la existencia habla de la Verdad y brota de Ella, y su entendimiento es desde Allah (‘anillâh), desde lo que hay de soberano en sus adentros, y no desde lo que él advierte por sí mismo en la superficialidad de las cosas. Su interpretación, que es lo que significa al fin y al cabo el término entendimiento, consigue desentrañar esa relación inmediata entre cuanto oye y aquello a lo que se refiere lo oído en su origen, precisamente porque es una interpretación guiada por Allah en tanto que vórtice generador de significados en el que el sufí se ha desvanecido. El estudio atento de la Doctrina, según la detalla más adelante al-‘Alawî, y la práctica del Dikr junto a la interiorización de las manifestaciones del Islam, conducen al afloramiento y activación de ese resorte. El hombre es capaz entonces de abarcar los secretos recónditos de la existencia en el vértigo de su alusión desde una perspectiva que se superpone a la de la simple razón especulativa.
El Fahm ‘anillâh, la comprensión a partir de Allah o entendimiento trascendente, resulta de una intervención de Allah en aquél que se predispone hacia Él y que se inicia con la comprensión en Allah (Fahm fîllâh), es decir, educándose en una forma de percepción que lo haga digno de escuchar el sonido primitivo que subyace bajo todas las voces. Esa disciplina consiste en la estricta observancia del Islam, poniendo el corazón en ello. Como señala el Šayj al-‘Alawî, la clarividencia resultante no consiste en una interpretación que surja del ánimo del aspirante. A esta operación con la que Allah interfiere la facultad de comprender de la razón del hombre se la llama Ifhâm (o Tafhîm), el acto de hacer entender. Ibn Qayyim al-Ŷawziyya la sitúa entre las modalidades con las que Allah se comunica con el ser humano, inspirándole el significado primero de lo que oye y guiando sus pasos. Al resultado se le llama Ta’wîl, devolución y regreso al origen, pues con ello el sufí recupera lo esencial, lo que está en el fondo de lo que Allah le trasmite directamente o a través del Profeta:
“El entendimiento es un beneficio del que Allah hace objeto a un ser humano, una luz que deposita en su corazón gracias a la cual sabe y percibe lo no que otro no percibe ni sabe, comprendiendo en un texto algo que el otro no alcanza a distinguir, siendo ambos iguales en la retención y comprensión de su significado inmediato. El entendimiento ‘a partir de Allah y de su Mensajero’ es el signo de haber alcanzado el grado de la Siddîqiyya, es el Pliego que certifica la Intimidad con el Profeta, y es lo que marca la diferencia entre los sabios, siendo uno entre mil el que conquista ese rango” [1].
El Ifhâm acontece en el seno de una relación dialéctica: en la medida en que el hombre va depurando su mundo interior (Bâtin), guiado por un favor especial que se le dispensa en la razón de una sabiduría atemporal, a la vez va afinando su omnicomprensividad, es decir, su propia analogía con la Verdad. Su sensibilidad más profunda, que ya no encuentra obstáculos entre ella y el objeto al que aspira, empieza a percibirlo con mayor nitidez. Con la creciente pureza del órgano perceptor, el Corazón, aumenta progresivamente la nitidez del objeto enfocado: Allah, que se le va revelando en la proximidad (Qurb). El mundo interior se desborda derramándose sobre el mundo exterior (Zâhir), sumergiéndolo en la Verdad del Poder que está en la raíz de las cosas y de los fenómenos.
Es por ello por lo que se afirma que el Tawhîd, la Doctrina de la Unidad, es de hecho un camino y la descripción de una meta para que ésta jamás sea perdida de vista. Los secretos de la Unidad (los Asrâr), sus últimas connotaciones e intimidades, van apareciendo paulatinamente englobándolo todo hasta convertirse en la única realidad distinguible. Lo verdadero se muestra entonces, y ante el espectador es descorrido el velo que hasta ese momento había estado disimulando ese centro en torno al que gravitan las criaturas y en el que se recogen al final. El amante y el Amado se funden, no como la fusión de dos cuerpos distintos sino como acto apasionado que, al borrar todo los velos, desnuda a la Identidad (Dât): desaparece lo que nunca ha existido y permanece lo que nunca ha dejado de ser[2], y el hombre se abisma en la Verdad a la vez descarnada y subsistente, y se convierte, a su vez, en su vestidura, arropándola en su interior, agigantándose en Ella.
El Tawhîd, por tanto, más que el enunciado de una Doctrina, es un Camino, el as-Sirât al-Mustaqîm, el Sendero Recto del que habla el Corán en su primer capítulo: Ihdinâ s-Sirâta l-Mustaqîm, “¡Guíanos al Sendero recto!” (I-6). El Sendero Recto es la Vía que siguen los dotados de sobrecogimiento ante Allah (al-Muttaqîn), y es el Camino de Allah (Hudà), porque Él lo inspira en medio del abandono a Él de quien fluye con Él. Hay siempre una simultaneidad de todo que es difícil de expresar en palabras pero que está en la base de las enseñanzas del Islam.
La manera de inspirar ese Camino y conducir por él (Hidâya) es diversa. En los profetas, la Hidâya adquiere la forma de Taklîm, que es cuando Allah habla directamente al destinado a ser su mensajero. Es Wahy, Revelación, cuando entre Allah y ese mensajero media un velo: entonces es como un susurro que llega a su corazón. Por último, esa guía llega a través de un Ángel (Málak) que trasmite al mensajero lo que Allah desea comunicarle. Con estos procedimientos, Allah muestra su Senda (Hudà) y conduce a la humanidad por ella (Hidâya), ya que la manifestación a un profeta tiene una fuerza tal y una función que va más allá de su persona y compromete a la gente.
En el común de los hombres, en cada caso concreto, la Hidâya puede adoptar la forma de Tahdît, que es un susurro de intensidad menor. En segundo lugar viene el Ifhâm, que hace comprender al hombre lo que Allah pretende en lo que le enseña o en lo que le exige, y es el grado que nos atañe aquí. Después viene el Bayân, que es lo que al hombre le dicta su inteligencia o la llegada a él de la enseñanza de un profeta, acompañada de signos que la hacen irrefutable. Otra forma de guiar de Allah es el Ismâ‘, cuando dota a un ser humano de la capacidad de escuchar y lo hace atento a las enseñanzas. También las visiones sinceras (Ru’yâ Sâdiqa), que se producen tanto en sueño como en vigilia, y comunican un saber o anuncian algo. Otro grado de la Hidâya es el Ilhâm, la inspiración, que en realidad es un término genérico para todas las formas con las que Allah guía al común de los hombres, y que está por encima de la simple perspicacia[3].
Por supuesto, estas manifestaciones -exceptuando las propias de los profetas- pueden provenir de la fantasía, la alucinación o el desequilibrio mental, y entonces no reciben el nombre de Hidâya. Frente a esta contingencia hay que estar prevenido, y muchas reticencias al sufismo tienen su origen en la frecuencia con la que simples perturbados se proclaman maestros o iluminados. La garantía de la corrección de las inspiraciones es su fidelidad a la Revelación, o al menos a su espíritu, y que el estado del que las reciba sea el de pureza, sinceridad y clarividencia. La Revelación es el Dâbit, el criterio corrector de toda inspiración; es el juez que valida las pretensiones. En cualquier caso, las formas de Hidâya del común de los hombres atañen personalmente a cada sujeto, y no son transferibles. Es lo que las diferencia de las inspiraciones de los profetas, que sí obligan a toda la comunidad.
Allah guía inquietando primero el espíritu de un hombre, que entonces se pone en marcha haciendo mediar sus esfuerzos. Cuando se sumerge por completo en Allah, su espíritu se afina y se hace capaz de entender lo que no alcanza el que carece de esa sensibilidad forjada en la sinceridad, la entrega y la práctica severa del Islam, desmantelando las maquinaciones del ego hasta que Allah pasa a guiarlo directamente. Esa guía ha estado siempre presente, pero es entonces cuando se manifiesta en su pureza, al haber dejado atrás toda contaminación procedente de la inconsistencia del mundo y que perturba el entendimiento correcto. Es la plenitud de la Hidâya, y entonces el aspirante se asienta sobre el verdadero Camino, el de la Hudà de Allah: “Ese Libro, en el que no cabe la duda, es Camino (Hudà) para los sobrecogidos (muttaqîn)” (II-2). El Libro al que se refiere este versículo es el Corán o el universo en su totalidad, cuyos signos son desentrañados por quienes, gracias a su sensibilidad, está dotados de Fahm. Ese entendimiento acaba comprendiendo lo que hay en todas las cosas.