EL ENTENDIMIENTO
El Islam es completa y radical pasividad en Allah, un abandono incondicionado a Él, el cual es identificado con la Verdad que da consistencia y rige lo real, quedando todo reunificado en su Unidad. El Islam, en su meta, coincide así con la naturaleza de las cosas, que son en lo que las hace ser. Es musulmán quien, en lugar de dejarse confundir por las apariencias y encerrarse en sus ídolos, en lugar de atarse a sus propias maquinaciones, se abre plenamente a su Señor inabarcable para asumir su Querer, entregándosele sin reparos. Claudica ante la Verdad en lugar de manipularla con sus pasiones. Vuelve de su lejanía para reintegrarse en el acto creador que mantiene y gobierna su vida, a la que Allah sirve de fundamento intangible que lo libera constantemente de la Nada y los fantasmas de la Nada. Todo ello sobre la firmeza de una ‘Aqîda, de una Cosmovisión bien asentada en la conciencia, una interpretación del mundo y de su Señor cuya coherencia exige esa actitud. Basta con su enunciado básico, la primera parte de la Šahâda: No hay más Verdad que Allah... La acción del musulmán es, a partir de entonces, un reencuentro con lo que hay en sus orígenes, en sintonía con el Poder Creador y guiada por Él. Y su saber, a partir de entonces, tiene la delicadeza de lo primigenio.
El musulmán abandona el conflicto, es decir, la afirmación de la autosuficiencia -la suya y la de su mundo- que lo distancia de su propia fuente, lo sumerge en la quimera de las banalidades y lo condena a la frustración; retorna de un endiosamiento que lo apartaba de la Verdad que forja y liga entre sí todas las cosas. Se vincula a Allah, y su espera a las puertas es recompensada con una respuesta, la Hidâya, que consiste en ser guiado por Allah tras haber estado expuesto a las pasiones del ego. En cualquier musulmán, la Hidâya está en la base de su propia voluntad que le hace aceptar el Islam y lo empuja a su seguimiento. Para el Profeta esa guía fue el Wahy, la Revelación. En el caso del sufí, ésta tiene su equivalente en el Kašf, el Develamiento, y después en el ‘Iyân o Visión Directa, con los que recupera el origen y el sentido de los que manó la senda señalada por el Mensajero al cual sigue en sus palabras, acciones y estados espirituales (es decir, su Costumbre, o Sunna).
Ese flujo con Allah recibe el nombre de Hudà, el Camino de Allah, que también significa sensatez inspirada por la Verdad. Hudà es vivir iluminado por la Hidâya. La sabiduría que hay en ese Camino la indicamos con la palabra Tawhîd, la Doctrina de la Unidad. A su discurso lo designamos con el término Corán. A su forma práctica la denominamos Islâm. A su concreción en una persona la llamamos Muhammad. Aludimos a su virtud cuando la describimos como Sendero Recto. A todo lo supeditado a lo anterior lo calificamos como vías, métodos o maestros. En estos sentidos, podemos afirmar que el Tawhîd, el Islâm, el Corán, Muhammad,... son Hudà, el Camino. Es Allah mismo el que lo inspira, únicamente Él es el Guía (Hâdî) sobre esa Senda, y esto es de suma importancia. Sólo metafóricamente el Tawhîd, el Corán, el Profeta o a cualquier maestro son guías, y únicamente en la medida en que señalan hacia Allah y nos lo recuerdan.
Al acto de sugerir al ánimo del ser humano ese Camino se le llama Hidâya, que es la intervención de Allah con la que conduce los pasos hasta el Camino y muestra cómo transitar sobre Él. La Hidâya estuvo presente en el momento en que Allah reveló el Corán a Muhammad, en la aceptación de los musulmanes, en cada estímulo que los mueve a cumplir con la enseñanza. Es decir, la Hidâya tiene una fuerza intensa y un alcance universal, y es entonces Revelación; o tiene una fuerza menor y un horizonte limitado, y es inspiración. Adopta formas naturales presentándose en todo lo que incita al hombre a seguir el Islam (un pensamiento, una idea repentina, una sensación, una experiencia traumática), o formas sobrenaturales cuando se manifiesta acompañada de signos prodigiosos. La Hidâya, esa insinuación indicadora del Camino, puede ir o no acompañada de la ayuda de Allah (‘Awn, Madad), pero sobre esto hablaremos en el próximo capítulo.
De las muchas maneras en las que se concreta la Hidâya, la forma de guiar de Allah que más nos interesa aquí es la que recibe el nombre de Ifhâm (o Tafhîm), la concesión de un entendimiento (Fahm) que permite comprender el significado de las cosas desde el secreto de Allah mismo. Ese entendimiento especial, que sólo uno entre mil sabios posee, es el que alumbra las explicaciones que al-‘Alawî va a desarrollar comentando el sentido más profundo de la ‘Aqîda.
La entrega del musulmán a su Señor no es un simple deseo. Se basa en un conocimiento que se deduce de la ‘Aqîda y que justifica plenamente su flujo con la Verdad, única actitud acorde con una comprensión real de la trascendencia del ser. Simultáneamente, esa entrega se concreta en una acción (‘Amal) regida por la Revelación; una acción conforme a lo que Allah quiere. Por tanto, el Islam entraña un saber y un entendimiento iniciales que se van afilando con la práctica hasta desencadenar procesos interiores que ya no dependen de la voluntad del hombre, sino que son algo añadido a sus capacidades. En todo momento, Allah ha estado guiando al hombre, ha estado ejerciendo en él su Hidâya, su acto con el que guía, enseñándole la radicalidad de la exigencia de Allah, inspirándole primero el seguimiento del Islam y apoderándose por completo del ser humano al final, colocándolo en Hudà, en el Camino.
Esa intervención de Allah -que adquiere diferentes formas, conduciendo interiormente los pasos de todo musulmán- conforma la Hudà, el Camino mismo de Allah, que es el trasfondo de la vía que sigue el hombre aparentemente por cuenta propia. La senda es del hombre mientras él se ve a sí mismo como protagonista, padeciendo entonces el rigor de sus esfuerzos y sujeto a sus errores y torpezas, y es Hudà cuando se descubre que es Allah el que guía, en todo instante, al que aspira a Él. La Senda pasa de Tarîq a Hudà cuando el yo del hombre se atenúa en la sumisión a su Señor, si bien, en el fondo, jamás ha estado ausente. Desde el momento en que el buscador siente en sí la inquietud que lo hace despertar y lo mueve a cumplir con el Islam, incluso en lo más simple, la Hidâya está presente y ese musulmán está sobre el Hudà, el Camino Interior. La transmutación coincide con el momento de la transparencia, cuando emerge el asiento de las cosas apoderándose de las manifestaciones exteriores en la disolución de la autonomía aparente.
El contenido práctico de la Revelación es la Šarî‘a, la Ley, el Gran Camino, el Sendero, cuyas características fueron descritas por Ibn Qayyim al-Ŷawziyya: es recto, claro y amplio, de modo que pueda seguirlo la humanidad entera[1]. Aferrarse a la Šarî‘a, que es la condición primera, es dirigir el ser hacia Allah, y entraña la conclusión de un pacto, una alianza (Wilâya) en virtud de la cual la criatura y su Creador, interior y a la vez absoluto[2], quedan comprometidos y pasan a apoyarse en una solidaridad unitaria cumbre. El Corán enseña: “Si auxiliáis a Allah, Allah os auxiliará” (XLVII-7). Allah y el hombre avanzan en intimidad hasta que ésta deshace los extremos en su centro.
Según lo anterior, hay varias ciencias que analizan la Šarî‘a desde perspectivas distintas. El Kalâm razona sobre los aspectos teóricos de la enseñanza muhammadiana. El Fiqh examina su dimensión práctica para describirla al común de los musulmanes. Su lectura del Discurso revelado parte de la necesidad de ofrecerlo a la acción. Para el faqîh, el experto en esta materia, la prioridad consiste en vertebrar a los creyentes en el seno de una comunidad que los acoja sin excepciones. La tercera de esas ciencias es el Tasawwuf que inspecciona la clave interior de la Šarî‘a y determina e integra la sabiduría que la origina, remitiendo constantemente a las bases (Qawâ‘id).
El Kalâm tiene por objetivo identificar a Allah y el Fiqh busca la realización de su Voluntad, mientras que el Tasawwuf trata de la realidad del Islam descubierta como resultado del saboreo efectivo e íntimo de sus enseñanzas. Estas ciencias, constituidas formalmente en el segundo siglo de la Hégira, han conocido un gran desarrollo ramificándose con el tiempo en un gran número de corrientes, tendencias y métodos, todas ellas legítimas mientras extraigan lo esencial de sus reflexiones del Corán y de la Sunna. El Aš‘arismo en materia de Kalâm es la corriente que goza de mayor prestigio. En el Norte de África, la Escuela o Madhab del Imam Mâlik es prácticamente hegemónica en asuntos de Fiqh y jurisprudencia. Por su lado, la Tarîqa o Vía del Šayj aš-Šâdilî[3], de la que se derivan muchas otras, entre ellas la Darqâwiyya, y de ésta la ‘Alawiyya, es ahí la principal corriente sufí.
La exposición de los fundamentos teóricos del Islam (la ‘Aqîda) tiene siempre una formulación asequible a todos que sirve de soporte a las interminables y especializadas disquisiciones del Kalâm, que sí exigen una preparación. Por su parte, la práctica externa del Islam tiene niveles que van de la tolerancia a la intensidad. El Imam aš-Ša‘râni desarrolló esta idea en una obra capital, al-Mîzân, en la que analiza el enraizamiento de esta necesidad de posibilitar el Islam, según las exigencias individuales, en todas las escuelas del Fiqh: ello permite al musulmán ejecutar las prescripciones en la medida de sus certezas y fuerzas. El origen de esta permisividad esté en un versículo del Corán que dice: “Allah no compromete al ser humano más que con aquello a lo que el hombre es capaz de responder”[4]. A semejanza de esto, el Tasawwuf tiene diversos estadios que van del mero cultivo de las cualidades elogiables, como asunción personal de lo que es Allah (Tajalluq) para adentrarse en su significado, a la absoluta inmersión en el conocimiento verdadero de la Identidad Creadora (Ma‘rifa), fruto de la iluminación.
Todo es en función del entendimiento, la predisposición y las energías naturales de cada musulmán. Entramos así en el tema de la segunda introducción a la obra del Šayj: del mismo modo en que el entendimiento (Fahm) -una de las actividades esenciales de la inteligencia- tiene distintas manifestaciones que van de la simple asimilación a la posibilidad de deducir, imponiendo en el ámbito exterior del Islam reacciones como el Taqlîd, la imitación ciega, o el Iŷtihâd, el esfuerzo intelectual con el que se analiza rigurosamente los textos, de la misma manera a su vez el entendimiento del Corazón -el órgano de percepción místico- cuenta con un carácter propio que no es la mera intuición sino que se basa en una sensibilidad que percibe e integra con un rigor similar, en su gradación, al de la razón especulativa.
Este capítulo se llama: “Introducción segunda que trata de cómo los sufíes entienden muchos significados a partir de una única palabra”. El tema nos conducirá por el territorio de los sentidos interiores que encuentran su correspondencia en el seno de la permeabilidad con la que el sufí acoge las inspiraciones que le van llegando avanzando en la síntesis que lo conduce al Uno-Único. Esta forma de comprender está relacionada con potenciales de la lengua árabe cuyo carácter evocador se advierte a poco que se realice un esfuerzo. El Fahm, el entendimiento, si bien está vinculado a algo innato, también puede ser educado. La insistencia en la práctica del Dikr, el Recuerdo con el que se rememora el Principio a partir del que todo surge, tiene mucho que ver con un método de concentración que progresivamente revela los distintos niveles de significación de un mensaje básico. El Islam aconseja esta práctica que los sufíes convierten en su seña de identidad más característica; es más, el Corán considera que recuperar la Memoria, calificada como lo más grande, es el corazón en todas las prácticas islámicas. El Dâkir, el practicante de esta disciplina, acaba captando la profundidad de cada palabra, a la vez que reacciona, en su mismo ser, al significado al que alude, siguiéndolo hasta su fuente, a la raíz desnuda del término donde se vincula al conjunto total de la lengua. Durante el recorrido, en el que va acompañando al sonido, el aspirante recoge las múltiples connotaciones, lo cual opera trasformaciones importantes en el ánimo, hasta que llega al límite extremo de sus fuerzas. Finalmente, la facultad del Entendimiento abarca todas las cosas y recoge la enseñanza que hay en todas las realidades.
El Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî desvincula este entendimiento, capaz de sacar jugo al lenguaje, de la propia gramática que sirve de norma y soporte a los arabo-parlantes. El Fahm va más allá de la comprensión de un enunciado, o de su corrección. Se trata de un acto que implica al hombre en la sonoridad misma de cada palabra de modo que ésta siempre lo traslada a un significado en el que se produce un fecundo reencuentro entre el sufí y la Verdad. Para ello, deberá desatender el engañoso artificio de la lengua que consiste en su exclusiva referencia a la apariencia de las realidades.
La relación entre entendimiento y capacidad de interpretación es fundamental en el Tasawwuf. Ahora bien, la interpretación del sufí jamás es subjetiva: nace del abandono a Allah, es decir, surge con la inspiración y la acompaña siendo expresión de la Ma‘rifa, el Conocimiento Inspirado. El sufí no hace sino seguir la Vía en todo momento, una Vía que le va desvelando la esencia y el alcance de cuanto existe. En su grado más elevado, por tanto, el Entendimiento tampoco tiene que ver con la voluntad y los esfuerzos, sino que es un don, en relación con el hadiz en el que el Profeta enseñó que quien practica con sinceridad lo que todos pueden saber del Islam acaba penetrando en un Saber más profundo que le viene de Allah (‘anillâh). Aunque hay una lógica sutil en el desarrollo de las reflexiones sufíes, lo importante es su origen y su alcance, que están más allá de toda formalidad.
Al igual que el mundo mismo, el lenguaje produce una fascinación que confunde al ser humano al remitirlo al aspecto superficial de su mensaje y alejándolo cada vez más de su profundidad en la que aparece como indicio que revela siempre a Allah. A semejanza de los objetos creados, las palabras representan el papel de velos que disimulan y protegen el tesoro de sus verdaderos significados y connotaciones. Penetrar hasta ellos requiere, a la vez, de habilidad e inspiración, pero fundamentalmente exige sinceridad (Sidq), que consiste en hacerse verdadero para la Verdad. Más adelante, cuando el Šayj analice la idea del Kalâm o Habla de Allah[5] negará esta facultad a las criaturas: todo sonido es de Allah y proviene de Él. Para alcanzar el fondo de esta afirmación es necesario descontaminar la existencia. La misión que el sufí se ha propuesto es la de agudizar su oído hasta distinguir el origen de esa Palabra ordenadora del universo, pero su éxito depende, en realidad, de un don.
Es fácil adivinar la conexión de estas ideas con la gran intuición que había en el prólogo a este libro, en el que al-‘Alawî decía: “Alabanzas a Quien se muestra en su ocultación y se repliega en su manifestación externa, y entonces es invisible a los ojos de sus criaturas, a causa de la intensidad de su Presencia en la grandeza de su Luz”. El lenguaje reproduce la estructura de la existencia.
[1] Ibn Qayyim al-Ŷawziyya, Madâriy as-Sâlikîn, p. 10, vol. I.
[2] Allah se manifiesta al ser humano en signos interiores y exteriores: “Les mostraremos nuestros signos en sí mismos y en los horizontes”, pues Allah lo abarca todo sin que para Él haya límites, ni espacio ni tiempo. Corán, XLI-53.
[3] La Tariqa Šâdiliyya (también Šâdaliyya o Šâduliyya) deriva, a su vez, de la Vía del Imam al-Ŷunayd cuya genealogía espiritual se remonta hasta el Imam ‘Ali.
[4] Corán, Corán, II-286. Comentando este versículo, Ibn ‘Arabî dice: “ Allah no carga al ser humano con más de lo que pueda contener; no violenta su capacidad y su predisposición natural a las distintas manifestaciones de la Verdad”, Tafsîr, p. 162, vol. I.
[5] Kalâm aquí significa Palabra de Allah, y no debemos confundir este término con el de ‘Ilm al-Kalâm o Ciencia del Kalâm que consiste en el estudio racional de la Doctrina.