La palabra árabe

MONSEF CHELLI

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Cómo la palabra fija el sentido de la cosa

        Pronunciando las vocales de sus primeras sílabas, los niños occidentales aprenden ya a separar el acto de fonación de sus productos, según el procedimiento que describíamos en el capitulo precedente. El adulto tiene, por tanto, un asidero en el discurso que le desvincula de la fuente del sentido, incapacitándolo para resolver los problemas fundamentales relativos al origen de las lenguas. Es sin duda la razón por la que los pensadores occidentales, cuyo genio y astucia son admirables cuando se apoyan en el lenguaje, después de dos milenios y medio no han podido superar las aporías de Platón y de Aristóteles en lo que concierne a los problemas relativos al lenguaje mismo.

    El problema central es el que consiste en saber si son las palabras que dan su sentido a las cosas, o sí las cosas proporcionan el sentido a las palabras que las designan. Ya Platón mostró que el espíritu que aborda este problema se encuentra encerrado en un círculo vicioso: -Sócrates: "...Tú declarabas antes, si lo recuerdas, que aquel que ha establecido los nombres, los ha establecido necesariamente teniendo la conciencia de las cosas en relación a las que las establecía... Entonces, ¿por medio de qué nombres él había, sea aprendido, sea encontrando las cosas, si es verdad que los nombres primitivos precisamente no estaban todavía establecidos? y que, por otra parte, el conocimiento dado y el descubrimiento de las cosas han sido declarados por nosotros imposibles si no gracias a lo que nos enseñan sobre la naturaleza de las cosas, un conocimiento dado y un descubrimiento espontáneo de los nombres... ¿De qué manera debiéramos, pues, declarar que es en conocimiento de causa que esas gentes han hecho una tal institución, en otros términos, que han sido legisladores, antes incluso que ningún nombre existiera, antes de que ninguno de ellos les fuera conocido... si toda vez el conocimiento de las cosas no es posible más que partiendo de los nombres» (Platón, Cratilo, 438 a-b).

    Platón no salió del círculo que tan bien había descrito: las Ideas platónicas entrañan el milagro en el que los artificios del lenguaje occidental han creado la apariencia pero no lo explican; no parece que los lingüistas modernos que rechazan las Ideas hayan progresado en el sentido de la solución de un problema tan importante.

No obstante, Platón enfoca durante un momento la vía que, según nosotros, conduce a una solución: «(de todas las concepciones la más autorizada)... es la ya mencionada, según la cual es de ciertos Bárbaros que nosotros hemos recibido esos nom­bres (los nombres primitivos) y que los Bárbaros son más antiguos que nosotros, ¿o es bien que a causa de su antigüedad, son también imposibles de analizar tal como lo son los nombres de tronco bárbaro?» (Id. 425 e-426a). Y es suficiente considerar una lengua como el árabe donde la vocal no forma parte integrante del vocablo para que una solución aparezca. La vocal, en efecto, enmascara dos hechos fundamentales: la relación original que los nombres entrañan entre ellos y la relación original que entrañan con el que habla. Y sin embargo, la primera de esas relaciones nos permite comprender cómo la palabra fija el sentido de la cosa y el segundo nos permite comprender cómo la cosa abastece al nombre con su materia significante.

    Una palabra que no es más que un signo transparente no sabría añadir nada a la cosa puesto que no vale por sí misma siendo su función la de designar un sentido exterior. Del mismo modo, una palabra que valiera por su sonoridad no sería más inteligible por ese sentido inminente que la cosa que denomina. Para que la palabra pueda hacer inteligible lo que denomina, debe contener en sí las condiciones de la inteligibilidad, que lleve en sí misma más que la realidad empírica que los sentidos pueden percibir. Y es eso precisamente lo que la ausencia de vocal nos permite constatar con la palabra árabe. Puesto que no hay vocales en el cuerpo fijo de la palabra, eso hace que las consonantes solas contengan el sentido, pero como por otra parte todas las palabras son derivadas, según unas reglas, a partir de raíces de tres consonantes (a veces, pero raramente de cuatro consonantes y ciertos gramáticos piensan que las raíces cuatrilíteras han sido formadas por adición de una consonante a una raíz original trilítera) resulta que el conjunto de los sentidos que la lengua comporta o que puede inventar, es necesariamente conducido por el ordenamiento de tres a tres, de veintiocho, consonantes que son las que componen el alfabeto árabe. Sea un total de: A3,=19.656.

    Así, una palabra árabe devuelve a una raíz y esa es uno de los diecinueve mil seiscientos cincuenta y seis ordenamientos que forman el cuerpo de la lengua. Pero esos ordenamientos no están simplemente yuxtapuestos los unos al lado de los otros, sino que se comunican todos entre ellos. La raíz que significa comer: `kl, no tiene ninguna letra común con la que significar beber: chrb, pero se comunican por letras comunes con la que significa vientre: krch. Adorar: `bd, no tiene ninguna letra común con skt: callarse, pero sbt: permanecer postrado las pone en relación. Los ordenamientos de la combinatoria están todos en comunicación por un sistema de anastomosis: los que no tienen dos letras comunes tienen una y los que no tienen ninguna, es fácil siempre encontrar un tercer ordenamiento que tenga letras comunes con una y otra para comunicarlas. No insistiremos en lo que es un lugar común de la gramática de la retórica árabe, el hecho de que las palabras tienen letras comunes o que las permutaciones de una combinación presentan un parentesco o un lazo en el sentido. El hecho nuevo que queremos poner en evidencia, es que un ordenamiento no puede presentarse al espíritu, sin que los diecinueve mil seiscientos cincuenta y cinco restantes estén en cierta manera presentes, y que el sentido no está ligado a una palabra aislada, sino que el sentido circula por el intermediario de las anastomosis a través de toda la combinatoria.

        Pero, se nos dirá que esas anastomosis no existen, que la imaginación puede inventar una multitud que pondría en evidencia nuevas relaciones y harían aparecer nuevos sentidos. Sin embargo, no pretendemos en absoluto que la práctica de una anastomosis en un sentido más que en otro, sea otra cosa que un juego posible para el espíritu, es necesario que sea así pues las palabras árabes son siempre equivocas y los que practican el árabe saben la infinita distancia que existe entre la lengua fijada por los orientalistas y los cristianos libaneses autores de diccionarios y la lengua popular que permanece cerca de su fuente donde un matiz de voz, un estremecimiento de las consonantes, un desplazamiento de contexto pueden cambiar totalmente el sentido. No se habría discutido durante siglos acerca de cada versículo del Corán si Allah lo hubiese revelado a Muhammad en la traducción de Régis Blachére. Si partimos del principio que el sentido de las palabras debe estar en el punto de partida neto y riguroso, es evidente que nuestra hipótesis de las anastomosis es absurda, pero si se piensa, que en el punto de partida, las palabras estaban más a la búsqueda de sentidos, que no ofrecían un sentido ya fijado, que ha sido necesario la autoridad de un gran número de maestros y académicos para que los diccionarios puedan ser establecidos, entonces nuestra hipótesis aparecerá plausible y se reforzará a medida que se considere las otras características del significante árabe. Pero no hay que exagerar esta ambigüedad de la lengua árabe, pues ciertas anastomosis son tan evidentes, o bien han sido impuestas con tanta insistencia por los primeros poetas preislámicos, que ningún espíritu procura rechazarlas y forman como pequeños islotes en el interior de la combinatoria de conjunto; donde el sentido está apenas fijado en tanto que se resiste a la tentación de hacer de los acercamientos incongruentes y despertar nuevos sen­tidos por una figura de retórica inesperada, estremeciendo las bases del Islote coagulado.

        Si consideramos la palabra como ligada a un conjunto, y teniendo su lugar de derecho en una totalidad ordenada, de suerte que cuando se presenta la conlleva necesariamente en telón de fondo a partir del cual se separa como elemento del discurso, la combinatoria entera que le da su valor, entonces comprendemos fácilmente lo que la palabra puede aportar a la cosa y cómo puede fijar su sentido.

        Las cosas se encuentran en el espacio y lo que caracteriza al espacio es que las cosas están allí separadas, unas no están en las otras; esto mismo podría definir el espacio: uno de sus puntos no puede ser ocupado por dos objetos diferentes en un mismo tiempo. Esa es la impresión que dejan las cosas que se encuentran el espacio, no alcanzan la identidad porque están separadas las unas de las otras, ninguna puede erigirse como distinta porque no puede afirmarse negando las otras que contendrá simultáneamente en sí. Se comprende que haya allí ordenamientos de una combinatoria. Forman parte de una totalidad cerrada, ordenada y comprendida, es decir, totalmente simultánea presente en el espíritu de aquel que es capaz de desarrollarla. Los ordenamientos no se encuentran por azar, se les puede deducir a priori, cada uno reenvía a todos los demás que a su vez contiene en sí y todos reenvían a él, lo que muestra, por otro sesgo, que están inscritos en su sustancia. Un ordenamiento tiene pues inmediatamente una identidad, proponerlo es inmediatamente reconocerlo; distinguirlo de los otros que contie­ne en sí, es hacer aparecer sus dife­rencias y precisar sus contornos por la combinatoria que le sirve de fondo y qué no le abandona jamás.

        Pero podemos explicar todo ello de otro modo que permitirá a la vez ver la necesidad y comprender por qué los espíritus occidentales han desistido de este tipo de investigaciones. El occidental sitúa en primer lugar el objeto y ese objeto parece enseguida tener -posibles-, sea  un árbol por ejemplo, puede ser verde o amarillento, frondoso o deshojado, puede ser una encina o un manzano, etc. es siempre a partir de un objeto previamente situado que se desarrollan los posibles; pero ello supone un problema en lo referente al objeto primeramente propuesto: ¿a partir de qué aparece en efecto a la conciencia? Si se reponía una entidad que la precede como hacen los clasificadores, no resolvemos el problema, nos enfrentamos a una recurrencia que se detiene ante las aporías del Ser. De hecho el objeto no puede existir para la conciencia si no se sigue ese proceso, es necesario que su posibilidad pueda siempre preceder su existencia pues su identificación no es otra que la coincidencia o la identidad entre su presencia material y su posibilidad a priori para el espíritu, posibilidad que no puede ser deducida más que según la combinatoria de un lenguaje primitivo.

        Así la mitad del misterio se encuentra disipada, pero la aporía de Platón se mantiene. Lo que hemos mostrado es que si las cosas estaban ordenadas en la unidad de una combinatoria, habrían sido distinguidas por el espíritu, pero no sirve de nada proponer la combinatoria vis a vis de las cosas, lo que si permanece es el problema de la relación que comporta. Pensamos que el artificio de la vocal que enmascaraba la relación de las palabras entre ellas, oculta igualmente la relación de las cosas y los. sonidos. En efecto, las cosas y los sonidos no pueden comunicar naturalmente más que por el intermediario del hombre, pero la disyunción del acto productor de sonidos y sonoridades producida por la sustitución de la articulación vocalizada a la articulación movida, se mantiene como un misterio profundo en la relación de las cosas y las palabras, dando así argumentos a los teorizadores que ven en el lenguaje una emanación del más allá.