Historias de sufíes

anterior

 

 

18 - Shaij Muhammad Uzman Abduh al-Burhani de Sudán (1894/1902-1983)

 

        Muhammad Uzman Abduh fue un dirigente puntilloso y muy influyente de la orden sufí Burhaniya Dasuqiya Shadziliya. Esta orden seguía la enseñanza espiritual de Abu 1-Hasan al-Shadzili (m. 1258) y la de lbrahim al-Dasuqi (m. 1295 o 1296), fundadores de dos importantes órdenes sufíes muy difundidas en Egipto y Sudán. La orden sitúa su origen en Abu l-Mawahib, nieto de al-Shadzili, y que según sus miembros, fue el primero que combinó las enseñanzas de estos dos maestros, trasmitiendo esta orden mixta. Algunos elementos de esta ascendencia espiritual son dudosos, y es significativo que muchos contemporáneos de Muhammad Uzman le consideren fundador de la orden más que su renovador, como se proclama él. Tradicionalmente la orden de Ibrahim al-Dasudi se reconoce con los nombres de al-Burhamuya (Burham es una alteración del nombre Ibrahim) y al-Burhaniya, por el sobrenombre de Ibrahim al-Dasuqi: burhan al-milla wa d-din, "testigo de la nación y del Islam". Los siguientes extractos proceden de transcripciones inéditas de relatos conservados de Muhammad Uzman. La lengua original es el árabe dialectal de Sudán.

 

Un día, cuando era niño, vi a un hombre sentado en la mezquita haciendo dzikr con el tasbih. En esa época yo hacia el salat con series de prosternaciones, entre las que intercalaba un centenar de veces la recitación de la samadiya (sura al-ijlas). Le pregunté: «¿Qué haces sentado en el suelo, recitando así?» Me contestó: «Es la práctica de los sufíes». «¿Querrías enseñarme esa práctica?» le pregunté. «No se la he enseñado a nadie ni lo quiero hacer, porque sólo los hombres más fuertes pueden soportarla».

Era el shaij Uzman Hamid. Me dio rabia y me eché a llorar. Era un pariente por parte de padre. El tercer día mi tío materno le dijo: «Dale la orden». Luego tuvo una visión de Sidi Ibrahim [al-Dasuqi, fundador de la tariqa Burhamiya/Burhaniya] y éste le dijo: «Dale la orden. Entonces me la dio y me enseñó los elementos fundamentales: el du'a para el perdón, la repetición de «no hay más realidad que Allah (la ilaha illa Allah)» y el du'a de las bendiciones sobre el Profeta, cada una repetida cien veces.

Sólo vi al shaij Uzman Hamid una o dos veces. En esa época yo tenía diez años. Empecé a recitar el wird sin descanso. El primer día permanecí sentado repitiéndolo todo el tiempo, y el segundo día tuve una visión de los shaijs que recitaban el wird  largo (al-hizb al-kabir) de Sidi Ibrahim. Me aprendí de memoria al-hisb al-kabir y la corta (al-hisb al-sagir) y otras plegarias que había oído durante esta visión. Me acostumbré a recitarlas y a recitar a continuación: «no hay más realidad que Allah (la ilaha illa Allah).

Todavía era un niño, después de la visita del shaij Uzman Hamid que me enseñó la práctica. Trabajaba de firme recitando los awrad cuando tuve la visión de los cuatro aqtab ( los cuatro qutb, y que designa a los cuatro grandes fundadores de las tariqas sufíes de Egipto y Sudán: Abd al-Qadir al-Yilani, Ahmad ar-Rifai, Ahmad al-Badwi e Ibrahim ad-dasuqi) que recitaban los awrad de Sidi Ibrahim (al­Dasuqi). Me aprendí de memoria lo que había oído durante esta visión y empecé a recitarlo. Un día Sidi Ahmad al-Badawi se me apareció en una visión y me dijo: «Ven, voy a enseñarte la montaña de los awliya». Esa montaña está en Sudán. Me llevó y caminamos hacia la montaña. Me dijo: «Esto es tal cosa y eso es tal otra», mostrándomelo todo. Luego llegó a una alta montaña y la golpeó con la mano, y en la montaña se abrió una cueva con un muro dentro que parecía un al-mimbar donde realizar el salat. Camine alrededor de la montaña, miré por todas partes, y le hice preguntas al guardian sobre la cueva: «¿Estaba allí antes? Me dijo: «No, es la primera vez que la veo». Cogí unas cerillas, porque estaba oscuro, y encontré dos escaleras. Entré y encontré un lugar parecido a la qibla. Entré e hice dos series de posternaciones. Desde aquel día no he vuelto a entrar. Luego una gran roca tapó la entrada.

Recité los awrad de Sidi Ibrahim sin saber a qué orden pertenecían. Pensaba practicar la orden Jatmiya. Luego llegó el tiempo del maulid [la celebración del día de los awliya] y todas las tariqas estaban reunidas. Canté unos cánticos para los jatmiyas. Me senté y canté para ellos, Cuando los jatmiyas terminaron su hadra, me marché. Alguien que me había visto cuando mi tío me había dado la orden me dijo: Tú eres burhaní. Es tu hadra. Me señaló con el dedo las tiendas de los burhaniyas, y yo dije: «No, no puede ser nuestra hadra. ¿Es nuestra hadra, esa gente que sacude la cabeza? ¡No! ¡No! ¡Tropiezan entre sí!».

El hombre me empujó hasta las tiendas. Cuando entré vi a los cuatro aqtab a los jefes de todas las tariqas de pie en hadra. Me sumé a la hadra. Luego me llevaron con ellos. Me quedé tres días, recitando dzikr sin beber ni comer. Fue así como supe que era burhaní. Seguí recitando los awrad de Sidi Ibrahim, seguí buscando la continuación de los awrad y me puse a buscar una dirección espiritual.

Cuando los aqtab me enseñaron los awrad durante una visión, me puse a recitar el wird grande, setenta veces por la mañana y otras setenta por la tarde. Vivía en una casa en la que había ÿinn. Cada vez que recitaba el wird grande, un wird que ataca directamente a los ÿinn, me quedaba sentado recitando el wird kabir, setenta veces por la mañana y por la tarde, y los ÿinn huían. Nunca se acercaban a mí...

Un día estaba trabajando en una casa y me quedé dormido. Esa noche un reloj de oro que costaba 257 libras fue robado en la casa, y por la mañana me acusaron del robo. Me llevaron a la policía para interrogarme. Eso se repitió muchos días. Por la mañana me llevaban a la policía y me devolvían a la casa al anochecer. Por la noche permanecía de pie y recitaba los awrad. Luego me dije: ..soy siervo de Sidi Ibrahim. ¡él debería demostrar mi inocencia!. Me encolericé, rompí el tasbih y desperdigué las cuentas. Me fui a acostar encolerizado.

Antes de dormirme, Sidi Ibrahim vino y me dijo: «¡Levántate! ¿Por qué estás encolerizado?». Le conté lo que había pasado. Me dijo: «Recita el wird corto 257 veces». Yo dije: «¿Un wird por cada libra? ¡No, no lo haré!». Volví a la cama. Vino a verme por segunda vez y dijo: «Levántate y recítala 113 veces». Me negué y volví a acostarme. Entonces vino por tercera vez, tenía los ojos rojos, me levantó en la cama y me golpeó violentamente en la cara, tan fuerte que su golpe me dejó una marca. Dijo: Recita la plegaria corta 100 veces».

Me levanté, fui a la sala del agua y le vi de pie fuera. Hice mis abluciones, y al salir le vi de pie junto a la cama. Hice dos series de wird mientras él estaba a mi lado. Le dije: «No tengo tasbih. ¿Cómo podré recitar?» Dijo: «Ahora te arreglo eso». Miré al suelo y vi que cada cuenta del tasbih brillaba, iluminada por una luz. Abrí la bolsa, cogí aguja e hilo y ensarté las cuentas. Cuando empecé a recitar, se marchó. Recité el número que me había dicho y luego reanudé los awrad. Por la mañana volví de nuevo [a la policía] y me dijeron: «Eres inocente, puedes marcharte». Les pregunté por qué, y me dijeron: «Hemos cogido al verdadero ladrón».

Empecé a implorar a Sidi Ibrahim para que me guiara. En esa época iba a la mezquita a aprender la jurisprudencia islámica (shariya). Un día estaba sentado en la mezquita después de una de esas lecciones y vi a un maÿdzub (un arrebatado por Allah, una persona que ha recibido una visión tan fuerte de Allah, que le han hecho perder sus facultades intelectuales ordinarias) ciego que dijo: «Siento el olor de un burhaní que se dirige al pilar que está al lado del mío». Me saludó y le devolví el saludo.

Dijo: «¿Eres burhaní?» Yo le dije: «Sí». Él dijo: «¿No me invitas a sentarme?» Yo le dije: «¿Cómo vamos a sentarnos en una mezquita? Será mejor que vayamos a mi casa». Me contestó: «Muy bien». Le pregunté qué quería de mí, y me dijo: «Sidi Ibrahim me ha enviado a ti». Yo le dije: «¡Te ha hecho recorrer el camino desde Dasuq siendo ciego!» Me dijo: «Sí». Le pregunté por qué y me contestó: «Para darte la dirección que necesitas y los awrad y para explicarte el significado de las invocaciones y darte vastos conocimientos».

Se quedó nueve meses conmigo, enseñándomelo todo, los awrad y su significado, y me dirigió como es debido.

Entonces me dije: «Señor, ¿por qué has Vuelto ciego a este hombre? Si es un hombre de bien, ayudaría mucho a la gente sirviéndole. ¿Por qué le has vuelto ciego?».

Mientras me decía estas cosas para mis adentros, el ciego me miró así y me dijo: «¡Que el Profeta testimonie contra ti! ¿Acaso esto no es blanco, y esto amarillo, y esto rojo». Me di cuenta de que reconocía todos los colores. ¡No era ciego! Lo extraño es que durante esos nueve meses el hombre llevó siempre el mismo vestido y la misma capa que al salir de Dasuq, no se cambió nunca.

Entonces tuve una visión de mi antepasado el shaij Fadh que dijo: «Las cosas han llegado a su término. Ve a tomar todos los awrad de tus antepasados». Le pregunté: «¿Dónde?» y me contestó: «Los escribí todos en la piel de antílope, los metí en unas tinajas pequeñas de barro y los enterré en un lugar determinado al lado de un árbol determinado». Luego me describió el lugar. Sabíamos que los mahdiyas quemaban los libros, pero mi abuela metió los libros de los antepasados en tinajas pequeñas de barro y los enterró. Estuvieron enterrados durante todo el periodo mahdiya y el periodo británico, hasta que me hice mayor y los desenterré. Los puse en unas cajas del tamaño de cuatro hombres. Mi abuela y yo vivíamos en este cuarto de esta casa que había pertenecido a mi bisabuelo. También teníamos una habitación de techo alto, y metimos las cajas en el cuarto pequeño. Pero yo veía que había gente en ese cuarto. Le dije a Sidi Ibrahim: «Estoy viendo gente de pie a mi lado, y me impiden recitar los awrad». Sidi Ibrahim les hizo una señal de que se marcharan, pero al día siguiente estaban allí otra vez. Volví a quejarme de ellos, y de nuevo les hizo señal de que se marcharan. Eran los malaikas de los awrad escritos en los libros.

Siempre estaba irritado porque [los burhaníes] éramos pocos, sólo éramos seis, mientras que los dayfiyas [otra orden sufí] eran muchos. Me preguntaba por qué... Les hacía de director a los dayfiyas cuando era joven y sabía dirigir.

Entonces, mientras recitaba mis awrad, vi en sueños y también despierto un tren con un solo coche. Y en ese coche había un ataúd. Cada día, mientras recitaba los awrad, veía el coche que venía de Dasuq hasta mi casa, donde yo estaba recitando los awrad. El coche llegaba y chocaba contra mí, y yo lo empujaba, llegaba y chocaba contra mí, y yo lo empujaba. Eso se repitió durante 40 o 45 días.

Luego, un día, me agarré al coche, abrí la ventanilla y miré: encontré un ataúd, lo abrí y encontré una funda de tela blanca. Levanté la tela blanca y encontré una tela verde. Levanté la tela verde y encontré una tela amarilla. Levanté la tela amarilla y vi los pies de un hombre muerto que sobresalían. Puse mi pie sobre el suyo y me di cuenta de que era exactamente igual que el mío. Me senté y jugué con el pie.

Alguien me agarró. Levanté la vista y vi a Sidi Abu 1-Hasan al-Shadhili, y a ambos lados todos los awliya y justos que observan la práctica sufí. Dijo: «Te dedicas a jugar cuando estamos aquí de pie?» Le pregunté qué querían. Ellos dijeron: «Hemos venido a buscarte». Les pregunté: «¿Quién es este?», y me contestaron: «Sidi Ibrahim».

Me senté y lloré, y grité, y dije: «¡Estaba recitando sus awrad hasta el agotamiento, y durante todo ese tiempo él estaba muerto!»

Alguien me tocó la cabeza por detrás. Miré y vi que era Sidi Ibrahim. Le dije: «¡Estás vivo! ¿Por qué han dicho que estabas muerto?» Él dijo: «Es la orden la que está muerta, no yo». Le pregunté: «¿Qué tiene eso que ver conmigo?». Dijo: «Tú eres el que la hará renacer». Yo le dije: «¡No, no, no! Sé que estas órdenes son sumamente difíciles, que les plantean a los discípulos muchos problemas y dificultades, y yo soy un hombre sencillo de Halla. No he estado en Al-Azhar ni he estudiado en Egipto. Hay miles de sabios en el mundo musulmán y miles de descendientes del Profeta». Me dijeron: «No, tú eres el que la hará renacer». Yo dije: «¡No me encargues esa misión, por el amor de Allah! ¡Sidi Abu 1-Hasan al-Shadhili, sé comprensivo!» Él dijo: «Ni hablar».

Siguieron acosándome durante dos meses, hasta que se trajeron consigo a nuestro Señor Husayn (nieto del profeta Muhammad s.a.s.). Y yo sé que nadie puede discutir una cuestion en la que interviene nuestro Señor Husayn. Si Él estaba a, no había más que hablar. Dijo: «hijo mío, no te entretengas más. Pide lo que quieras y lo tendrás».

Hice más de sesenta peticiones a favor de los discípulos, y nuestro Señor Husayn las aceptó. Primero, que ninguno de mis discípulos se volvería maÿdzub. Segundo, que ninguno de mis discípulos sería poseído por los espíritus del mal. Tercero, la abolición del retiro solitario. Cuarto, la abolición del viaje en busca de un maestro. Quinto, que los discípulos procedieran de los sectores eminentes de la sociedad, y así sucesivamente.

Nuestro Señor Husayn y Sidi Ibrahim aprobaron todas estas peticiones, y añadieron otras en su nombre: que los discípulos no adoptaran otra orden o no tuvieran concepciones erróneas sobre los shaij, que recitaran fielmente los awrad, de lo contrario el error del negligente permanecería colgado a su lado. Después de darme por la mañana la autorización para guiar discípulos, me dieron la confirmación al día siguiente para que pudiera ponerme manos a la obra.