Historias de sufíes

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17 Layla Shams al-Din Ahmad

 

        Leila Shams al-Din Ahmad cuenta su experiencia con el Shayj Mahmud Abu 1-Açm (m. 1983). Laila pertenece a una familia rica y bien educada. Daba clases de francés en un instituto, se vestía a la europea y solía ir con su marido a los hoteles, a beber vino y a bailar. Pero al mismo tiempo su familia mantenía una relación estrecha con el Shayj Mahmud Abu 1-Açm, un maestro sufí independiente. Después de hacer la peregrinación a La Meca, Laila decidió vestir a la manera islámica, dejar de trabajar y pasar las noches leyendo el Corán, dedicándose a las prácticas islámicas ('ibadas). Este cambio, según ella, se produjo por influencia del Shaij Mahmud Abu 1-Açm. No presume de una experiencia mística personal, pero cuenta su experiencia con este maestro sufi que tanta influencia ha tenido en su vida.

    El nombre original del shayj Mahmud Abu 1-Azm era Muhammad Abdallah. Empezó a ir al-kuttab cuando tenía cuatro años, y con seis se aprendió el Corán entero de memoria. Su padre trabajaba para una compañía extranjera de vinos, y el niño se negó a comer con sus padres porque su fuente de ingresos estaba prohibido por el Islam. Los vecinos del pueblo le invitaron a comer a sus casas. A los ocho años desapareció hasta los quince, y nadie supo nada de él. Contó que fue el Jidr, quien se le apareció en el camino de peregrinación a Meca, quien le puso el nombre de Mahmud Abu 1-Açm, su madre recordó que alguien le había dicho ese nombre cuando estaba embarazada.

    Se casó con una mujer de su pueblo y tuvieron una hija. Pero su mujer no soportaba vivir con él. Pasaban cosas espantosas, inimaginables. Por ejemplo, estaba acostado con su mujer y de pronto desaparecía. Su hija murió cuando apenas tenía tres años. Su mujer le dejó porque le daba miedo vivir con él. Mahmud Abu 1-Açm no volvió a casarse.

    A partir de entonces no tuvo un domicilio fijo. Sé quedó muchas veces con nosotros, sobre todo en el último periodo. Conocía a mi madre desde hacía mucho. Asistió a mi nacimiento. Me gustó desde el principio. No era un hombre común. Sus costumbres eran superiores, y era muy compasivo. Jamás pronunció una mala palabra. Son unas cualidades muy poco frecuentes.

    A mi padre le gustaban los maestros sufies y simpatizaba con el sufismo. Un amigo suyo le dijo que había un shayj en su casa, un hombre muy bueno. Mi padre fue a casa de su amigo, y allí estaba él. Se sentaron sin pronunciar palabra, sólo bienvenido. Pero mi padre sabía que el shayj Mahmud tenía pensado ir al aeropuerto al amanecer, para partir en peregrinación. Mi padre volvió a casa a la una de la madrugada y empezó a lamentar no haberse ofrecido para llevarle al aeropuerto en su coche, Cuando encendió la lámpara y se fue a la cama, oyó que alguien le saludaba, era el shayj Mahmud. Había venido a decirle que no se enojara consigo mismo y a asegurarle que tenía medios para ir al aeropuerto. Era el primer hecho extraordinario del shayj con mi padre. Estuvieron hablando un cuarto de lora. Cuando ya se marchaba el shayj Mahmud le dijo a mi padre que iria a visitarle con frecuencia. Mi padre se ofreció a llevarle adonde hiciera falta, pero él contestó: «No. Partiré como he venido». Partió y mi padre no le volvió a ver.

Una vez yo llevaba mucho tiempo sin noticias de mi hermano Sami (que vive en California) y quería hablar con él. Me fui a acostar al mediodía, y el shayj Mahmud me dijo: «¡Espera cinco minutos!» Cinco minutos después Sami llamó desde California. El shayj nunca me había prohibido dormir si tenía ganas, pero esta vez lo hizo porque sabía que Sami me iba a telefonear.

Una de las "hijas"  del shayj iba a hacer la peregrinación con mi madre. Él le guardaba el dinero. Cuando terminaron los preparativos del haÿÿ le dio el dinero, 700 libras egipcias. Ella necesitaba 300 libras más. Él le dijo: «Más tarde te daré el resto del dinero,,. Yo creía que se refería a dentro de unos días. Se levantó, fue al cuarto de baño y volvió riendo y sin resuello. Se sacó un envoltorio del bolsillo y me dijo: «Cuenta el dinero». Encontré la cantidad exacta. Me pregunté: «¿Qué significa esto? Hace un momento no lo tenía». Me dijo que telefoneara a cierta persona que vivía en Heliópolis. Pregúntale por mí, pero no le digas que estoy aquí, porque me gustaría quedarme un poco más contigo. Le llamé y le pregunté por el shayj Mahmud. Ella me dijo: Ha estado aquí hace apenas cinco minutos. Llevaba algo que le habían dado y había dejado aquí. Lo cogió y se marchó. Hizo eso para que no dudara de él o me preguntara qué había pasado. Es así como me instruyó.

Su enseñanza se ejerció de manera indirecta. No me decía: No hagas esto. Tenía una influencia sobre mí que no era del 30 por 100, ni siquiera del 100 por 100, sino del 1000 por 100. Tenía una extraña influencia sobre mí. Por ejemplo, yo tenía la costumbre de quitar la miga del pan francés y dejarla, porque no me gustaba. Hacía un montoncito en la mesa. Cuando terminamos de comer me dijo: ¿No quieres esto? Le contesté que no. Extendió la mano y se lo comió. Sentí vergüenza, y dije: Aún queda pan. Él dijo: Es mejor tirarlo en mi estómago. Me instruyó de manera indirecta, así. Hay muchas más situaciones de este tipo, que ponen en evidencia tus fallos y te permiten corregirte. Cuando vio a mi hija Rabha con pantalones, no le dijo: Ponte un vestido largo y un mantón. Quería que todo el mundo actuara por convicción. Es posible que hiciera du'a por mí y le pidiera a Allah que me guiara. Es otra cosa. Pero nunca decía nada delante de la persona.

    Nunca realizaba sus 'ibadas delante de otra persona. Cuando iba a su cuarto yo no sabía lo que hacía -despierto o dormido, presente o ausente-. No le importuné ni le pregunté qué hacía. Por ese motivo se sentía a gusto en nuestra casa. Me dio permiso para entrar si quería algo, pero me daba miedo hacerlo. Sin embargo, cuando me despertaba por la noche oía su voz leyendo el Corán toda la noche. El silencio por la noche es tal que podía oír su voz. Es posible que no durmiera nunca. Pero por la mañana, cuando el preguntaba si había dormido bien, contestaba que había dormido toda la noche. Él era así.

    No sé si prestó juramento a algún shayj. Cuando le pregunté: «¿Quién es tu shayj?», me contestó: «Mi shayj es el Profeta Muhammad (s.a.s.)». Ni siquiera sus más íntimos lo sabían.

    En los tres últimos años de su vida éramos como un solo espíritu. Estaba muy apegada a él. Cuando se encontraba aquí yo apenas salía, excepto para las compras, que hacía muy deprisa. Tenía miedo de que deseara algo y no me encontrara.

  Era de una humildad extraordinaria. Si se encontraba con un joven que podría ser su nieto, le trataba con gran respeto. Respetaba a los jóvenes más que a los mayores. Jamás habló mal de nadie, siempre decía: «Es bueno. Todos son buenos. Nunca conocí a nadie como él. No se le oía decir: «He hecho esto y lo otro. Había suprimido el «yo».

  Cuando el shayj Mahmud era más joven, realizaba prodigios delante de la gente. A1 hacerse mayor no quiso mostrarlos. Los ocultaba. En sus últimos quince o veinte años, si le pedían autorización para hacer el salat con él, contestaba: hacer du'a por mí. Si le preguntaban acerca del mundo espiritual, decía: «nadie conoce el mundo invisible excepto allah» [Corán 6:59; 7:65]. Si alguien le hacía una pregunta le contestaba: «No lo sé. Dirígete a un shayj de Al-Açhar. Sabrá más que yo». Sólo contestaba a mis preguntas, no sé por qué. A menudo, cuando quería hacerle una pregunta y no me atrevía, me contestaba en un sueño, por la noche.

Nunca le impuso nada a nadie. Después de mi peregrinación quería hacer los salat sunna.  Me dijo: «No, no. Tú no tienes nada que ver con la Sunna. Haz los salat obligatorios». Durante un año así lo hice. Cuando llegué a realizarlos a la hora exacta, me dijo: «Ahora podrás hacer la Sunna. Me hizo avanzar poco a poco. Hay shayj a los que les gusta dominar a sus dispulos, pero él no era en absoluto así. Le decía a mi marido: ve a tu trabajo. tu trabajo es tu adoración. Animó a mi padre a que trabajara y no se pasara todo el tiempo leyendo el Corán.

      A menudo se sentaba entre la gente, pero soñaba. Si todos se reían despertaba de su ensueño e intentaba adivinar el motivo de la risa. No se reunía regularmente con sus discípulos, porque no se quedaba fijo en un sitio. En las asambleas no hablaba. Pero a veces organizamos una asamblea de dzikr. No prestó juramentos ni impuso un wird. Me dijo que lo más importante era el Corán. No era muy amigo de las repeticiones de palabras, prefería escuchar unas cuantas palabras con devoción sincera. Su única enseñanza fue: «No hay más realidad que Allah y Muhammad es su mensajero», y el completo anonadamiento propio.

        Costumbres ejemplares y una humildad extrema. Enseñó con su mirada y con su alma. Siempre sentía su olor antes de que llegara a nuestra casa. Hasta Rabha reconocía su olor. Tras su muerte, los dos primeros años, sentía su presencia por todas partes, más incluso que durante su vida. Le veía en visiones, sentía su olor. Pasados dos años eso fue pasando. Puede que fuera mi reacción a su muerte.

 

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