Historias de sufíes

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13- Habib al-‘Awami contó lo que sigue:

 

         Yo tenía una mujer de mal carácter. La temía por su rudeza y sabía que podía hacerme daño. Un día me dijo: “Si hoy no traes dinero, no vuelvas a casa ni me muestres tu cara”.

         Salí y me dirigí a un lugar cercano al cementerio, preocupado y asustado. Como de costumbre, me puse a hacer el salat hasta que llegó la noche, y volví a casa sin nada. Temía sus reproches así que le dije: “Ha alquilado mis servicios a un señor rico y generoso, pero al final de la jornada me ha dado vergüenza pedirle el salario de la semana por adelantado”. Le pareció bien y se calló, y me dejó en paz.

         Al día siguiente pasó lo mismo. No encontré a nadie que quisiera mis servicios y estuve haciendo el salat cerca del cementerio hasta que llegó la noche. Y así pasó la semana. Le dije a mi mujer: “Me da vergüenza pedirle mi salario”. Ella me respondió a gritos: “Pídele tu salario, o busca a otro”. Y se lo prometí. Pero al día siguiente volví a encontrarme sin trabajo, y pasé el día como siempre.

         Por la noche, volví a casa aterrado, sin saber qué decir. Pero al acercarme, vi que salía humo de la chimenea, y cuando entré vi que la mesa estaba preparada con toda clase de alimentos y bebidas. Mi mujer estaba alegre, como nunca antes lo había estado, y me dijo: “El que ha contratado tus servicios nos ha enviado todo esto. Ha enviado un mensajero cargado de presentes, que me ha dicho: Habib es un buen trabajador, un magnífico servidor. El que ha contratado sus servicios no es de los que se retrasan en el pago, no es avaro ni pobre. Disfrutad de todo esto, y aún os aguarda mucho más,... y empezó a entregarme bolsas de oro y plata”.

         Entonces, me puse a llorar, y le dije: “¿Sabes quién nos ha enviado todo esto?”. Y mi esposa me dijo: “El noble señor al que sirves”. Y yo le dije: “Así es. Mi Señor es el Dueño de los tesoros de los cielos y de la tierra”. Cuando mi mujer oyó las palabras que le dije, lo comprendió y palideció, se puso a temblar y proclamó a gritos su arrepentimiento, y juró que nunca más volvería a urgirme.

        

 

 14- Un buen hombre contó lo siguiente:

 

         Yo era barquero en el Nilo, e iba de la orilla oriental a la orilla occidental con mi barca pasando a quien quisiera pagarme. Un día estaba yo sentado en mi barca cuando se acercó a mí un anciano de rostro resplandeciente. Llegó y me saludó y me rogó que lo pasara a la otra orilla, y que Allah me lo pagara. Le dije que sí. Entonces me preguntó si podía darle algo de comer, y que Allah me lo pagara, y así lo hice. Subió a la barca y lo pasé a la orilla occidental. Vestía una túnica hecha a base de remiendos, y llevaba un bastón y una pequeña vasija en la que comer y beber.

         Cuando llegamos, bajó de la barca y me dijo: “Quiero encargarte de una cosa confiando en tu bondad”. Le dije. “¿De qué se trata?”. Y él me explicó: “Cuando vengas mañana al mediodía me encontrarás muerto bajo ese árbol. Lávame y envuélveme en el sudario que encontrarás preparado bajo mi cabeza. Has el salat por mí, y entiérrame bajo el árbol, pues ahí está mi tumba. Cuando acabes, recoge mi túnica, este bastón y esta vasija, y aguarda hasta que llegue uno que ha de venir a buscarlos, y entrégaselos”.

         Sus palabras provocaron mi admiración, pero entonces me dejó y yo volví a mi casa, y pasé la noche pensando en lo que me había dicho. Al día siguiente, me desperté temprano y aguardé hasta que llegó el momento del que me había hablado. Pero llegó el mediodía, y se me había olvidado. No volví a recordarlo hasta que medió la tarde, y me apresuré al lugar que me había indicado. Y, efectivamente, lo encontré muerto con un sudario bajo la cabeza, y su cabeza y el sudario olían a almizcle. Lo lavé, lo envolví en el sudario, hice el salat por él y lo enterré en una tumba que ya encontré abierta y hecha de mármol. Recogí su túnica, la vasija y el bastón, y volví a mi lugar junto al río, y estuve esperando hasta que llegó la noche. No pasó nada hasta que empezó a amanecer y su brisa me espabiló. Entonces distinguí en el horizonte la figura de un joven que venía en mi dirección. Me fijé bien en él, y lo reconocí. Se trataba de uno de esos jóvenes conocidos por su disipación y su libertinaje. Pasaba el tiempo cantando y bailando, llevando ropas suaves y con el laúd bajo el brazo, y teñido siempre de alheña.

         Se me acercó y me saludó, y me preguntó: “¿Eres tu tal hijo de tal?”. Le respondí afirmativamente, extrañado de que conociera mi nombre y el nombre de mi padre. Entonces, me dijo: “Dame el depósito que se te ha confiado”. Con suspicacia, le pregunté: “¿De qué se trata?”. Y él me respondió: “Una túnica hecha a base de remiendos, una vasija y un bastón”. Sospechando de él, aún le dije: “¿Cómo sabes eso?”. Y él me contó lo siguiente: “No lo sé. Sólo sé que ayer asistí a la boda de un amigo. Estuve cantando y bailando hasta que el almuecín llamó al salat, y yo me fui a dormir para descansar. Mientras estaba durmiendo, un hombre vino, me removió en el lecho y me dijo que me despertara, que Allah se había apoderado de la vida de uno de sus awliyas y que ordenaba que yo ocupara su lugar. Y también me dijo que viniera a ti, y te describió, y dijo que tenías para mí una túnica hecha a base de remiendos, una vasija y un bastón”.

         Yo le entregué el depósito que me había confiado el anciano. El muchacho cogió los objetos, se dirigió al río y se bañó en él, hizo las abluciones y se puso la túnica. Me dio sus ropas antiguas y me dijo que las vendiera y que diera a los necesitados lo que ganara con ello. Entonces se marchó, y me dejó en mi sitio.

         Todavía no sé a dónde fue ni qué hizo, pero yo pasé la noche llorando, y cuando me quedé dormido tuvo un sueño en el que vi a Allah Poderoso, que me dijo: “¿Te resulta impensable que elija a un libertino para hacerle disfrutar en adelante de Mi Bondad? Es Mi Favor que concedo a quien me place. Es Mi Misericordia, que abarca todas las cosas”.

        

 

 15- Uno de los awliya de Allaj contó lo siguiente:

 

Una de las veces en que el Profeta (s.a.s.) se encontraba dando vueltas a la Casa de Allah en Meca escuchó a un beduino implorando a Allah diciendo solamente: “¡Oh, Generoso!”. El Profeta se colocó detrás de él y repitió sus palabras. Cuando llegó junto a la Piedra Negra, el beduino volvió a decir: “¡Oh, Generoso!”, y el Profeta dijo: “¡Oh, Generoso!”. El beduino continuó su circunvalación hasta llegar donde está el canal del desagüe, y volvió a decir: “¡Oh, Generoso!”, y de nuevo el Profeta repitió sus palabras. Entonces, el beduino se giró hacia él y le amonestó diciéndole: “¿Te ríes de mí por ser un beduino ignorante? Si no fuera por la belleza de tu rostro ahora mismo me quejaría de ti ante mi amado, el Profeta de Allah”. El Profeta sonrió y le dijo: “¿No conoces en persona al Profeta, verdad?”. El beduino le dijo entonces que no, y Muhammad le dijo: “Hermano árabe, ¿por qué lo has aceptado como Profeta sin conocerle?”. El beduino le dijo: “Creo en él sin necesidad de conocerle; acepto que es el Mensajero de Allah sin tener que verle”.

Entonces, el Profeta le dijo: “Pues bien, hermano árabe, yo soy tu Profeta en este mundo y quien intercederá por ti ante Allah en la Otra Vida”. El beduino se arrojó entonces al suelo para besarle los pies, pero Muhammad se lo impidió diciéndole: “No me trates como hacen los pueblos con sus reyes. No se me ha enviado para estar por encima de nadie ni para ser arrogante. Se me ha enviado para trasmitir la verdad y ser anunciador de buenas noticias y de advertencias”. En ese mismo momento, el Ángel descendió hasta el corazón del Profeta y le dijo: “Muhammad, la Paz te saluda y te dice que comuniques a este beduino que no se confíe a la Generosidad de Allah, pues mañana, en la Otra Vida, le ajustará cuentas, que le exigirá por todo lo que haya hecho en el mundo, ya sea grande o insignificante”. Y así se lo dijo el Profeta al beduino, y de él se apoderó el terror.

El beduino le dijo al Mensajero de Allah: “¿Es cierto que Allah me pedirá cuentas?”. Y el Profeta le respondió: “Así será”. El beduino dijo entonces: “Lo juro por Su Poder y Su Gloria, si me pide cuentas, yo le pediré cuentas”. Sorprendido, Muhammad le preguntó: “¿Y qué cuentas le pedirás a tu Creador, hermano árabe?”. El beduino contestó: “Si Él me pregunta por mis trasgresiones, yo le preguntaré dónde está Su Indulgencia; si me pide cuentas por mis desobediencias, yo le preguntaré dónde está Su Tolerancia; si me pide cuentas por mi avaricia, yo le preguntaré dónde está Su Generosidad”. Al oír sus palabras, el Profeta lloró hasta que se le humedeció la barba.

Entonces volvió a sentir al Ángel en su corazón, que le dijo: “Muhammad, la Paz te saluda y te dice que dejes de llorar pues tu llanto abrasa a los Portadores del Trono de Allah, y que trasmitas a tu hermano el beduino que no le pida cuentas y Él no se las pedirá, y que será tu compañero en el Yanna”.

 

 

16- En los libros antiguos está lo que sigue:

 

         En Bagdad había un hombre del gremio de los comerciantes del que oí decir que detestaba a los sufíes y siempre se refería a ellos de modo despectivo y sin ningún respeto. Pero después lo vi en compañía de ellos, sirviéndoles como hacen los criados. Le pregunté por ese cambio, y me dijo:

         Es cierto. Antes los odiaba y mi corazón lanzaba contra ellos toda clase de acusaciones. Pero un viernes, después del salat del mediodía, salí de la mezquita y vi a Bishr al-hafi saliendo también, con prisa. Me dije: “Mira, ahí va ese hombre, al que todos consideran un wali de Allah, un asceta que ha renunciado al mundo. Es incapaz de quedarse en la mezquita después del salat. Sale de ella huyendo”. Lo seguí, y vi que entraba en el zoco, se detuvo en una panadería y compró un dirham del mejor pan, y luego un dirham de dulces. Volví a decirme: “Lo seguiré. Quiero enterarme de lo que hace”.

         Salió de la ciudad y se internó en el desierto, mientras yo le seguía los pasos. Estuve caminando detrás de él un trecho, y no dejaba de preguntarme a dónde iría. Cerca de un pequeño oasis había una mezquita, y entró en ella. Yo me asomé, y vi que dentro había un enfermo, y que él desmenuzaba el pan y se lo daba bocado a bocado, y le daba de sorber agua, y luego le ofrecía los dulces. Me extrañó todo ello en medio del desierto, y me puse a mirar en torno a la mezquita. Cuando volví a asomarme, Bishr al-Hafi ya se había ido.

         No sabía cuál era el camino de regreso a la ciudad, así que entré en la mezquita para informarme. Le pregunté por Bishr al-Hafi y me respondió que no sabía quién era Bishr al-Hafi. Le expliqué que era el hombre que había estado alimentándole y dándole de beber, y entonces me dijo que ya se había marchado, y que no volvería hasta dentro de una semana. Entonces, le dije que deseaba volver a Bagdad, y cuál era el mejor camino. El hombre quedó sorprendido y me preguntó: “¿No sabes dónde está Bagdad? Está a más de un año de camino de aquí. Estamos en el extremo Occidente”.

         Me puse de pie y exclamé: “¿En qué ruina me he metido? ¿Qué me he hecho a mí mismo? No tengo nada para poder volver a mi casa. No he traído conmigo nada de lo que alimentarme ni nada con lo que alquilar un sitio en una caravana”. El enfermo me dijo: “Espera junto a mí hasta la semana que viene, cuando vuelva ese hombre. El pan que me ha dejado, dura todo ese tiempo”.

         A la semana siguiente, volvió Bishr al-Hafi y empezó a alimentar al enfermo y a darle de beber, mientras yo permanecía en otra habitación. Cuando hubo acabado, el enfermo le dijo: “Aquí hay un hombre que te acompañó la semana pasada y se encuentra aislado. No sabe cómo volver al lugar del que has venido”. Salí de mi escondite, y Bishr me miró encolerizado, y me dijo: “¿Por qué me acompañaste?” Y yo le respondí: “Señor, fue un error que cometí por el que ya he pedido perdón a Allah”.

         Bishr salió de la casa, y me ordenó que le siguiera. Antes de la puesta del sol, ya estábamos en Bagdad. El sufí me preguntó dónde estaba mi tienda y yo se lo expliqué. Entonces me dijo. “Entra en ella y no salgas hasta que te lo mande”. Y allí permanecí dos o tres días, hasta que envió a uno de sus discípulos autorizándome a salir. Fui a donde estaba y le pedí que me acogiera, y él me aceptó. Y lo seguí, hasta que murió, Allah se haya apiadado de él.

 

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