El relato sufí en la cultura

popular del Magreb

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La wilâya

 

         La intimidad con Allah a la que nos estamos refiriendo recibe en árabe el nombre de salâh o wilâya, de donde derivan los adjetivos de salih (salihin, en plural) o wali (awliya, en plural) para la persona que alcanza ese estado. Si bien a un nivel técnico hay algunas diferencias en la significación de ambos términos, en el uso popular se confunden. Los salihin o awliya (imrabden, en beréber) son, pues, aquellos que, por una gracia especial o tras una prolongada ascesis, han roto con el mundo del común de los hombres y se han sumergido en la verdad del mundo, habiéndose puesto en manos de Allah, lo que implica la abolición de los convencionalismos.

         La figura del Profeta ejemplifica el proceso: se apartó de sus conciudadanos y buscó refugio en una caverna en la que se consagró a Allah, y fue iluminado por la revelación. Este sencillo esquema está en la base de una espiritualidad radical que genera personajes extraordinariamente singulares. El desapego de estos sufíes es absoluto, y aunque se mezclan con sus contemporáneos en realidad viven en otro mundo, mostrándose muchas veces como personas excéntricas dotadas de una sabiduría extraña, a veces absurda, y de unos poderes que utilizan con frecuencia de modo harto arbitrario para el juicio de sus semejantes.

         A su alrededor suele reunirse el pueblo. Algunos buscan aprovechar la báraka que de ellos emana, otros quieren sus enseñanzas y que los guíen hasta Allah. A semejanza también del Profeta, se convierten en el centro de una comunidad.

         Un punto importante que no conviene olvidar es que los awliya son reconocidos por el pueblo, no existiendo en el Islam ningún tipo de canonización. No existe ninguna sanción oficial. La wilâya escapa a todo control, y es exclusivamente la eficacia del santo la que dará perennidad a su nombre.

 

         La báraka

 

         Uno de los temas recurrentes en los relatos populares en torno a estos awliya es el de la báraka, termino de significación huidiza pero imprescindible para comprender aspectos esenciales en el universo de la espiritualidad norteafricana e islámica en general. La báraka es la bendición que exhalan los awliya, una especie de efluvio invisible que fecunda el mundo. Efectivamente, los diccionarios árabes le dan como sinónimos los términos de fecundidad, prosperidad, aumento. Es un plus de existencia, un desbordamiento de intensidad o energía vital.

         No sólo la poseen los awliya, sino que emana de determinados lugares, está en el agua, es abundante en determinados momentos y fechas, se destila de ciertos árboles, se conjura con ciertas palabras, etc. Hay todo un saber popular sobre la báraka, legitimado por la referencia a ella en el Corán. Pero, sin duda, los santos son los máximos administradores de esa energía capaz de sanar, proporcionar fecundidad a las mujeres estériles, precipitar la lluvia en medio de la sequía, exorcizar demonios, atraer la fortuna, y un sin fin de bondades que el pueblo llano busca junto a los awliya, tanto vivos como muertos.

         Al lado de sus beneficios materiales, la báraka tiene repercusiones espirituales, y el contacto con un wali puede desencadenar la iluminación que buscan los aspirantes. De ahí que en torno a ellos se reúnan discípulos que esperan recibir de él algo más que una instrucción formal, ambicionando en el fondo conquistar su secreto. Aquí está el origen de las fraternidades sufíes, los túruq, abundantes en todo el Islam.

         Las fiestas populares estaciónales que se realizan en torno a los mausoleos de los awliya (los mawsim) tienen un importante alcance social, pero la gente acude a esos lugares para recoger báraka. Se llama tabarruk al acto de la recepción de la báraka, y ésta se obtiene besando la tumba del wali, circulando a su alrededor, invocándola junto a su tumba, sacrificando algún animal, participando en las danzas, etc. Algunos autores musulmanes han visto en ello una especie de culto al wali rechazable desde un punto de vista estrictamente islámico, pero sus defensores les recuerdan que en ello no hay ningún acto de idolatría, sino el aprovechamiento de una “energía” cuya existencia está avalada por el Corán. No obstante, sobretodo en la actualidad, las acusaciones suelen prevalecer, y los más suspicaces se apartan de tales prácticas considerándolas, en el mejor de los casos, como simples supersticiones.

 

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