Maestros, discípulos y compañeros

 'Umar as-Suhrawardi

 

 

Shihab ad-Din Umar as-Suhrawardi, nacido en 1144 y muerto en Bagdad en 1234 fue, con su tío Abu Naÿib as-Suhrawardi (m. 1168), otro sabio ilustre que le precedió, el fundador de la tariqa Suhrawardiyya. Al desarrollar las reglas establecidas por su tío imprimió a la tariqa su sello personal, el de un sufismo que buscaba un equilibrio entre la Sharia y la Senda, gozando en vida de gran predicamento. La tariqa se difundió ampliamente a partir de Iraq (donde la tumba de Suhrawardi es uno de los mausoleos sunníes más importantes de Bagdad), y hoy está presente en India, Sri Lanka y Afganistán. El maestro expuso sus enseñanzas en un manual básico, los Awarif al-Ma'arif (literalmente «Los beneficios del conocimiento supremo»). Hemos entresacado tres capítulos que tratan del ''adab, es decir, las reglas de conducta en el marco de la tariqa que fijan el comportamiento del discípulo con su maestro, el del maestro con sus compañeros y discípulos, y por último el de los compañeros entre sí. El primero es un comentario de los versículos 1 a 5 de a sura 49 del Corán, titulada al-Huÿurat («Las habitaciones del Profeta»):

¡Oh los que creéis! No tratéis de adelantaros a Allah y a su Enviado y temed a Allah, en verdad Allah lo oye todo, lo sabe todo.

¡Oh los que creéis! No elevéis vuestras voces por encima de la voz del Profeta, y no os dirijáis a Él gritando como hacéis entre vosotros, para que vuestras obras no se malogren sin que os deis cuenta.

Ciertamente, quienes bajan la voz delante del Enviado de Allah son aquellos cuyos corazones han sido probados por Allah para conocer su sobrecogimiento. Recibirán el perdón y una enorme recompensa.

Ciertamente quienes te llaman desde fuera de tus habitaciones, en su mayoría no comprenden.

Si hubieran tenido paciencia hasta que tú salieras a su encuentro, más les habría valido.

 

Después de exponer una serie de reglas de ''adab que no guardan una relación tan directa como las primeras con los versículos citados, Suhrawardi termina el capítulo con un comentario de las ayas 12 y 13 de la sura 58, al-Muÿadala («La discusión»):

¡Oh los que creéis! Cuando busquéis consejo en privado con el Enviado, enviad antes de la entrevista una limosna, esto es mejor para vosotros y lo más puro. Pero si no encontráis nada que entregar, ciertamente Allah es indulgente y misericordioso.

¿Os resulta gravoso presentar la limosna antes de la entrevista? No lo habéis hecho y Allah ha vuelto con vosotros. Cumplid con el salat y dad el çakat, y obedeced a Allah y a su Enviado. Allah está bien informado de lo que hacéis.

 

Cómo debe comportarse el discípulo con su maestro

        El ''adab que deben observar los discípulos con sus maestros es para los sufíes una de las reglas de conveniencia espiritual (''adab) más importantes. Los iniciados (al-Qawm) imitan en esto el ejemplo del enviado de Allah (s.a.s.) y de sus compañeros.

Allah -sea exaltado ha dicho: «¡Oh los que creéis! No tratéis de adelantaros a Allah y a sn Enviado y temed a Allah, en verdad Allah lo oye todo, lo sabe todo».

        Cuenta Abdallah Ibn Zubayr al respecto:

Una delegación de los Banu Tamim fue a ver al Enviado de Allah -s.a.s.- (para someterse a su autoridad). Abu Bakr propuso:         -Ponles al mando de al-Qaabaaqaa Ibn Marbad.

        Pero 'Umar sugirió:

        -Ponles más bien al mando de al-Aqra Ibn Habis. -¿Pretendes contradecirme? -preguntó Abu Bakr. -No, no pretendo contradecirte -contestó Umar.

    Se acaloraron y alzaron la voz. Fue en esta ocasión cuando Allah hizo descender la aya antes citada: ¡Oh los que creéis ... !»

        Ibn Abbas comenta así esta aya: «No habléis antes que él».

    Según Yabir, ciertas personas precedían al Enviado del Allah (s.a.s.) en los sacrificios, y se les prohibió hacerlo.

    Otra explicación es que había gente que decía: «Si se produjera una revelación acerca de esto o aquello ..., lo cual desagradó a Allah.

    Aisha -Allah esté satisfecha de ella- hizo el siguiente comentario: «No ayunéis antes de que vuestro Profeta ayune».

    Para al-Kalbi el sentido es el siguiente: «No os adelantéis al Enviado de Allah con una palabra o un acto, hasta que Él mismo os lo ordene».

    Así debe ser el ''adab del discípulo con el maestro. Despojado de toda opción personal (iÿtijar), sólo puede disponer de sí mismo y de sus bienes después de consultar con su maestro y recibir una orden suya.

    También se explica: «No tratéis de adelantaros»... como «No caminéis delante del Enviado de Allah» -s.a.s.-. Abu l-Darda cuenta que caminaba delante de Abu Bakr: «Entonces me dijo el Enviado de Allah: "Caminas delante del que es mejor que tú, en este mundo y en el otro». También se dice que esta aya fue revelada a propósito de ciertas personas que asistían a la sesión del Enviado -s.a.s.-, y cuando le preguntaron sobre un asunto, se pusieron a discutir y eran los primeros en dar su parecer. Allah se lo prohibió con esta aya.

    Así debe ser el ''adab del discípulo en la sesión del maestro. Debe guardar silencio y no pronunciar palabra en presencia del shaij mientras éste no le de la orden de hacerlo o total libertad para hacerlo.

    El discípulo debe permanecer en presencia de su maestro como si estuviera sentado a la orilla de un mar esperando la buena fortuna. Si el discípulo escucha atentamente las palabras del maestro y se nutre de ellas, llegará a la estación de su voluntad y su búsqueda del aumento de los favores de Allah. Pero si intenta situar sus propias palabras, será rechazado de la estación de la petición y la búsqueda a la estación de la apropiación (izbat shayin li-nafsihi). Este es el delito del discípulo.

    Para disipar las dudas sobre su estado espiritual tendrá que pedir aclaraciones a su shaij. Pero el discípulo sincero no necesita plantear abiertamente una cuestión en presencia del maestro, porque éste le proporcionará desde el principio lo que desea. En efecto, el maestro hace que sus palabras reflejen la verdad. En presencia de discípulos sinceros, eleva su corazón a Allah y le pide que derrame sobre ellos la lluvia [de las influencias espirituales]. Su lengua y su corazón en las palabras que pronuncia están dirigidas por la exigencia del instante en que se sitúa el estado espiritual de quienes necesitan sus propuestas espirituales.

    El maestro sabe qué atención presta el discípulo a sus palabras, y el efecto que causan en él. Una palabra del maestro es como la semilla que cae en la tierra. Si la semilla es mala no germinará. Una palabra se corrompe cuando se introduce en ella la pasión, de modo que el maestro procura purificar de pasión sus razonamientos. Se remite a Allah, le pide que le asista para que se exprese con precisión y, por último, habla. Sus palabras entonces serán para Allah, de Allah, por Allah. El maestro está seguro en su inspiración respecto a sus discípulos, como Gabriel (Yibril) cuando transmitía la Revelación. Gabriel no deformaba la Revelación, ni el maestro su inspiración.         Muhammad, el Enviado de Allah -s.a.s.- no hablaba por pasión (Corán 53:3); el maestro, imitando al Rasûl Muhammad (s.a.s.), interior y exteriormente, tampoco habla dominado por la pasión del alma. Esta última puede introducirse en las palabras por dos razones: la primera, que no puede ser propia de los maestros, es tratar de atraerse los corazones y las miradas. En el segundo caso el alma se manifiesta con palabras brillantes y satisfacción propia. Para los realizadores de las verdades esenciales (al-muhaqqiqun), eso es una traición. En todas las palabras que pronuncia, el maestro tiene un ánimo sosegado, ocupado en preguntarse por los favores de Allah que recibe en esta circunstancia. Renuncia a sacar provecho del lucimiento y el amor propio que le proporcionaría la manifestación de su alma individual. En realidad el maestro escucha lo que Allah -glorificado y exaltado sea- le inspira, al igual que sus oyentes. El shaij Abu l-Suud [Ibn Shibl] -Allah le conceda su rahma- hablaba con sus discípulos de la inspiración que recibía. Decía: «Yo soy de estas palabras el oyente, como uno de vosotros». Uno de los asistentes no lo entendió, y se dijo para sus adentros: «Si el que habla sabe lo que dice, ¿cómo puede ser como el que no lo sabe hasta que lo ha oído?» De vuelta a su casa, esa noche tuvo un sueño. Escuchó a alguien decir lo siguiente: «¿Acaso no se zambulle en el mar el pescador de perlas en busca de las perlas? ¿Acaso no mete las conchas en su bolsa? Lleva muchas perlas consigo, pero no las ve hasta que sale del mar. Entonces todos los que están en la orilla las ven con él». Gracias a este sueño el discípulo entendió lo que había querido decir el maestro.

        El mejor ''adab del discípulo con su maestro es permanecer silencioso, sosegado e inmóvil, hasta que el shaij le indique las palabras y los actos que sean provechosos para él.

    Entre las interpretaciones de la aya: -No tratéis de adelantaros a Allah y a su Enviado-, tenemos esta: «No busquéis una morada espiritual (mançila) más allá de la suya». He aquí una de las reglas de ''adab más excelentes

y extraordinarias. El discípulo no debe dejar que su alma busque una morada espiritual superior a la de su maestro. A1 contrario, debe desear que toda morada elevada sea para este último, y anhelar para él los dones más preciados y los favores espirituales más excelsos. Así, con la excelencia de su deseo (irada), el discípulo pone de manifiesto su cualidad esencial (yawhar). Esto es muy infrecuente entre los discípulos. Sin embargo, gracias a lo que desea para su maestro, obtendrá más de lo que puede desear para sí mismo, y ello observando el ''adab del deseo (''adab al-irada).

        Sari al-Saqati dijo: «El buen ''adab es intérprete de la inteligencia». Cuenta Abu 'Abdallah que Ruwaym le recomendó lo siguiente: «Hijo mío, procura que tus obras sean delicadas y tu ''adab exquisito».

        Se ha dicho: «Todo el tasawuf (sufismo) es ''adab; a todos los instantes, estaciones y estados les conviene un 'adab, aquél que observe el 'adab con constancia alcanzará el grado de los Hombres Verdaderos (ar­riÿal). El que carece de 'adab está lejos de Allah por el hecho mismo de imaginarse que está cerca, es rechazado por el hecho mismo de que espera ser aceptado.

        Allah siguió enseñando buenas maneras a los Compañeros del Rasûl Muhammad -s.a.s.- con Sus palabras [continuación del versículo citado al principio del texto]: «No elevéis vuestras voces por encima de la voz del Profeta».

        Se cuenta a este respecto que Çabit Ibn Shammas era un poco duro de oído y elevaba el tono de voz cuando se dirigía a alguien. cuando hablaba con el Profeta Muhammad (s.a.s.) le molestaba con su fuerte voz, y Allah hizo descender esta aya para que él y otros se corrigiesen. Según 'Abdallah Ibn aç-Çubayr, al-Aqra Ibn Habis fue a ver al Profeta Muhammad -s.a.s.-. Abu Bakr propuso: «Tómalo como jefe de su tribu», pero 'Umar preguntó: «¿Lo tomarás realmente, oh Enviado de Allah?» Así hablaron en presencia del Profeta -s.a.s.-, y levantaron la voz. Abu Bakr le dijo a 'Umar: «¡No haces más que contradecirme!» y 'Umar contestó: «No, no es verdad». Fue en esta ocasión cuando Allah hizo descender la versículo. A partir de entonces 'Umar hablaba tan bajó en presencia del Profeta Muhammad -s.a.s.- que había que pedirle que lo repitiera. En cuanto a Abu Bakr, juró hablar en su presencia como si le confiara un secreto.

        Así debe comportarse el discípulo con el maestro. No debe levantar la voz, ni reír o hablar en exceso, a menos que el shaij le invite a ello. Levantar la voz quita el manto de la veneración. Cuando ésta reside en el corazón, es como una traba para la lengua. El ser íntimo (batin) de ciertos discípulos concibe tal veneración y respeto por el maestro que nunca se cansan de mirarle.

        Una vez tuve fiebre. Mi tío y maestro Abu 1-Naÿib al-Suhrawardi -Allah tenga misericordia de él- me visitaba y mi cuerpo estaba bañado de sudor; yo esperaba estas visitas para que la fiebre bajara, pues era lo que efectivamente sucedía cuando el maestro venía a verme. Me traía a la vez bendición y curación. Un día estaba solo en casa. Tenía delante un pedazo de tela que me había dado el maestro, y que usaba de turbante. En un descuido la pisé. Mi ser íntimo sufrió, sintió angustia y concibió una veneración cuya influencia espiritual (baraka) espero.

        Ibn Ata dijo acerca del versículo «No elevéis la voz...» que Allah había advertido contra una trasgresión menor para que nadie diera un paso hacia una más grave en la falta de respeto.

        Sahl dijo a propósito del misma versículo: «Dirigidle la palabra como si le preguntarais».

        Por su parte, Abu Bakr Ibn Tahir:  «No seáis los primeros en hablarle y contestadle dentro de los límites del respeto». «Y no os dirijáis a Él gritando como hacéis entre vosotros» (Corán 49:2). No seáis groseros cuando os dirijáis a él, y no le llaméis por su nombre: «¡Oh Muhammad» o bien «¡Oh Ahmad!», como hacéis entre vosotros. Reverenciadle y veneradle llamándole: «¡Oh Profeta de Allah!», «¡Oh Enviado de Allah!».

        El discípulo debe dirigirse al maestro con el mismo respeto. Cuando la veneración reside en el corazón del discípulo, sabe cómo expresarse, pero cuando el alma está sometida al amor de los hijos y las esposas, a las pasiones y los humores; no puede impedir que su lengua profiera palabras inoportunas. Cuentan que cuando fue revelado este versículo, Çabit Ibn Qays (antes citado) se sentó en el borde del camino y se echó a llorar. Asim Ibn Adi, que pasaba por ahí, le preguntó por qué lloraba. Es por esa versículo, contestó, pues creo que ha sido revelada por mi culpa: «para que vuestras obras no se malogren sin que os deis cuenta» [continuación del versículo anterior]. Yo levanto la voz por encima de la del Profeta. Tengo miedo de que mis obras se malogren y de ser gente del Fuego. Asim fue a ver al Enviado de Allah -s.a.s.-, mientras Çabit, lloroso, se marchó a su casa y le pidió a su mujer Yamila bint Abdallah Ibn Ubayy Ibn Salul que le encerrara en la cuadra. Juró: «Sólo saldré de aquí muerto o con el beneplácito del Enviado de Allah -s.a.s.-». Mientras tanto Asim había informado al Profeta del asunto. Éste le dijo: «Ve y llámale». Asim no le encontró donde le había dejado. Fue a su casa, le encontró en la cuadra y le dijo: «El Enviado de Allah te llama». Çabit le dijo que abriera el cerrojo. Llegados en presencia del Enviado de Allah -s.a.s.-, éste le preguntó: «¿Qué es lo que te hace llorar, Çabit?» El otro contestó: «Tengo una voz fuerte, y temo que esta versículo haya sido revelada a causa de mí». «¿Acaso no estás satisfecho -le dijo el Profeta- de vivir feliz, morir mártir y entrar en el Paraíso?». Zabit contestó: «Esta buena nueva que me dan Allah y su Profeta me llena de satisfacción. No volveré a levantar la voz por encima de la del Enviado de Allah».

        Entonces Allah reveló el versículo: «Quienes bajan la voz delante del En­viado de Allah...»

        Que el discípulo sincero saque conclusiones de este ejemplo y sepa que el maestro es para él como una evocación de Allah y su Enviado el Rasûl Muhammad (s.a.s.).

        Sus aspiraciones en compañía del maestro sustituyen a lo que habría buscado en compañía del Enviado de Allah -s.a.s­ si hubiera vivido en su época.

        Cuando estos seres cumplieron el abad que les incumbía, Allah describió y alabó su estado espiritual en estos términos: «Son aquellos cuyos corazones puso a prueba Allah, para conocer su sobrecogimiento» (tawqa).         Es decir: hubo que someterles a una prueba para purificarlos, como el oro, que debe sufrir la prueba del fuego para salir puro. La lengua es el intérprete del corazón, y la corrección de la expresión depende del 'adab que haya adquirido el corazón. Así debe comportarse el discípulo con el maestro.

    Abu Uzman al-Hiri dijo: «El que cumple el 'adab con los maestros mayores (al-akabir) y en compañía de los awliya eminentes (al-sadat min al­awliya) alcanzará los más altos grados en este mundo y en el otro. ¿Has re flexionado sobre la Palabra de Allah -sea exaltado-: «Si hubieran tenido paciencia hasta que tú salieras a su encuentro, más les habría valido»? Allah -sea exaltado- también les enseñó: «Quienes te llaman desde fuera de tus habitaciones, en su mayoría no comprenden».

        Fue lo que sucedió con los miembros de la delegación de los Banu Tamin. Fueron a ver al Enviado de Allah -s.a.s.- y le llamaron: «Oh Muhammad, sal a nuestro encuentro, porque nuestro elogio da prestigio y nuestra reprobación envilece». El Profeta, al oírles, salió y les dijo: "Sólo lo que Allah ha reprobado envilece, y sólo lo que Él ha alabado ennoblece".

        Estos versículos y las circunstancias de su revelación le indican al discípulo la manera de entrar con 'adab adonde está el shaij, de presentarse ante él, de no tener prisa y ser pacientes hasta que salga de su lugar de retiro (jalwa).

        Me han contado que cuando al shaij Abd al-Qadir al-Yilani le anunciaban la visita de un faqir, se limitaba a entreabrir la puerta para extender la mano y saludarle. No tomaba asiento con él, y volvía a su retiro. En cambio, cuando iba a verle un visitante que no era de la Gente de la Senda, salía y se sentaba con él. Uno de los faqir desaprobó para sus adentros esta forma de comportarse. El maestro se enteró de este pensamiento y dijo: "Entre nosotros y el discípulo hay un vínculo de corazón. Es de nuestra familia, no hay en él nada que nos sea ajeno. Basta con que nuestros cora­zones estén en consonancia, eso nos dispensa del encuentro exterior. El que no es de la gente de los faqir se presenta con las costumbres de su ser exterior. Si no tenemos en cuenta las exigencias de su exterioridad, no se sentirá a gusto. Pero en el exterior del discípulo, lo mismo que en su interior, debe reinar el deseo de respetar el 'adab con el maestro.

        Una vez le preguntaron a Abu Mansur al-Maghribi: «¿Cuánto tiempo acompañaste a Abu Uzman al-Hiri Contestó: "Le serví, no le acompañé. La compañía es con los hermanos y los iguales; con los maestros se trata de servicio".

        Siempre que el estado espiritual del shaij le plantee algún problema al discípulo, bastara con que recuerde la historia de Moisés y al Jadir -la paz sea con ellos- Al-Jadir cometía acciones que Moisés desaprobaba, pero una vez informado de sus motivos secretos, dejó de desaprobarlas. Todo lo que el discípulo puede reprobar cíe los actos de su maestro, debido a su escaso conocimiento de sus verdaderas razones, lo pueden justificar la ciencia y la sabiduría.

        Una vez Yunayd contestó a la pregunta de un compañero. Pero éste discutió su respuesta. Yunayd exclamó: «Si no creéis en mí, dejadme» (Corán 46:21).

        Uno de los maestros dijo: «El que considere que no reverencia a aquél a cuyo adab se debe, se priva de la influencia de dicho adab.

        Se ha dicho: el que le dice no a su maestro nunca conocerá la liberación. Según Abu Hurayra, el Enviado de Allah -s.a.s.­dijo: "Dejadme cuando os deje. Cuando os hable, retened mi enseñanza. Si los que os precedieron fracasaron, fue porque le hacían demasiadas preguntas a su Profeta y luego le desobedecían".

        Yunayd -Allah sea misericordioso con él- cuenta: "Entre los compañeros de Abu Hafs al-Nisaburi vi un hombre taciturno, que no decía nada. Les pregunté a sus compañeros quién era. Es un hombre, me contestaron, que acompaña a Abu Hafs y está a nuestro servicio. Ha gastado por él cien mil dirham y por él ha contraído una deuda de otros cien mil dirham, y con eso Abu Hafs no le permite pronunciar una sola palabra".

        Abu Uzman cuenta cómo se hizo compañero de Abu Hafs en su juventud: "Empezó rechazándome. Me decía: «No te sientes a mi lado». Yo no quise hacerle pagar el precio de sus palabras volviéndole la espalda. De modo que me alejé caminando hacia atrás y decidí hacer un hoyo delante de su puerta, meterme en él y quedarme allí hasta que me diera la orden de salir. A1 ver mi comportamiento me llamó a su lado, me abrazó y me aceptó entre sus más íntimos, hasta su muerte, Allah tenga misericordia de él".

        Entre las reglas de 'adab sobre el comportamiento exterior, el discípulo cumplirá la de no extender la alfombra de los salat  en presencia del shaij, excepto en las horas de las salat obligatorios (fard). Debe estar completamente a su servicio. Extender la alfombra sería como tratar de apartarse de él, como un gesto de independencia.

        Tampoco tiene que moverse durante la audición espiritual (samaa) en presencia del maestro, a no ser que sobrepase el límite del discernimiento.

        El discípulo tiene que estar dominado por el temor reverencial (hayba) al shaij, y este miedo debe impedirle dejarse llevar por el samaa. Le bastara con estar embelesado viendo a su maestro y la baraka que desciende sobre él en ese momento, lo que le dispensará de escuchar el samaa.

        Para el discípulo una regla de 'adab es no ocultarle al shaij su estado espiritual, los dones que recibe de Allah, los carismas (karamat) o el cumplimiento de sus invocaciones (iyaba). Debe descubrirle todo lo que Allah sabe de su estado espiritual. Si le da vergüenza decir algo abiertamente, podrá mencionarlo mediante una simple alusión.

        Si guarda en los recovecos de su conciencia algunas cosas que no ha revelado de manera clara o alusiva, formarán una atadura en su ser íntimo que le impedirá avanzar en la Senda. Si habla de ellas con su maestro, el nudo se deshace y desaparece.

        Una de las reglas de 'adab (preliminares) es no quedarse con un maestro hasta no estar seguro de que éste será capaz de inculcar el 'adab (tadib) y formar el carácter (tahdib).

        Si un aspirante está pensando en otro maestro, no podrá ser un buen discípulo del primero. La autoridad de éste no será efectiva si el aspirante no está predispuesto, y no podrá recibir el influjo espiritual del maestro. Cuando el discípulo está convencido de que su maestro es el único adecuado para ejercer el magisterio (con él), entonces reconoce su mérito. Esto reforzará su amor por él. El amor y la simpatía (taalluf) son el vínculo que une al discípulo con el maestro. Cuanto más fuerte sea el amor, más podrá infundirle el shaij su estado espiritual. El amor es la señal del reconocimiento recíproco, y este es la señal de una comunidad de especie (yinsiya) en virtud de la cual el maestro puede comunicar su estado espiritual o parte de él a su discípulo: Según Abu Umama al-Bahili, el Enviado de Allah -s.a.s.- dijo: «El que enseña a un servidor una versículo del Corán se convierte en su "dueño" (mawla). El otro no debe traicionarle ni tratar de ocupar su lugar, pues de hacerlo rompería una de las asas del Islam».

        El discípulo debe estar atento a las instrucciones del maestro sobre cuestiones de detalle o de orden general. No debe mencionar la aversión del shaij por cualquiera de sus actos, contando con su buen carácter, su indulgencia y su deseo de tratarle bien.

        Cuenta Ibrahim Ibn Shayban: "En la época de nuestra juventud, éramos compañeros de Abu Abdallah al-Magribi. Nos llevaba a lugares desérticos. Un viejo llamado Hasan, que había sido compañero suyo durante setenta años, siempre estaba con él. Cuando uno de nosotros cometía una falta y el shaij se enojaba con él, le pedíamos al viejo que intercediera ante él para que volviera a su actitud inicial con nosotros.

        El 'adab con el maestro exige que no nos guardemos los «acontecimientos» o revelaciones intuitivas (kashf), sin contárselas al maestro. Más vasta es su ciencia y más lejos la lleva quien la abre hacia Allah. Si el acontecimiento del discípulo procede de Allah, manifestará su acuerdo y su asentimiento, porque no debe haber divergencia con lo que viene de Allah. Pero si se introduce un elemento dudoso, el shaij sabrá cómo acabar con esa duda. Entonces el discípulo habrá adquirido más conocimientos sobre la validez de los acontecimientos y las revelaciones intuitivas. Puede ocurrir que un deseo ocultado por el alma del discípulo se mezcle y se enrede con el «acontecimiento», ya sea en sueños o despierto. En esto hay un secreto iniciático asombroso. El discípulo no puede arrancar de raíz el mal oculto en el alma. Cuando habla de ello con el shaij "para quien los «deseos» que oculta el alma del discípulo no pueden permanecer secretas", o bien el acontecimiento proviene de Allah y le proporciona una prueba evidente de ello, o bien reduce el acontecimiento a una pasión secreta del alma. Al cesar éste, el discípulo se libra de él. El shaij soporta su peso gracias a la fuerza de su estado espiritual, de su refugio verdadero en Allah, y a su conocimiento perfecto.

        Cuando el discípulo quiera hablar con el shaij de algún asunto sobre su Islam o su vida terrenal, debe observar el 'adab y no precipitarse hacia él y asaltarle para hablarle. Primero tiene que conocer cuál es su estado, si está dispuesto a recibirle y en condiciones de escucharle.

        A1 igual que la petición a Allah (dua) requiere momentos propicios, reglas de 'adab y condiciones para dirigirse a Allah, hablar con el shaij implica unas reglas de 'adab y unas condiciones determinadas, porque es una forma de relacionarse con Allah.

        Antes de hablar con el maestro hay que pedir a Allah que nos ayude a guardar el 'adab necesario. Allah -sea glorificado y exaltado- llamó nuestra atención sobre este aspecto cuando les ordeno a compañeros del Enviado

de Allah (s.a.s.): Oh los que creéis! Cuando busquéis consejo en privado con el Enviado, enviad antes de la entrevista una sadaqa" (Corán 58:12).

        'Abdallah Ibn Abbas comenta así este versículo: «La gente le preguntaba al Enviado de Allah -s.a.s.- hasta el punto de que empezaban a molestarle y a importunarle. Para inculcarles el 'adab con el Profeta, Allah se lo prohibió y les ordenó que dieran una sadaqa antes de hablar con él en privado».

        También dicen que los ricos iban a ver al Profeta -s.a.s.-, se adelantaban a los pobres. La larga duración de sus conversaciones y entrevistas acabó disgustando al Profeta. Fue entonces cuando Allah -exaltado sea - ordenó dar una sadaqa al Profeta antes de hablar con él. Entonces la gente dejó de buscar consejo, los pobres porque no tenían nada que dar, y los ricos porque su avaricia se lo impedía. Fue una dura prueba para los Compañeros del Profeta. Finalmente llegó el paliativo (rujsa) de Allah: «¿Os resulta gravoso presentar la sadaqa antes de la entrevista?»(Corán 58:13).

        Cuando fue revelada la orden de dar esta sadaqa, cuentan que sólo Alí Ibn Abi Talib pidió entrevistarse con el Profeta Muhammad (s.a.s.). Para ello dio un dinar. En el Libro de Allah, dijo luego Alí, hay una versículo que nadie ha practicado antes ni después que yo. Cuentan también que después de la revelación del versículo, el Enviado de Allah -s.a.s.- mandó llamar a Alí y le preguntó: -¿Cuál crees que debe ser el importe de la limosna? ¿Un dinar? -No podrán pagarlo -contestó Alí. -¿Cuánto, pues? -Una habba o una shaira (calderilla) -propuso Alí. -Eres muy tacaño - le reprochó el Profeta.

        Después el paliativo fue revelado y el versículo abrogado. Pero el sentido de la advertencia de Allah permanece: ni el buen 'adab, ni la expresión correcta y el respeto fueron abrogados.

        Según Ubada Ibn as-Samit: una vez el Profeta Muhammad -s.a.s.- dijo: «No es de los nuestros quien no reverencie al anciano, sea misericordioso con el más joven y haga justicia al sabio».

    Aquel que venere a los sabios recibirá asistencia y guía, aquel que no se preocupe por ellos caerá en la traición y la rebelión.

 

Cómo debe comportarse el maestro con sus compañeros y sus discípulos

        La más importante de estas reglas de 'adab es: un hombre sincero no hace nada por ponerse a la cabeza de un grupo de iniciados ni para ganarse sus seres íntimos con sutiles y delicadas maneras y bonitas palabras, por el deseo de tener muchos discípulos.

        Cuando ve que Allah le envía aspirantes y gente que busca un guía espiritual, y ellos tienen buena opinión de él y una aspiración sincera, debe sospechar de que sea una prueba y un examen al que le somete Allah -exaltado sea -.         Las almas propenden por naturaleza a ser complacidas por los hombres y a ser conocidas. Por esta razón permanecer en el anonimato es la salvación (fi l-ÿumul as-salama).

        Pero si el designio de Allah llega a su término y el servidor, seguro de su estado espiritual, sabe, porque así se lo ha comunicado el propio Allah, que ha sido designado para dar indicaciones e impartir enseñanzas a los aspirantes, entonces les hablará como consejero sincero y lleno de solicitud, como un padre a su hijo, por el bien del Islam y de su vida temporal. Cada vez que Allah le envíe un aspirante o buscador de dirección espiritual (mustarshid), debe encomendarse a Allah. Debe buscar refugio en Allah e implorar que le haga capaz de desempeñar su función y hablar al aspirante. No dirigirá la palabra al aspirante sin que su corazón esté vuelto hacia Allah, y sin haberle implorado su ayuda para guiarle y pronunciar las palabras adecuadas. Una vez le oí a nuestro shaij Abu 1-Naÿib as-Suhrawardi -Allah tenga misericordia de él- dar este consejo a uno de sus compañeros: «Habla con un faqir sólo en uno de tus momentos más puros...

        El consejo es acertado, porque una palabra pronunciada por el maestro cae en el oído del discípulo como la semilla cae en la tierra.

        Ya hemos dicho [en el capítulo anterior] que una semilla mala se pudre y desaparece; una semilla de palabra es corrompida por la pasión, y una gota de pasión es suficiente para enturbiar un mar de ciencia.

        Por eso, cuando el corazón del maestro habla con la gete de la sinceridad y la Voluntad (ahl al-sidq wa l-irada), debe pedir ayuda a Allah -exaltado sea -, al igual que la lengua pide ayuda al corazón. La lengua es intérprete del corazón, y éste es intérprete de Allah para el servidor. El maestro vuelve sus ojos a Allah, le escucha, recibe lo que es inspirado y transmite lo que le ha sido confiado (al-amana) a la persona a quien va destinado.

        Luego el shaij debe considerar el estado espiritual del aspirante y, con la luz de su corazón y el poder de su ciencia y su conocimiento, debe presagiar su futuro espiritual y juzgar su aptitud y disposición. Algunos aspirantes son aptos para la adoración pura, la práctica de las obras formales ('amal al­qawalib) y seguir el camino de la Gente de Bien (al-abrar), mientras que otros están predispuestos y hechos para la Proximidad (qurb), para seguir la senda de los Allegados de los seres queridos por Allah (murad) gracias a la naturaleza de la relación de sus corazones con Allah y a sus relaciones con los demás conforme a las enseñanzas de la Sunna.

        Cada una de estas sendas, la de la Gente de Bien y la de los Allegados, tiene sus primicias y sus etapas finales.

El shaij gobierna a los seres íntimos (de sus discípulos). Conoce cada «personalidad» (shajs) y lo que le conviene.

        Si un hombre de campo conoce las tierras y los cultivos que le convienen, si cada artesano sabe lo que sirve o perjudica a su arte, si la mujer conoce el algodón, su hilado fino o grueso, ¿qué tiene de extraño que un maestro sepa lo que le conviene a un discípulo, según su estado espiritual? El Enviado de Allah -s.a.s.- se dirigía a la gente con arreglo a su comprensión. A cada cual le ordenaba lo que mejor le convenía; a algunos que gastaran sus bienes, a otros que los ahorraran, a éstos que se ganaran la vida, aquéllos que no se preocuparan, como los «Compañeros del banco».

        El Profeta Muhammad -s.a.s.- conocía el lugar y la conveniencia de cada cual. Pero en su función de Llamada del Islam (rutbat ad-daawa), lo hacía extensible a todos, porque había sido enviado para establecer la Prueba (al­huÿÿa) e iluminar la Ancha Senda (al-mahaÿÿa). Su llamada era, pues, absoluta y no estaba reservada a aquéllos en los que observaba signos de ilustración espiritual, con exclusión de los demás.

        Un 'adab del shaij es reservarse un lugar de retiro y un tiempo en que no tenga que preocuparse de los hombres para que a su «salida a la luz» se derrame el flujo espiritual adquirido durante el retiro (jalwa).

        No debe pretender que su fortaleza de ánimo le permite mezclarse con los hombres y hablar con ellos sin que ello le cause ningún trastorno, ni que no necesita ningún retiro.

        El Enviado de Allah -s.a.s.-, pese a la perfección de su estado espiritual, velaba por las noches, realizaba siempre ciertos salats y tenía sus momentos de retiro.

        La naturaleza humana (tab al-bashar) no puede prescindir de ser gobernada, mucho o poco, con sutileza o con rudeza. Son muchos los que se han extraviado por fiarse la buena disposición de su corazón. El que se basa sólo en ella es inducido a error por ella, acaba bromeando y mezclándose con los hombres. Se expone a que su afabilidad atraiga a los ociosos, que irán a verle y a que les invite a comer algo. Acuden a verle los que no tienen el Islam como meta ni aspiran a seguir la Senda de los que temen a Allah. Es así como, él mismo seducido, seduce a los demás. Permanece en el área de la insuficiencia (qusur) y cae en el círculo de la tibieza (futur).

        Un maestro espiritual no puede prescindir de pedir consejo a Allah, de presentarse ante Él para implorarle humildemente con el corazón, e incluso con el cuerpo y el corazón (bi-qalabihi wa qalbihi). Por toda palabra se refiere a Allah, por todo movimiento se humilla ante Él.

        La seducción y él abandonarse a la conversación y el trato con los hombres se han apoderado de los descarriados que aspiran a la fuerza de sus almas debido a sus escasos conocimientos de los atributos del alma, confundidos por algún don que han recibido e insuficientemente instruidos por los maestros espirituales.

        Yunayd -Allah tenga misericordia de él- les decía a sus compañeros: «Si supiera que un salat de dos rakas es más meritoria para mí que sentarme en vuestra compañía; nunca habría tomado asiento con vosotros».

        Cuando el maestro considera que es mejor para él retirarse, lo hace, en caso contrario permanece con sus compañeros. Así su «salida a la luz» queda bajo la protección de su retiro, y su «salida a la luz» aumenta el provecho de su retiro.

        Hay en esto un secreto: sometido a fuerzas contrarias y al cambio, el ser humano está formado de elementos distintos. Está sometido a contradicción y divergencia (tadadd wa tagbayur) porque su naturaleza comparte los estados inferiores y superiores, como ya hemos mencionado. Debido al cambio que interviene en él, su inclinación hacia Allah sufre interrupciones. Un trabajador tiene que interrumpir su trabajo en algún momento, ya sea por motivos justificados o por falta de tesón en el trabajo.

        Para los aspirantes y los que progresan los momentos de interrupción son una pérdida de tiempo, un asueto para el alma y una tendencia a la ociosidad.

        Pero aquel que ha alcanzado el grado del magisterio espiritual, en sus momentos de interrupción se vuelve hacia los hombres y causa su felicidad. Para él no son momentos perdidos, como para los aspirantes.

        Mientras el aspirante regresa de ellos reponiéndose con energía y centrándose en la búsqueda de Allah, el maestro adquiere el mérito de haber sido provechoso a los hombres (...).

        Uno de los deberes del shaij es dar muestras de buen carácter con la Gente de «volición» y de búsqueda (ahl al-irada wa l-talab), ser condescendiente con el derecho de los maestros a ser reverenciados y considerados, y mostrarse humilde.

        Cuenta Al-Raqqi: -Estaba en Egipto, sentado en una mezquita en compañía de un faqir. Al-Zaqqaq entró y se puso a hacer el salat delante de un pilar. Nos dijimos: «Cuando el shaij termine, nos levantaremos para saludarle». Cuando terminó, él mismo vino a saludarnos. Le dijimos: «Eso nos correspondía a nosotros, y no al shaij», y él contestó: Jamás ha atormentado Allah mi corazón con semejante pensamiento». Quería decir: «Nunca he exigido ser venerado ni solicitado».

        Un 'adab de los maestros es rebajarse al nivel de los discípulos, tratándolos con tacto y haciendo que se sientan cómodos. Uno de ellos dijo: «Cuando veas a un faqir procura ganarte su simpatía con tacto (rifq), y no lo abordes con la ciencia. El tacto hará que se sienta cómodo, mientras que la ciencia le intimidará».

        Si el maestro actúa así, la buena influencia de esta actitud hará que el discípulo saque provecho poco a poco de la ciencia, y entonces el maestro podrá recurrir abiertamente a ella.

        Una regla de 'adab de los maestros es mostrarse benevolentes con los compañeros y satisfacer sus derechos, tanto si tienen buena salud como si están enfermos. No deben desdeñarles so pretexto de su aspiración y su sinceridad. Uno de ellos dijo: «No dejes de satisfacer el derecho de tu hermano debido a la amistad que os une».

        Cuenta Al-Yariri: -A la vuelta de la peregrinación (Haÿÿ) lo primero que hice fue ir a saludar a al-Yunayd. A la mañana siguiente me volví después del